APÁGAME 🚒💦 EL FUEGO 🔥

(EL BOMBERO CALENTÓN)

Frotándome enérgicamente las manos para entibiarlas después del chorro de agua fría con jabón, salí del baño con decisión lista para besar apasionadamente la siguiente jarra de cerveza, que sabía me estaba esperando escaleras abajo lo mismo que un oasis espera en la imaginación de quien vive en el desierto.

Lo que no sabía que me esperaba justo al otro lado de la puerta, a pesar de todas las señales previas derivadas del feroz coqueteo – tan crudamente feroz como un cortejo sexual en un documental de Animal Planet – eran las carnosas fauces de Andrés, que sin piedad alguna me taladraba pestaña por pestaña mientras con un certero paso se abalanzaba sobre mí para meterme un morreo de campeonato tras acorralarme contra la pared cual león rampante saliéndose de su escudo de armas imperiosamente atraído por la hembra en celo dominante del territorio.

Fueron décimas de segundo, y tenía entre los labios su lengua como brasa, avivando la mía a latigazos, y su garganta en llamas cual dragón en actitud de ataque delante de su inocente y entregada presa. No había nadie alrededor, excepto dos cuadros con las imágenes de San Juan de Dios y San Florián, patronos de los Bomberos – el primero, también de los Enfermeros, los Borrachos y los Vendedores de Libros, cosa que para una chica de letras y aficionada al buen vino como yo no deja de tener su guasa -.

En un alarde consciente de personal herejía, yo alimentaba mi deseo de fémina rebelde con la fantasía de que aquellos santos, desde las pinturas, podían vernos realmente… Me divertía la idea de escandalizar a los espíritus protectores de aquel lugar llevando a temperatura de ignición a uno de los portadores de manguera, y a mí misma también, que – lo admito – soy altamente inflamable en la compañía adecuada.

San Juan de Dios (Murillo) y San Florián.

San Juan de Dios (Murillo) y San Florián.

Eran las dos de la madrugada de un viernes de invierno, y estábamos en la Compañía de “extinguidores humanos” a la que pertenecía Andrés y en la que yo, accidental ángel de género femenino, había caído por obra del azar, invitada en el último momento a tomar unas copas por un vecino mío “del cuerpo” que, aunque parecía bueno, era más bien un simpático secretario de Satanás invitándome a dar un paseo por la antesala del infierno.

Había compañeros de turno durmiendo en los pisos superiores, y otros, como ellos, relajándose entre amigos y recibiendo visitas ociosas como servidora, que nunca antes había pisado una estación de “apaga-fuegos” y que, en cuanto fui convocada por este amable ministro encubierto del averno, tuve claro que no me lo podía perder.

El tal Andrés, Adonis entre los adonis, tras una hora de conversación y química aplastante, y antes de estamparme cual pegatina en tamaño natural contra el muro exterior del WC dejándome más plana que la silueta de un dibujo animado y más caliente que el pico de una plancha, me había confesado que tenía novia, ante lo que yo suspiré con cierto gesto de resignación y una carcajada, acostumbrada a la repetitiva experiencia de cruzarme en el camino del día y de la noche con machos no disponibles para mí – algunos incluso no disponibles ni para sí mismos, lo que es un tipo de tortura relacional más retorcida todavía -.

Poco después de dichas declaraciones, él se había levantado de la mesa para ir al servicio, y un par de minutos más tarde yo había hecho lo mismo – aclaro y juro por todos los santos, incluidos San Florián y San Juan de Dios, que esta decisión sólo nació derivada de la necesidad fisiológica que la cerveza me había producido, y que no existía ninguna malévola intención oculta por mi parte -, y fue al disponerme a regresar cuando me vi repentina e irremediablemente abducida por primera vez por este volcán masculino que no sólo tenía licencia para apagar fuegos sino que despedía humo por los poros y se mostraba abiertamente anhelante de erupcionar… dentro de mí.

“El cuerpo” de bomberos

Mientras él me quemaba los pechos con la palma de las manos por debajo de la camiseta que a su vez estaba debajo del jersey, yo caía en cuenta de la ironía y me reía sola. En mitad de aquel gélido pasillo, me sentía como turista improvisada sudando hasta el bikini en una tarde de verano en pleno Caribe. Y lo único en lo que quería pensar era en perder ese bikini y ser bañada generosamente por la manguera más cercana.

Para poder levantar esa manguera, pero sin levantar sospechas después de aquel avance cinematográfico del “aquí te pillo, aquí te mato” que íbamos a protagonizar próximamente en nuestras pantallas, acordamos volver al bar por separado y continuar charlando con el resto del grupo con cara de “aquí-no-está-pasando-nada-no-me-acabo-de-morrear-con-nadie-y-mucho-menos-magrearme-con-el-primer-ser-vivo-que-me-he-cruzado-en-el-pasillo-y-sí-quiero-otra-cerveza-por-favor-que-aunque-es-noviembre-aquí-está-haciendo-calor-no-sé-por-qué-y-yo-tengo-mucha-sed-y-muy-poca-vergüenza-también-probablemente”…

Me aventuro a suponer que nunca conseguimos pasar desapercibidos, porque las feromonas en nuestro interior habían empezado a multiplicarse como gremlins con cada gota de líquido elemento y nos hacían titilar igual que un ejército de luciérnagas en la oscuridad, pero en nuestro estado de ardiente ingenuidad y alcohólica osadía osamos intentarlo, por si colaba.

Manguera profesional

Manguera profesional “apagafuegos”

Al poco rato, mi vecino – el afable asistente de Lucifer – propuso un tour por el recinto, así que empezamos a recorrer salas de reuniones, cocina, comedor, hasta llegar al hangar donde descansaban las máquinas junto a las barras de metal por las que en caso necesario se deslizarían los que estaban de guardia para salvar del fuego a quien correspondiera. Andrés, cual serpiente enroscándose a la tentación en frente de Eva, me rozó un brazo y me susurró al oído: “Espera, yo te sigo haciendo de guía”.

No, no tengáis la desfachatez de llamarme débil. Me estaban ofreciendo el árbol de la ciencia, y el fruto prohibido estaba a punto de caer, maduro, entre mis manos. Así que, mientras el resto del grupo avanzaba hacia otras dependencias, nosotros nos quedamos atrás con la excusa de tomarme unas fotos en los postes de emergencia, al más puro estilo bailarina exótica pero en versión vestida – que una es atrevida, pero tampoco se regala simplemente porque sí -.

Yo, posando al estilo bomberil. Esto del “pole-dance” parece que no es lo mío.

Yo, posando al estilo bomberil. Esto del “pole-dance” parece que no es lo mío.

Rápidamente, los asistentes comenzaron a hacer mutis por el foro hasta que la escena se convirtió en un paso a dos, y sin escapatoria. “Quieres ver alguno de los coches por dentro?”, preguntó el bombero. “Me encantaría”, contestó el ángel caído que revoloteaba en mi interior. Porque sí, yo había llegado a aquella estación de “apaga-fuegos” personificando la inocencia, pero a esas alturas de la velada me estaban saliendo plumas rojas y me encontraba a punto de pasar irremediablemente al otro bando, para deleite del Sr. Demonio y su corte de diablillos revoltosos.

Viendo estos brontosaurios de metal llamados camiones, cualquiera juraría que según su tamaño exterior el espacio interior debería ser más o menos razonable… Pues no. Este detalle, en vez de parecerme un inconveniente, tornaba la situación aún más excitante – qué le voy a hacer, un buen desafío hace que la creatividad se me despierte, así soy yo -.

Yo para ser feliz quiero un camión🚒

Yo para ser feliz quiero un camión🚒

Después de aquel episodio, aunque suene pretencioso, no exagero al afirmar que quedé suficientemente documentada para escribir lo último en guías logístico-eróticas en pocos metros cuadrados: “Kamasutra práctico para latas de sardinas, armarios escoberos, medias bañeras, hoteles japoneses, automóviles de dos plazas y otros espacios reducidos”. Si veis este larguísimo y explícito título algún día futuro en una librería, ya sabéis quién es la autora.

El asiento en el cual ejercitamos desde la postura del misionero hasta la del sesenta y nueve, tenía a su espalda los cascos anti flama, los buzos de bombero y las botas aislantes, preparados para vestirse inmediatamente en la misión ante la llamada de alarma. Nosotros, sin embargo, aplicamos malabarismos indescriptibles para desnudarnos, a retazos, el uno al otro, como si no hubiera un mañana. La urgencia de follarnos era tal que recuerdo estar montándome en su tremenda polla asomándose cual carnal faro entre los dientes de la cremallera, con el pantalón aún puesto, mientras él me mordía ambos pezones simultáneamente, envolviéndome la cabeza con el top como venda improvisada y embistiendo mi coño a compás con mis caderas, que bailaban frenéticas sin necesidad de músicas celestiales y con toda la malicia que me inspiraba el contrario.

Posteriormente me sentaría de espadas a él, posando mi culo suavemente sobre la punta de su miembro, como quien deja caer una pluma sobre un arma de acero, y bailaría con el peligro hasta que el peligro mismo hecho espada candente sumergiera su filo en mí hasta el fondo.

Tumbada sobre el estrecho banco, viendo las ventanillas empañarse tras mis párpados entrecerrados, creo que desaparecí un instante cuando su boca se perdió entre mis labios inferiores y me penetró con un beso desde el clítoris hasta donde alcanzó el lametón en mi vagina. Llegados a ese punto – es decir, llegados al punto G -, mi “problema” era algo a medio camino entre inundación e incendio… Suerte que el “apaga-fuegos” no sólo tenía una manguera poderosa sino que también sabía nadar con los dedos y la lengua como un profesional de los deportes acuáticos sexuales, categoría dúo, nivel Olimpiadas, medalla de oro indiscutible.

El censo resultante, una vez pasado el fragor de la batalla, fue positivo para ambos contendientes a pesar de las lesiones: tres fuertes polvos con los consiguientes cadáveres de látex que tuvimos que recolectar para no dejar evidencias, incontables hematomas en las piernas, una leve huella de colmillo aquí y allá, las sonrisas – horizontal y vertical – alegremente inflamadas, las cabelleras enmarañadas como si hubieran pasado por un violento proceso de centrifugado, las mejillas enrojecidas de no tener vergüenza y, por mi parte específicamente, algún desvanecimiento extra más allá de los orgasmos del “enemigo” – no lo puedo evitar, soy multiorgásmica por naturaleza y con un buen amante puedo ser “millón-orgásmica”, si me esmero -.

El bombero y la leona

El bombero y la leona

Cuando el león y la hembra en celo abandonamos el terreno arrasado, a lo personajes de alguna película futurista resucitando el día después del fin del mundo, eran casi las cinco de la mañana. Dejamos atrás un intenso olor a sexo, no a azufre, aunque al salir de allí bien parecíamos estar saliendo del infierno cual supervivientes orgullosos tras su secreta hazaña.

Me llevé, como trofeo de guerra, un baño de ADN masculino en las botas de ante que calzaba esa noche – esa parte no la había narrado, dejadme guardar el recuerdo de la apoteosis final con lluvia blanca sólo para mí – , y también la certeza de que el “extinguidor humano” reaparecería para apagarme el fuego alguna vez más, en el mundo exterior, más temprano que tarde. Ya fuera en otro infierno, en el limbo de los vivos o en algún purgatorio improvisado para llegar al cielo de los que ardemos por dentro, como él y como yo. Y como los que al terminar de leer este relato van a necesitar llamar de urgencia a los bomberos, mientras nadie los ve, por si algún adonis de turno les enchufa la manguera.

(Ésta es una historia basada en hechos irreales de la vida. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Ningún “apaga-fuegos”, vecino simpático, jarra de cerveza o ángel caído ha sufrido daños durante la redacción de este texto. Los Santos Patronos de los bomberos continúan brindándole su protección al gremio, y los hombres “del cuerpo” siguen honrando esta definición con su anatomía, aunque al bajar por el poste lo hagan sin música y con ropa. Yo, por mi parte, maldigo a las novias de todos los machos con mangueras de excepción, porque estos seres deberían ser patrimonio de la humanidad y no estar restringidos a una sola llama para el resto de sus días. He dicho. Y ahora, perdón, pero debo marcharme. Está saliendo humo de mi cocina y creo que voy a necesitar ayuda profesional para resolverlo…).

 

© Lola Mento

Aquí con mi amigo Andrés

Aquí con mi amigo Andrés

(…QUE ME PERDONEN QUINTERO, LEÓN Y QUIROGA Y HASTA LAS MISMÍSIMAS JUANITA REINA E ISABEL PANTOJA…)

dolores lolita lola

No me llames Dolores, llámame Lola. Bueno, para ser precisos, deberías llamarme Dolores cuando esté procesando alguna pena,

Lolita cuando esté jugando a jugar (cual niña perversa que no sabe que lo es)

y Lola cuando quieras convocar a la MUJER que realmente llevo dentro.

Dolores, Lolita, Lola: Profanísima Trinidad (y a mucha honra!) concentrada en esta mente y este cuerpo femeninos que juntos son, valga la paradoja, un poliedro lleno de curvas.

Porque tengo muchos ángulos y matices en el alma y mi geografía de piel está llena de sinuosidades (que no desvíos) en los cuales se puede derrapar, incluso por decisión propia, sobre todo por placer.

De profesión, generadora de atmósferas.

De procesión, Adoradora del Santísimo Momento Presente.

De vocación, relatadora tragicómica de los aconteceres del destino.

Con la melena despeinada al ritmo del Siroco, la mirada bailando al son de las olas que no hay en mi ciudad y el corazón sangrando a todo pulmón entre las letras que me conforman y que nunca me abandonan.

De signo solar, fuego. De ascendente, aire. Soy una bomba de relojería dispuesta a no explotar excepto por las mejores causas… Como un buen orgasmo, por ejemplo.

No os dejéis engañar por el título de mi blog. Cincuenta polvos no son necesariamente cincuenta orgasmos ni cincuenta machos distintos. Pero sí son cincuenta historias dignas de compartir.

Os invito a ser intrusas (o intrusos) y mirar a escondidas por el ojo de la cerradura de esta página. Y también a reíros conmigo. Porque yo, Lo-la-Men-to, no pienso volver a aguantar ningún gilipollas de aquí en adelante. Y espero que mi experiencia os sirva para hacer lo mismo.

© Lola Mento

Es duro ser soltera otra vez, pasados los 35. Más aún si el mundo en el que tuviste tu última cita se ha virtualizado tanto que pareciera desvirtualizado y te sintieras como si de repente te hubieran suministrado la pastilla roja y estuvieras en la Matrix

Realidad o sueño?

Volver a las pistas, a estas alturas, significa lanzarse a las redes. Y más te vale que el Arquitecto, o el Oráculo, o el Conejo Blanco, o la Santísima Trinity te pillen confesados, porque es un salto al vacío, y sin escalas.

Una montaña rusa en la cual no hay descanso posible más que bajarse en plena marcha, al estilo Mafalda: “Paren el mundo, que me quiero bajaaar!!!”.

Esclavos del sistema

Yo, ahora mismo, me he bajado un rato. Al fin y al cabo, alguien tenía que relataros la verdad. Y, si se puede hacer con humor, mejor que mejor. Sólo espero ser capaz de montarme de vuelta sin marearme en esta atracción de feria que es mi vida… Porque, pase lo que pase, nadie más la puede vivir por mí… Y el viaje, aunque movido, siempre merecerá la pena.

© Lola Mento