MOTEL BATES (O la insospechada rareza de lo gris)

MOTEL BATES

En su foto de Kinder se le veía normal. Muy normal. Incluso demasiado normal. Y al natural, por más raro que resultara, se le veía más normal aún, si es que existe un grado superior de normalidad en términos de apariencia humana.

Tenía aspecto de tipo confiable, serio, tranquilo, extremadamente civilizado, así como para salir en Frikipedia en una foto a media página junto al concepto de padre de familia o maestro del año. De hecho, era profesor de contabilidad en la Universidad Autónoma de Madrid y, al margen de eso, tenía una PYME de entrega de frutas y verduras orgánicas a domicilio con un par de socios que probablemente se verían tan normales como él, si no es que más. Y sus alumnos, por lo que él contaba, no lo odiaban ni un poquito.

Si lo buscabas en Boogle, cosa que yo sólo hice después de la primera cita para corroborar información, aparecían sus perfiles de Sinkedin y Fakebook con el número justo de fotos asociadas, todas dentro de los parámetros de corrección social más adecuados, y el currículum relatado por él mismo concordaba con lo publicado en internet. Hasta constaba en el listado de docentes de la UAM, con nombres, apellidos y posado oficial.

En la superficie era todo demostrablemente honrado, por no decir aburrido.
Cuando marqué “me gusta” en su perfil no estaba del todo convencida, pero me encontraba en pleno apogeo de una fase “Dolores”, tratando de pasar las penas tras una ilusión derribada a punta de incoherencia por el gil de turno, y yo creo que de forma muy inconsciente debí de pensar que cambiar radicalmente de criterio de selección podría dar mejores resultados… Así que opté por el gris.

Opté por el tipo con cara de no haber matado una mosca en su vida, por el tipo con expediente estándar y discurso plano, por el tipo supuestamente previsible, y quizá hasta honesto en cierto grado… Por el tipo del que nadie podría esperar nada malo y en el que nadie repararía, como Billy Bob Thornton en “El hombre que nunca estuvo allí”.

elsrgris

El Sr. Gris

Al llegarme el aviso “Tienes un match!” en la aplicación, me sorprendió que él hubiera marcado también ese “me gusta”. No porque me tenga poca estima, sino porque yo, antes muerta que sencilla, soy tan ruidosa mirada desde afuera que juraba que alguien como él jamás se atrevería con alguien como yo.

Insospechadamente, en su desenvoltura “mensajística” derribó mi primera barrera. El hombre gris tenía materia gris. Era hasta ocurrente. Y eso que esta servidora es exigentísima en lo que se refiere a diálogo, y más aún en lo que se refiere a palabra escrita. Soy rubia, sí, pero rubia teñida. O sea: puedo parecer tonta… Pero definitivamente NO lo soy.

Rubia pero no tonta!

Rubia pero no tonta!

Dentro de mi desgana emocional de aquel momento, impulsada por la supuesta buena gana de este individuo ante la idea de conocerme, accedí a un almuerzo. Creo recordar que ésta es la primera vez en la vida que llego a una cita sin una sola gota de maquillaje, idea por la que mis íntimos se llevarían las manos a la cabeza al más puro estilo “Grito” de Munch (como ya dije previamente: YO ANTES MUERTA QUE SENCILLA).

Mientras comíamos sushi con pulcritud de auténticos japoneses y palillos desechables, yo eché mano de mi honestidad brutal y le conté que en realidad aún tenía una situación pendiente de resolver emocionalmente con un personaje que en principio había sentido como potencialmente importante. Ergo: te ofrezco mi amistad… Como él era el rey de la buena educación, ni siquiera se inmutó al escuchar eso. Reaccionó con los mejores modales y una sonrisa digna de príncipe Disney en su escena estelar, aceptando mis condiciones sin rechistar y cambiando de tema oportunamente. Ni la mismísima Lady Gaga hubiera puesto una cara de póker tan creíble. Fue ahí cuando yo me empecé a preguntar: tendrá sangre en las venas???

Cara de póker

Trasládese esta cara de póker a la foto del Sr. Gris para visualizar la escena correctamente

Con la excusa de ir a buscar su ordenador portátil, porque más entrada la tarde tenía una reunión informal en un café, me pidió que lo acompañara un momento a su casa. Curiosamente vivíamos a dos calles de distancia, pero nunca antes nos habíamos cruzado. Tendremos horarios diferentes, pensé yo… Aquel día estaba tan anestesiada ante los estímulos del mundo exterior, que en mi nebulosa dibujada por la tristeza todo me parecía usual y comprensible, aunque no lo fuera.

El edificio era de los más antiguos de la zona, pero no muy diferente al mío. Más alto, como él con respecto a mí, pero casi de la misma estructura. El ascensor, eso sí, era bastante más viejo.

El ascensor siniestro

El ascensor siniestro

O quizá tenía peor mantenimiento (también como él con respecto a mí??), porque al subir se escuchaba el chirrido de las poleas estrangulando los cables en la transición de cada piso. No soy especialmente miedosa, pero tampoco me apetecía quedarme colgada entre plantas con el profesor, que, además de no inflamarme ni una sola hormona (sería por mi estado melancólico?), a esas alturas ya me estaba empezando a parecer sospechoso de tan normal.

Según íbamos subiendo al penúltimo piso, Juan José (que así se llamaba), de 42 años, metro noventa, virgen en las lides del matrimonio y la convivencia, sin descendientes conocidos ni desconocidos, caballero de modales impecables, docente ejemplar, joven empresario, hijo único, huérfano por la gracia de Dios y de sus padres, me hacía la introducción correspondiente sobre el apartamento: “Cuando murió mi madre, yo me quedé a vivir aquí. Es grande para mí solo, pero estoy acostumbrado al barrio y me gusta. Además, ya está todo hecho; si lo hubiera vendido y me hubiera comprado un piso más nuevo hubiera tenido que instalarme desde cero. Y total, para qué? Esta casa ya está armada y tiene su toque hogareño”.

Hasta ahí sonaba razonable. Aunque a mí, creativa de nacimiento y defensora absoluta de ese lema de la tienda de muebles sueca que reza: “Redecora tu vida”, me parecía excesivamente cómodo de su parte que con la excusa de que “ya estaba todo hecho” no hubiera tenido siquiera el impulso de cambiar los muebles a su gusto para generar un ambiente propio más acorde con su edad y con su soltería.

Al cruzar el umbral me terminó de quedar claro el nivel de comodidad del sujeto en cuestión. Ante mis pestañas sin rímel y mi mirada ojiplática, que trataba de disimularse a sí misma inútilmente, se desplegaba un escenario digno de la abuela de Caperucita: cortinajes pesados, sofás de orejeras con tapicería añeja, cojines de punto de cruz, muebles anticuados (no antiguos de verdad), figuritas de Lladró pegadas con Dúper-Glue y, como pieza estelar en mitad del salón, una mesa camilla con tapete de ganchillo hecho a mano. Por un instante pensé que entre tanta ranciedad me encontraria con alguna obra de taxidermia, pero para mi tranquilidad mental no fue así.

“Veo que no tocaste ABSOLUTAMENTE nada”, le comenté intentando darle a la frase un tono lo más ingenuo posible. “No, me gusta que la casa tenga un aire femenino”. Irónicamente, con ese “aire” femenino, a mí me estaban empezando a dar ahogos… “A ver la terraza?” Y abrí el ventanal. Él se acercó y, apuntando su dedo en lontananza cual Cristóbal Colón en pleno descubrimiento de América, fijó la mirada dos torres más allá y me mostró mi edificio.

– Ahí vives tú, no?

Asentí.

– En qué piso?

– En el cuarto.

Al ver tan nítida la panorámica de mi balcón desde el suyo, me empecé a cuestionar si mi solitario vecino no me tendría vigilada desde antes… “Cuando haga barbacoas te podré saludar”, le dije con una sonrisa para no quedar como paranoica. “Nos podemos avisar cuando estemos en casa y salir a decirnos hola”, replicó. No supe si su comentario me estaba sonando extraño, ñoño, siniestro o todas las anteriores. Así que para no darle tantas vueltas a la situación de “La Ventana Indiscreta” y terminar rápido con el trámite que nos había llevado allí, le pregunté por su ordenador portátil.

El vecino de enfrente

El vecino de enfrente y Lola

– Lo tengo en mi habitación. Ven, termino de hacerte el tour por el piso, cogemos el ordenador y nos vamos. A no ser que prefieras que nos quedemos viendo alguna película. Tengo un televisor 3D de 56 pulgadas y un montón de películas en HD. Me comentaste que te gusta el cine, no?

– Sí, me encanta. (Sobre todo las películas de suspense, me dije a mí misma, irónicamente, dentro de mi cabeza). Pero tengo ganas de salir hoy. Mejor vámonos a tomar algo a algún sitio.

Al caminar hacia su dormitorio para ir a buscar el laptop, pasamos por otra habitación que tenía la puerta entreabierta. No me quise sugestionar, pero por el rabillo del ojo vi una mecedora con un ovillo y unos palillos de tejer encima…

La mecedora escondida

La habitación de tejer

Qué macho en sus sanos cabales tendría una habitación para tejer en su casa?!? Me hice la loca y obvié mentalmente lo que acababa de vislumbrar. Quizá la penumbra me estaba jugando una mala pasada y lo que había sobre la mecedora era una simple bufanda, y los palillos de tejer reflejos del sol que se colaba por las rendijas de la persiana entrecerrada. O quizá Juan José estaba aprendiendo la técnica del punto inglés como terapia a su estresante vida… Esperad: estresante? A no ser que tuviera cadáveres escondidos en los armarios, no había nada estresante en su gris y plano microcosmos de mediocridad… O es que no era tan mediocre?!?

En su dormitorio insistió en hacerme una demostración de lo maravillosamente súper-mega-fantástico que era su nuevo televisor, me puso unas gafas 3D y le dio play a “La edad de hielo 3”. “Impresionante”, exclamé, y añadí: “Mejor dejemos la película para otro día, necesito que me de el aire, llevo toda la semana encerrada”.

– Vale. Dónde quieres ir?

– Te parece bien el Salón de Té de la esquina?

– Vamos.

Tuve que contenerme para que no se me notara el suspiro de alivio cuando abandonamos la residencia del huérfano del barrio. Los poco más de cinco minutos que alcanzamos a estar allí, había tenido una persistente sensación de incomodidad, más allá que eso, en realidad: desde que había pisado aquel inmueble me habían dado unas ganas imperiosas de salir huyendo despavorida, lo mismo que la víctima inocente al darse cuenta de quién es el malo en la secuencia de persecución más trepidante de una historia de terror.

Después de aquella primera cita, que claramente para mí había sido un desastre, Juan José continuó escribiéndome por WhosApp e insistiendo en coordinar agendas para volver a quedar. Derrochaba caballerosidad en cada frase, y siempre se despedía con algún icono tierno: una rosa roja, un beso, un corazón… Se dirigía a mí con palabras como: princesa, linda, preciosa… Y siempre, siempre, me respondía con máximo respeto cuando yo le recordaba su forzosa posición de amigo.

Considerando que cuando nos conocimos en persona yo justo estaba sensible y tenía el día tonto, y que mis investigaciones sobre él en internet habían dado resultados coherentes con respecto a lo que él me había contado de sí mismo, quise ser civilizada y darle una segunda oportunidad al Sr. Gris.

Volví a acceder a un almuerzo, y esta vez sería en mi casa, pero antes iríamos juntos al supermercado a comprar los ingredientes necesarios. La idea era hacer unas hamburguesas a la parrilla en plan gourmet. El caso es que al pasar por el pasillo de la carne, él dijo: “Sabes qué? Me acabo de acordar de que tengo en casa varias de estas mismas hamburguesas. Mejor vamos a buscarlas, no hace falta que compremos ninguna”.

De alguna extraña manera había conseguido meterme de nuevo en la “Mansión del Terror” que acababa de descubrir en mi propia calle. Sólo que a mí no me resultaba tan divertida como la clásica atracción de feria… Honestamente, era entrar y me daban escalofríos. Esto ya no tenía que ver con mi estado de ánimo, era una sensación que trascendía eso. De hecho, aquel sábado de sol radiante mi ánimo había empezado a gozar de mejor salud… Pero algo había en el ambiente de aquel piso que me provocaba el deseo instantáneo de poner pies en polvorosa. Ni siquiera cerré la puerta, lo esperé en mitad del salón, mirando mi terraza a lo lejos a través del ventanal de su balcón, mientras él iba a la cocina y regresaba con las famosas hamburguesas en una bolsa de plástico. Y regresamos a mi hogar, dulce hogar.

A ritmo de cervezas en botella con rodajita de limón adicionada, echamos toda la carne a la parrilla (sólo en el sentido textual, no en el metafórico) y calentamos los panes alrededor. A mí me extrañó tremendamente que con el intenso olor a barbacoa no apareciera saltando y ladrando la estrella de la casa, mi perra Pochola, Condesa de Chinchón (como buena madrileña), Duquesa del Solomillo a Punto, el Tártaro y el Pollo al Chilindrón (ella no come cualquier cosa), Marquesa de la Buena Vida y la Poca Vergüenza y Embajadora Honorífica del Tequila y la Michelada (como su raza chihuahueña le imponía).

Pochola y su melena de artista de cine

Pochola y su melena de artista de cine

Pochola, que tal y como indica su nombre es una pocholada y un amor de can, es famosa por salir a lucir su melena de artista de cine (es chihuahua, pero una variedad de la raza de pelo largo y sedoso) y a darle su bienvenida a las visitas como RRPP de nuestra República Independiente. Pero aquel día estaba desaparecida.

Con ella cerca, aunque suene ridículo teniendo en cuenta su tamaño, yo me siento protegida, así que tuve la inercia de buscarla de inmediato. Tras dos vueltas y media a mi apartamento, balcones incluidos, aún no lograba encontrarla. “Suele esconderse?”, me preguntaba Juan José. “Casi nunca. Sólo cuando paso la aspiradora, porque le molesta el ruido. Es que ella es muy señorita”. En la quinta pasada por la cocina, al otro lado del runrún que la preocupación producía en mi cerebro, escuché un leve gruñido. Agudicé mis sentidos y me moví en dirección al mismo. Un destello llamó mi atención en una esquina, desde el fondo del cubo de la fregona… Eran los ojos asustados de mi hija canina.

– Qué haces ahí adentro?!?

Le tiritaban las orejas de miedo. La saqué del cubo, la tomé en brazos y me dirigí al salón. Al acercarme a Juan José, que supervisaba la parrilla, dio un salto olímpico desde mis brazos hasta el suelo y se esfumó por el pasillo rumbo a mi dormitorio cual gacela dándose a la fuga ante la amenaza del cazador. Era la primera vez que esta perra consentida hacía alarde de tal comportamiento. Al mostrar mi extrañeza, el Sr. Gris exclamó: “Qué mal genio tu perra, no?”. Si no lo intenté estrangular en ese preciso instante fue porque estaba empezando a convencerme de que el psicópata era él, y no quería provocarlo a ninguna demostración de sus talentos ocultos.

Sin olvidar mi sensación de extrañeza, sobreviví graciosamente durante toda la comida y, un par de horas más tarde, por inspiración divina, él decidió poner fin a la velada aludiendo a un compromiso obtenido con anterioridad. Al marcharse, la atmósfera se alivianó inmediatamente, y Pochola reapareció como si nada moviendo la cola como cachorra feliz. La energía recuperaba su signo positivo en la República Independiente de las Dos Perras.
Pasó una semana en la que él sabía que yo iba a estar de viaje por trabajo, y una noche me llegó un mensaje suyo saludando y preguntando si ya había vuelto a Madrid.

– Hola! Ya estoy de vuelta… Agotada. Qué tal tú?

– Bien. Ahora vienen unos amigos a tomar algo. Te animas?

– Gracias, pero hoy no me sacan de aquí ni con una grúa. Mañana de vuelta a la oficina, necesito estar en mi casa un rato y descansar.

– Bueno, para otra será.
Hubo conversaciones posteriores similares por WhosApp, él siempre enviando iconos con ramos de flores y cosas parecidas, y había una parte de mí que se sentía halagada porque sus interacciones de texto conmigo eran de lo más caballerescas pero otra parte, no sé si más desconfiada o más certera, me repetía al oído hasta el cansancio: “Lola, corre por tu vida”.

Desfilaron ante el tiempo meses con mensajes suyos que no recibían respuesta mía: “Hola… Hay alguien ahí?”, “Cómo va todo?”, “Te volveré a ver algún día?”.

Pochola poseída

Pochola poseída

Cada vez que sonaba mi móvil y era él el que escribía, Pochola agitaba las patas y enseñaba los dientes cual niña de “El exorcista”, y me observaba concienzudamente con el cuello torcido y la mirada desencajada como a punto de ponerse a levitar… Qué queréis que os diga, me fío del olfato canino. Al fin y al cabo, mi propia psicosis me conducía indefectiblemente a la hipótesis de que mi vecino el huerfanito no solo necesitaba “redecorar su vida” y cambiar el mobiliario de su casa sino hacer terapia por la veneración a su madre muerta… pero presente.

Por qué creéis que al cruzar el umbral de la puerta se me ponían los pelos de punta y nunca soporté estar más de diez minutos en su pisito de soltero?

Cuchellería fina diseñada para asesinatos

Cuchellería fina diseñada para asesinatos

Estoy convencida de que en el perchero de la puerta del baño había colgados una bata de boatiné y una peluca, y en su cocina un cuchillo carnicero apto para la escena de la ducha del mismísimo Hitchcock… Y la señora dueña de la mecedora y el ovillo de lana y autora de los cojines de punto de cruz pululaba etérea y cabrona como ella sola espantando a las posibles pretendientes de su amado y cotizado hijo. Porque: quién no querría ser la esposa del heredero del mismísimo Motel Bates??? En todo el vecindario no existía mejor partido.
(Ésta es una historia basada en hechos irreales de la vida. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Ningún profesor, figurita de Lladró, perra consentida o espectro maternal ha sufrido daños durante la redacción de este texto. El televisor de 56 pulgadas sigue emitiendo en 3D más allá de los fantasmas asociados a la casa.)

© Lola Mento

9 DE CADA 10 MÉDICOS😷 RECOMIENDAN A LOLA💃✒️📜

9 de cada 10 médicos recomiendan leer a Lola Mento para sonreír. Como bien muestran sus lectores, sus textos son óptimos para la risoterapia😂 y el “autocuidado sensual”😈. No se pierdan el relato semanal en el Blog. En los próximos 7 días, nueva entrega: “Motel Bates”. Permanezcan atentos.

PAGANDO PEAJE⛔️💰 POR LAS MALDADES😈

(UN RELATO DE INFIDELIDAD, CARA DURA, AUTOPISTAS Y DESPEDIDAS DE SOLTERO)

Dentro de la fauna masculina, según mi humilde experiencia hasta el momento, hay dos clases de caraduras: los caraduras profesionales y los caraduras de vocación. Y en esta última categoría hay dos tipos: los que se esfuerzan un mínimo en ejercer su desfachatez (con planes de perfeccionarla y volverse profesionales algún día no lejano) y los que simplemente esperan que les llueva del cielo la ocasión para hacer la maldad, sin importar el estilo ni las precauciones a tomar, ni mucho menos la excelencia del evento prohibido en cuestión. Ramón, definitivamente, era de este segundo tipo.

Nos habían presentado en la fiesta de Navidad de la empresa, en la que él (pienso que por simple reflejo) al verme desplegó sus plumas cual pavo real mientras decía alguna impertinencia de tono machista que juraba que resultaría graciosa y que yo ni siquiera me molesté en registrar.

Cortejo del pavo real ante hembra indiferente

Cortejo de pavo real ante hembra indiferente

Era guapo, eso sí. A esas alturas de mi recuperada soltería yo ya estaba llegando a la conclusión de que la calidad humana y la guapura en un hombre tendían a ser inversamente proporcionales… Lo mismo que he oído a más de un hombre sostener la teoría paralela de que la locura y la belleza en una mujer son directamente proporcionales.

Quizá ninguno de los dos planteamientos sea del todo cierto. A mí, por lo menos, no me tachen de prejuiciosa: yo no pierdo la fe, es sólo que aún estoy esperando encontrarme con un par de excepciones que derriben esta hipótesis mía que ya va para creencia y que casi parece maldición.

Después de aquel primer encuentro, cruzamos unas pocas frases insustanciales una vez al toparnos en la entrada de la oficina y, meses más tarde, de la nada, me llegó por Fakebook su solicitud de amistad. Bueno, en realidad me temo que no fue de la nada, porque justo yo acababa de poner como portada un retrato en bikini en el que, para qué negarlo, se me veía un perfil “interesante”.

Lola y las montañas

“Qué bonitas las montañas en la foto”, decía su sutil mensaje interno.

“Es preciosa la Sierra de Madrid”, respondí haciéndome la sueca.

“Me refería a las OTRAS montañas”, increpó.

A lo que yo contesté: “Gracias, jajaja… Pero tú no tenías novia?!?”

“Sí, tengo novia. Y vivo con ella. Y eso qué tiene que ver???”.

BUM! Primer golpe de efecto. Un punto a favor por puro descaro. Cansada de tanto bla-blá y tanta moto vendida por mero deporte, agradecí la frescura de su insolencia.

Y ahí mismo fue donde se inició un acuerdo silencioso entre los dos que consistía en que él conservaba su estatus de macho depredador teniendo sexo fuera de su relación oficial y yo recibía mantenimiento técnico operativo a domicilio sin dramas ni mentiras ni enganches tóxicos de ninguna índole.

Eran encuentros concretos entre su cuerpo y el mío, sin almas presentes ni corazones latentes, sólo su polla y mi coño, su lengua y mi boca, sus dedos curiosos y mis uñas hambrientas, su culo embistiendo mis caderas y mis piernas abrazando su espalda, su mirada de incendio y mis ojos vidriosos al ritmo del gemido, sus brazos tratando inútilmente de sujetarme las riendas, mis pezones insolentes persiguiendo su beso, su mano tornando la caricia en nalgada, mis colmillos ávidos de mordiscos benévolos y su semen regando mis pechos y mi cuello como lluvia de perlas en estado candente.
No había una agenda que cumplir ni un ritmo estable, podían pasar meses sin que lográramos coincidir entre mis amantes discontinuos, mis viajes de trabajo y sus compromisos de vida y de pareja, y en esos entretiempos manteníamos una mínima comunicación que oscilaba entre lo amistoso y lo crudamente erótico, comunicación plagada de calentura mental y elementos gráficos explícitos que inauguraría en mi teléfono móvil, sin saberlo, lo que mis amigas más cercanas denominarían después como “catálogo multimedia de miembros masculinos”.

Este contrato implícito entre su culpabilidad asumida y mi libertad sin censura, en cualquier caso, tenía fecha de caducidad. Ramón, dentro de su perfecta burbuja de doble moral, le había pedido matrimonio a su novia. Nunca supe en qué momento, pero en una conversación post-coito, desnudos en mi dormitorio sobre las sábanas arrugadas, con la carne aún caliente, le pregunté para molestarlo: “…Y para cuándo la boda?”. Y él respondió: “Para septiembre”. Tras lo cual yo comenté, a medio camino entre la perplejidad y la carcajada: “Me parece tan surrealista estar hablando de esto estando los dos en pelotas en mi cama después de echar dos polvos… De verdad me impresiona tu nivel de cara dura”.

Esto era un ejemplo claro, no sólo de descaro, sino de auténtica disociación masculina. Es posible que su futura esposa en realidad no le importara un pimiento morrón, o quizá que sí le importara al menos un pimiento de Padrón (un rato sí, al otro no) pero estuviera convencido de que ostentaba algún derecho divino que le permitía tenerlo todo sin comprometerse con nada… Fuera como fuera, ahí estaba el individuo, más ancho que largo, hablándome de su fecha de matrimonio después de haberme metido la verga hasta el fondo por todos los rincones imaginables de mi anatomía femenina. Y, para que todo siguiera estando claro, añadió: “No, si, en cuanto me case, todo lo demás se acabó”. A lo que yo, riéndome, repliqué: “No te creo nada, pero te tomo la palabra. Porque no pienso ser la amante oficial de un hombre casado. Así que aprovéchalo mientras dure”.

Cuando dije eso, me consta que no me tomó en serio… Fresco por naturaleza, asumí que su instinto básico sería seguir saliéndose con la suya. Pero jamás imaginé que su concepto de la vida superaría a la ficción en este asunto.
Antes de acercarse el mes fatídico, intentamos planificar un acto final para la historia. Y como era de suponer, no funcionó.

En agosto hice mi éxodo habitual de vacaciones y, al regresar a Madrid, la primera persona que me envió un mensaje de bienvenida fue él… Tan buen olfato tenía? Ni que fuera el Lobo y yo Caperucita!

Caperucita Feroz y el inocente Lobo

Caperucita Feroz y el inocente Lobo

– Qué tal esas vacaciones???

– Muy bien. Cómo estás tú? Cómo va el cursillo prematrimonial?

– Superado. Tuvimos la última clase el domingo pasado.

– …Y? Te consiguió exorcizar el cura? Notas algún cambio desde entonces?

– No.

– Pero con esto ya estás casi oficialmente casado…

– Quieres ser oficialmente mi amante???

Entre risas le recordé que ya le había contestado previamente que NO a esa pregunta. Y dejamos ahí la conversación.

Cuando días después, de madrugada, me empezó a escribir por WhosApp, yo, que estaba debatiéndome entre el sueño y la vigilia, no cabía en mí de alucine. El caradura vocacional, que había pasado mes y medio yendo a la parroquia todos los domingos a escuchar charlas católicas sobre cómo debía vivirse el amor en pareja, ese mismo sinvergüenza que llevaba quién sabe cuánto tiempo y con cuántas mujeres distintas poniéndole los cuernos a su novia y que yo sabía que estaba a punto de casarse por la iglesia, me estaba contactando específicamente porque quería cobrar su despedida de soltero. (Qué gran honor! …O no?).

Despedida de Soltero

Me pudo más la curiosidad que el cansancio, así que le di cuerda vía chat. Me contaba que su futura esposa (que técnicamente ya era su concubina) se había ido a dormir a casa de una amiga en esa última noche antes de pasar por el altar (ni que fuera virgen, por Dios bendito y todos los Santos!).

Como ni estaba necesitada ni tenía prisa, y además me divertía enormemente la situación, forcejeé verbalmente con él durante más de media hora, hasta llegar por extenuación a la decisión final de concederle este último deseo al reo en pena de muerte en su paseo final hacia la silla eléctrica del Santo Sacramento.

“De acuerdo”, le dije. “Pero que quede claro que esto va a ser la última vez y se va a considerar como tu despedida de soltero formal”. “En 40 o 45 minutos estoy en tu casa”, concluyó. Así que me puse a seleccionar el conjunto de lencería más sexy de mi repertorio, con la intención de que aquel fuera un capítulo memorable y un broche de oro que nunca más necesitara abrirse.

Iba saliendo de la ducha dispuesta a ungir mi piel con el mejor de los aceites para recibir al falo bendito del momento cuando sonó un nuevo mensaje en mi teléfono.

– Bebé, estoy frito. No voy a poder ir.

Qué le habrá pasado a éste, pensé yo. Habrá vuelto de repente la novia pura y virtuosa poniéndose por montera el cinturón de castidad virtual en esa última noche de princesa prometida???

Adiós, cinturón de castidad

La novia

De alguna manera, quizá porque creo en la justicia de los dioses del Olimpo, me estaba gustando el curso que iba tomando este desenlace.

– Jajajaja… Te está bien por cachondo!!!

– No tengo dinero para el peaje y mi tarjeta no la tengo aquí.

– Me estás tomando el pelo… Es tragicómico.

– Te lo juro.

– La tarjeta se la llevó ella, no me digas más! JAJAJAJAJAAA. Esto es un castigo divino.

– No, la tarjeta de débito se me olvidó en casa de mi madre en Madrid. Y no tengo otra.

– Esto te pasa por vivir en Illescas… Ahora, encima de hacer voto de pobreza, vas a tener que hacer voto de castidad, JAJAJAJAJAAA!!!

No me alcanza ni para pipas

No me alcanza ni para pipas

Dentro de mi ataque de risa, le pregunté si no había ningún amigo o vecino cerca que le pudiera prestar 3€ para el peaje. “A las dos menos diez de la mañana?”, respondió. Como que no…

Por supuesto, hacer el recorrido largo por vías alternativas a la autopista no era una opción a considerar. Una hora de trayecto de ida y otra de vuelta, y con una ruta que requería prestar atención a la carretera porque no era la habitual, que ya era capaz de recorrerla casi con los ojos cerrados, suponía demasiado esfuerzo.

Además, que en lo oscuro de la madrugada siempre existía el riesgo de que se le apareciera “la niña de la curva” en mitad del camino y llegara poseído a su propia boda, o directamente tuvieran que ir a buscar su cadáver a la M-30 sin comprender a dónde diantres iba conduciendo a esas horas la noche antes de su matrimonio…

La niña de la curva

La niña de la curva

Me imagino las palabras del sacerdote que lo entrenó previamente para el Santo Sacramento durante el sentido Rito de Sepultura: “Ramón era un hombre enamorado. Tanto, que la madrugada anterior a su boda no soportó estar lejos de su futura mujer y salió a buscarla desesperado. Que el Señor lo guarde en su gloria y su recuerdo quede por siempre vivo entre nosotros. Amén”.

Y, mientras, la llorosa concubina, cual moderna María Magdalena, descifrando el código de desbloqueo del móvil y leyendo el último WhosApp, dirigido a una misteriosa Lola a la cual no conocía y cuya foto de perfil tenía más curvas que un puerto de montaña: “A la mierda el peaje. Me voy por las carreteras locales. Espérame desnuda. No me pierdo ni loco mi despedida de soltero”.

El sacerdote recordando lo bueno que era Ramón

El sacerdote recordando lo bueno que era Ramón

(Ésta es una historia basada en hechos irreales de la vida. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Ningún pavo real, fantasma de autopista o sacerdote ha sufrido daños durante la redacción de este texto. La niña de la curva continúa apareciéndose en el mismo lugar.)

© Lola Mento