PAGANDO PEAJE⛔️💰 POR LAS MALDADES😈

(UN RELATO DE INFIDELIDAD, CARA DURA, AUTOPISTAS Y DESPEDIDAS DE SOLTERO)

Dentro de la fauna masculina, según mi humilde experiencia hasta el momento, hay dos clases de caraduras: los caraduras profesionales y los caraduras de vocación. Y en esta última categoría hay dos tipos: los que se esfuerzan un mínimo en ejercer su desfachatez (con planes de perfeccionarla y volverse profesionales algún día no lejano) y los que simplemente esperan que les llueva del cielo la ocasión para hacer la maldad, sin importar el estilo ni las precauciones a tomar, ni mucho menos la excelencia del evento prohibido en cuestión. Ramón, definitivamente, era de este segundo tipo.

Nos habían presentado en la fiesta de Navidad de la empresa, en la que él (pienso que por simple reflejo) al verme desplegó sus plumas cual pavo real mientras decía alguna impertinencia de tono machista que juraba que resultaría graciosa y que yo ni siquiera me molesté en registrar.

Cortejo del pavo real ante hembra indiferente

Cortejo de pavo real ante hembra indiferente

Era guapo, eso sí. A esas alturas de mi recuperada soltería yo ya estaba llegando a la conclusión de que la calidad humana y la guapura en un hombre tendían a ser inversamente proporcionales… Lo mismo que he oído a más de un hombre sostener la teoría paralela de que la locura y la belleza en una mujer son directamente proporcionales.

Quizá ninguno de los dos planteamientos sea del todo cierto. A mí, por lo menos, no me tachen de prejuiciosa: yo no pierdo la fe, es sólo que aún estoy esperando encontrarme con un par de excepciones que derriben esta hipótesis mía que ya va para creencia y que casi parece maldición.

Después de aquel primer encuentro, cruzamos unas pocas frases insustanciales una vez al toparnos en la entrada de la oficina y, meses más tarde, de la nada, me llegó por Fakebook su solicitud de amistad. Bueno, en realidad me temo que no fue de la nada, porque justo yo acababa de poner como portada un retrato en bikini en el que, para qué negarlo, se me veía un perfil “interesante”.

Lola y las montañas

“Qué bonitas las montañas en la foto”, decía su sutil mensaje interno.

“Es preciosa la Sierra de Madrid”, respondí haciéndome la sueca.

“Me refería a las OTRAS montañas”, increpó.

A lo que yo contesté: “Gracias, jajaja… Pero tú no tenías novia?!?”

“Sí, tengo novia. Y vivo con ella. Y eso qué tiene que ver???”.

BUM! Primer golpe de efecto. Un punto a favor por puro descaro. Cansada de tanto bla-blá y tanta moto vendida por mero deporte, agradecí la frescura de su insolencia.

Y ahí mismo fue donde se inició un acuerdo silencioso entre los dos que consistía en que él conservaba su estatus de macho depredador teniendo sexo fuera de su relación oficial y yo recibía mantenimiento técnico operativo a domicilio sin dramas ni mentiras ni enganches tóxicos de ninguna índole.

Eran encuentros concretos entre su cuerpo y el mío, sin almas presentes ni corazones latentes, sólo su polla y mi coño, su lengua y mi boca, sus dedos curiosos y mis uñas hambrientas, su culo embistiendo mis caderas y mis piernas abrazando su espalda, su mirada de incendio y mis ojos vidriosos al ritmo del gemido, sus brazos tratando inútilmente de sujetarme las riendas, mis pezones insolentes persiguiendo su beso, su mano tornando la caricia en nalgada, mis colmillos ávidos de mordiscos benévolos y su semen regando mis pechos y mi cuello como lluvia de perlas en estado candente.
No había una agenda que cumplir ni un ritmo estable, podían pasar meses sin que lográramos coincidir entre mis amantes discontinuos, mis viajes de trabajo y sus compromisos de vida y de pareja, y en esos entretiempos manteníamos una mínima comunicación que oscilaba entre lo amistoso y lo crudamente erótico, comunicación plagada de calentura mental y elementos gráficos explícitos que inauguraría en mi teléfono móvil, sin saberlo, lo que mis amigas más cercanas denominarían después como “catálogo multimedia de miembros masculinos”.

Este contrato implícito entre su culpabilidad asumida y mi libertad sin censura, en cualquier caso, tenía fecha de caducidad. Ramón, dentro de su perfecta burbuja de doble moral, le había pedido matrimonio a su novia. Nunca supe en qué momento, pero en una conversación post-coito, desnudos en mi dormitorio sobre las sábanas arrugadas, con la carne aún caliente, le pregunté para molestarlo: “…Y para cuándo la boda?”. Y él respondió: “Para septiembre”. Tras lo cual yo comenté, a medio camino entre la perplejidad y la carcajada: “Me parece tan surrealista estar hablando de esto estando los dos en pelotas en mi cama después de echar dos polvos… De verdad me impresiona tu nivel de cara dura”.

Esto era un ejemplo claro, no sólo de descaro, sino de auténtica disociación masculina. Es posible que su futura esposa en realidad no le importara un pimiento morrón, o quizá que sí le importara al menos un pimiento de Padrón (un rato sí, al otro no) pero estuviera convencido de que ostentaba algún derecho divino que le permitía tenerlo todo sin comprometerse con nada… Fuera como fuera, ahí estaba el individuo, más ancho que largo, hablándome de su fecha de matrimonio después de haberme metido la verga hasta el fondo por todos los rincones imaginables de mi anatomía femenina. Y, para que todo siguiera estando claro, añadió: “No, si, en cuanto me case, todo lo demás se acabó”. A lo que yo, riéndome, repliqué: “No te creo nada, pero te tomo la palabra. Porque no pienso ser la amante oficial de un hombre casado. Así que aprovéchalo mientras dure”.

Cuando dije eso, me consta que no me tomó en serio… Fresco por naturaleza, asumí que su instinto básico sería seguir saliéndose con la suya. Pero jamás imaginé que su concepto de la vida superaría a la ficción en este asunto.
Antes de acercarse el mes fatídico, intentamos planificar un acto final para la historia. Y como era de suponer, no funcionó.

En agosto hice mi éxodo habitual de vacaciones y, al regresar a Madrid, la primera persona que me envió un mensaje de bienvenida fue él… Tan buen olfato tenía? Ni que fuera el Lobo y yo Caperucita!

Caperucita Feroz y el inocente Lobo

Caperucita Feroz y el inocente Lobo

– Qué tal esas vacaciones???

– Muy bien. Cómo estás tú? Cómo va el cursillo prematrimonial?

– Superado. Tuvimos la última clase el domingo pasado.

– …Y? Te consiguió exorcizar el cura? Notas algún cambio desde entonces?

– No.

– Pero con esto ya estás casi oficialmente casado…

– Quieres ser oficialmente mi amante???

Entre risas le recordé que ya le había contestado previamente que NO a esa pregunta. Y dejamos ahí la conversación.

Cuando días después, de madrugada, me empezó a escribir por WhosApp, yo, que estaba debatiéndome entre el sueño y la vigilia, no cabía en mí de alucine. El caradura vocacional, que había pasado mes y medio yendo a la parroquia todos los domingos a escuchar charlas católicas sobre cómo debía vivirse el amor en pareja, ese mismo sinvergüenza que llevaba quién sabe cuánto tiempo y con cuántas mujeres distintas poniéndole los cuernos a su novia y que yo sabía que estaba a punto de casarse por la iglesia, me estaba contactando específicamente porque quería cobrar su despedida de soltero. (Qué gran honor! …O no?).

Despedida de Soltero

Me pudo más la curiosidad que el cansancio, así que le di cuerda vía chat. Me contaba que su futura esposa (que técnicamente ya era su concubina) se había ido a dormir a casa de una amiga en esa última noche antes de pasar por el altar (ni que fuera virgen, por Dios bendito y todos los Santos!).

Como ni estaba necesitada ni tenía prisa, y además me divertía enormemente la situación, forcejeé verbalmente con él durante más de media hora, hasta llegar por extenuación a la decisión final de concederle este último deseo al reo en pena de muerte en su paseo final hacia la silla eléctrica del Santo Sacramento.

“De acuerdo”, le dije. “Pero que quede claro que esto va a ser la última vez y se va a considerar como tu despedida de soltero formal”. “En 40 o 45 minutos estoy en tu casa”, concluyó. Así que me puse a seleccionar el conjunto de lencería más sexy de mi repertorio, con la intención de que aquel fuera un capítulo memorable y un broche de oro que nunca más necesitara abrirse.

Iba saliendo de la ducha dispuesta a ungir mi piel con el mejor de los aceites para recibir al falo bendito del momento cuando sonó un nuevo mensaje en mi teléfono.

– Bebé, estoy frito. No voy a poder ir.

Qué le habrá pasado a éste, pensé yo. Habrá vuelto de repente la novia pura y virtuosa poniéndose por montera el cinturón de castidad virtual en esa última noche de princesa prometida???

Adiós, cinturón de castidad

La novia

De alguna manera, quizá porque creo en la justicia de los dioses del Olimpo, me estaba gustando el curso que iba tomando este desenlace.

– Jajajaja… Te está bien por cachondo!!!

– No tengo dinero para el peaje y mi tarjeta no la tengo aquí.

– Me estás tomando el pelo… Es tragicómico.

– Te lo juro.

– La tarjeta se la llevó ella, no me digas más! JAJAJAJAJAAA. Esto es un castigo divino.

– No, la tarjeta de débito se me olvidó en casa de mi madre en Madrid. Y no tengo otra.

– Esto te pasa por vivir en Illescas… Ahora, encima de hacer voto de pobreza, vas a tener que hacer voto de castidad, JAJAJAJAJAAA!!!

No me alcanza ni para pipas

No me alcanza ni para pipas

Dentro de mi ataque de risa, le pregunté si no había ningún amigo o vecino cerca que le pudiera prestar 3€ para el peaje. “A las dos menos diez de la mañana?”, respondió. Como que no…

Por supuesto, hacer el recorrido largo por vías alternativas a la autopista no era una opción a considerar. Una hora de trayecto de ida y otra de vuelta, y con una ruta que requería prestar atención a la carretera porque no era la habitual, que ya era capaz de recorrerla casi con los ojos cerrados, suponía demasiado esfuerzo.

Además, que en lo oscuro de la madrugada siempre existía el riesgo de que se le apareciera “la niña de la curva” en mitad del camino y llegara poseído a su propia boda, o directamente tuvieran que ir a buscar su cadáver a la M-30 sin comprender a dónde diantres iba conduciendo a esas horas la noche antes de su matrimonio…

La niña de la curva

La niña de la curva

Me imagino las palabras del sacerdote que lo entrenó previamente para el Santo Sacramento durante el sentido Rito de Sepultura: “Ramón era un hombre enamorado. Tanto, que la madrugada anterior a su boda no soportó estar lejos de su futura mujer y salió a buscarla desesperado. Que el Señor lo guarde en su gloria y su recuerdo quede por siempre vivo entre nosotros. Amén”.

Y, mientras, la llorosa concubina, cual moderna María Magdalena, descifrando el código de desbloqueo del móvil y leyendo el último WhosApp, dirigido a una misteriosa Lola a la cual no conocía y cuya foto de perfil tenía más curvas que un puerto de montaña: “A la mierda el peaje. Me voy por las carreteras locales. Espérame desnuda. No me pierdo ni loco mi despedida de soltero”.

El sacerdote recordando lo bueno que era Ramón

El sacerdote recordando lo bueno que era Ramón

(Ésta es una historia basada en hechos irreales de la vida. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Ningún pavo real, fantasma de autopista o sacerdote ha sufrido daños durante la redacción de este texto. La niña de la curva continúa apareciéndose en el mismo lugar.)

© Lola Mento

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