MOTEL BATES (O la insospechada rareza de lo gris)

MOTEL BATES

En su foto de Kinder se le ve√≠a normal. Muy normal. Incluso demasiado normal. Y al natural, por m√°s raro que resultara, se le ve√≠a m√°s normal a√ļn, si es que existe un grado superior de normalidad en t√©rminos de apariencia humana.

Ten√≠a aspecto de tipo confiable, serio, tranquilo, extremadamente civilizado, as√≠ como para salir en Frikipedia en una foto a media p√°gina junto al concepto de padre de familia o maestro del a√Īo. De hecho, era profesor de contabilidad en la Universidad Aut√≥noma de Madrid y, al margen de eso, ten√≠a una PYME de entrega de frutas y verduras org√°nicas a domicilio con un par de socios que probablemente se ver√≠an tan normales como √©l, si no es que m√°s. Y sus alumnos, por lo que √©l contaba, no lo odiaban ni un poquito.

Si lo buscabas en Boogle, cosa que yo s√≥lo hice despu√©s de la primera cita para corroborar informaci√≥n, aparec√≠an sus perfiles de Sinkedin y Fakebook con el n√ļmero justo de fotos asociadas, todas dentro de los par√°metros de correcci√≥n social m√°s adecuados, y el curr√≠culum relatado por √©l mismo concordaba con lo publicado en internet. Hasta constaba en el listado de docentes de la UAM, con nombres, apellidos y posado oficial.

En la superficie era todo demostrablemente honrado, por no decir aburrido.
Cuando marqu√© “me gusta” en su perfil no estaba del todo convencida, pero me encontraba en pleno apogeo de una fase “Dolores”, tratando de pasar las penas tras una ilusi√≥n derribada a punta de incoherencia por el gil de turno, y yo creo que de forma muy inconsciente deb√≠ de pensar que cambiar radicalmente de criterio de selecci√≥n podr√≠a dar mejores resultados… As√≠ que opt√© por el gris.

Opt√© por el tipo con cara de no haber matado una mosca en su vida, por el tipo con expediente est√°ndar y discurso plano, por el tipo supuestamente previsible, y quiz√° hasta honesto en cierto grado… Por el tipo del que nadie podr√≠a esperar nada malo y en el que nadie reparar√≠a, como Billy Bob Thornton en “El hombre que nunca estuvo all√≠”.

elsrgris

El Sr. Gris

Al llegarme el aviso “Tienes un match!” en la aplicaci√≥n, me sorprendi√≥ que √©l hubiera marcado tambi√©n ese “me gusta”. No porque me tenga poca estima, sino porque yo, antes muerta que sencilla, soy tan ruidosa mirada desde afuera que juraba que alguien como √©l jam√°s se atrever√≠a con alguien como yo.

Insospechadamente, en su desenvoltura “mensaj√≠stica” derrib√≥ mi primera barrera. El hombre gris ten√≠a materia gris. Era hasta ocurrente. Y eso que esta servidora es exigent√≠sima en lo que se refiere a di√°logo, y m√°s a√ļn en lo que se refiere a palabra escrita. Soy rubia, s√≠, pero rubia te√Īida. O sea: puedo parecer tonta… Pero definitivamente NO lo soy.

Rubia pero no tonta!

Rubia pero no tonta!

Dentro de mi desgana emocional de aquel momento, impulsada por la supuesta buena gana de este individuo ante la idea de conocerme, acced√≠ a un almuerzo. Creo recordar que √©sta es la primera vez en la vida que llego a una cita sin una sola gota de maquillaje, idea por la que mis √≠ntimos se llevar√≠an las manos a la cabeza al m√°s puro estilo “Grito” de Munch (como ya dije previamente: YO ANTES MUERTA QUE SENCILLA).

Mientras com√≠amos sushi con pulcritud de aut√©nticos japoneses y palillos desechables, yo ech√© mano de mi honestidad brutal y le cont√© que en realidad a√ļn ten√≠a una situaci√≥n pendiente de resolver emocionalmente con un personaje que en principio hab√≠a sentido como potencialmente importante. Ergo: te ofrezco mi amistad… Como √©l era el rey de la buena educaci√≥n, ni siquiera se inmut√≥ al escuchar eso. Reaccion√≥ con los mejores modales y una sonrisa digna de pr√≠ncipe Disney en su escena estelar, aceptando mis condiciones sin rechistar y cambiando de tema oportunamente. Ni la mism√≠sima Lady Gaga hubiera puesto una cara de p√≥ker tan cre√≠ble. Fue ah√≠ cuando yo me empec√© a preguntar: tendr√° sangre en las venas???

Cara de póker

Trasládese esta cara de póker a la foto del Sr. Gris para visualizar la escena correctamente

Con la excusa de ir a buscar su ordenador port√°til, porque m√°s entrada la tarde ten√≠a una reuni√≥n informal en un caf√©, me pidi√≥ que lo acompa√Īara un momento a su casa. Curiosamente viv√≠amos a dos calles de distancia, pero nunca antes nos hab√≠amos cruzado. Tendremos horarios diferentes, pens√© yo… Aquel d√≠a estaba tan anestesiada ante los est√≠mulos del mundo exterior, que en mi nebulosa dibujada por la tristeza todo me parec√≠a usual y comprensible, aunque no lo fuera.

El edificio era de los más antiguos de la zona, pero no muy diferente al mío. Más alto, como él con respecto a mí, pero casi de la misma estructura. El ascensor, eso sí, era bastante más viejo.

El ascensor siniestro

El ascensor siniestro

O quizá tenía peor mantenimiento (también como él con respecto a mí??), porque al subir se escuchaba el chirrido de las poleas estrangulando los cables en la transición de cada piso. No soy especialmente miedosa, pero tampoco me apetecía quedarme colgada entre plantas con el profesor, que, además de no inflamarme ni una sola hormona (sería por mi estado melancólico?), a esas alturas ya me estaba empezando a parecer sospechoso de tan normal.

Seg√ļn √≠bamos subiendo al pen√ļltimo piso, Juan Jos√© (que as√≠ se llamaba), de 42 a√Īos, metro noventa, virgen en las lides del matrimonio y la convivencia, sin descendientes conocidos ni desconocidos, caballero de modales impecables, docente ejemplar, joven empresario, hijo √ļnico, hu√©rfano por la gracia de Dios y de sus padres, me hac√≠a la introducci√≥n correspondiente sobre el apartamento: “Cuando muri√≥ mi madre, yo me qued√© a vivir aqu√≠. Es grande para m√≠ solo, pero estoy acostumbrado al barrio y me gusta. Adem√°s, ya est√° todo hecho; si lo hubiera vendido y me hubiera comprado un piso m√°s nuevo hubiera tenido que instalarme desde cero. Y total, para qu√©? Esta casa ya est√° armada y tiene su toque hogare√Īo”.

Hasta ah√≠ sonaba razonable. Aunque a m√≠, creativa de nacimiento y defensora absoluta de ese lema de la tienda de muebles sueca que reza: “Redecora tu vida”, me parec√≠a excesivamente c√≥modo de su parte que con la excusa de que “ya estaba todo hecho” no hubiera tenido siquiera el impulso de cambiar los muebles a su gusto para generar un ambiente propio m√°s acorde con su edad y con su solter√≠a.

Al cruzar el umbral me termin√≥ de quedar claro el nivel de comodidad del sujeto en cuesti√≥n. Ante mis pesta√Īas sin r√≠mel y mi mirada ojipl√°tica, que trataba de disimularse a s√≠ misma in√ļtilmente, se desplegaba un escenario digno de la abuela de Caperucita: cortinajes pesados, sof√°s de orejeras con tapicer√≠a a√Īeja, cojines de punto de cruz, muebles anticuados (no antiguos de verdad), figuritas de Lladr√≥ pegadas con D√ļper-Glue y, como pieza estelar en mitad del sal√≥n, una mesa camilla con tapete de ganchillo hecho a mano. Por un instante pens√© que entre tanta ranciedad me encontraria con alguna obra de taxidermia, pero para mi tranquilidad mental no fue as√≠.

“Veo que no tocaste ABSOLUTAMENTE nada”, le coment√© intentando darle a la frase un tono lo m√°s ingenuo posible. “No, me gusta que la casa tenga un aire femenino”. Ir√≥nicamente, con ese “aire” femenino, a m√≠ me estaban empezando a dar ahogos… “A ver la terraza?” Y abr√≠ el ventanal. √Čl se acerc√≥ y, apuntando su dedo en lontananza cual Crist√≥bal Col√≥n en pleno descubrimiento de Am√©rica, fij√≥ la mirada dos torres m√°s all√° y me mostr√≥ mi edificio.

– Ah√≠ vives t√ļ, no?

Asentí.

РEn qué piso?

– En el cuarto.

Al ver tan n√≠tida la panor√°mica de mi balc√≥n desde el suyo, me empec√© a cuestionar si mi solitario vecino no me tendr√≠a vigilada desde antes… “Cuando haga barbacoas te podr√© saludar”, le dije con una sonrisa para no quedar como paranoica. “Nos podemos avisar cuando estemos en casa y salir a decirnos hola”, replic√≥. No supe si su comentario me estaba sonando extra√Īo, √Īo√Īo, siniestro o todas las anteriores. As√≠ que para no darle tantas vueltas a la situaci√≥n de “La Ventana Indiscreta” y terminar r√°pido con el tr√°mite que nos hab√≠a llevado all√≠, le pregunt√© por su ordenador port√°til.

El vecino de enfrente

El vecino de enfrente y Lola

РLo tengo en mi habitación. Ven, termino de hacerte el tour por el piso, cogemos el ordenador y nos vamos. A no ser que prefieras que nos quedemos viendo alguna película. Tengo un televisor 3D de 56 pulgadas y un montón de películas en HD. Me comentaste que te gusta el cine, no?

– S√≠, me encanta. (Sobre todo las pel√≠culas de suspense, me dije a m√≠ misma, ir√≥nicamente, dentro de mi cabeza). Pero tengo ganas de salir hoy. Mejor v√°monos a tomar algo a alg√ļn sitio.

Al caminar hacia su dormitorio para ir a buscar el laptop, pasamos por otra habitaci√≥n que ten√≠a la puerta entreabierta. No me quise sugestionar, pero por el rabillo del ojo vi una mecedora con un ovillo y unos palillos de tejer encima…

La mecedora escondida

La habitación de tejer

Qu√© macho en sus sanos cabales tendr√≠a una habitaci√≥n para tejer en su casa?!? Me hice la loca y obvi√© mentalmente lo que acababa de vislumbrar. Quiz√° la penumbra me estaba jugando una mala pasada y lo que hab√≠a sobre la mecedora era una simple bufanda, y los palillos de tejer reflejos del sol que se colaba por las rendijas de la persiana entrecerrada. O quiz√° Juan Jos√© estaba aprendiendo la t√©cnica del punto ingl√©s como terapia a su estresante vida… Esperad: estresante? A no ser que tuviera cad√°veres escondidos en los armarios, no hab√≠a nada estresante en su gris y plano microcosmos de mediocridad… O es que no era tan mediocre?!?

En su dormitorio insisti√≥ en hacerme una demostraci√≥n de lo maravillosamente s√ļper-mega-fant√°stico que era su nuevo televisor, me puso unas gafas 3D y le dio play a “La edad de hielo 3”. “Impresionante”, exclam√©, y a√Īad√≠: “Mejor dejemos la pel√≠cula para otro d√≠a, necesito que me de el aire, llevo toda la semana encerrada”.

РVale. Dónde quieres ir?

РTe parece bien el Salón de Té de la esquina?

– Vamos.

Tuve que contenerme para que no se me notara el suspiro de alivio cuando abandonamos la residencia del huérfano del barrio. Los poco más de cinco minutos que alcanzamos a estar allí, había tenido una persistente sensación de incomodidad, más allá que eso, en realidad: desde que había pisado aquel inmueble me habían dado unas ganas imperiosas de salir huyendo despavorida, lo mismo que la víctima inocente al darse cuenta de quién es el malo en la secuencia de persecución más trepidante de una historia de terror.

Despu√©s de aquella primera cita, que claramente para m√≠ hab√≠a sido un desastre, Juan Jos√© continu√≥ escribi√©ndome por WhosApp e insistiendo en coordinar agendas para volver a quedar. Derrochaba caballerosidad en cada frase, y siempre se desped√≠a con alg√ļn icono tierno: una rosa roja, un beso, un coraz√≥n… Se dirig√≠a a m√≠ con palabras como: princesa, linda, preciosa… Y siempre, siempre, me respond√≠a con m√°ximo respeto cuando yo le recordaba su forzosa posici√≥n de amigo.

Considerando que cuando nos conocimos en persona yo justo estaba sensible y tenía el día tonto, y que mis investigaciones sobre él en internet habían dado resultados coherentes con respecto a lo que él me había contado de sí mismo, quise ser civilizada y darle una segunda oportunidad al Sr. Gris.

Volv√≠ a acceder a un almuerzo, y esta vez ser√≠a en mi casa, pero antes ir√≠amos juntos al supermercado a comprar los ingredientes necesarios. La idea era hacer unas hamburguesas a la parrilla en plan gourmet. El caso es que al pasar por el pasillo de la carne, √©l dijo: “Sabes qu√©? Me acabo de acordar de que tengo en casa varias de estas mismas hamburguesas. Mejor vamos a buscarlas, no hace falta que compremos ninguna”.

De alguna extra√Īa manera hab√≠a conseguido meterme de nuevo en la “Mansi√≥n del Terror” que acababa de descubrir en mi propia calle. S√≥lo que a m√≠ no me resultaba tan divertida como la cl√°sica atracci√≥n de feria… Honestamente, era entrar y me daban escalofr√≠os. Esto ya no ten√≠a que ver con mi estado de √°nimo, era una sensaci√≥n que trascend√≠a eso. De hecho, aquel s√°bado de sol radiante mi √°nimo hab√≠a empezado a gozar de mejor salud… Pero algo hab√≠a en el ambiente de aquel piso que me provocaba el deseo instant√°neo de poner pies en polvorosa. Ni siquiera cerr√© la puerta, lo esper√© en mitad del sal√≥n, mirando mi terraza a lo lejos a trav√©s del ventanal de su balc√≥n, mientras √©l iba a la cocina y regresaba con las famosas hamburguesas en una bolsa de pl√°stico. Y regresamos a mi hogar, dulce hogar.

A ritmo de cervezas en botella con rodajita de lim√≥n adicionada, echamos toda la carne a la parrilla (s√≥lo en el sentido textual, no en el metaf√≥rico) y calentamos los panes alrededor. A m√≠ me extra√Ī√≥ tremendamente que con el intenso olor a barbacoa no apareciera saltando y ladrando la estrella de la casa, mi perra Pochola, Condesa de Chinch√≥n (como buena madrile√Īa), Duquesa del Solomillo a Punto, el T√°rtaro y el Pollo al Chilindr√≥n (ella no come cualquier cosa), Marquesa de la Buena Vida y la Poca Verg√ľenza y Embajadora Honor√≠fica del Tequila y la Michelada (como su raza chihuahue√Īa le impon√≠a).

Pochola y su melena de artista de cine

Pochola y su melena de artista de cine

Pochola, que tal y como indica su nombre es una pocholada y un amor de can, es famosa por salir a lucir su melena de artista de cine (es chihuahua, pero una variedad de la raza de pelo largo y sedoso) y a darle su bienvenida a las visitas como RRPP de nuestra Rep√ļblica Independiente. Pero aquel d√≠a estaba desaparecida.

Con ella cerca, aunque suene rid√≠culo teniendo en cuenta su tama√Īo, yo me siento protegida, as√≠ que tuve la inercia de buscarla de inmediato. Tras dos vueltas y media a mi apartamento, balcones incluidos, a√ļn no lograba encontrarla. “Suele esconderse?”, me preguntaba Juan Jos√©. “Casi nunca. S√≥lo cuando paso la aspiradora, porque le molesta el ruido. Es que ella es muy se√Īorita”. En la quinta pasada por la cocina, al otro lado del runr√ļn que la preocupaci√≥n produc√≠a en mi cerebro, escuch√© un leve gru√Īido. Agudic√© mis sentidos y me mov√≠ en direcci√≥n al mismo. Un destello llam√≥ mi atenci√≥n en una esquina, desde el fondo del cubo de la fregona… Eran los ojos asustados de mi hija canina.

РQué haces ahí adentro?!?

Le tiritaban las orejas de miedo. La saqu√© del cubo, la tom√© en brazos y me dirig√≠ al sal√≥n. Al acercarme a Juan Jos√©, que supervisaba la parrilla, dio un salto ol√≠mpico desde mis brazos hasta el suelo y se esfum√≥ por el pasillo rumbo a mi dormitorio cual gacela d√°ndose a la fuga ante la amenaza del cazador. Era la primera vez que esta perra consentida hac√≠a alarde de tal comportamiento. Al mostrar mi extra√Īeza, el Sr. Gris exclam√≥: “Qu√© mal genio tu perra, no?”. Si no lo intent√© estrangular en ese preciso instante fue porque estaba empezando a convencerme de que el psic√≥pata era √©l, y no quer√≠a provocarlo a ninguna demostraci√≥n de sus talentos ocultos.

Sin olvidar mi sensaci√≥n de extra√Īeza, sobreviv√≠ graciosamente durante toda la comida y, un par de horas m√°s tarde, por inspiraci√≥n divina, √©l decidi√≥ poner fin a la velada aludiendo a un compromiso obtenido con anterioridad. Al marcharse, la atm√≥sfera se alivian√≥ inmediatamente, y Pochola reapareci√≥ como si nada moviendo la cola como cachorra feliz. La energ√≠a recuperaba su signo positivo en la Rep√ļblica Independiente de las Dos Perras.
Pasó una semana en la que él sabía que yo iba a estar de viaje por trabajo, y una noche me llegó un mensaje suyo saludando y preguntando si ya había vuelto a Madrid.

– Hola! Ya estoy de vuelta… Agotada. Qu√© tal t√ļ?

– Bien. Ahora vienen unos amigos a tomar algo. Te animas?

– Gracias, pero hoy no me sacan de aqu√≠ ni con una gr√ļa. Ma√Īana de vuelta a la oficina, necesito estar en mi casa un rato y descansar.

– Bueno, para otra ser√°.
Hubo conversaciones posteriores similares por WhosApp, √©l siempre enviando iconos con ramos de flores y cosas parecidas, y hab√≠a una parte de m√≠ que se sent√≠a halagada porque sus interacciones de texto conmigo eran de lo m√°s caballerescas pero otra parte, no s√© si m√°s desconfiada o m√°s certera, me repet√≠a al o√≠do hasta el cansancio: “Lola, corre por tu vida”.

Desfilaron ante el tiempo meses con mensajes suyos que no recib√≠an respuesta m√≠a: “Hola… Hay alguien ah√≠?”, “C√≥mo va todo?”, “Te volver√© a ver alg√ļn d√≠a?”.

Pochola poseída

Pochola poseída

Cada vez que sonaba mi m√≥vil y era √©l el que escrib√≠a, Pochola agitaba las patas y ense√Īaba los dientes cual ni√Īa de “El exorcista”, y me observaba concienzudamente con el cuello torcido y la mirada desencajada como a punto de ponerse a levitar… Qu√© quer√©is que os diga, me f√≠o del olfato canino. Al fin y al cabo, mi propia psicosis me conduc√≠a indefectiblemente a la hip√≥tesis de que mi vecino el huerfanito no solo necesitaba “redecorar su vida” y cambiar el mobiliario de su casa sino hacer terapia por la veneraci√≥n a su madre muerta… pero presente.

Por qué creéis que al cruzar el umbral de la puerta se me ponían los pelos de punta y nunca soporté estar más de diez minutos en su pisito de soltero?

Cucheller√≠a fina dise√Īada para asesinatos

Cucheller√≠a fina dise√Īada para asesinatos

Estoy convencida de que en el perchero de la puerta del ba√Īo hab√≠a colgados una bata de boatin√© y una peluca, y en su cocina un cuchillo carnicero apto para la escena de la ducha del mism√≠simo Hitchcock… Y la se√Īora due√Īa de la mecedora y el ovillo de lana y autora de los cojines de punto de cruz pululaba et√©rea y cabrona como ella sola espantando a las posibles pretendientes de su amado y cotizado hijo. Porque: qui√©n no querr√≠a ser la esposa del heredero del mism√≠simo Motel Bates??? En todo el vecindario no exist√≠a mejor partido.
(√Čsta es una historia basada en hechos irreales de la vida. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Ning√ļn profesor, figurita de Lladr√≥, perra consentida o espectro maternal ha sufrido da√Īos durante la redacci√≥n de este texto. El televisor de 56 pulgadas sigue emitiendo en 3D m√°s all√° de los fantasmas asociados a la casa.)

© Lola Mento

Anuncios

1 comentario

  1. Hola Lo la,

    Vaya por delante un: Valiente! Por muy normal que parezca el pretendiente, por mucho que parezca que has dado con esa rara avis, ese principe azul de Disney, y viendo ese aspirante a psic√≥pata de manual aceptar una segunda visita al motel Bates… es de valiente.

    Lo que me extra√Īa es ese sexto sentido que ten√©is las mujeres para verlas venir, con una mirada avezada soy capaces de vislumbrar hasta el colesterol de la √ļltima anal√≠tica…

    Y digo yo… por un decir… que ese mantenimiento que le das a tu cuerpo no habr√° detr√°s un personal trainer de esos que te ense√Īan a romperle las bolas con la raqueta de p√°del? Con lo de moda que est√°n los profesores de p√°del… Algo m√°s divertido iba a ser no?

    Y al ganchillo me da que no se dedican, quiz√°s a enhebrar si, pero ganchillo… lo que es ganchillo el de la ca√Īa que van tirando…

    Besos

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Est√°s comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesi√≥n / Cambiar )

Imagen de Twitter

Est√°s comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesi√≥n / Cambiar )

Foto de Facebook

Est√°s comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesi√≥n / Cambiar )

Google+ photo

Est√°s comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesi√≥n / Cambiar )

Conectando a %s