EL CANTANTE DE JAZZ

EL CANTANTE DE JAZZ

Bajito pero grande en pretensiones, flaco pero con barriga, calvo pero de pelo largo, ojijunto, casi bizco (seria bizco también de las pelotas???).

Se le veía súper integrado en el ambiente, pero era de estos tipos desagradables que, a pesar de darle todas las señales indicadoras para que se aleje, sigue respirándote en la nuca con la expectativa de que cambiarás de parecer, manteniendo la voluntad de mosca cojonera más allá de los límites de la comprensión humana… 

moscacojonera

(verrugas.wordpress.com)

 Así como cuando esperé en la fila del baño y se me arrimó con mirada vidriosa diciendo: “Hi, how are you?”. “Fine, thanks“, y acto seguido clavé las pestañas en el suelo haciéndome la antisocial como la perra mentirosa que nunca hasta entonces había sido. Por supuesto, al salir del restroom, me topé de narices con su rostro de psicópata en miniatura, y con un simple “sorry” y un movimiento de cuerpo serpenteante esquivé su ridícula humanidad y regresé a la barra. 

Tardó cinco minutos en instalarse a mis espaldas, en las cuales podía sentir su aliento tibio… Estaba que me hacía lesbiana y le daba un beso con lengua a mi amiga sólo por que me dejara en paz.

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Yo, besando a mi amiga en mi imaginación (www.giphy.gif)

“Yo creo que éste mientras folla pone cara de asesino en serie”, pensé… Y, al tiempo que discernía todo esto y se lo expresaba a la potencial receptora del ósculo lésbico, mi otra amiga debatía sobre economía mundial con otro individuo casi tan desagradable como él.

Aquel restaurante italiano del Soho de Nueva York no merecía semejante clientela masculina… Aunque curiosamente el esperpento aquí descrito era uno de los asiduos, no sólo al bar sino también al pequeño escenario en el que el trío instrumental amenizaba las cenas, las copas y las tertulias en torno a éstas.

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Jazz Trio, Arturo’s, NYC

Mi séquito femenino, cuya mitad ya se había deshecho elegantemente del otro moscón experto en bolsa y crisis bancarias, se encontraba a medio camino entre el ataque de risa y el impulso de estrangularlo, y yo, a puro golpe de melena, me hacía la sueca con todo el poderío que da ser rubia teñida y tener un cerebro evolucionado oculto bajo dicha cabellera. 

El ataque de risa de mis consortes ganó rápidamente al impulso de estrangulamiento cuando (alabado sea Dios!) el ente que me había acechado desde que llegué al local se alejó al fin de mí… Pero, oh, sorpresa! Si lo hizo fue única y exclusivamente para realizar una maniobra de seducción nunca imaginada.

En pleno brindis de exaltación de la amistad, Malena y Yolanda (porteña y madrileña, respectivamente), con gesto ojiplático y la boca abierta, apuntaron discretamente hacia el fondo del local, donde alguien se había hecho dueño de un micrófono y estaba comenzado a cantar “You do something to me“… 

Era mi acosador, concentrado en mostrar su mejor voz (porque mejor cara no tenía), y dedicándome con amplios movimientos de brazo y parpadeos certeros cada frase de aquella maravillosa letra del clásico americano. “Si Cole Porter levantara la cabeza”, me repetía a mí misma internamente… “Yo creo que éste mientras folla, además de poner cara de asesino en serie, canta”, concluí perfilando un poco más mi pensamiento inicial jocosamente, no sin cierto grado de repulsión ante la idea.

Mientras el interfecto se encontraba en plena gloria y apogeo entre los músicos, y sabiendo que no iba a interrumpir su actuación para hostigarme, mis queridas amigas me dejaron durante un momento para ir al tocador, y ahí quedé yo sola en el bar, con el encargado muerto de risa al otro lado de la barra observando la escena y mi melodioso a la par que feo admirador declarándome su amor fugaz a través del repertorio improvisado para aquella velada. 

Al menos el indeseable que había estado metiéndole conversación a Yola no tuvo ni oportunidad de acercarse a mí para comentarme los movimientos bursátiles del año, porque se veía sumamente ocupado discutiendo quién sabe de qué estupidez con otro macho más grande y más borracho que él al que, de hecho, tuvieron que echar al poco rato por atentar contra el orden y la tranquilidad del restaurante… Así que en aquel intervalo de desprotección no sufrí de ningún acoso nuevo ni reiterativo por parte de nadie, y sobreviví dignamente hasta el regreso de mis cómplices en la noche neoyorkina, que llegaron, si cabe, con más ataque de risa del que tenían cuando se levantaron de los taburetes contiguos para ir a “empolvarse la nariz”, como se decía en las películas antiguas.

– No te lo vas a creer… Es muy fuerte.

Malena sonreía maliciosamente mientras Yolanda me extendía con la mano una postal roja.image

Era un díptico con pétalos de rosa impresos en la parte exterior y un texto que lanzaba al aire en inglés una pregunta: “Eres tú la mujer de mis sueños?”. Como subtítulo, una aclaración: “Una invitación a descubrir al hombre más dulce de Nueva York”. 

Le di la vuelta. En el reverso, dos cuartetos firmados por Shelley, el mítico poeta romántico inglés cuya esposa, también escritora, creó el mito de Frankenstein. Y una foto del soltero de oro en cuestión, con su mejor cara, que no la tenía… image

Porque el personaje era el mismo que, de tener, tenía sólo voz y que, cual mosca cojonera cantarina, había estado respirando en mi nuca las últimas dos horas.

Sí, era él. El cantante de jazz. Ni más ni menos. Y en la parte interior del dichoso díptico se describía a sí mismo como un hombre ideal: inteligente, ingenioso, económicamente estable, sensible, respetuoso con el género femenino, con sentido del humor, 53 años, 1 m 74 cm de estatura y los ojos azules. Y a cambio pedía una mujer entre los 30 y los 40, esbelta y suficientemente linda para besarla, que buscara un hombre de amor, no de armas, y que estuviera dispuesta a ser colocada en un pedestal y admirada como algo precioso… 

Acabáramos: él lo que quería era una mujer florero, pero sin cumplir desde su lado con más requisitos físicos que los muy básicos. Porque de la baja estatura y la incipiente barriga y la calva con melena y el estrabismo latente y la mala costumbre de acechar desconocidas en bares de la Gran Manzana aquella descripción no decía nada… Y creedme si os aseguro que todo esto, en persona, era escandalosamente evidente más allá de las frases mercadotécnicas de la tarjetita de marras, llena de poesía prestada y flores desgranadas por un día en pos de la imagen prefabricada de este tipo que, por más que pudiera cantar como los ángeles, seguía siendo una especie de Gollum en versión noctámbula manhattaniana…

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Igualito al cantante de jazz…

Sentí que me crecían pies, y hasta alas, para salir corriendo de aquel antro que, a pesar de todo, era divertidísimo porque tenía el encanto de lo auténtico, y finalmente mi séquito femenino se encargó de que no entrara en pánico y pidió una última ronda en honor al surrealismo circundante. Para rematar la escena, la mosca cojonera, alias Gollum, se quedó al fondo de la barra y ensartó las pupilas en el aire en dirección a nosotras, como tratando de pescar con un hilo invisible algún aleteo distraído de nuestra atención, obviamente sin resultado exitoso.

El que sí terminó brindando con las tres fue el baterista del grupo, que era un señor encantador que perfectamente podía ser nuestro padre y que tuvo la inteligencia suficiente de conversar por conversar, sin ninguna intención subterránea adicional. 

Gritando a coro junto a éste el tema “Under my skin” del ya mencionado Cole Porter clausuramos la madrugada sin dípteros revoloteando alrededor, risueñas, desafinadas y definitivamente tranquilas sabiendo que, en caso de necesidad máxima, siempre habría un macho más desesperado que cualquiera de nosotras dispuesto a encargar en una imprenta 100, 200 o quién sabe cuántas postales promocionales para encontrar pareja en este mundo cruel donde el viejo sistema de conocer gente en un bar ya no funciona y donde, definitivamente, cantar jazz no es suficiente si te encuentras con Lola y sus amigas.

(Ésta es una historia basada en hechos irreales de la vida. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Ningún cantante de jazz, bar del Soho, macho experto en economía mundial ni baterista entradito en años ha sufrido daños durante la redacción de este texto. El restaurante Arturo’s continúa abierto, y mis amigas y yo recomendamos su pizza fervientemente, a pesar de las moscas cojoneras y las postales extrañas que uno pueda encontrar ante la puerta del baño. Pidan cerveza italiana y no miren directamente a los ojos a ningún individuo que se parezca a Gollum. No digan después que no les advirtieron. Y, en cualquier caso, para que no quede duda, I love New York. A pesar de todas las rarezas que uno pueda encontrarse en una sola noche en la Gran Manzana… O quizá por ellas, precisamente.)

© Lola Mento

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