DICKENS RECARGADO (O cómo convertir el clásico “Cuento de Navidad” en una pesadilla contemporánea)

DICKENS RECARGADO

PREFACIO

Mi ex marido, dentro de mi corazón, estaba muerto. Hacía ya un buen tiempo que así era y ni mis latidos ni mi mente ni mi alma, ni siquiera mi memoria ni mis seres queridos más cercanos tenían ninguna duda al respecto.

Mi amor propio había firmado el acta de defunción, y ni el mismísimo Diablo se hubiera atrevido a manipular dicho documento para hacerlo inválido. Era definitivo. Desde el día que decidí: “Se acabó” no existía la posibilidad de una resurrección de ningún tipo. Estaba fuera de mi sistema. Completamente. Más muerto que el clavo de una puerta, diría Dickens. Más extinguido que el fuego que nunca fue real, diría yo.

Y, si no hubiera sido por los extraños eventos de aquella brevísima temporada, ni siquiera hubiera tenido motivos para acordarme de su previa existencia. Hasta los recuerdos se habían desvanecido cual sombras en un agujero negro. Quedaba sólo la experiencia, fortaleciendo mi persona más allá de todo, ajena al arrepentimiento o al resquicio de la posibilidad; lejos, muy lejos del pasado que sólo importaba en términos de recorrido y que, asimilado, me había llevado a ser la Lola que era en ese instante, y el origen de la Lola que soy hoy.

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El fantasma de mi ex marido, vagando por el Limbo

Como comentaba: estaba muerto, descabezado, matado y rematado, aniquilado, descuartizado, desintegrado, hecho cenizas y volcado a lo hondo del mar, cadáver asesinado y desechado por sí mismo y condenado a vagar en la inmensidad del olvido por los siglos de los siglos, amén. Yo misma le había dado la extrema unción cuando llegó el momento, así que su inexistencia era un hecho constatado. Y la ausencia de recuerdos asociados a él, una verdad aplastante. He ahí lo extraordinario del suceso que aconteció después.

 

I – EL FANTASMA DEL FUTURO

Era invierno en Nueva York, y yo estaba de paso por trabajo, a horas de distancia de mi vuelo de regreso a Madrid, cuando me llegó el aviso de un match en Ok Stupid, y casi inmediatamente un mensaje del mismo individuo a la bandeja de entrada. Italiano, coctelero profesional/actor ocasional, de atractivo semi arrogante, elegante, carismático, con rasgos de macho sofisticado y el gesto determinado de quien cree que el mundo es suyo, simplemente por ser quien es. Y escribía en un español bastante correcto, lo cual era un plus.
Era jueves, y me ofrecía tomar algo o cenar el domingo. Maldición: yo me embarcaba al día siguiente por la noche de vuelta a los Madriles.
Trabajaba en el bar de uno de los restaurantes de más renombre de la Gran Manzana, así que por supuesto su único día libre era el que me proponía para nuestra primera cita, por lo cual las posibilidades de conocernos se redujeron inmediatamente a casi cero. La única opción era tomarnos un café esa tarde antes de que entrara a trabajar, así que, ni corto ni perezoso, quedó conmigo en encontrarnos en el “Espresso Bar” de Madison con la 66.
Yo llegué puntual, me senté en una mesa mirando de frente a la puerta, pedí un capuccino y me conecté al wifi del local. Sonó Whosapp: “Discúlpame, voy a llegar un poco tarde, 10 minutos más o menos, estoy detenido en el metro, no me mates!”.
– Jamás te hubiera matado por 10 minutos jajaja… Soy española, no alemana!

Efectivamente, diez minutos más tarde de la hora acordada hizo su aparición el italiano neoyorquino hispano-parlante. El tipo era puntual incluso para ser impuntual.

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Por favor, deténganme

Estilosamente abrigado, vestido de negro de pies a cabeza excepto por el toque bicolor de su bufanda, que le agregaba una pizca de luz al conjunto a través del gris, con unos zapatos estilizadísimos que parecían valer más de lo necesario, unos pantalones pitillo impecablemente desarrugados y un chaquetón entallado a la perfección, como hecho a medida por algún sastre de manos hábiles. Y caminando más erguido y con paso más firme que un carabinieri milanés.
Era bajito, eso sí. Al menos, desde el punto de vista de mi metro setenta y cinco de súper hembra ibérica… Pero su presencia se imponía desde la intensidad de una mirada que, al hablarte, no pestañeaba. Una mirada que de fija resultaba casi opaca, que se te metía adentro sin pedir permiso y al tiempo ocultaba en su inalterable oscuridad cualquier información sobre su dueño.

 

Me levanté para recibirlo y me saludó con dos rotundos besos en las mejillas, al modo mediterráneo. Mientras traían su espresso me empezó a contar que le encantaba todo lo español y que había vivido en Barcelona entre el 2007 y el 2009, trabajando como creador oficial de la carta de cócteles del restaurante baluarte en cocina experimental de la capital catalana.

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El italiano, controlando la situación en el curro

El hombre era un peso pesado en lo suyo, estaba claro. Y, más allá del perfeccionismo matemático del arte de mezclar licores, había una gran cuota de creatividad en lo que hacía. Empezamos a hablar de la madre patria, y de productos made in Spain, y me dijo que la invención favorita de su vida había sido un cóctel hecho a base de orujo de miel de los Picos de Europa, cava catalán, ginger ale, jengibre y romero, y que había bautizado, como el pasodoble, “Suspiros de España”. Le conté que mi familia materna provenía justo de esa zona, y que yo siempre tenía en mi congelador una botella… “Qué suerte! Aquí es imposible conseguirlo”, declaró con cara de pena. “Yo te puedo traer uno la próxima vez que venga”, le dije con una sonrisa cómplice. “Por favor!”, respondió. E inmediatamente, casi atropellándose a sí mismo, preguntó: “Y cuando sería eso?”.
Continuamos conversando de forma intensa y desordenada: que si soy el prototipo de mujer que le gusta, que si más allá de la moda (que es a lo que me dedico) lo que yo más amo es escribir, que si su pasión es la fotografía en blanco y negro, que si yo no puedo concebir el mundo sin belleza, que si él echa de menos la espontaneidad hispana, que si mi mejor amiga vive en Queens, que si él lo que quiere es una relación estable y alguien con quien disfrutar la vida y por sus horarios imposibles le es dificilísimo conseguirlo, que si yo me separé hace dos años y medio y estoy aburrida de historias efímeras y personajes que sólo buscan sexo, que si además de su trabajo como cocktail boy había empezado a hacer un pequeño papel en una nueva serie de televisión que se rodaba en la Gran Manzana, que si yo tenía un “oscuro” pasado como modelo, que si él después de un año solo tras su última ruptura se había dado cuenta de lo importante que era que existiera alguien especial esperándote cada noche al llegar del trabajo…

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Con respecto a lo laboral se le veía comprometido, orgulloso, metódico y al mismo tiempo un poco ahogado por la responsabilidad. Con respecto a lo personal, su enfoque suponía refrescante en contraste con la horda de “Peter Panes” y “Niños Perdidos” a la caza y captura de la lucha de espadas del momento, el abordaje fugaz en territorio femenino o las ansias por ser consentidos cual bebés en el seno de una figura materna temporal.

Nos despedimos con el pacto de mantener contacto y volver a vernos en mi siguiente visita al reino de Miss Liberty, y esa botella de orujo de miel quedó marcada como baluarte palpable de mi regreso, y de un segundo y prometedor encuentro.

Me marché de “la ciudad que nunca duerme” con una inyección de esperanza en el género masculino, casi tentada de pensar locuras como lograr un traslado laboral a Nueva York y sobre todo con muchas ganas de hacerle los honores a un comentario que Mario dejó flotando en el aire con un suspiro mientras rodaba los ojos hacia arriba para acto seguido clavarme las pupilas en el fondo del cerebro : “Realmente me encantas… Por qué no vives aquí?!?”.
Nos mandamos varios mensajes por Whosapp esa misma tarde y durante los siguientes días, muy concisos pero certeros; en el primero yo le decía: “Ahora que te he conocido no me quiero ir”. “Pues no te vayas, joder!”, fue su respuesta. “Pero tengo que trabajar!”, añadía yo. “Entonces vuelve pronto”, replicaba él.
Recién llegada a Madrid yo ya estaba maquinando pretextos para viajar de vuelta a Manhattan, y mi mejor amiga, Yolanda, la que vive en Queens, ante mi ataque repentino de romanticismo transoceánico estaba a medio camino entre espantada y fascinada, pensando que me había trastornado pero a la vez soñando con tenerme cerca, residiendo en la misma ciudad, después de tantos años de forzosa distancia y eternas conversaciones telefónicas, cibernéticas y a ratos casi telepáticas.

Con Mario el contacto era disperso en el tiempo pero concreto en términos de lenguaje, su modo de comunicarse era más bien monosilábico pero muy rotundo en cuanto a declaración de intenciones. Cuando después de marcarme el malabarismo del momento con mi jefe y encontrar el modo de regresar a Nueva York con coartadas profesionales le pregunté al italiano qué le parecería verme en dos semanas más, su contestación fue un “SIIIII!!!” mayúsculo y exclamativo que me hizo sonreír desde lo más hondo de las entrañas…
Así que me lié la manta a la cabeza y, con la venia de la empresa, me hice con un billete de avión y metí una botella del mejor orujo de miel en la maleta.orujo-con-miel-picos-de-cabariezo-070cl

II – EL FANTASMA DEL PRESENTE

Aterricé en el aeropuerto de JFK con pronóstico de tormenta, niebla moderada y seis pulgadas de nieve acumuladas, no sólo en la ciudad, sino alrededor de la mismísima pista en la que mi avión posó sus ruedas y replegó sus alas.

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JFK Airport, aquel día

Mi amiga Yola, la noche anterior, estuvo a punto de poner un altar con velitas y rezarle a todos los santos para que yo lograra arribar sana y salva, porque el parte meteorológico de aquella semana era el menos alentador de los últimos cinco inviernos, y un invierno en la Gran Manzana es algo verdaderamente crudo, además de poco apetecible para cualquier ser humano sin complejo de esquimal o monje tibetano. Ni que decir tiene que la selección de modelitos para aquel viaje exprés fue una odisea estilística, algo así como “Cómo ser fashion, verte sexy y no morir en el intento a -10 grados centígrados de temperatura con hielo, ventisca y lluvia de copos blancos”. Es más, después de aquello creo que debería considerar la posibilidad de publicar un manual al respecto, a lo Carrie Bradshaw, y estoy convencida de que se vendería como rosquillas…
En fin, volviendo a lo que estábamos, el clima no podía ser más inclemente, pero mis ánimos no podían ser más indiferentes a tal detalle a pesar de que en las últimas noventa y seis horas no había sabido nada del cocktail boy y que, de hecho, no había recibido ni un triste “Ok” como respuesta al mensaje en el que le avisaba del día y hora de mi llegada. Pero es que él era un chico extremadamente ocupado, que trabajaba seis días a la semana e incluso terminaba dedicándole algún domingo a cursos de especialización o reuniones con el dueño del local de postín al que vivía consagrado… O al menos eso decía de sí mismo.

 

Una vez ingresé en mi hotel, descansé un par de horas, me aclimaté dentro de lo posible y me puse manos a la obra con las actividades laborales que había utilizado como excusa para desplazarme hasta allí. Fui a una feria de diseño alternativo, hice revisión de tendencias en los escaparates principales, me reuní con un creador novel en cuya ropa había mostrado interés el gran jefe… Por las noches me juntaba con mi amiga, la de Queens, y mientras cenábamos jugábamos a arreglar el mundo entre vino y carcajadas y a discernir el porqué del silencio actual de Mario, que había pasado de las firmes ganas de volver a verme a la desaparición más “Houdiniana” de la última era.

Tres días más tarde, y en vista de que “Houdini” insistía en no manifestarse, puse en marcha el Plan B. Si la montaña no venía a Mahoma, Mahoma iría a la montaña. Dentro de un escenario realista, las posibilidades de que la montaña se alegrara de ver a Mahoma eran casi nulas, pero ya que estaba en Nueva York, y kamikaze como soy, elegí no volverme a España con la duda. Y, además, yo soy una mujer de palabra, y al coctelero profesional le había jurado que la próxima vez que pasara por allá le llevaría el dichoso orujo de miel, y por mis santos ovarios (que los tengo cuadrados) se lo iba a llevar aunque fuera lo último que hiciera en relación con su persona.


Así que aquel sábado, tras terminar con mis deberes y redactar el e-mail correspondiente con mi informe, me abrigué como para subir al Himalaya pero sin perder el atractivo (porque incluso aunque me quisieran ignorar yo iba a ser la hembra más bella de aquella gélida ciudad y parte del Universo), y vestida con el mejor look agarré el licor envuelto en papel de regalo y me fui a buscar a Yolanda, a la que había convencido a pesar de su reticencia para que me acompañara en la heroica tarea de entregarle el regalo al señorito, con una sonrisa y un par de cojones, en el bar del restaurante en el que hacía sus pócimas para el público.

 

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Yola y yo, antes muertas que sencillas en plena nevada

 

De subway en subway y tiro porque me toca, recorrimos Manhattan desgastando los tacones sobre la nieve y el asfalto helado, no sin algún que otro atisbo de resbalón con improperios rabiosos de Yola y ataques de risa míos incluidos en el trayecto, hasta que alcanzamos el destino final y, tomando aliento para armarme de valor, miré a mi fiel amiga y le dije: “Vamos”.

 

En aquella situación propia de heroína de un film de Almodóvar cabían dos posibilidades oficialmente contrapuestas. Una: que el individuo se alegrara notoriamente de mi aparición sorpresa. Dos: que mi espontaneidad lo horrorizase y saliera corriendo. Pero, como ya he comentado al relatar otras aventuras, no es mi estilo perder el tiempo ni me van las medias tintas, así que con aquella maniobra radical al menos lograría la verdad y, por extensión, la certeza suficiente para decidir pasar la página o añadir otro párrafo más o menos largo a esta historia a medio camino entre “Mujeres al borde de un ataque de nervios” y algún capítulo tragicómico de “Sex & The City“.

Wonder-Woman-Xena-Warrior-Outfit-Movie.pngCon los abrigos en el brazo chispeados de microscópicos y albos copos, los gorros colgando de los dedos, los cuerpos en proceso instantáneo de descongelación y una expresión facial de implacable determinación (al menos por mi parte) nos plantamos ante la barra del exclusivo establecimiento cual dúo de Mujeres Maravilla – Princesas Guerreras y, en cuestión de segundos, con perfecto timing, como por arte de magia, compareció el incauto contendiente en el campo de batalla, al otro lado de la línea de fuego, desprevenido como estaba ante aquel avance de tropas femeninas venidas repentinamente desde el otro lado del charco.

Su rostro fue un poema. Uno realmente contundente. Con cierto tono de pasmo, debo especificar.

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Mario, al vernos llegar

Le dije “hola” de lejos con la mano mientras pronunciaba su nombre en voz alta. Se acercó, saludó, le presenté a Yolanda. Le extendí el paquete con el orujo de miel: “Lo prometido es deuda”. Se le abrieron los ojos redondos como platos: “En serio??”. Se le veía palpablemente agobiado en aquel contexto, y encima de eso bastante descolocado con la visita, aunque no sé por qué tanta extrañeza, si yo le había escrito avisándole de mi viaje con fechas específicas… A ese último Whosapp, claro, no había contestado, pero leerlo lo había leído, evidentemente.
Me preguntó qué iba a hacer después, y me anunció que saldría a la una de la mañana del trabajo. “Estaremos de copas”, respondí. “Hablemos más tarde, te parece?”, concluyó.
– Vale.

Un par de besos en las mejillas, y salimos de allí echando humo cual hermosos ángeles del infierno, nuestros tacones en contraste con el frío mudo del pavimento, dejando huellas incandescentes y sonoras a pesar de que por dentro nos sentíamos un poco como adolescentes locas perpetrando maldades y haciendo tonterías más propias de dos niñas que de dos rebeldes con causa.

 

A las dos de la mañana sonó por fin la campana de Whosapp en mi móvil. A esas alturas, y después de varias cervezas y mucha conversación inteligente entre amigas, cualquier atisbo de percepción romántica se había desvanecido para no recomponerse jamás. Pero de alguna manera mi curiosidad necesitaba ser satisfecha, quería comprender lo incomprensible, entender el cambio de actitud, ver de qué estaba hecho aquel fantasma…
– Gracias por el orujo! Qué haces??

Le envié una foto que nos había sacado el camarero un rato antes.
– Tomando algo en Astoria. En Dominie’s.

– Yo estoy cerrando el restaurante, estoy muerto, y mañana me tengo que levantar a las 9:30. Joder.

Al día siguiente era domingo, pero él tenía que acompañar a su jefe a un seminario sobre quesos americanos. (Sí, como suena. Lo que no inventen los hijos de Miss Liberty… Cuándo será que descansan??).
Le expliqué que al día siguiente a última hora de la tarde yo tenía mi vuelo de vuelta a Madrid, y que a mí me gustaría pasar esa última noche con él. Si él realmente quería verme era ahora o nunca. Era decisión suya.

 

III – EL FANTASMA DEL PASADO

Me envió su dirección y me citó allí en media hora, advirtiéndome que por la mañana se tendría que marchar temprano, y que ahora estaba un poco dormido y lo tendría que “despertar”.
Le pedí el número de apartamento, para saber a qué timbre llamar cuando llegara. Me dijo que allí nos veríamos, que estaba subiéndose a un taxi y llegaba en cinco minutos. Yo salí en otro taxi rumbo a su casa, y a partir de ahí dejé de tener conexión wifi, así que quedé condenada a comunicarme con él por mensaje de texto, porque mi empresa en aquel viaje no tenía ninguna urgencia en términos de contacto y por tanto no me había contratado la itinerancia de datos.
Una vez ante su portal, le envié un SMS: “Ya estoy aquí, cuál es tu número de apartamento? Me estoy congelando afuera”. La sensación térmica a las casi tres de la mañana era de unos quince grados bajo cero, y yo me petrificaba por instantes mientras esperaba respuesta al maldito mensaje. Y la respuesta no llegaba.
Miré al edificio, sólo había una luz encendida. Tratando de ser certera cual flecha de Guillermo Tell, calculé el piso y toqué el timbre que parecía ser el suyo… ERROR.

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Suspicious Woman Opening Front Door — Image by © Don Mason/Corbis

Me respondió una señora que resultó ser su casera, y que me abrió la puerta, lógicamente, con cara de muy pocos amigos. Me disculpé con ella varias veces en el inglés más polite que encontré dentro de mis archivos idiomáticos, y farfullando un “It’s ok, it’s ok“, señaló hacia arriba y se esfumó en la penumbra.

Mario apareció en las escaleras silencioso pero corporalmente hecho una exhalación, con gesto de indignación, hablando en susurros como ente demoníaco de ultratumba mientras las pupilas le destellaban en la oscuridad lo mismo que carbones encendidos.

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Mario, poseído

Durante una décima de segundo me dio miedo, pero hice el ejercicio de mirarlo con incredulidad y tomármelo a risa. Pero no, no era broma. Estaba enfadado, nivel Dios. O nivel Satán, para ser más apegados a la verdad y no insultar a las energías superiores. Me costó dos minutos reorientar mis sentidos y darme cuenta de ello, pero estuve segura de su enojo cuando en la boca del estómago me golpeó una sensación conocida que hacía mucho tiempo no tenía, y que básicamente se trataba de un nudo de rabia por estar siendo tratada injustamente.
Internamente desconcertada pero consciente de las molestias causadas, le pedí perdón por la metedura de pata, explicándole que, después de haberle preguntado un par de veces cuál era el número de apartamento y no haber obtenido contestación alguna, y encontrándome al filo de la hipotermia, no me había quedado otro remedio que adivinar su puerta y aventurarme a tocar el timbre que parecía corresponderle. Qué culpa tenía yo de que él no me hubiera proporcionado la dirección completa?!?
Su reacción, cómo no, eludía toda responsabilidad y cargaba el peso del “delito” sobre mis hombros. Porque él, por supuesto, según se presumía de su irritación impregnada en severidad, era un sujeto divino que todo lo hacía bien. Y el cosmos, también por supuesto, giraba en torno a su maravilloso centro y cada estrella, grano de arena, gota de agua, chispa de fuego o soplo de aire debía rendirle pleitesía como el ser sublime que era. Vamos, que el gilipollas se creía La Isla de Pascua.

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Mario creyéndose el Ombligo del Mundo, y yo poniéndome en huelga como Moai

Te pito o te henua. El Ombligo del Mundo. Mala suerte para él, porque yo nunca he tenido complejo de moai. Ni soy de piedra ni me voy a quedar quieta en mitad del océano cuidando nada ni nadie eternamente… Ya cumplí el rol de satélite una vez, cuando estuve casada. Y nunca más. Jamás de los jamases. Como me llamo Lola. Ni aunque vuelva a pasar por el juzgado, me arrastren al altar o bendigan mi amor en una ceremonia balinesa.

Positiva como soy, y sobre todo práctica, y al mismo tiempo algo ingenua también (debo admitirlo), cuando vi que su enfurruñamiento insistía en seguir dando vueltas y más vueltas en torno a ese ombligo divino que yo no reconocía como tal, le tiré el primer cañonazo de realidad a la cabeza, con la esperanza de conseguir un efecto favorable en su actitud.

– Te puedo hacer una pregunta? Tú realmente tenías ganas de volver a verme?? Porque si no me voy ahora mismo, y problema solucionado.

Por un ínfimo instante lo saqué de su condenado ombligo e incluso un poco de sus casillas.
– Por qué preguntas eso?

– Bueno, es que tu forma de comportarte no me está haciendo sentirme precisamente bienvenida.

De nuevo su rostro era un poema. Pero uno digno no de Shelley, sino de su esposa Mary, la autora de “Frankenstein”, si es que ella en lugar de escribir una novela hubiera plasmado su obra más famosa en poesía.

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– Quieres que me quede, o que me marche? – insistí.

– Voy a darme una ducha, y no pienso vestirme cuando salga. Ponte cómoda mientras tanto.

Si no llega a ser por su mal humor inicial, su determinación hubiera sonado absolutamente sexy. Y yo, que ya me había tomado la molestia de presentarme allí a las tres de la madrugada y que en veinticuatro horas me encontraría en un avión rumbo a la otra punta del planeta, a pesar de que percibía en el centro de mis entrañas una patente incomodidad con respecto a lo ocurrido, opté por concederle la oportunidad de reivindicarse. Mi espíritu pacifista solicitó amnistía, a pesar del martillo de mi experiencia, que renegaba de prórrogas o indultos golpeándome la conciencia cual lágrima insistente de grifo a medio a medio cerrar. No me gusta el conflicto: lo mío es hacer el amor, no la guerra. Y un buen polvo vale por sí solo. Si es que es bueno de verdad, cosa que nunca se sabe del todo hasta después…

Mientras en mi interior se libraba esta inútil e instintiva contienda, cuyo resultado estaba ya definido por más que mi angelito quisiera dominar la escena, me entretuve observando la decoración de su salón, que no podía ser más glacial, minimalista, impoluta y carente de emoción… “Igual que él?”, cuestionaba mi demonio.
Era un espacio perfectamente acorde con la personalidad de un psicópata.

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Un lugar sin energía, sin alma, como si nadie residiera en él. Podía haber sido un local comercial, una sala de espera de un dentista, una oficina moderna o una pequeña galería de arte, y esto último sólo porque en una de las paredes se alineaban milimétricamente varias instantáneas de moda en blanco y negro, reproducciones de imágenes de Richard Avedon que sólo un fashionista o amante de la fotografía hubiera sido capaz de identificar. Esa pared con las fotos y un par de libros (de Peter Lindbergh y Steven Meisel respectivamente) lo salvaban de encajar en el perfil de asesino en serie, pero igualmente el ambiente estaba cargado de una sensación de vacío digna de mencionar.
Hojeé los libros citados mientras, de fondo, escuchaba correr el agua de la ducha como sorda banda sonora de aquel momento con aroma a inerte y gusto a nada, y me descalcé para poder sentarme tranquilamente con los pies sobre aquel sofá gris que se sentía como recién salido de un muestrario de muebles, recién desempaquetado, sin una sola pelusa ni una sola mota de polvo ni un solo hilo fuera de sus costuras, sin perfume en sus fibras, sin memoria de vida, sin desgaste, sin historia.

Al cabo de unos minutos, Mario salió del baño pulcramente envuelto en una toalla blanca, con el torso desnudo y el pelo mojado, y observándome inquisitoriamente, con semblante muy serio, me espetó: “Todavía estás vestida”.
Reitero: obviando la mala leche con que me había recibido, y obviando lo déspota de su entonación general, su determinación hubiera sonado absolutamente sexy. Pero ya era imposible pasar por alto tanta cosa. Si esta misma situación me hubiera sucedido ahora, me habría calzado de inmediato los botines dorados, me habría cubierto con el chaquetón y el gorro beige de “auténtica piel de Muppet” y habría hecho un teatral mutis por el foro pegando un proverbial portazo del que aún se estarían recuperando sus irritables y mediocres tímpanos (y los de su casera, ya de paso). Pero, como señalé en el prefacio de esta narración, en aquella época yo era sólo la semilla de la Lola que soy hoy. Y esta anécdota sería una de las muchas que cimentarían ladrillo a ladrillo ese proceso, necesario a pesar de doloroso.

Se sentó a mi lado y, supongo que para intercambiar un par de palabras antes de ponerse a intercambiar fluidos, me preguntó si había tenido alguna cita más a través de Ok Stupid, a lo que respondí que no, sinceramente, teniendo que tragarme después que él me contara, así como si me fuera a interesar, que en la última semana había quedado con dos chicas distintas, y que con la primera había sido un desastre, pero con la segunda le había ido muy bien… A ver, tío, que después de lo visto hoy no iría contigo ni a la esquina, pero tampoco se trata de que me ningunees hablándome de tus conquistas mientras la que está en tu sofá y se ha ganado a pulso el polvo del sábado sabadete soy yo!!!
Una de dos: o este imbécil era un maleducado integral o es que en Nueva York no se estilan las normas mínimas de cortesía cuando se trata de llevarse a alguien a la cama… No, no hay ninguna duda: la alternativa correcta es la primera. Pero era tan inconcebible para mí que me quedé en blanco y no fui capaz de mandarlo al carajo en aquel preciso instante.

Acto seguido de la estimulante charla y sin más preámbulo (para qué más, con aquello ya era suficiente), el caballero andante del año empezó a besarme… Alabado sea Dios y bendita en el cielo su corte de ángeles cantores. Al fin ocurría algo lógico, ateniéndonos a la idea de que esto era una segunda cita, de que eran las tantas de la mañana y de que el italiano neoyorquino hispano-parlante me había convocado a esas horas directamente en su domicilio. No sé si por todo lo anterior, o simplemente porque definitivamente no era caliente, besarlo fue como besar a un lagarto en estado de letargo. Efectivamente el tipo estaba dormido y requería ser resucitado. O sea, que además de venir a verlo desde el otro lado del Atlántico, aterrizar en su puerta a solicitud cual delivery twenty four/seven, seguir sonriendo más allá de sus malas pulgas y esperarlo desnuda en el sofá cuando saliera de la ducha, había que utilizar todos los recursos existentes para revivirlos a él y a su polla y encima considerarse honrada por tener la ocasión. En dos palabras (como apostillaría el torero): IM-PRESIONANTE.

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Decir que era el colmo me parece un eufemismo, así que no emitiré más juicios de valor.

Mientras me besaba con toda la sangre fría que un ser humano puede demostrar, me cogió una mano y se la puso sobre el paquete, que, como ya estaréis imaginando a estas alturas, estaba, como su dueño, más muerto que vivo (y que no era nada extraordinario, debo aclarar). Tras varios frotamientos no parecía salirle mucho brillo a la lámpara de Aladino, ni mucho menos un genio dispuesto a concederme tres deseos… Fue entonces cuando él, quizá como una maniobra de distracción, me quitó los vaqueros y decidió acariciarme el clítoris y los pezones, por debajo de la lencería y alternadamente, aunque sin excesivo entusiasmo. Yo aún proseguía inocentemente manipulando sus partes, sin apenas cambios en la turgencia de las mismas, y definitivamente después de un rato nada había mejorado en el área crítica, por más empeño que pudiera ponerle como perfeccionista que soy para todo lo que hago.
Afortunadamente, por más paciencia que yo pueda tener (que en aquella época todavía era demasiada) el Universo determinó que ya el tono de castaño oscuro alcanzado en aquella coyuntura era más oscuro que un sudafricano perdido en las tinieblas en una noche sin luna y sin estrellas, y decidió darme un respiro.
Por inspiración divina, o por secreto decreto del mismísimo destino (quién sabe), el coctelero profesional/actor ocasional de ademán arrogante, bajito, dominante, desagradable, malhumorado, con ínfulas de macho de gran ciudad y el gesto engreído de quien cree que está por encima del resto simplemente por ser tan antipático como le alcanza con su miserable naturaleza, se aburrió de invocar a su líbido insurrecta y, rindiéndose ante la impotencia que mi presencia de real hembra le provocaba, desistió de continuar con la sesión de labores amatorias, liberándome de un plumazo, como quien suelta a un reo justo antes de ser ejecutada su pena de muerte, de la tediosa tarea de follármelo. Simplemente se levantó, se puso un pantalón corto y, dirigiéndose a mí con la dureza que su verga no había sabido desarrollar y un careto digno del personaje de Mr. Scrooge, dijo:cara-del-senor-scrooge
– Es tardísimo, y tengo que madrugar. Joder, no voy a descansar ni cinco horas. Me voy a acostar. Si quieres quedarte, quédate, pero sólo será para dormir.

Ahí fue cuando sucedió lo impensable… La aparición de la sombra, la manifestación de la energía extinguida, la resurrección del difunto, el regreso del espíritu desde el mundo de las memorias borradas. El fantasma del pasado reencarnado en el del presente: el rostro de mi ex marido proyectado con pasmosa claridad sobre el rostro del rezongón italo-americano.

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El fantasma de mi ex poseyendo el cuerpo del italiano

Me quedé helada por dentro, tan helada que la rabia o el desconcierto lógicos que hubiera podido sentir se congelaron también al ritmo del impacto. Lo vi, juro que lo vi. No estaba borracha ni me había vuelto demente. Era mi ex, hablándome desde este ente demoníaco de ultratumba que inicialmente había aparentado estar vivo, igual que aparentó él cuando lo conocí. Era mi ex, mirándome por encima del hombro de otro hombre, dirigiéndose a mí con una superioridad auto asumida, menospreciándome entera y verdadera, desperdiciando mi cuerpo serrano y mi entusiasmo innato con su falta de deseo, tratándome como si fuera tonta, imponiendo sobre mi ser su persona y su criterio y juzgándome con crueldad cual verdugo elegido por sí mismo al margen de toda ley. Pero yo sabía que en realidad estaba muerto… Descabezado, matado y rematado, aniquilado, descuartizado, desintegrado, hecho cenizas y volcado a lo hondo del mar, cadáver asesinado y desechado por sí mismo y condenado a vagar en la inmensidad del olvido por los siglos de los siglos, amén. Yo misma le había dado la extrema unción, maldita sea. Este truco psicológico de manipulación no le iba a resultar. Ni a él ni a nadie. Hacía ya dos años y medio que había dicho: “Se acabó”. Y ese “se acabó” estaba escrito en piedra, con un enorme punto final.

Miré el reloj, eran las cuatro y media de la mañana. Ante el despampanante despliegue de hospitalidad, quería salir de allí corriendo, pero necesitaba asegurarme de que tendría cómo llegar a mi hotel, o en su defecto a casa de mi amiga, que vivía más cerca de este indeseable.
– Consígueme un taxi y me voy ahora mismo.

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Sustitúyase la tapicería felina de la imagen por una tela gris para imaginarme en el sofá de Mario

Si mi difunto padre levantara
la cabeza y contemplara esta sucesión de escenas no lo creería: un hombre soltero y heterosexual con un pedazo de mujer dispuesta a tener sexo, a tiro en su sofá cual diana bien centrada, ataviada sólo con un sujetador y un tanga de leopardo y con energía suficiente para destrozar un colchón cabalgando alegremente sobre su afortunado falo, y el muy mariquita es tan gruñón que en vez de enfocarse en lanzarse a su yugular, hacer el salto del tigre y echarle un polvo como corresponde prefiere amargarse la existencia, retirarse a dormitar refunfuñando y echarla de su apartamento con cajas destempladas… Acabáramos.
“Este mundo está loco”, pensaría mi progenitor. “Menos mal que el idiota se va a ir al infierno de cabeza, porque si me lo topara de frente le partiría la cara de un guantazo. Sin contemplaciones”. (Gracias, papá, por defenderme. Aunque sea desde el más allá, de verdad: el apoyo me reconforta).

Ninguna de las aplicaciones choferísticas de su tablet encontraba vehículos disponibles en la zona… Los dos teléfonos de radio-taxi a los que llamó no contestaban… Yo ya me había vestido por completo y estaba preparada para poner pies en polvorosa y dejar de soportar su inhóspita compañía, pero a esa hora de la madrugada, en una zona de Nueva York que no era céntrica y en la que, por su cualidad residencial, no transitaba ni un alma por la calle, no me iba a lanzar a la vida con -12 grados de temperatura a deambular cual homeless en busca de un transporte, porque lo que cogería, más bien, sería una ineludible pulmonía… No era mi deseo quedarme, y así se lo expresé, pero ya que había tenido la mala idea de invitarme se iba a tener que aguantar y, al menos, prestarme su sofá hasta el amanecer.
– Bueno, yo me voy a dormir, si quieres puedes quedarte en el lado izquierdo de la cama y mañana temprano te acompaño a buscar un taxi.

– Ok, gracias.

Y me quedé a dormir sobre el yermo lecho lo más alejada posible de su humanidad, dándole la espalda y casi rezando para que el tiempo pasara rápido, muy rápido, y los taxistas de Astoria comenzaran su jornada y me rescataran de aquella pesadilla en la que ni yo sabía cómo había caído, víctima de mi esperanzada ingenuidad y mis ansias de ser sorprendida favorablemente por el sino. Como si los milagros existieran más allá de los que uno hace internamente… (Perdón si ofendo a los a devotos, pero yo creo más en el poder de la energía humana que en las cosas místicas y las doctrinas impartidas en colegios religiosos).

Salió el sol e iluminó la nieve. El reloj en la mesita de noche de Mr. Scrooge sonó estentóreamente, cual alarma de central nuclear en plena fuga radiactiva. Le di gracias al cielo, a Alá, a Buda, a Ra, a Yahvé, a Tao, a Jehová, a Vishnu, a Zeus, a Dios y a toda su corte de ángeles cantores con todo mi corazón, toda mi mente y todos los poros de mi piel (sí, ya sé que un párrafo antes declaré que creo más en la energía humana que en la divina, pero lo cortés no quita lo valiente y yo me tomo la licencia poética de usar todos estos nombres en vano si así llega más claro mi mensaje).
Como iba contando: se despertó hasta el gato de la casera con el ruido del despertador, y yo, que debí de haberme quedado dormida (dificultad derivada del trauma) unos diez minutos antes, me desperecé con desgana y cierto grado de desorientación. Entre nebulosas, mis pupilas vieron al “ente” ponerse en pie y mirarme de forma inquisitoria.

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El italiano, mirándome a lo Mr. Scrooge

– Vamos?

– No te vas a duchar antes de salir?

– No, te acompaño a buscar el taxi y vuelvo a arreglarme.

– Bueno. Voy.

Y me abrigué en un suspiro, de los botines al gorro, hasta llegar a la calle custodiada por el príncipe azul del momento, ya convertido en sapo desde hacía rato, y visiblemente lleno de verrugas tras mostrar su verdadero yo.

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Mario, odiando el invierno neoyorquino

– Esto es lo que odio de esta ciudad, no hay quien salga así, es horrible!!!

Mientras gruñía le daba patadas al hielo derretido sobre el asfalto.

La nieve había remitido en las últimas horas, y de las seis pulgadas acumuladas la noche anterior debían de quedar como mucho tres. Pero el rezongón italo-americano se quejaba y se quejaba y se quejaba, irritado con la circunstancia y con el clima imperante.

Le devolví la mirada inquisitoria de un rato antes y respondí, casi entre dientes, como hablando para el cuello de mi chaquetón: “Es invierno. Es Nueva York. En invierno en Nueva York nieva. Es lo que hay”. Y, tras encogerme de hombros, me subí al taxi que, un segundo antes, Mario había parado con un airado gesto de mano.
– Que tengas un buen día.

Aleteé los dedos ante su cara de culo, sonriendo irónicamente tras dedicarle mis buenos deseos.
Seventy fourth and thirty fifth avenue, please.

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Bendito taxi que estás en Astoria  (Foto de http://www.nellsdish.com)

El vehículo se puso en marcha, y en seguida llegué a casa de Yola. Mientras me disponía a poner el teléfono en silencio, al acostarme, entró un mensaje de texto: “Mi apartamento es el 2B”… A buenas horas, mangas verdes!!! Quise enfadarme con las redes telefónicas, pero definitivamente me dio risa.

La pesadilla había terminado. Fundido en negro. FIN.

Y pensé, para mis adentros: “Nueva York, te amo. Fantasma del Pasado, te acabas de ir al otro mundo de un puntapié. Y créeme si afirmo que no vas a encontrar nadie más en quien reencarnarte… Es la segunda vez que te mato. Y ahora sí que estás muerto matao’!”.

 

EPÍLOGO

(Ésta es una historia basada en hechos irreales de la vida. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Ningún italiano neoyorquino hispano-parlante, restaurante de postín de Manhattan, botella de orujo de miel ni taxista madrugador ha sufrido daños durante la redacción de este texto. La casera del edificio de Mario continuó durmiendo plácidamente aquella noche y lo único que falleció, además del fantasma de mi ex marido, fueron las botas que mi amiga Yola llevaba el día que recorrimos Nueva York sobre la nieve. Para que no quede duda, I still love New York. A pesar de los monstruos que una pueda encontrarse en la Gran Manzana… Como escritora que soy, me sirven de personajes, mejor aún cuanto más horribles. Y el escenario no puede ser más cinematográfico. De nuevo fundido en negro, FIN. Habrá aplausos esta vez? Eso… se lo dejo a mis lectores).

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© Lola Mento💃

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