CALIFORNIA DREAMING (O las aventuras de un autobús azul llamado Lola)

CALIFORNIA DREAMING

Cuando lo vi sentado plácidamente en su silla de camping sobre el techo del autobús azul, oteando el horizonte de forma impertérrita, con sus impertérritos abdominales recortándose bajo el sol, pensé: bueno, vale, de acuerdo, los dioses griegos existen.

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El Apolo de la Bahía

Desde su atalaya inverosímil, por supuesto, esta deidad sin mito clásico asociado, oculta tras sus Rayban tradicionales y su bañador a tono con el vehículo también inverosímil, no le devolvía la mirada ni a las gaviotas que planeaban a su altura. Es lo que tienen los dioses, me dije a mí misma, que no se relacionan con seres inferiores. Aunque yo, que soy mezcla de diosa y humana, soy capaz de codearme con todas las especies… y así me va, claro.
Ante semejante estampa de libro de texto de 6• de E.G.B., no me quedó más remedio que hacerle una foto y publicarla en InstaClan, a sabiendas de que por lo menos dieciséis o diecisiete de los comentarios iban a rezar: “buenorro”, “tío bueno”, “macizo”, “cañón”, “pedazo de hombre”, “quién es ese macho alfa?”, o ya directamente “si no te lo comes, por favor preséntamelo”… Etcétera, etcétera, etcétera. Así que saqué mi foto, la compartí con el mundo virtual y acto seguido me dispuse a hacer lo que realmente había venido a hacer: instalar mi toalla y rendirme en los brazos de Lorenzo. Y no, cuando hablo de Lorenzo no me refiero a ningún italiano estupendo con bíceps esculpidos por el mismísimo Miguel Ángel así como la tableta de chocolate del objeto de mis publicaciones. Me refiero, literalmente, al astro rey y a sus brazos, que en lugar de músculos y dedos, lo que tienen son rayos. Y calientan, sí, pero de otra manera.

Pues eso, que allí figuraba yo, con mi anatomía apenas cubierta por un bikini negro metalizado y elegantemente desparramada sobre una toalla de micro fibra color coral, mientras la rugiente marea del Océano Pacífico (el nombre es irónico, claramente) y la brisa intensa del azul circundante me poseían de la forma más absoluta, así como a Madonna la poseían los efluvios del romanticismo en el vídeo-clip en el que le cantaba al mundo que se sentía virgen surcando los canales de Venecia con su corpiño de novia (hombreras incluidas) y su falda de gasa llena de volantes, lo mismo que una ola, pero en versión pop.

Y entre ola y ola, grano y grano de arena, soplo y soplo de aire, yo me abandoné al relax que supone estar de vacaciones y me permití, por primera vez en mucho tiempo, fluir con el universo y con mis propias hormonas, pero en contra de toda madurez o principio intelectual que hubiera albergado anteriormente.

Aunque estaba retirada del mercado y sólo me interesaban cosas serias, no lo quise evitar: el dios griego del bañador azul me llamaba con cada poro de su piel. Y, además (Oh, fortuna!, como canta apoteósicamente el coro en “Carmina Burana“), después de un par de horas había descendido de su altar y estaba a pie de orilla, al nivel de los mortales, mojándose los perfectos pies de ser mitológico en las riberas de aquella agua brava (horror, me vino a la memoria el anuncio de perfume con la parejita ochentera y su pelo al viento en el velero)  y regalándome miraditas desde el otro lado de sus Rayban vintage img_3330mientras yo, desde mi campamento playero, con todo el descaro, le tomaba al interfecto fotos y más fotos con el móvil, riéndome de mí misma y de todas las antecesoras femeninas de mi familia, mientras fingía que fotografiaba a los surfistas y al paisaje en aquella tarde de luz y mar.

Y, entonces, sin que nadie excepto él lo oyera, desde las altas esferas del Olimpo el consejo celestial dio su aprobación y este Apolo de la bahía, tras dirigir la vista hacia mí y comentarle algo a su fornido amigo, viró su escultural figura a la derecha y comenzó a caminar en mi dirección con paso ágil pero a cámara lenta, article-0-0f5676a100000578-709_306x423así como David Hasselhoff en la cabecera de la serie televisiva más famosa de los noventa, hasta que se detuvo frente a mí y, con tono resuelto y un fascinante acento americano, me regaló un: “Hi! How you doin’?”, al más puro estilo Joey de “Friends.

Yo, haciéndome la impasible, con cara de “Everything’s cool, baby” (o sea: “Todo está tranquilo, corazón-no me inmuto por nada-estoy más calmada que un plato de sopa”) le devolví el saludo y lo dejé hablar. Si era un ente superior, tendría habilidades comunicativas, no? Pues nada, a currárselo, bonito, a ver cómo se hacen las cosas aquí en California.

Se llamaba Dick Pierce y tenía (nada más y nada menos, pero sobre todo nada MENOS) veinte nutridos años dentro de ese cuerpo del delito que daban ganas de asesinar a golpe de polvos…

Encima el nombre lo acompañaba. Tendría la polla perforada y decorada con algún accesorio de acero quirúrgico? No lo pude remediar y de forma instantánea visualicé en mi mente un pequeño aro en la punta de su miembro, lo cual me provocó una sonrisa maliciosa permanente y un indicio de erección psicológica durante toda nuestra charla casual.

Como quien no quiere la cosa, después de soltarme la bomba de su edad (doy gracias a Zeus que tenía al chico bien entrenado y no se le ocurrió preguntarme a mí la mía), cambió de tema y comenzó a hacer pesquisas sobre los motivos de mi viaje a Oceanside. Le conté que estaba visitando a una buena amiga que vivía allí, que estaba de vacaciones y que me marchaba cuatro días más tarde. Me contó que estaba allí sólo por el fin de semana, porque había un campeonato de surf femenino y al lado de la playa habría una feria con vendedores varios entre los cuales estaba él junto a sus dos socios, en el autobús azul.img_3317

Su empresa, que era un negocio ambulante enfocado en surfistas, producía camisetas con estampados varios, todas en algodón ecológico y con precios absurdos, aptos sólo para esnobs del océano. Se llamaban “Misu & Co.” y “Misu” significaba, en idioma nativo americano, “olas en el agua”. Su lema era “Never stress” (nunca te estreses). Muy conceptual, vamos

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Y ahora voy a traducir nuestro breve diálogo, para que no digáis que desde que viajo a USA escribo en lenguas foráneas.

– Te llamas Lola, verdad?

– Sí. Lola Mento.

– Como los caramelos de menta?

Me reí sonoramente, nunca se me había ocurrido.

– Sí, como los caramelos. Pero en singular. Soy refrescante por mí misma, no necesito ayuda.

El que soltó una carcajada entonces fue él.

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He aquí la prueba palpable de que aquel autobús y yo éramos tocayas

– Tiene gracia, nuestro autobús azul tiene tu mismo nombre de pila.

– En serio? Lo llamáis Lola?

– Oh, sí. Ese bus es una mujer.

Me agregó a Fakebook para estar en contacto, me mandó un saludo por mensaje interno y me comentó que al día siguiente habría una fiesta en un bar cercano, por si quería ir. Acto seguido me invitó a conocer el famoso autobús azul, in situ, en aquel momento. Y yo, dentro de mi cabeza, que debo de reconocer que estaba recalentada por el sol, me dije a mí misma: “What the hell?”. O sea, en cristiano: “Qué demonios?”. Y seguí sus glúteos playa arriba hasta el aparcamiento.

El bus tenía los escalones de acceso forrados en césped artificial, así como gritándole al mundo: “Sí, esto es un medio de transporte, pero hay gente que vive en él y a esa gente le gusta tener su metro cuadrado de jardín. Algún problema?”.

Al llegar nos encontramos con uno de sus socios, el “fornido amigo” de la orilla, un macho bastante más mayor que él, musculoso, ancho de espalda y tatuado hasta el infinito y más allá (o así me lo quise imaginar yo)704f1943d1c728143d50c3dfe17902d6 que, a pesar de su cara de mala leche, o quizá precisamente por ella, daban ganas de acorralar y estampar contra la mesa de aquel comedor itinerante para darle una lección de humildad, de semidiosa a humano. Pero no, no lo hice. Fue tan sumamente borde que cuando lo saludé, graciosamente descalza y enfundada en mi bikini, respondió con un gruñido propio de un Neanderthal y bajó la mirada, concentrándose en su merienda de cereales con yogur. Pues bueno, tú mismo. Y continué prestándole atención al impúber con madera de Apolo, que al menos aparentaba mirarme con interés y tener ganas de acción.

Había camisetas colgadas a lo largo del interior de la “nave”, y prendas almacenadas en cajas ordenadas detrás de una cortina. Los camarotes estaban al fondo, repartidos a ambos lados tras las ventanillas delanteras del vehículo.img_3309

El desorden era como de habitación de internado universitario, pero en versión vacacional. Había arena en cada rincón, lo cual convertía aquella vivienda y tienda móvil en una playa con ruedas. Las vistas al mar estaban aseguradas, ya fuera desde los asientos delanteros o desde el mismo techo en el cual yo había divisado originalmente al veinteañero. Sólo faltaba sentir la gran marejada, pronosticada por los meteorólogos para ese fin de semana en aquel rincón de costa en que nos encontrábamos.

Pero, en vista de la sensación de intromisión del momento (el fornido amigo continuaba masticando sus cereales con yogur mirando al plato y sin emitir más que bufidos), dejé mis ganas de experimentar la gran ola a un lado y elegantemente hice mutis por el foro y regresé a mi puesto original con mi toalla, a disfrutar de las últimas caricias de mi querido Lorenzo en aquel día (insisto, no me refiero a un italiano macizo, sólo a la estrella en torno a la cual gira la Tierra… Lamentablemente).

Esa noche, mientras me tomaba una copa de Pinot Grigio con mi amiga Lina en su jardín y le relataba el evento inter-generacional del momento, recibí un mensaje de Mr. Dick (entre Lina y yo decidimos que ése iba a ser su sobrenombre) en el cual me informaba de que él y sus colegas estaban recién duchados, tomándose unas cervezas y “con ganas de hacer algo”.

Yo aún ni me metía en la ducha, y estaba al borde del precipicio que me conduciría al intenso abrazo de Morfeo, y mi amiga, que es pintora y en aquella época se encontraba en plenas obras del local que hoy es su propia galería de arte, estaba rendida y con cero interés por recibir teenagers en su casa. Y eso que, más allá del fornido come-cereales (que por supuesto no entraba en la ecuación), la foto del otro socio de Mr. Dick prometía…

Mr. Eriksson era un vikingo de tomo y lomo, rubio como la cerveza, mezcla de sueco y floridano, con una sonrisa que le hubiera permitido saquear cualquier territorio a lo pirata y un cuerpo que le hacía a una desear probar el cuerno en carne propia, sin casco y a lo loco.

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Aquí el socio vikingo

Pero no. No era la noche. Los niños de mi amiga dormían en el piso de arriba y el dúo dinámico sacado de un catálogo de Abercrombie & Fitch no había hecho ningún esfuerzo por convencernos de lo imprescindible de su presencia. Por más que sus anatomías incitaran al pecado original, y que sus nombres sugirieran buenos presagios (si el nombre del Apolo de la bahía sonaba a verga enjoyada, el vikingo tenía una antena de telefonía móvil bien plantada en el apellido y su nombre de pila, Jan, significaba estaca), el hecho de que se sintieran con derecho a no adorarnos a nosotras (que somos las verdaderas diosas) nos tenía, sinceramente, más que frías.

Porque, a ver (y que me perdonen -o no- los machistas que me puedan estar leyendo en este instante), en aquella situación, si alguien tenía asegurada la fiesta eran ellos dos. Por más que los tiempos hayan avanzado una barbaridad, estos chicos eran dos meros Dustin Hoffmann en “El graduado”   (en versión Mr. América, eso sí) y nosotras dos experimentadas Mrs. Robinson físicamente tan divinas como ellos y además con MUCHO más que enseñarles carne adentro y piel con piel.

Sin mencionar la capacidad de demorar el placer, cosa tan necesaria ante el ímpetu juvenil y la urgencia fisiológica de correrse a las primeras de cambio… Ay! (Es que lo pienso y sufro).

Contesté al mensaje diciéndole al señorito Pierce que mi amiga no quería recibir visitas, y quedé en vernos al día siguiente en la playa.

Mi polvo de esa madrugada fue conmigo misma, y con mi amigo a pilas. No el de tamaño natural con dos cabezas, cuerpo de oruga y antenas, sino el de viaje, chiquitito pero juguetón. Y al menos, después del inesperado calentón mental transgeneracional, logré dormirme relajada. Y mi clítoris también.

A la mañana siguiente desperté con mucha fe en el Universo… Hasta que, mientras me tomaba un café con leche endulzado con panela y me comía unas tortitas caseras hechas por mi amiga con todo el amor del que una colombiana residente en EEUU es capaz, revisé mi e-mail y me encontré con un correo de mi jefe que me decía que necesitaba que adelantara mi regreso al día siguiente porque había una marca importante que quería incluir en la tienda, con la que había conseguido por fin una reunión, y ese cliente exigía tratar conmigo, y solamente conmigo, por encima de todas las cosas.

Mi gozo en un pozo. No podía decirle que no, porque si esta jugada me salía bien podía suponerme un ascenso, así que llamé a la aerolínea ibérica y adelanté mi viaje de regreso.
Mi amiga se entregó a sus quehaceres del día y yo me fui a la playa, con mi bikini azul, para hacer juego con el autobús famoso. Si era mi última jornada en Oceanside, la iba a aprovechar. Agárrate, Lorenzo, que allá voy. Y lo que van a ver tus ojos puede ser interesante (no te pongas celoso, tú sólo me tocas desde lejos, y este cuerpo necesita contactos en la cuarta fase).

Llegué llena de mí, con el amor propio a la altura de las nubes que bordeaban al sol (Lorenzo querido, estoy tan alta como tú, no te hagas el divino) y pasé, como quien no quiere la cosa, por el aparcamiento donde mi alter ego estaba estacionada. Sí, me refiero al vehículo inverosímil, al cual sus dueños habían bautizado con mi nombre.

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Yo, haciéndome la californiana

Con todo el encanto que el ser rubia teñida me da, me acerqué a saludar a Mr. Dick. Había gente alrededor paseando por los distintos puestos (de toallas redondas, pulseras hippies, accesorios surferos, etc.) y gente entrando a ver la ropa, visitando a Lola. Yo me limité a saludar al interfecto de los abdominales cincelados por Michelangelo y mirada oculta tras las Rayban vintage y le informé de que por un imprevisto laboral tendría que viajar de vuelta a España al día siguiente, así que aquel era mi último día.

– Habrá que aprovecharlo al máximo! – le dije.

Asintió sin prestarme mucha atención.

– Hablemos más tarde, estaré en esta zona, cerca de la orilla – especifiqué.

– Ok, hablemos más tarde! – respondió.

Y, con mi cuerpo de semidiosa y mi look californiano improvisado, me alejé cadenciosamente hacia el mar, como una modelo en algún anuncio de agencia de viajes promocionando algún destino paradisíaco diseñado para gente rica.
La tarde estaba espectacular, y yo llevaba conmigo un termo lleno de sangría casera con mucho hielo, así que no sólo disfruté de las caricias doradas del astro rey y el abrazo intenso de las olas sino que pude relajarme también por dentro. Todo el entorno era un sueño, y yo me abandoné a él.

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Un día cualquiera en Oceanside

A última hora, justo antes de que el sol empezara a caer, apareció el señorito Pierce. Se sentó a mi lado en la toalla y me espetó:

– Así que te vas mañana?

Me encogí de hombros, contestándole “sí” con la cabeza.

– Y qué te parece si nos despedimos tomando algo en el autobús azul?

Al oír eso se me pusieron los pelos de punta, pero en el mejor sentido imaginable.

– Me parece una excelente idea.

Diez minutos más tarde el Apolo de la Bahía se encontraba con esta Lola, dentro de la otra Lola, pasando el rato, hablando de cualquier cosa con una cerveza en la mano. Si algo tenía mi alter ego era un refrigerador que se enfriaba más que un pingüino en tierra de glaciares, así que esa cerveza era un elixir, qué digo un elixir, un refrescante oasis en medio del desierto.

– Le haría el amor a esta cerveza… – se me ocurrió comentar.

– Tus deseos son ordenes para mí – dijo él impúber hijo de Zeus.

Y, ni corto ni perezoso, se bebió de un trago lo que quedaba de líquido elemento, cogió el botellín aún helado, movió hacia un lado la parte de abajo de mi bikini y empezó a tantear mi vulva con la punta del cristal.

Sonreí maliciosamente, mordiéndome el labio inferior de la boca. Mis otros labios también sonreían, y se agrandaban de excitación al sentir el cuello de la botella dando golpes a su entrada como quien llama a una puerta con implacable urgencia. Aún era demasiado pronto para correrme, así que simplemente corrí hacia los lados los triángulos de la parte superior de mi bikini, como quien corre la cortina de un teatro para que empiece al fin la función. Y, entonces, sin que ningún director de escena me avisara, entró a las tablas otro personaje. Era Mr. Eriksson que, ligeramente sonrojado, pidió disculpas por la intromisión.

– Si no te molesta que él esté aquí, a mí tampoco – expresó el Apolo de la Bahía.

Moví la cabeza horizontalmente mientras me pinzaba a mí misma ambos pezones con los dedos.

– Bienvenido a bordo, Jan – dije mirando al vikingo a los ojos mientras internamente me preguntaba si tendría “la antena móvil” bien instalada.

No hace falta que imagines, Lola, lo puedes comprobar tú misma, pensé. Y, al tiempo que el Sr. Pierce abría otra cerveza regándome con ella y se bebía mis pechos mojados, le bajé el bañador al Sr. Ericsson con un movimiento de mano seguro a la par que pausado, para poder disfrutar fotograma a fotograma del placer de aquel paisaje humano mientras me dejaba querer y lengüetear por los morritos sexy del impúber.

Eso era una antena bien plantada, sí señor!

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Antena de Ericsson en la ciudad de Kista (Suecia)

Me dieron unas ganas irrefrenables de montarla, de lamerla, de tocarla hasta sacarle brillo, como mágica lámpara de Aladino, para que me concediera los tres deseos pertinentes del momento. Pero mi conciencia – esa morena que llevo adentro y a la que llamo “Lolita Grilla” – me gritó en silencio: “Espera!”. Y yo, para variar, le hice caso, por si una vez más tenía razón y yo, con la emoción, no me estaba dando cuenta.

El Sr. del cuerno maravilloso, ante la presencia admirada del público presente – o sea, yo – y ante su compañero de reparto, que continuaba mordisqueando mis areolas como si le fuera la vida en ello, empezó entonces por hacer un alarde de equipamiento y, cual si tuviera por miembro un arma de guerra medieval, empezó a mover las caderas para impulsar su polla en círculos, lo mismo que un soldado con su mangual, pero en versión porno.

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Por un segundo dudé si llevarme a la boca aquella maza de cadena de carne y hueso y atravesarme el coño con la lanza de Apolo, o viceversa.

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Thor, hijo de Odín

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Apolo y su lanza, o cetro, o mango (llámalo X)

Lo cierto es que el nivel de deseo no me permitía tomar decisiones, sólo fluir, así que me dejé llevar alegremente por los actores de la situación y terminé por comerle el divino falo (que finalmente no tenía piercing alguno) al hijo de Zeus y ser simultánea y felizmente atravesada por la estaca del hijo de Odín, que embestía como un toro con su aguerrido cuerno y empujaba rítmicamente con sus gloriosas nalgas.

Tuvimos después un momento de pausa – porque hasta los dioses necesitan recuperar el aliento – en el que, entre jadeos ahogados y suspiros desvaneciéndose, descubrí algo inquietante. No sabía desde qué instante exactamente, pero había un observador en esta película de tres. Resulta que no éramos tres, sino cuatro. El “fornido amigo” de la orilla estaba sentado en el suelo en un rincón, contemplándonos. Tenía la mano derecha dentro del short, los ojos vidriosos y los labios entreabiertos en actitud de turbación. Al encontrarse nuestras miradas mientras Dick y Jan yacían semi inconscientes al filo del ronquido, se incorporó y, caminando hacia nosotros con un notorio bulto bajo el pantalón, me soltó: “Ahora que has jugado un rato con los niños, estás lista para un hombre de verdad?”.

De entrada no pude evitar carcajearme, pero acto seguido le contesté. Su pregunta era en serio, y mi respuesta también.

– Para un hombre de verdad estoy siempre lista.

Me tomó de la mano, me ayudó a levantarme y me condujo a la zona de literas, dejando atrás a sus colegas dormidos y cerrando después la puerta de madera tras de sí. El Neanderthal prefería la privacidad y tenía maneras delicadas, curiosamente. Me pregunté, dentro de mi mente, si toda la mala leche que había mostrado el primer día estaría acumulada donde debía…

Me besó con tal intensidad que olvidé quién era, dónde estaba, en qué trabajaba, cuál era mi estado civil, de qué color era mi cabello originalmente y hasta qué edad tenía. Aquello no era un simple morreo, era un agujero negro y caliente en el cual perderse a propósito, en el cual encontrarse frente a frente con tus mejores demonios, en el cual quedarse a vivir con la esperanza de no alejarse ni un centímetro de aquella fluctuante excitación que se movía en círculos, como un bucle infinito de placer.3fd Sin preguntarme siquiera mi nombre ni dirigirme una palabra, me despojó por completo del bikini que, ya desplazado de su posición original, no estaba cubriendo ninguna de las partes que debía y bruscamente me giró, entrelazando sus palmas con las mías y extendiendo los brazos de ambos sobre una de las literas superiores, a la vez que frotaba fuertemente su bulto contra mi culo desnudo. Mi vagina chorreaba ansiosa, y mi pelvis se agitaba como un látigo de espaldas a la suya. Y entonces, tras enfundar su espada en la debida protección, me penetró lenta y profundamente, así, de pie, sin vernos las caras, mientras como un león me mordía el cuello y yo maullaba estentóreamente cual gata en celo. Aún no comprendo cómo los otros dos no se despertaron en mitad de tal escándalo, pero agradecí haber terminado cayendo en manos del HOMBRE de aquel grupo, y, de semidiosa a Neanderthal, en primer lugar por lo bueno que estaba y en segundo por lo borde que había sido la tarde pasada, me ensañé amorosamente en darle su merecido sin ningún tipo de reparo o de clemencia.

Después del primer orgasmo me di la vuelta, me acerqué a su cara, le mordí el labio inferior y acto seguido deslicé mi lengua desde su mentón hasta su ombligo, sin pausa alguna. Justo al llegar a su pubis me encontré con un tatuaje. Era una cabeza de hado o demonio, con los pelos de punta, que se entroncaba con su rabo formando la figura completa. Mi imaginación, en este caso, estaba en lo cierto: el fornido amigo estaba tatuado hasta el infinito y más allá.
Arrodillada ante el genio de la lámpara de Aladino

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Frota, que sale el genio!

(al parecer él poseía la auténtica, y no el hijo de Odín), mientras le sujetaba los redondos y generosos cojones con una mano, miré hacia arriba buscando sus pupilas. Me perforó de vuelta con ellas y me mostró la punta de su lengua al filo de la boca, mientras emitía un breve gemido. Con la pierna derecha empezó a amasar mi seno izquierdo, que se erizó de inmediato, y yo me dispuse a devolverle aquel beso perfecto, con toda suavidad y dedicación, pero en sus partes nobles. Primero abracé su glande con mis labios empapándolo de calor, después comencé a recorrer el tronco de su verga a lametones, y un rato más tarde la verga entera surcaba el interior de mis fauces cual navío navegando en un excepcional crucero, en espera de la tormenta perfecta. Pero no, todavía no.

Antes de la gran marejada yo necesitaba montar a aquella bestia. Así que, con gesto picarón, agachada como estaba, di un par de palmadas sobre el colchón de la litera de abajo que quedaba frente a él y le ordené: “Túmbate”. Como un sumiso corderito me obedeció sin rechistar y se recostó boca arriba, su falo más erecto que la Torre de Hércules, como queriendo alcanzar el cielo con la punta y declararse al mismo tiempo monumento histórico patrimonio de la humanidad. “Tranquilo, que vas a tocar el cielo con la punta”, recalcó en silencio la voz en mi cabeza, como si él pudiera oírla. Y me encaramé a aquel faro humano sin más preámbulos, a ver si, además de mostrarle a él el paraíso, me iluminaba y lograba avistar yo el fin del mundo, o veía la luz al otro lado del túnel del clímax como quien va al más allá y tiene la fortuna de volver para contarlo.

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Los camarotes del bus azul y su luz violácea

Sentada sobre aquel potro sin silla alguna, cabalgando a ritmo creciente y disfrutando de cada golpe y cada salto, circundada por los neones violáceos de aquel dormitorio rodante con vocación de discoteca, la piel bañada por su blanquecino azul como dentro del tubo de una ola, me sentía como una sensual brocheta en proceso de armado, cada parte de mí ensartándose una detrás de otra en la vara de hierro de su miembro, lista para echar a la parrilla y cocinar al fuego para ser devorada después hasta no dejar ni una fibra sin saborear…

Tras otro orgasmo por mi parte, con el que estoy convencida de que desperté no sólo a sus colegas sino a todos los muertos vivientes que pudieran estar pasando cerca del estacionamiento, el macho alfa puso en acción sus dotes de mando y me indicó que cerrara los ojos, sin hacer trampas. “Te voy a mostrar quién es el jefe aquí”, añadió.

Acaté sus órdenes, entre sobreexcitada y sin resuello, y entonces sentí su respiración sobre mi vientre como un soplo proveniente del mismísimo infierno. Abandonada a la caricia de su boca, que enardecía mi clítoris para después aliviarlo con un chorro de saliva, para después succionar sutilmente mis labios mayores y lamer los menores, para después hacer inmersión en mi vagina con su lengua entera, para después, con el extremo de la lengua, martillear a golpecitos de nuevo mi clítoris, para después chupar mi vulva completa con una amplia apertura de mandíbula, para después regar mi pelvis de pequeños besos, como una lluvia de estrellas a la puerta del coño, me di cuenta de que me había salido de mí misma y estaba flotando en un limbo sin tiempo ni espacio asociado, en el que su humanidad y la mía eran meras excusas para sabernos parte de algo mucho más grande y entender que el goce verdadero nos conecta con nosotros mismos, con la esencia de los otros, con la energía interminable del universo…

No sé si aquello fue, como cantaba Enrique Iglesias, una “experiencia religiosa“,  si me había metido en una especie de purgatorio carnal en el que estaba pagando alegremente todos mis pecados o si, definitivamente y sin pretenderlo, había asistido a la primera sesión de sexo tántrico de mi vida. Pero, fuera lo que fuera, GRACIAS, DIOS MÍO, GRACIAS. Si me prometes que portándome bien voy a ser premiada con una sensación así por lo menos una vez al mes, me hago un exorcismo ahora mismo. Y si es Satanás con quien tengo que tratar, que me traiga el contrato y una pluma y le vendo mi alma sin más dilación. Que ya a estas alturas me lo quiero pasar bien lo más que pueda!!

“Déjate de tratos con el demonio e inscríbete en un seminario de neotantra”, apuntaba en mi cabeza Pepita Grilla. “Y, cuando no haya machos al alcance, sigue practicando el taoísmo”. Pues bueno, habrá que aplicarse. Y, de momento, la tarea era rematar aquella sesión mística y erótica con el fornido amigo que ni siquiera sabía cómo se llamaba ni a qué nacionalidad debía su gallardía… y ni falta que hacía, en realidad.

Afortunadamente para mí, el Neanderthal come-cereales era, más allá de lo aparentemente parco, realmente generoso y eficaz. Y, además, era consciente en extremo de los estados en los que él mismo me inducía, y de los cuales sabía sacarme (de golpe y porrazo si era preciso) para continuar enardeciendo los ánimos y la escena convirtiéndolos en un placentero círculo sin fin… O con fin, vale. Pero qué fin!

Después de aquel masaje lingual y sin par de mis países bajos, el Señor de los Colmillos me dio un mordisquito en el ombligo y, dedicándome una mirada matadora, me preguntó: “Are you ready for the big wave?” Perdón, en cristiano: “Estás preparada para la gran ola?”. A lo que yo respondí en tono irónico: “Qué gran ola?”.

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Sirva de ejemplo gráfico “La gran ola de Kanagawa”, de Katsushika Hokusai

No dio tiempo ni a que transcurriera una décima de segundo y el Señor de los Colmillos, cual vampiro súper veloz, estaba sobre mí, alrededor de mí, dentro de mí, metiéndome su estaca en las entrañas y mordiéndome el corazón a bocados mientras penetraba mi cerebro con todo su ser. Por primera vez entendí el concepto americano: “Fuck your brains out“. Literalmente, este hombre me estaba follando hasta los sesos, y yo no dejaba de querer más. A esas alturas estaba ya tan sumamente caliente y agradablemente desquiciada que hasta la postura del misionero en la que decidió finiquitar sus pasiones conmigo me resultó extremadamente porno.

Nunca hasta entonces había observado y disfrutado hasta ese punto la cualidad de primitivo en un partenaire sexual, es más, la gran mayoría me había parecido aburrida por comportarse así… Con él, sin embargo, la cópula tradicional era una fiesta. Si me empalaba a cuatro patas, la diana de sus movimientos perrunos era mi punto G, pero si me atravesaba frente a frente, con sus pupilas inmersas en las mías mientras me embestía, el blanco era mi hiperactiva mente, que se ensanchaba y crecía al ritmo de su herculiana y luminosa polla, faro absoluto de mi coño-navío en busca de tierra.

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La Torre de Hércules, gemela arquitectónica del miembro del fornido amigo

La gran ola llegó y arrasó conmigo entera, y yo quedé pululando a la deriva en su marejada lo mismo que un surfista derrotado por la inmensidad. Pero algo de consciencia me restaba y, agarrándome a su miembro como si fuera una tabla de salvación, busqué sus ojos y le dije: “Quiero ver cómo te corres”.

Se le escapó una sonrisa por la comisura izquierda de la boca, y se irguió levemente para levantar sus caderas a la altura de mi cintura. Yo me tocaba los pechos y el clítoris con una mano, indistinta y desordenadamente, y con la otra bien firme abrazaba aquel cetro de poder, arriba y abajo, mientras su dueño gemía y se tornaba cada vez más gigante ante mi vista. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… Hasta catorce. Y la espuma rizada de la gran ola bañó mi vientre, mi cuello, mi cintura, mis pechos, mis mejillas como un chorro de perlas fragmentado cuya última gota cayó sobre mis labios en gesto, casi, de homenaje. Lo besé entonces en los morros, devolviéndole de nuevo el ósculo original que me había llevado hasta allí… Estaba encantada de haber comprobado que su inicial mala leche efectivamente se encontraba acumulada donde debía.

Ninguno de los dos dijo una sola palabra más. Me limpié el semen con una toalla mientras él me comía con los ojos. Me puse el bikini, se puso el bañador, nos levantamos y salimos del autobús. Los otros dos colegas ya no estaban allí. Bajé por la escalera detrás de él, él extendió su mano derecha para ayudarme.

– Gracias. – Mi cara de felicidad batía cualquier récord Guinness imaginable.

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Entre cachonda y complacida, verdaderamente HAPPY

– Gracias a ti.

– Por cierto, cómo te llamas? – Se rió a carcajadas.

– Importa? – Me preguntó.

– A mí sí. Quiero poder escribirte una nota pública de agradecimiento. Y además tengo curiosidad.

– Llámame como tú quieras. No estropees el recuerdo con la realidad.

El tipo era intrigante, pero tenía su punto de razón.

– Dime al menos de dónde eres. Porque ese acento sexy no es americano.

– Irlandés. Y tú?

– Española.

– Un gusto conocerte, española ardiente.

– El gusto es mío, irlandés sexy.d6e8698e7d2650637c28b68eccc5eb75

Y, al compás del guiño de sus pestañas, di media vuelta y regresé a la playa, a despedirme de Lorenzo y de aquel paisaje maravilloso antes de que nos invadiera el inevitable atardecer y, como Cenicienta de la arena, yo me convirtiera irremediablemente en calabaza.

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Mi cuerpo serrano sufriendo los estragos del sol californiano

No sé cuánto tiempo pasó desde que me di el último baño y me tumbé en la toalla hasta el momento en que el grito de una gaviota me despertó; el grado de relajación en mi cuerpo era tal que supongo que simplemente me había desmayado de pura somnolencia y extenuación post coito.

Desorientada, abrí los ojos y miré alrededor. Apenas quedaba gente, y la luz comenzaba a fundirse entre el naranja y el púrpura en un concierto visual de poesía en sol menor.

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El paraíso, apagando las luces

Sentí que me ardía la piel, y me espanté al comprobar que yo entera estaba más roja que una ración de carabineros a la plancha… Del dolor de cabeza, mejor ni hablar. El cráneo parecía que me iba a estallar en cualquier momento. Tenía los labios tirantes de resecos (me refiero a los de la boca) y mis otros labios se encontraban extrañamente tranquilos y sin sensación de inflamación alguna. Qué raro… O será que… No, no podía creerlo. No era el grito de la gaviota lo que me había despertado, no… Era la realidad. La puta realidad!!!

Era posible que todo lo que recordaba se tratara de un mero sueño??? Invadida por el más absoluto desconcierto, aún me resistía a la decepción de aquella idea.

Me vestí con cuidado, dolorida por los estragos del astro rey, y me acerqué al puesto de socorristas más cercano.

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El socorrista de turno

Un chico jovencito con cara de bueno me preguntó si estaba bien.

– Al parecer me he quedado dormida al sol. Tienes algo para el dolor de cabeza? – Asintió, con un gesto entre la lástima y la risa, y me dio una pastilla y un vaso de papel con agua fresca, que sacó de su nevera portátil.

– Gracias. Tú llevas aquí todo el día, verdad?

– Sí.

– Me viste llegar y después marcharme? Recuerdas por casualidad a qué hora volví?

– Señorita, no sé qué hora sería, pero usted no se ha movido de ahí en toda la tarde. Me fijé cuando llegó por su camiseta con la bandera americana. Después de un rato se fue a bañar, estuve atento de que no entrara al mar por la zona con peligro de corriente, porque ya he tenido que ayudar a salir a un par de personas desde que hay marejada.

– Entonces han sido varias horas… – Me quería morir allí mismo, bombardeada por la comprobación verbal de los hechos. Señalé mis rojeces con ambas manos, riéndome de mi propio desastre.
– Algún consejo?

– Hidratación, señorita. Alejarse de la playa durante unos días… Y mucho aloe vera. Es sólo una leve insolación, se le pasará.

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Soy sólo yo, o estos frascos son sugerentes??

Recogí mi dignidad del suelo y me fui, silenciosamente, con la música a otra parte, haciendo un esfuerzo máximo por ser invisible, cosa que era una utopía porque parecía un semáforo en rojo con patas… y pelo rubio.

Cuando iba de camino a casa de mi amiga, el señorito Pierce se dignó dar señales de vida con un mensaje en el que me decía que iba con sus socios a la famosa fiesta para, acto seguido, compartir la ubicación. Me pidió que le mandara una foto de Lina para enseñársela a Jan, el vikingo. Él compartió conmigo el perfil del otro.

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Mr. Eriksson

Le contesté que no alcanzábamos a ir a la fiesta, y que si querían vernos iban a tener que presentarse a domicilio con un buen vino bajo el brazo.

Al arribar en el oasis de la casa de mi amiga (me pareció un oasis después de haberme chamuscado yo sola en el infierno) le pedí prestado el aloe vera y me encerré en la ducha a limpiar mi libidinosa cabeza, sacarme de encima los restos de arena y reparar mi epidermis con el bálsamo milagroso. Una vez refrescada y con la mente aplacada, me senté con ella en el jardín a compartir una botella de Sauvignon Blanc del Valle de Napa y le relaté con pelos y señales la historia completa de la jornada.

Más allá de los efectos del exceso de radiación y de los efectos del alcohol, los efectos de mi propia calentura psicológica nos estaban produciendo un ataque de risa prolongado que igualaba en intensidad al mejor de los orgasmos descritos por mí misma en el autobús azul… Y entonces Mr. Dick, haciendo un alarde de aparente ingenuidad y preocupación por “conocerme más”, me escribió de nuevo preguntando si aún seguía ahí.

El personaje no había tenido la decencia ni de venir a verme a la toalla durante cinco minutos en todo el día, encima de que yo lo primero que había hecho había sido pasar a saludarlo y de que él tenía dos socios eficientes que podían perfectamente cubrir su presencia en la tienda rodante durante un breve lapso de tiempo. Cero demostración de interés, vamos.

Por muy Apolo de la Bahía que fuera, hasta los dioses ponen de su parte para conquistar mujeres, ya sean éstas diosas como ellos, semi diosas del mundo real o vulgares humanas del submundo. Y, si no, que se lo digan a su padre Zeus, que se había follado el Olimpo entero, un selecto grupo de la humanidad y parte del extranjero interestelar.

Además, para qué nos vamos a engañar, ninguna realidad en la que aquel impúber engreído formara parte de la ecuación superaría jamás el universo paralelo que yo conocí en mis sueños. Como me había dicho el irlandés sexy sin nombre dentro de mi propia fantasía, me repetí a mí misma lentamente: “No estropees el recuerdo con la realidad”. Y le di calabazas al príncipe del autobús azul, respondiendo a su mensaje dos horas más tarde para decirle, al más puro estilo Alejandro Sanz pero en otras palabras: “Te lo agradezco, pero NO“.
A la mañana siguiente, en el tren rumbo a Union Station, ingresé en Fakebook para curiosear y descubrí que el señorito Pierce me había bloqueado.

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Mr. Dick, posando con su cuernuda novia

Se me escapó una carcajada, y llamé a Lina para contarle la anécdota. Lina entró en la red inmediatamente a buscar al individuo y descubrió que en su foto de perfil salía abrazado a la típica rubia californiana con cuerpo de gimnasio, que el título rezaba: “Tengo la novia más espectacular del mundo” y que la foto acababa de publicarla ese mismo día.

– Ves? Por algo pasan las cosas. – Concluí.

– O más bien, por algo NO pasan. – Añadió mi amiga en tono jocoso.

– Tienes razón. Aunque la parte del amigo fornido me hubiera gustado vivirla, qué quieres que te diga!

 

(Ésta es una historia basada en hechos irreales de la vida. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Ningún impúber egocéntrico, Apolo de la Bahía, vikingo con el cuerno bien puesto, irlandés sexy sin nombre, socorrista californiano, botella de vino del Valle de Napa, playa paradisíaca o gaviota con complejo de despertador ha sufrido daños durante la redacción de este texto. El autobús azul, que sigue llamándose como yo, continúa recorriendo las playas del planeta – al menos en Estados Unidos – vendiendo camisetas de diseño surfista y precio absurdo a todo esnob del océano que se precie, Zeus está considerando seriamente bajar de nuevo a la tierra a poner orden y esta Lola que os habla ya no sale de vacaciones a la playa sin un detector de mentirosos y su cargamento de aloe vera… Por si acaso.)
© Lola Mento 💃🏼