El MANGO DE MANGO’S. WELCOME TO MIAMI… BITCH (O Cómo terminar unas vacaciones por todo lo alto ✈️)

Le llamaban El Turco por sus rasgos duros y marcadamente mediterráneos y por su tez que, al mínimo roce del sol, tomaba un tono dorado oscuro, casi crujiente a la vista, como un pan recién horneado que irremediablemente dan ganas de morder, así caliente como está, incluso a riesgo de quemarse. Se apellidaba, además, Turconi, así que aquel apelativo no sólo respondía a su apariencia sino que era el diminutivo lógico con el que rebautizarlo coloquialmente.

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Aquí El Turco, casual en la playa, posando para la posteridad

 

A mis ojos, más que a un turco, se asemejaba a un sultán digno de tener un harén de top models y además ser capaz de satisfacerlas a todas… Pero eso, en principio, era sólo una suposición novelesca en mi imaginación de escritora.

Cuando me abordó aquella noche de sábado en el Mango’s de South Beach, sonaron campanas de victoria dentro de mi cabeza lo mismo que si hubiera sacado el premio gordo de una máquina tragaperras.

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Que qué hacía yo en Miami? Pues estar de vacaciones, que no sólo de trabajo y narrativa vivimos las Lolas del mundo (o al menos yo no, por si había alguna duda).

Con la mirada más honda que he visto en mi vida, como surgiendo de las mismísimas profundidades del infierno cual tentador demonio, se acercó a mí este morenazo al filo de la pista de baile en la que, en ese momento, yo me dedicaba a declinar invitaciones cual Reina de Corazones ordena cortar cabezas.

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Así figuraba yo, con toda la pose de cortar cabezas en plena pista (ilustración de Scott Campbell)

 

Antes de que llegara a mi lado, mientras yo hablaba con una de mis amigas sobre otra que se nos acababa de perder en medio de aquel divertidísimo antro, me había percatado de su presencia sin siquiera mirar alrededor, como atraída por una fuerza proveniente del centro de la tierra, algo así como una sensación de magnetismo intrínseco que ni necesitaba explicación ni la pedía. Como un faro haciéndome señales en el negro de la noche, su camiseta roja vibraba sobre el fondo oscuro y las siluetas danzantes que lo circundaban no hacían más que enmarcar su figura y mostrármela como lo único nítido en mitad de una nebulosa. Fue ahí donde mi amiga y yo, dispuestas a encontrar a la otra perdida, dimos un paso en dirección al extremo contrario del local, y entonces noté que alguien me tomaba firmemente la mano derecha mientras aproximaba su rostro al mío y me preguntaba con tono contundente: “Bailas?”. Juro por Dios y toda su corte de ángeles cantores que jamás hasta entonces había respondido de manera tan surrealista a una propuesta tan simple como aquella, pero lo que dije fue esto: “Sí, quiero bailar contigo, pero dame diez minutos porque se nos ha perdido una amiga y tenemos que encontrarla. Vuelvo en seguida, no te vayas a ninguna parte”. Y le guiñé un ojo mientras apretaba su mano con la mía en signo de veracidad. La mirada honda se convirtió en perpleja, seguramente pensando que mi perífrasis explicativa era una excusa y que lo que realmente le estaba contestando era un NO como una casa. Pero era un SÍ como un trasatlántico.

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El gogó de turno, dándolo todo

Y la amiga perdida apareció en la barra opuesta con un individuo X, barra sobre la cual un latino con sombrero y sin camisa con torso esculpido a mano meneaba el cuerpo como si no hubiera mañana, y yo, después de hablar con ella y pedirle que nos viniera a avisar si se marchaba, regresé a los aledaños de aquella pista de baile para reencontrarme con mi luz en la oscuridad y, ahora sí, bailar pegados si era necesario, como cantaba Sergio Dalma en los noventa.

– Me llamo Máximo, pero me dicen Maxi. Cómo te llamas?

– Lola.

– De dónde eres, Lola?

– De Madrid, y tú?

– De Buenos Aires. Pero vivo aquí.

– Yo estoy de vacaciones, mañana por la noche vuelvo a España. Es mi último día en Miami.

– Entonces habrá que disfrutar este último día.

Su gesto de “te quiero comer viva hasta derretirte para beberte entera después” causó efectos instantáneos de humedad en mis Países Bajos sin que mi conciencia tuviera tiempo de evitarlo. Y mi inconsciente, por supuesto, no quería evitar nada.

– Bailamos?

La frase hizo PLAY en mi mente y oí internamente a Enrique Iglesias añadiendo: “Let the rhythm take you over, bailamos…?” con voz sensual, así como un diablillo virtual y danzarín meneándose lascivamente sólo para mí.

Asentí con la cabeza, y sentí la temperatura de su cuerpo penetrando en el mío, incluso sin tocarnos todavía (o será que yo estaba cachonda, simplemente?). Más que bailar salsa, aquello era como encarnarse en un mejillón en salsa: caliente y en remojo. Así me tenía El Turco, a pesar de los inútiles esfuerzos de mi conciencia, Lolita Grilla, que insistía en hacerse la santurrona y repetirme hasta el cansancio: “Corre, Lola, corre, alguien con una mirada así no puede ser bueno”.

Era difícil concentrarse en dar un paso con toda esa electricidad fluyendo de uno a otro, pero me hice la inocente y lo intenté. Dos pisotones accidentales (uno suyo, el otro mío) y un calentón de órdago después (no soy de piedra, lo reconozco), Maxi me ofreció tomar algo, y nos instalamos en el lugar más recóndito de la barra.

Cerveza va, cerveza viene, que si soy chef en un restaurante de South Beach, que si trabajo en una conocida cadena de moda como compradora, que si tengo dos hijos que viven en Argentina y los extraño mucho, que si mi única descendencia es peluda, de cuatro patas y raza canina, que si mi sueño es tener mi propio local gourmet con muy pocas mesas, que si además de trabajar y disfrutar la vida lo mío es escribir, que si sufrí demasiado con mi última ruptura y últimamente he estado desconectado del mundo, que si yo me acabo de separar después de diez años con alguien que nunca me valoró, que si no puedo entender que una mujer como tú esté sin pareja, que si así de mal está el mercado, etcétera, etcétera, etcétera… Pero aún no me besaba. El juego de miradas me tenía entre alerta y embriagada, la cercanía de su piel sobreexcitada y el ambiente noctámbulo y canalla motivada a hacer locuras… Y fue entonces cuando llegó la hora del cierre y encendieron todas las luces para echarnos.

Resignados, salimos del local cogidos de la mano (digo “cogidos” y lo digo en español de España, porque en argentino hubiera sido una traducción literal del inglés fingerfucked, cosa que aún era pronto para hacer). Quizá El Turco era un crápula, pero tenía ademanes de perfecto caballero. Junto a su moto, que estaba aparcada justo en la entrada, rodeando mi cintura, me empezó a hablar. Sus palabras eran como un ronroneo erizando mis tímpanos.

– Qué quieres hacer ahora?

– Mis planes eran volver al hotel con mis amigas cuando cerraran aquí. Pero no contaba con esto… Qué opciones hay?

– Bueno… Si quieres marcharte con ellas está bien, ésa es una opción. La otra es ir a tomar una última copa juntos, aunque a esta hora no estoy seguro de que encontremos algo abierto… La otra opción es pasar por un liquor store, comprar una botella de vino y tomárnosla tranquilamente en mi casa. Yo después te llevo a tu hotel sana y salva, te lo prometo.

Cuando dijo “sana y salva” pensé en una de mis series favoritas: “Dexter“, que trata sobre un asesino en serie justiciero y cuya acción transcurre precisamente en Miami. Si Maxi era un psycho killer (que no lo parecía), yo igual confiaba en que a mí me trataría de otra manera. Al fin y al cabo éramos seres de la misma especie, al menos en parte. Y, teniendo un instrumento propio con el que penetrarme, para qué iba a querer usar cuchillos???

Lolita Grilla, sólo por llevarme la contraria, seguía susurrándome al oído: “Corre, Lola, corre”. Y yo, por supuesto, no le hice caso.

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Maxi, haciéndose el duro mientras esperaba mi respuesta a su proposición

Mientras decidía en silencio si responder afirmativamente a su última propuesta, una de mis amigas se acercó a preguntarme si me iba con ellas o me quedaba allí, tenían el taxi esperando en la esquina. “Should I stay or should I go?” (Tremenda canción)… El Turco me clavó las pupilas en las entrañas en el instante en que mis retinas se cruzaron con las suyas. Me dirigí a las chicas.

– Me quedo, iros tranquilas.

– Yo la llevo de vuelta al hotel, no se preocupen – dijo el argentino con voz seria.

Mis amigas se esfumaron entre vapores de humo de tabaco, sombras de palmeras y luces de neón.

Maxi me invito a montarme en su moto (ahora que lo pienso fríamente, esto suena muy porno). No tenía casco extra, así que recorrí aquella parte de Miami con la minifalda en vuelo y la melena al viento, lo cual enfatizó la sensación placentera porque me encanta despeinarme y también sentirme desnuda…

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Sustitúyanse estos dos pipiolos por el argentino ardiente y ésta que les escribe

Pasamos por una tienda abierta veinticuatro horas, y él compró dos botellas de Malbec. Al salir, mientras subíamos de nuevo a la moto, lo saludó un amigo.

 

– Turco, cómo has estado? Qué alegría verte tan bien acompañado!

Sonreí, sin saber bien qué significaba aquel comentario. El amigo explicó.

– Me encanta por fin verlo con una chica tan guapa, ha estado muy solitario últimamente, ni siquiera salía.

– Bueno, hoy salió, nos acabamos de conocer en Mango’s… – apostillé.

El amigo se echó a reír.

– Pasadlo bien, hay que disfrutar la vida!

…Así que el latin lover de la pista de baile tiene un corazoncito, pensé. Sobreviviré a esta noche, esto es buena señal.

Y, a lomos de su vehículo de dos ruedas, nos dirigimos a su humilde morada cerca de la playa.
Era un estudio muy bien decorado, los espacios justos y precisos, una cocina grande a pesar de ser de tipo americano y la cama convenientemente a dos metros de la entrada, frente al televisor. Imposible no caer en ella a no ser que una se sentara en el suelo. Casualidad??? No lo quise analizar.

Copa de vino en mano, nos acomodamos en el borde de la misma y me preguntó qué música me gustaba. Empezamos, sin orden ni concierto, a compartir vídeos en YouTool, desde Jamie Cullum a Andrea Bocelli, pasando por Cranberries y Duran Duran en directo con Pavarotti. Hasta que llegamos a una violinista japonesa que interpretaba música pop en estilo clásico, Lucia Micarelli.

Fue ahí cuando al Turco se le saltaron las lágrimas. Me dieron ganas de abrazarlo, pero tuve la sensación de que para él aquel instante era tan íntimo que sólo alcancé a frotarle la espalda y acariciarle el cuello con suma delicadeza.

Me pidió disculpas por su debilidad (ni que fuera real eso que cantaba Bosé de que “Los chicos no lloran“!). Le respondí que no había absolutamente nada por lo que pedir disculpas. Es más, me sentí aliviada de que fuera un sentimental y no un asesino en serie… Aunque, en estricto rigor con la verdad, aún no sabía bien quién era.

Escuchamos algo más, no recuerdo el qué, y el macho alfa que este personaje sensible tenía adentro surgió de entre sus cenizas y, tras decirme que le estaba volviendo loco, me besó. Todos los electrones y neutrones acumulados en lo que iba de noche se liberaron de golpe y porrazo, como una cálida bofetada en plenos morros. tumblr_mw0pg0e0ds1slbzrlo1_500Su lengua caliente no sólo me hizo querer más, sino que me acarició los labios suavemente, como haría un romántico del siglo XIX, demorándose en el placer del instante. Debo aclarar que su romanticismo era tan certero que en menos de cinco minutos estábamos los dos desnudos sobre la famosa cama que ocupaba casi la mitad del apartamento. Bueno, su romanticismo y su cuerpo serrano… Porque estaba bueno, muy bueno. No, sólo bueno no: lo siguiente.

Cuando lo tuve en pelotas frente a mí volvieron a sonar las campanas de la victoria, lo mismo que si acabara de ganar el premio gordo en una máquina tragaperras.

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En realidad me había ganado el MÁXIMO… Y viéndolo desnudo pude entender bien el significado de su nombre.

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Super Polla al rescate

Este hombre no tenía un simple aparato amatorio. Tenía un miembro que rozaba los límites de la irrealidad en cuanto a perfección. En grosor, en longitud, en belleza, en suavidad. Había que probar el funcionamiento para desmitificarlo. Venga, Lola, es todo tuyo. Ataca…

Pero ni falta que me hizo atacar, porque en tres, dos, uno lo tenía encima cual león clamando su dominancia sobre la hembra jefa de la manada, que por supuesto era yo. a5shishkebab

Qué delicia sentir contra mi muslo aquel cetro de poder enardecido, aquel shish kebab humeante preparándose para ensartarse en mis entrañas y darme un placer digno de las mil y una noches. Antes de eso, en todo caso, el apéndice caliente con el que escogió atravesarme fue su lengua, serpiente sin veneno que bailaba dentro y fuera de mi vagina, se paseaba por mis labios mayores y menores, me golpeaba el clítoris con la punta y me acariciaba la puerta trasera para dejarla entreabierta en espera de una entrada triunfal.favim-com-4260269 Antes de penetrarme, durante el intenso juego previo, me lanzó un par de chorros de saliva sobre el coño, su boca como fuente improvisada bañándome la vulva, el hilo de saliva refulgente recortándose sobre su rostro contraído de placer, los iris vidriosos, las pupilas fijas, las pestañas como balas enfocadas en mis tetas, en mi culo, en el centro mojado de mi ser… Si yo ya estaba empapada a estas alturas, con esto íbamos camino a las Cataratas del Niágara. Y no, no estoy exagerando.

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Ejemplo gráfico de mis niveles de humedad a aquellas alturas del partido

Me aproximé a su falo y le di un lametón, desde la punta hasta la base.

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Kendra Wilkinson, chica Playboy, una principiante a mi lado

Me metí sus pelotas en la boca, una tras otra. Este hombre no era un hombre. Era un toro… Un centauro… Una bestia amable. Tenía los cojones tan grandes como el caballo del Espartero. Y no, valor no le faltaba, estaba claro. Llegados a este punto, yo ya estaba al borde del climax cuando, con su verga en la boca, él me empezó a follar con los dedos. Cuatro delante, dos detrás, y la otra mano presionando el vientre hacia abajo para potenciar el contacto con el punto G. 4738-amazing-finger-fuckDemasiada información. Tuve que desprenderme de su verga para poder asimilar todo esto y dejarle hacer. Y qué bien lo hacía todo… Su apasionamiento se convertía en dedicación y su dedicación en pasión, y el resultado final de la suma de estas partes era un orgasmo apoteósico para mí. Sólo con la maestría de sus dedos me corrí dos veces. Y aún no me la metía…

– Te quiero adentro.

– Hasta el fondo?

– Hasta el infinito y más allá.

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El instrumento amatorio de Maxi, representado por el superhéroe interestelar de Pixar, Buzz Lightyear

El orgasmo fue largo e intenso, y mis manifestaciones sonoras estuvieron en consonancia. En cualquier minuto podía haber llegado la policía alertada por violencia de parte de algún vecino, o directamente el presidente de la comunidad para pedirnos bajar los decibelios. Pero no, no llegó nadie. Estaba sola ante el orgasmo. Sola ante el peligro. Sola ante El Turco ardiente que, a pesar de su drama interno, funcionaba eficientemente y sin reparos.

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Representación gráfica de cómo quedé al final de la noche

Tras varios ataques a mano armada, incluida una penetración trasera que por sus dimensiones de configuración de fabrica fue difícil llevar a cabo (difícil, pero no imposible), el mango de Mango’s se corrió entre mis pechos y, tras limpiarme cuidadosamente con unas toallitas húmedas, puso la alarma en el despertador, me invito a quedarme a dormir y me abrazó hasta despertar con la erección de la mañana. Bonita erección… Intensa de manejar después de la caña que le habíamos dado a mi coño toda la madrugada (caña al coño, que es de goma… Aunque no, no es de goma. Es más real que la vida misma).

 

Somnolienta y todo me empapé después del primer mordisco en el cuello. Se la chupé con ganas y acto seguido me la metí hasta el fondo. Y, cuando salió de la ducha y me encontró vestida en la cocina bebiéndome un vaso de agua, él, sin poder remediarse a sí mismo, me levantó el vestido y me bajó las bragas y me penetró otra vez hasta el infinito y más allá, así como estaba, apoyada en la encimera. Adiós vestido… Volvimos a la cama. Recuerdo su cara de concentración y turbación al mismo tiempo, su boca regando de nuevo mi sonrisa vertical con un hilo generoso de saliva, la punta de su lengua en la comisura de la boca, mientras repetía: “A ver esa lengüita… Muéstrame”. Y yo haciendo alarde de mis aptitudes bífidas ante sus ojos al tiempo que me estrujaba los pezones con ambas manos y le ponía mi vagina a tiro para atravesarla. Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete… Otra vez un charco sobre las sábanas.

“Date vuelta”. Y yo, como buena perra y feliz de serlo, obedeciendo y a cuatro patas. Un, dos, tres, cuatro, cinco… Aaaahhhhh!!! Charco sobre charco.amazing-sex-gif-couple-having-hot-make-up-sex-in-their-bedroom-this-blonde-is-superb-and-her-ass-is-chubby-and-round

Me acordé fugazmente y sin querer de una película japonesa del año 2001 titulada “Agua tibia bajo un puente rojo” en la cual la protagonista espantaba a los hombres porque cuando llegaba al climax inundaba la habitación y el líquido elemento se colaba por las rendijas de las tablas de madera del suelo y de ahí caía al río que pasaba por debajo de la casa aumentando considerablemente su caudal.

Esto era Miami, no Venecia. Se parecían, pero no tanto. Tampoco era el pueblo japonés atravesado por un río… Contrólate, Lola, contrólate. No tenemos chalecos salvavidas a mano.

Tras el último ataque de misil, Maxi me pidió disculpas: “Perdón, no lo pude evitar, quería follarte otra vez antes de que te marcharas”.

– Te perdono, pero sólo porque me ha gustado. Eso sí, no voy a poder caminar en todo el día.

Su sonrisa malévola eclipsó al radiante sol que quemaba más allá de las cortinas.

Nos volvimos a vestir, ahora de verdad.
Me acompañó de la mano hasta su moto, me pasó el casco de acompañante.

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Igualitos a Maxi y a mí, aquella mañana. Sustitúyase el atardecer por un sol recién amanecido.

Disfrazada de hormiga atómica, a las nueve y media de la mañana aproximadamente, con el vestido y los muslos al viento, los senos de punta y el pelo más revuelto que si acabara de salir de un proceso de centrifugado, llegué a mi hotel a lomos del potro de metal de mi conquista de la noche sintiéndome más rockstar que Mick Jagger cuando canta en vivo “Sympathy for the devil“.

 

Me besó intensamente en los labios y se despidió con un: “Mantengamos contacto. Y cuando vuelvas a Miami avísame para vernos”.

Con un guiño le dije adiós, y me alejé moviendo estentóreamente las caderas al avanzar, como recordatorio visual de lo que el afortunado había tenido entre sus manos un rato antes…

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Yo, despidiéndome del Turco con el máximo glamour

Subí a mi habitación, me di una ducha, me eché encima un vestido largo y vaporoso sin nada debajo y me dirigí a desayunar apenas quince minutos antes de la hora de cierre del comedor.

Al llegar al fondo del lobby y hacer mi entrada en la escena (yo juraba que no había espectadores), un par de ejemplares masculinos desparramados en un sofá comenzaron a silbar y aplaudir. No eran amigos míos, pero me sonaban sus caras. Les presté un segundo y medio de atención y recordé quiénes eran. La noche anterior estaban en la puerta del hotel cuando llegó nuestro taxi, y un rato después de llegar al Mango’s los vi en la pista de baile circundando nuestro grupo cual bandada de cuervos en posición de ataque.

Es más, el más alto y fornido de todos, calvo al más puro estilo Kojak, tatuado como el que más, en un momento en que El Turco se ausentó de la pista de baile para traerme otra copa, invadió mi espacio vital y me dijo al oído: “Estás perdiendo el tiempo con este fantoche”. Yo lo miré circunspecta, le tiré a la cara una carcajada y le contesté: “Fantoche o no, me lo voy a follar. Puedes aplaudir si quieres, aunque no vas a tener la suerte de verlo”. Me dio un lametón en la oreja, me guiñó un ojo mientras negaba con la cabeza y desapareció entre las sombras.

Y ahora estaba aquí, presenciando mi aparición triunfal al día siguiente, después de que el supuesto “fantoche” me follara como los dioses (varias veces) y me dejara en la puerta cual caballero andante en versión urbana (vale, no era una limusina, era sólo una moto, pero precisamente por eso se parecía más a un caballo que un vehículo de cuatro ruedas, fuera del tipo que fuese).

– Veo que la noche no os trató tan bien como a mí – dije desafiante en voz alta, dedicándole al doble de Kojak una mirada jocosa y un puchero de burla, y continué caminando cadenciosamente hacia el salón con olor a café recién hecho mientras esbozaba una sonrisa de malicia, orgullosa de la victoria de género que suponía aquella situación.

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Yo y mi sonrisa maliciosa

El imbécil babeaba, y el otro se reía de él en sus narices. Para que luego hablen de solidaridad entre hombres…
Me subí al avión de regreso maltrecha, muerta de sueño y con la sensación de llevar aún un potro salvaje entre las piernas, aunque mi radiante cara de felicidad, el brillo de mi melena, mis andares de amazona y mi destellante bronceado me hacían tener el aura de un ángel de Victoria’s Secret recién caído del cielo, y sin escalas.

 

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Bueno, vale, no estaré TAN buena, pero aquel día estaba que me salía

Mis amigas me vitoreaban entre carcajadas cuando, en la fila para ingresar a la aeronave, los machos viajeros del vuelo giraban la cabeza para lanzarme un saludo con elevamiento de ceja o echarle un descarado vistazo a mi trasero. Yo, dentro de la nebulosa de mi agotamiento físico y erótico-festivo, no entendía nada. Ni siquiera me había puesto rímel, y no llevaba ropa especialmente sexy ni ajustada. Serán las feromonas, pensé. Después de la nochecita toledana que había tenido era lógico pensar que exudaba sexo por todos los poros, aunque yo no tenía cerebro para pensar. Literalmente me habían follado hasta los sesos.

Guardamos nuestro equipaje de mano en los compartimentos superiores y nos sentamos en nuestra fila de cuatro junto a un señor de gafas muy serio que cuando llegamos tecleaba frenéticamente en su ordenador portátil y no nos dio ni las buenas tardes. Estábamos en la fila 10, que era la primera de la Clase Turista, así que contábamos con espacio extra para estirar nuestras lindas extremidades inferiores. Cuando pagué la tarifa adicional por ese asiento no imaginé que iba a ser tan necesario… Debió de ser mi conciencia, Lolita Grilla, que me conoce al derecho y al revés y, sin que yo siquiera imaginara lo que podía suceder en este viaje, previó perspicazmente un retorno “accidentado” por mi parte.

Estaba ya acurrucándome en el asiento con mi cuello-almohada de experta trotamundos cuando, de repente, me asalta una visión. Kojak en persona, no el verdadero, el terrenal, con traje oscuro y postura impecable pero sin “Chupa-chups” en la boca, surge de la nada y se acerca a saludarme.

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César Romano, Sobrecargo a su servicio

 

– Buenas tardes, Srta. Mento. Mi nombre es César Romano, y soy el Sobrecargo en este vuelo. Su cara me resulta conocida, estaba usted alojada en el Hotel Carillon por casualidad?

Era él, él engreído que me había tratado de boicotear el rollo con El Turco en plena pista de baile del Mango’s. Por el rabillo del ojo percibí cómo mis amigas, enmudecidas de forma instantánea, se pegaban codazos entre ellas.

– Sí, estaba en el Carillon. Y usted también, no?

Tras el encuentro del desayuno me lo había cruzado esa misma mañana en la piscina del hotel, con todos sus tatuajes, cuando yo iba saliendo a la playa.

Se echó a reír de forma indescriptiblemente seductora. Asintió. Continuó su discurso con tono ceremonioso y un ademán descaradamente socarrón.

– Me resultaba conocida su cara, pero no estaba seguro de si era sólo por ser pasajera frecuente o porque la había visto antes en alguna parte. Y resulta que son las dos cosas… En cualquier caso, como clienta habitual de esta aerolínea venía a darle la bienvenida a bordo, y dado que hay espacios disponibles en la Clase Ejecutiva, quisiera invitarla a cambiarse al asiento 8 L. Allí va a estar mucho más cómoda.

Esto sí que era una sorpresa agradable del destino. De repente el doble de Kojak me empezaba a caer bien (bueno, y a quién no, con semejante tratamiento de princesa).

Me dirigí a mi corte de enmudecidas y, levantando los hombros, les dije: “Lo siento, chicas, os voy a abandonar”.

– Tú relájate y disfruta – concluyó Carolina. Y Cris, haciendo aspavientos con la mano derecha, me animó a irme.

– Les apetece una copa de champán? – ofreció el hasta entonces insospechado Jefe de Cabina.

– Sí, por favor! – gritaron a coro, con gesto de perrito abandonado al que acaban de regalarle las sobras del almuerzo.

– Pues ahora mismo se la traen – contestó César. Y me miró añadiendo: “La acompaño a su asiento, Srta. Mento?”.

– Por favor, dime de tú… Y llámame Lola.

Me ayudó a bajar la maleta y me condujo a la otra cabina. Por trabajo ya había viajado alguna vez en esta clase, pero nunca en un avión tan grande. Esto era otro mundo. Iberia-Flight-Review-A330-300-Business-Class10.jpgEn este Airbus 330-300, mi asiento quedaba convenientemente apartado del resto, al final de Business, sin ruido de baños o áreas de tripulación y orientado hacia la ventana. Era un espacio maravillosamente privado dispuesto para mi descanso. Y por Dios que necesitaba descansar…

El Sr. Romano me entregó el neceser de viaje correspondiente y me trajo sin siquiera preguntarme una copa de champán llena hasta el borde.

 

– Cualquier cosa que necesites, me la pides. Estás en tu casa. – Ahora ya me tuteaba con la confianza de quien se ha tomado conmigo unas cañas en La Moraleja. Bien, César, bien, tú créetelo. Vamos a ver hasta dónde te llega la osadía.

Cada movimiento que este bruto sexy uniformado hacía en mi presencia era una insinuación, una provocación, una incitación a la travesura, una propuesta implícita a amordazar mi conciencia y soltar mi demonio interior…

“Lola, no seas viciosa, todavía estás lesionada después del argentino”. A Lolita Grilla es imposible callarla, en realidad. Pero sí puedo escoger no oírla cuando me interesa más la voz de mis impulsos. Es cosa de apretar el botón de “Silencio” mentalmente, y se queda hablando sola sin interrumpir mis intenciones.

Me sirvió la cena el otro individuo que había visto con él en la discoteca y en el hotel, que también era alto y fornido, pero impresionaba menos vestido de azafato. César, cada cierto rato, se acercaba a preguntar cómo estaba todo y me traía más champán sin que yo tuviera que pedirlo. Cinco copas de espumoso francés, un vino blanco y un vino tinto más tarde, así como a la altura de las Bermudas según indicaba el mapa de ruta en mi pantalla, me levanté para ir al baño.

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Aunque esta aeronave del dibujito tenía otro itinerario, buscad Miami y Bermudas y que sirva como referencia sobre el punto que me encontraba sobrevolando en aquel instante camino a la madre patria

No sabía dónde estaba en esta cabina y en este avión, así que me acerqué a la cocina a preguntar… Fue abrir la cortina y toparme abruptamente con las nutridas nalgas del Sr. Romano, que estaba justo ahí, de espaldas.

– Perdón! – Junté las palmas delante de la cara, en pose beata. El Kojak aeronáutico, ahí mismo, sin alejarse ni un milímetro, se dio la vuelta y, con expresión satisfecha y actitud desafiante, respiró profundamente, tanto que percibí cómo el aire tibio que salía por su nariz me acariciaba la frente de un soplido.

– Tropiézate conmigo todo lo que quieras, Lola. No hay problema.

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Tampoco voy a exagerar y decir que el calvo sexy se parecía a Channing Tatum, pero la mirada que me lanzó en ese momento fue tal cual la de la foto

Lo tenía, literalmente, a dos centímetros de distancia. Podía sentir su calor en mi cuerpo aunque no me estuviera tocando, lo mismo que con El Turco en el Mango’s cuando me invitó a bailar. Sobre todo a la altura de las ingles, donde, de algún extraño modo, aunque había un mínimo de distancia se podía advertir su bulto creciendo bajo el pantalón (por una fugaz décima de segundo me pregunté si serían ellos los que producían aquello o si sería que yo estaba cachonda, simplemente).

– Perdón por la intromisión, seguramente no debería estar aquí… Estaba buscando el baño. Dónde está?

– Te acompaño.

Y, tomándome de la cintura delicadamente y con movimientos pausados, me condujo a la puerta del mismo, que se encontraba un poquito más allá de mi asiento, al lado derecho del área de tripulantes.

Tuve que salpicarme la cara con agua fresca para volver en mí. Tenía las mejillas más sonrojadas que Caperucita en su encuentro con el lobo.

Quién teme al lobo feroz? Yo, desde luego, no…

Antes de salir, sin querer, y de alterada que estaba, rocé el botón de llamada a tripulación. Dieron un par de golpes suaves desde afuera. La voz de mi nuevo amigo César preguntó: “Estás bien?”. Cuando abrí la puerta me lo encontré de frente en la oscuridad, no había nadie más alrededor, y sin pronunciar una sola palabra pegó su cuerpo contra el mío, me agarró el trasero con una mano, me empujó hacia adentro y con la otra mano cerró la puerta en un certero y sigiloso movimiento.

Lo siguiente que recuerdo fue su lengua dentro de mi boca, un gemido mío y una pausa suya para pedirme silencio, así como los carteles de los hospitales antiguos, sólo que en versión sexy y masculina y con un uniforme diferente.

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Calladita estás más bonita!

A eso le llamo yo eficiencia, sí señor. Vamos a ver si la polla le hace honor a los tatuajes de tipo duro. No en color sino en dureza, que es lo que importa…

Mientras nos besábamos sin orden ni concierto, haciendo guerra casi con los labios, mordisqueándonos los morros, lamiéndonos mutuamente, penetrando sonrisas y gargantas, le solté el cinturón, le abrí el botón y la cremallera de los pantalones y metí una mano entera para comprobarlo. De nuevo en el mismo día volvía a oír campanas lo mismo que si hubiera sacado el premio gordo de una máquina tragaperras.

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Kojak estaba más empalmado que una película alternativa en la versión especial del director. Y yo me iba a comer su chupa-chups con premeditación y alevosía, con toda la intensidad de una aspirante a estrella del cine porno en el casting de su vida.

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Ven p’acá, que te voy a comer el chupa-chups

Si “El Turco” tenía un aparato amatorio cuasi perfecto, el del Sr. Romano era grande y caprichoso, curvo y atravesado por venas, como esculpido por algún artista del Renacimiento en busca de la expresividad de la carne dentro de la piedra. “Chupa, Lola, chupa. Y después métetelo hasta el fondo. Más le vale tener un condón a mano, porque no puedo estar más excitada…”. Lolita Grilla susurraba algo en el fondo de mi cabeza, pero yo ya había pulsado el botón de silencio en mi conciencia y eran sonidos ininteligibles.

 

Menos mal, tenía el condón. Humo blanco: habemus papam (que no se ofendan los religiosos, así de importante era la situación). En el bolsillo pequeño del chaleco llevaba el escudo protector. Se lo puso de motu proprio y diligentemente en lo que tardamos en darnos un beso más profundo. Se sentó en la tapa del inodoro, con los pantalones y los calzoncillos por las rodillas. Me ensartó en su miembro. Estaba tan mojada que entró de golpe, y cabalgué con él adentro durante un rato, sus dientes circundando mis areolas, sus dedos arañando mi cintura, mis piernas haciendo equilibrio para mantener la posición y no precipitarnos contra el suelo o las paredes de aquel minúsculo habitáculo provocando ningún ruido sospechoso…

 

Cuando me tenía a punto de caramelo, me alzó con ambas manos cogiéndome por las caderas y me enfrentó al espejo, mirándome a los ojos a través del mismo.

– Inclínate un poco. Quiero follarte de pie y ver tu cara reflejada mientras te corres.

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Visualicen un espejo frente a los dos tórtolos e imaginen cómo se ven a sí mismos

Imposible decir que no ante tal claridad de pensamiento. Sus deseos fueron órdenes. Al fin y al cabo, eran deseos míos en igual medida. Yo también quería ver su cara en el espejo mientras descargaba su arma letal dentro de mí.

Puse el culo en pompa como perra en celo, y sentí la dureza de su verga abriéndose paso cual ariete echando abajo la puerta de un castillo medieval. ARIETE.jpgEn aquella posición la curva imperfecta de su apéndice se acentuaba y favorecía la fricción con mi punto G. Tuve que morderme el labio inferior para no gritar, y extender bien los brazos a ambos lados contra los paneles que formaban aquella lata de sardinas vertical para no golpearme la cabeza involuntariamente ni provocar una salida indeseada del objeto follador identificado…

cohete-espacial-85172Esperó que llegara a mi climax para ponerle al cohete la potencia final y, así como él me observó fijamente mientras yo me perdía en mi silencioso orgasmo, yo lo contemplé fascinada cuando su rostro se frunció de placer al regalarme con su falo el salto cuántico final en nuestro despegue conjunto hacia la estratosfera.

Con un lametón en la oreja, como hizo en la pista de baile la noche anterior, el Sr. Romano, que había resultado ser una mezcla improvisada entre astronauta y gladiador sexual, le puso el sello personal a nuestro encuentro de altos vuelos y, limpiándose rápidamente, se volvió a uniformar y salió del baño como si nada hubiera sucedido, con la actitud de quien se acaba de lavar los dientes tras una cena copiosa.

Yo me adecenté lo más que pude y, dos minutos más tarde, con todo el glamour del que una es capaz dadas las circunstancias y toda la reafirmación que le puede proporcionar a un ser humano beneficiarse a dos personas distintas en menos de veinticuatro horas, me dirigí a mi asiento con pisadas de geisha y disimulo felino, intentando pasar lo más desapercibida posible ante los pocos ojos abiertos que había en aquella cabina de aquel avión, que para mi tranquilidad estaba negra como boca de lobo.

Me instalé de nuevo en mi asiento-cama, me tapé con el edredón, me puse mi antifaz y mis tapones en los oídos y me evaporé felizmente en la oscuridad envuelta por el calor de mi propio cuerpo y la sensación de hambre saciado en la piel, sabiendo que por más que soñara era imposible superar con la imaginación el último día vivido en carne propia.
Me despertó la voz del capitán anunciando el descenso a Madrid, me había saltado el desayuno sin pretenderlo, y me levanté al baño por última vez consciente de que el aterrizaje se acercaba. Por supuesto, me topé con César, que con ademán reverencioso me abrió la puerta del WC cual mayordomo del siglo XIX inclinándose ante la dama de la casa. No pude evitar soltar una breve carcajada, pero bajé la mirada y la oculté tras las pestañas para no delatarnos. Regresé a mi sitio, enderecé el respaldo y me abroché el cinturón de seguridad. La tripulación comenzó a revisar la cabina y a despedirse de los pasajeros, y por supuesto el Jefe no podía ser menos. Al llegar a mi fila, con la mayor demostración de pachorra que he visto en mi vida, hizo el numerito final de amable descaro.

– Srta. Mento, perdón, le voy a terminar de asegurar el asiento, le falta un poco. – Inclinó su pecho hacia mí mientras presionaba el botón indicado para dejarme en la posición correcta para aterrizar. Mientras se aproximaba alzó las pupilas hasta clavarlas en las mías. Su nariz estaba tan cerca de mi boca que me dieron ganas de morderla, aunque por supuesto no lo hice. Desde mi trono de pasajera vip podía sentir aún en él el olor a sexo.

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Yo, olisqueando al Sobrecargo sexy después del mutuo coito

– Espero que haya disfrutado del vuelo. Ha sido un verdadero placer atenderla, y esperamos verla pronto a bordo.

Me extendió su mano derecha, la estreché, y noté que en el apretón de manos me estaba pasando un papel de forma discreta. Lo guardé dentro del puño y le agradecí por mi parte.

– Nunca me habían tratado con tanta deferencia en esta compañía. Gracias por todas las atenciones.

– Aquí estaré siempre para servirla, Lola.

– Llámame de tú… – Y le hice un guiño.

– Vale, Lola. Ya sabes dónde estoy. Si me necesitas, silba.

Era posible que este macho de los cielos fuera un cinéfilo disfrazado de bruto? Esa era la frase famosa de Lauren Baccall en “Tener o no tener”, la película en la que Bogart se enamoró de ella y por la cual su regalo de boda fue un silbato de oro.

Como cantaba Rubén Blades, “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida“. Qué bonito cierre para una escena, justo antes de hacer el necesario mutis por el foro… Desdoblé el papel que tenía guardado en el puño. Como era de esperar, en él estaba escrito su número de teléfono. Me dieron tentaciones de romperlo, tirarlo a la basura, deshacerme de él. No se me ocurría un final más digno y cinematográfico que aquel en el que él me había dicho: “Ya sabes dónde estoy. Si me necesitas, silba”. Nada que pudiera ocurrir después mejoraría aquel momento.

Lola, no desinfles la fantasía con la banalidad. O, como un irlandés me diría después en otra historia: “No estropees el recuerdo con la realidad”. Tanto monta, monta tanto. El caso es quedarse siempre con lo bueno. Pero no, debo confesarlo: no tiré a la basura aquel número de teléfono. Y os voy a dejar con la intriga sobre si algún día lo utilicé.
(Ésta es una historia basada en hechos irreales de la vida. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Ningún chef argentino trágico, sobrecargo caradura de aerolínea ibérica, violinista japonesa, aeronave Airbus 330-300, polla perfecta, moto de ciudad, baño de avión, asiento de clase ejecutiva, calvo tatuado o semental de rasgos mediterráneos ha sufrido daños durante la redacción de este texto. El hotel Carillon continúa en pie en la parte norte de Miami Beach, El Turco sigue follándose indiscriminadamente a toda tía buena que le acepta un baile a pesar de sus penas de amor y el doble de Kojak aún utiliza en las discotecas del planeta la táctica del: “Estás perdiendo el tiempo con este fantoche” sin darse cuenta de que su verdadero talento está en el trabajo, enfundado en su uniforme. Yo, por mi lado, he empezado a incluir en mi kit básico de viaje una caja de condones. Porque nunca se sabe, y más vale estar preparada.)

© Lola Mento