LATIN DRIVER (o el arte de obtener el mejor servicio del chófer de turno)

Sirva como ejemplo metafórico del personaje de Santiago este individuo: Juan Alfonso Batista, alias El Gato, galán de telenovelas, de Venezuela. (Foto obtenida de Telemundo)

Aquella noche se suponía que debía haber estado follando como si no hubiera mañana, así como si supiera que al día siguiente una raza de alienígenas despiadados exterminaría la raza humana para después instalarse en nuestro planeta… Pero no. En lugar de aquella maratónica y apocalíptica proeza carnal construida sobre expectativas por otro que no era yo, me pasé la tarde tomando el sol sobre un retazo de césped de ciudad y gran parte de la madrugada haciendo inmersión de garganta y espíritu en litros de cava y recordando entre risas y berridos semi afinados los grandes éxitos de Laura Pausini en el jardín de las delicias de un amigo espectacularmente sexy a la par que rotundamente gay… Porque nadie es perfecto, como le decían a Jack Lemon en la frase final de “Con faldas y a lo loco”.

Y la vida, dentro de su planificada imprevisibilidad, tampoco lo es. Aunque a veces se redime a sí misma cuando se salta a la torera su propio esquema y decide improvisar sobre la marcha…

Hacía la friolera de tres años que, por avatares del destino y comentarios de Fakebook, había conocido al personaje que la madrugada anterior había cambiado los planes conversados durante dos semanas para, así sin más, posponer nuestro encuentro al día siguiente y dejarme plantada con excusas pobres a la una de la mañana. Cambio de planes al que, con un silencio más gélido que Siberia, por supuesto yo nunca respondí.

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Representación visual de mi reacción ante la pobre demostración de interés del Señor de los Salmones

No porque no entendiera que podía darse alguna circunstancia que cambiara lo acordado, sino porque la otra parte ni siquiera se molestó en pedir disculpas y recalcar su interés por verme, más bien actuó con indiferencia total ante el hecho de perder una valiosa noche de fornicio conmigo. Claro, pobrecito, él quizá no era consciente de lo valioso del asunto. Pero yo sí, cuánto lo siento… Hasta la vista, baby. Es lo que hay.
Este personaje, amigo y residente en Lugo (como decían en el “Un, dos, tres“) y Jefe de Ventas de un criadero de salmones gallego (suena casi tan poco sensual como decir “Auditor del Ministerio de Hacienda”, y de hecho bastante más irrisorio) se estaba tomando siete días de vacaciones para, supuestamente, venir a la capital a visitar a la familia y, ya de paso, darme mi merecido durante el fin de semana, que yo estaría en Madrid y con la agenda libre.

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(Imagen de Foto Search)

Al compás de los movimientos ascendentes de su miembro, que entiendo que tenía vida propia, el individuo había levantado de forma consistente un castillo de naipes sobre la promesa de llegar a mi casa el viernes por la noche y quedarse amarrado a la pata de mi cama hasta el lunes, día en el cual yo saldría de viaje por trabajo y él se iría a instalar con su hermano para pasar el resto de su tiempo de descanso. Debo aclarar que, aunque nos conocíamos hacía tres años, sólo nos habíamos visto en persona una vez y después todo nuestro contacto se había reducido al ámbito virtual… Y en aquel encuentro del mundo real la interacción había sido puramente amistosa. O sea, que aún no nos conocíamos, lo diré finamente, en el sentido bíblico. Pero, tras mucho tiempo sin saber de él más que por los comentarios en mis fotos, que siempre estaban cargados de vehementes piropos, de repente el ente virtual me empezó a bombardear con mensajes en WhosApp y a mandarme fotos desde el gimnasio, desde el trabajo, desde la cama… Cosa que obviamente no podía terminar en algo casto. Y una, también obviamente, no es de piedra. Así que, después de haber hecho un álbum perfectamente organizado con las fotos de sus bíceps, su cuello de toro, sus abdominales y su polla erecta dentro de mi mente (y de la memoria de mi teléfono), empecé a prestarle un poquito de atención. No porque fuera el más guapo de los candidatos a polvo de la temporada (de hecho, más allá de su cuerpo, debo admitir que era el más feo), sino porque de forma patente estaba mostrando mucha pasión por este cuerpo serrano y estas habilidades femeninas que Dios me dio. Y para toda mujer que se precie y sea consciente de su valor (así como yo, que lo mío me ha costado) es esencial sentirse realmente deseada. De no ser así, preferimos nuestro amigo a pilas (ahora comprenderéis por qué en mi casa NUNCA falta un paquete de alcalinas, verdad?). Lo siento, querido público masculino, pero es la cruda realidad. Ante la ineficiencia humana las máquinas cumplen perfectamente la función de satisfacernos, cuando lo queremos y al ritmo que lo queremos. Y, cuando se trata de un mero trámite, entre un paquete y otro no hay grandes diferencias. En serio.
Pero volvamos a la historia…

Eran las cuatro y cinco a.m. en el jardín de mi amigo supersexy a la par que declaradamente gay (y además un encanto de persona, que por algo es mi amigo), y antes de terminar en borrachera de llanto con las letras de la Pausini o de acabar proponiéndole un trío a él y al otro hombre presente (ambas cosas inapropiadas cuando menos, y por supuesto improcedentes), esta señorita que os habla decidió pedir un chófer desde una aplicación del móvil, y hacer así un elegante y oportuno mutis por el foro, con todo el glamour que me caracteriza, mientras aún mantuviera la dignidad necesaria a pesar de la cantidad de alcohol que fluía por mis venas cual río en temporada de crecida.

The Hamptons Lure Uber Top Drivers Amid NYC Slow Summer Weekends

Yo, solicitando conductor responsable a domicilio (Fotógrafo: Victor J. Blue/Bloomberg via Getty Images)

Y así fue que llegó mi conductor designado del momento y lo saludé automáticamente, sin apenas dirigirle la mirada, y me senté en el asiento del copiloto y, mientras me abrochaba responsablemente el cinturón de seguridad y (ahora sí) lo miraba a la cara, sentí que se me desabrochaba psicológicamente un inexistente e imaginario cinturón de castidad, que el bikini que llevaba debajo del vestido se mojaba entre mis piernas y que “las burbujas del champán” (que hubiera dicho Mecano), junto con mi corriente sanguínea, flotaban coño arriba, se deslizaban clítoris abajo y no se querían ir a ninguna otra parte… Eso sí, veríamos qué pasaba al día siguiente con la consabida resaca. Porque todo tiene un precio, y una lo sabe.

Se llamaba Santiago, tenía (así a ojo) poco más de veinte años y era venezolano y encantador. No es que estuviera bueno, no. Es que según me clavó las pestañas en las pupilas y me acarició los oídos con su sedoso acento pensé: “Gracias, Dios mío. Esto sí que es un regalo”.
Le seguí la corriente todo lo que mi sentido ético me permitía, hablando con él de la vida, interesándome sobre su experiencia como inmigrante, dándole ánimos ante la aleatoria intolerancia que pudiera encontrarse en el camino, preguntándole si tenía en quién apoyarse en este nuevo planeta llamado España… Y justo ahí, cuando me contó que tenía una novia colombiana con la que vivía, me dio cosa. Con lo bien que me cae a mí la gente de Colombia… Y él tan joven y tan aparentemente inocente… Pero igual mi diablilla interior me gritaba al oído: “A la yugular, Lola, a la yugular!”. Y Lolita Grilla, que inicialmente había hecho su aparición al notarme mojada y con el pulso acelerado, acto seguido había decidido tomarse la noche libre, solamente porque yo me merecía un descanso y, al parecer, ella también.

Entre el punto de origen y el de destino la distancia era más corta que un viaje en cohete a la nube más cercana, así que muy pronto le estaba indicando el lugar exacto de mi edificio para que se detuviera.
– Aquí? Ya? – Preguntó con gesto de sorpresa y las cejas arqueadas en posición triste.
– Sí, aquí. Mi amigo y yo somos súper vecinos.
– Pues qué pena que el viaje haya sido tan breve… – Ahí su cara era la misma que hubiera puesto el Gato con Botas para lograr que se cumplieran sus deseos en una situación desfavorable.

Y, aunque yo soy más perruna que felina, admito que causó su efecto en mí. Más que nada por lo tremendo que era físicamente el individuo.
– Una pena, es verdad – subrayé con una mueca traviesa, casi a punto de guiñarle un ojo.

En décimas de segundo, como en las películas cuando se detiene el tiempo en una escena y nos muestran la conciencia del protagonista, pasaron por mi mente mil secuencias distintas que contenían pensamientos indecorosos, impulsos arriesgados, sensaciones de calor y de humedad, escalofríos, condicionamientos morales, manifestaciones de sentido común, hasta números musicales alusivos a la situación, como en las películas de Gene Kelly pero en versión más moderna, más latina, más indecente y mucho menos elegante.

Mientras decidía la siguiente acción a tomar, así como escribiendo sobre la marcha en mi cabeza el guión de ese fin de fiesta que abría un inesperado abanico de posibilidades para mí, me vi de golpe y porrazo dando un salto mortal a esos labios exuberantemente carnosos y violando con mi lengua la garganta de mi guapísimo chófer, en un claro ejercicio de indiferencia ante su corta edad y su supuesta bonita y estable relación de pareja.
La respuesta humana del macho al volante fue inmediata, sus brazos alargándose hacia mis caderas, los dedos tanteando bajo mi vestido, su pecho inclinado hacia el mío, y la respuesta física la siguió en inmediatez, aumentando considerablemente el volumen bajo su pantalón en evidente homenaje a mis avances sensuales.
Ya estábamos detenidos, y aquello era una “subida de bandera” en toda regla.

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Vivan las “subidas de bandera”!!!

No sólo porque a pesar de su noviazgo estaba sacando para mí el cartel de “LIBRE” sino porque aquel mástil cada vez se ponía más erecto al toque de mi insistente mano… Desear esa polla y montarme en ella fue una secuencia de eventos de un solo paso. Si afuera en la oscuridad había alguien observándonos, ni lo sabía ni me importaba… Sólo importaba ese momento en que el Universo me estaba compensando generosamente por los tres días de sexo ininterrumpido que el otro macho sin palabra no había querido cumplir.
Al filo del desvanecimiento, sintiéndome como en una galaxia muy muy lejana, oía la voz melosa de Mr. Venezuela preguntando mientras me apretaba un hombro con las yemas: “Perdona, estás bien?”. “Mejor que nunca”, quise responderle. Pero justo ahí caí en la cuenta de que el polvo exprés que acabo de describiros había sido sólo uno de esos pensamientos indecorosos que mi cerebro albergaba junto a los temblores, los calores y las inundaciones internas y erótico-festivas de este cuerpo de semidiosa que El Creador me dio. Así que, recién asimilada mi estupidez calenturienta, no me quedó más alternativa que dármelas de señorita correcta y, con una sonrisa cómplice que seguramente sólo yo comprendí, me despedí formalmente de mi casi objeto de infanticidio, abrí la puerta del coche y levanté mi mojado culo del asiento delantero para perderme entre las sombras del portal y marcharme, cachonda como estaba, con la música y las humedades a otra parte donde no hubiera impúberes atractivos a los que pervertir.

Había pasado más de un mes desde el trayecto automovilístico más sexy y fallido de mi vida, y en todo ese mes y algo había tenido unas cuantas experiencias fallidas no automovilísticas que me tenían entre aburrida y asqueada con el género masculino, a ratos desesperanzada (que también tengo mi corazoncito), por lo que acción, lo que se dice acción, no había habido ninguna más allá de mis fieles vibradores, que nunca me traicionan y casi nunca me fallan (al menos no durante su vida útil, si yo los trato bien). De hecho, en aquella madrugada de verano, tras el encuentro no tan cercano con el Mr. Venezuela motorizado, destrocé un vibrador porque abusé de él. Como hubiera explicado vehementemente Rocío Jurado: “se me rompió el amor de tanto usarlo”.

Gracias al cielo, un accesorio mecánico es fácil de sustituir… Pero olvidémonos del aparato y retomemos la historia.

Por el catálogo de pollas fotográfico de mi móvil habían deambulado diversos ejemplares, algunos vecinos y residentes en Madrid, otros de paso en alguna otra ciudad que, por trabajo, me había tocado visitar fugazmente, pero ninguno de estos ejemplares había resultado concretarse en coito, ya fuera porque a última hora decidieran cancelar la cita (a ratos molestos de que yo tuviera una agenda laboral exigente, a ratos indignados por no ser el centro de mi universo), o porque se creyeran más divinos que yo y no les dieran ganas de atacar o, en su mayoría, porque la cita fuera tan desastrosa que yo eligiera concluirla mandándolos a tomar viento en vez de quitarnos el aliento mutuamente.

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Aquí la versión cutre de Superman en todo su esplendor

Desde el tipo que en sus fotos se parecía a la versión Christopher Reeve de Superman y cuando llegó, además de aburrido, no era ni la sombra de Clark Kent tras un atentado con “kryptonita” (y encima tuvo la desfachatez de decirme que yo no me parecía a mis imágenes de perfil, siendo que todas eran del último año y sin maquillaje), hasta el que me trató de loca y desesperada por usar aplicaciones para conocer hombres (claro, tan loca y desesperada como para poner “Me gusta” en tu foto, le increpé yo…. Y tú? Me puedes explicar dónde hubieras conseguido una cita conmigo si no es gracias a internet?!?),

 

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Representación satírica del “mata-dientes” bajito (ilustración de http://www.jessperna.com)

o el cirujano dentista de treinta y ocho años descendiente de italianos y con clínica propia que resultó ser la caricatura tamaño llavero de sí mismo (por qué será que atraigo a los de 1,60 midiendo yo 1,75?) y que, después de media hora de conversación, me confiesa que aún vive en la residencia familiar y que no se va a vivir solo porque él es el hombre de la casa, a lo cual yo respondo preguntando: “Y tu padre, falleció hace mucho?”. “No, no, mi padre está vivo. Sigue en casa. Pero yo cuido de mis hermanas”. O sea, que eres Peter Pan y no te has dado cuenta. Por favor, que pase el siguiente. O mejor no. Creo que no quiero ver más…

Vamos, que el Señor de los Salmones parecía hasta un príncipe en comparación con los fiascos posteriores. Quien no se consuela es porque no quiere, dicen por ahí. Alabado sea Dios. Y su corte de ángeles cantores mejor ni la menciono, que visto lo visto ya hasta me da miedo.

Aquel sábado iba yo saliendo de una juerga superguay (sí, todavía uso estos términos, es nostalgia de los ochenta, no lo puedo evitar) y, para variar, decidí abandonar la escena antes que mis amigos, que lo estaban dando todo en la pista de baile.

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Aquí de fiesta entre modeluquis y amiguis

Era la superexclusiva fiesta de cierre de la semana de la moda, por lo que ligar entre tanta modelo era casi misión imposible para una mujer del mundo real como soy yo, por muy estupenda que pueda parecerle a algunos. Bueno, si me gustaran las chicas me habría ido genial, porque los únicos enganches que hice en términos de atracción fueron con dos maniquíes extranjeras que me propusieron ser la invitada de honor en su cama de hotel esa misma noche… Y que incluso estaban dispuestas a “compartirme”. Como mi propio nombre reza, y parafraseando a Alejandro Sanz en su dúo con Shakira: LO-LA-MENTO-PERO-NO.

Así que dejé a mis acompañantes moviendo el esqueleto con la misma electricidad corpórea que Alaska y los Pegamoides narraban en su temazo del año ochenta y dos (“muevo la pierna, muevo el pie,/ muevo la tibia y el peroné,/ muevo la cabeza, muevo el esternón,/ muevo la cadera siempre que tengo ocasión”) y recurrí a mi habitual servicio cibernético para pedir un chófer que me llevara sana y salva a casa. A los pocos minutos sonó el aviso de que el conductor venía en camino, pero no le presté mucha atención porque un conocido del trabajo se detuvo a saludarme y a comentar las nuevas tendencias que se habían visto en la pasarela en esos días, así que cuando el coche apareció yo simplemente miré en mi teléfono el número de matrícula. Confirmado que el número coincidía, saludé con la mano y entré en el vehículo.
– Qué alegría volver a verla, señorita!
Era el mismísimo venezolano del mes pasado, con sus mismísimos ojazos color miel y su mismísima voz con acento sedoso y sus mismísimos labios carnosos que silenciosamente incitaban al mordisco y su mismísimo cuerpo latino insinuando músculos bajo la camisa entallada de manga corta y el pantalón pitillo negros en los que llegó enfundado, que sin pretenderlo parecía que venía saliendo del mismo evento fashion que yo…
– Qué casualidad! Pero háblame de tú. Como estás?
En esta ocasión no era un bikini sino un minúsculo tanga bajo mi vestido lo que sufría un instantáneo ataque de humedad al más puro estilo manguera de jardín, pero desde adentro.

Aunque la manguera que yo quería que me entrara desde afuera era otra, claramente.
– Bien, todo bien, qué bueno que nos hemos vuelto a encontrar… Hace días que me estaba acordando de ti.
Me dio un vuelco el corazón. No, mentira, fue el coño lo que me dio una vuelta de campana, mientras mis ojos trataban de no abrirse como platos para no delatar tan rápido mi excitación.
– De mí? Y eso por qué?
– Porque me encantó conocerte… Y ahora estoy soltero.
Desconozco qué cara puse ante semejante declaración, que había sido convenientemente acompañada por un revuelo de pestañas de su parte, más una larga penetración de pupila a pupila mientras sujetaba el freno con el pie durante el semáforo en rojo que nos estaba otorgando el tiempo extra necesario para ponernos al día. Acordándome de la otra vez, no sabía si aquello era real o me lo estaba imaginando, así que continué con la conversación para asegurarme.
– Soltero? Qué interesante…
– A tu entera disposición, Lola.
Me ruboricé como una quinceañera. Me dio un súbito golpe de calor. Se me aceleró el pulso como un coche de carreras, de cero a cien en dos segundos. Sentí un redoble de tambores al fondo de la vagina, como anuncio esperanzado de lo que podía venir.

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No fui capaz de decir nada. Lo dejé hablar, lo dejé comerme con la mirada en cada pausa del camino, lo dejé seducirme kilómetro a kilómetro desde Madrid Centro hasta La Moraleja. La moraleja de este cuento, al parecer, era que lo bueno se hace esperar. Y también que no hay edad para las pasiones.
El trayecto era de extensa duración, y yo me iba mojando progresivamente al ritmo de los insinuantes movimientos del latin driver. Me preguntó cómo era que una chica como yo no tuviera novio. “Es un misterio”, le respondí.
– Realmente no entiendo a los españoles -concluyó con una sonrisa-. Eres divina.
Me agarré a mi bolso para evitar echarle mano a su paquete. Lo veía cambiar de marcha y me imaginaba mis palmas envolviendo su miembro, frotándolo arriba y abajo, imprimiendo mis huellas en cada centímetro de piel que lo recubría… En un alarde de autocontrol, continué conversando con él como si nada, haciéndome la dura en aquella dura y larga travesía que fantaseaba con que se pareciera a la verga del piloto implicado, pero a cada palabra que él me dirigía me derretía por dentro, me hacía agua, me convertía en marejada de placer imaginaria, en fuego interno que me encendía la carne desde adentro, en descarga eléctrica, en rayo humano, en chispa, en femenina bomba de tiempo ante la situación, que se iba tornando más tensa a cada instante.

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Yo, a punto de explotar

– Y cómo es que te vas tan temprano a casa un sábado… Lola?
– No es tan temprano, ya son más de las tres…
– Bueno, no sé cómo será para ti pero para mí, un sábado a las tres, la noche aún es joven.
– A veces lo es… Todo depende de con quién esté. – Y pensé: más joven que con él, imposible. Qué miedo.
Se echó a reír efusivamente. Me lanzó una mirada que más bien parecía un anzuelo, y yo quería picar y ser devorada por el pescador al acecho. anzuelo.gifPiqué el anzuelo, pero no se lo demostré inmediatamente. Seguí haciéndome la sueca, como buena rubia teñida que soy. Y le di cuerda, o sea, solté el sedal un poco, a ver con qué me sorprendía.
– Y tú, qué sueles hacer un sábado después de las tres de la mañana?
– Todo depende de con quién esté… Igual que tú.
Quise averiguar qué haría en concreto en mi compañía, pero interrogarlo le quitaba toda la emoción al asunto. Me reí a carcajadas, más fuerte incluso que él en el minuto previo a mi pregunta.
No hablamos nada más hasta llegar al destino final. Cuando yo levantaba la mirada y la torcía hacia la izquierda, él se colgaba de mis ojos y no se desprendía de ellos, cual escalador en el borde de un abismo diseñado para hacerlo resbalar. Así como yo quería morder la carnada cruda de su seducción, él quería caer en el precipicio de mi fingida indiferencia, que era más bien una invitación a un sugerente infierno para dos.

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Santiago, listo para lanzarse a la aventura

– El siguiente edificio a la derecha es el mío.
– Vaya, no lo recordaba bien, tenía la esperanza de que fuera más lejos… – replicó juguetón.
– Calla, calla, que ya me va a salir bastante caro el viaje.
Se detuvo frente a mi portal. El motor ronroneaba de fondo, poniéndole voz a nuestros silencios.
– Para mí sigue siendo muy temprano, Lola.
– En serio? No me digas que vas a seguir trabajando hasta el amanecer…
Se le salió una carcajada.
– Bueno, yo no lo llamaría trabajar precisamente si es que sigo hasta el amanecer.
Me guiñó el ojo derecho, apartó un mechón de pelo de mi mejilla y permaneció inmóvil, contemplándome, en espera de que yo mordiera la carnada. Yo no quería seguir haciéndome la sueca, así que mordí. Y con toda la intención.
– Entonces finaliza el viaje, porque tu jornada acaba de terminar – concluí mientras sonreía de forma maliciosa.
Dio por concluido el servicio en la aplicación, apagó el motor, puso el freno de mano y se lanzó de cabeza a un beso mío como quien se zambulle en una piscina honda saltando desde un trampolín a diez metros de altura. Se me olvidó mi nombre, mi calle, mi teléfono, mi número de la seguridad social, si tenía hermanos y hermanas, quién era mi mejor amiga, a qué edad había dejado de ser virgen… french kissAbducida por su boca, que era un torbellino de agua cálida, floté durante un rato dando vueltas en la inconsciencia, pero era una inconsciencia despierta en cada uno de mis cinco sentidos, vívida y palpitante como el sonido de un timbal, jugosa como una fruta tropical bien madurada, brillante como el destello de complicidad de unos iris anhelantes, suave como una piel que al tacto es miel y al gusto seda…
– Es seguro que deje el coche aquí? – me preguntó entre beso y mordisco.
– Sí, no pasa nada. Esta calle es muy tranquila.
Y nos pusimos en marcha sin más dilación.

El conserje de madrugada hizo una mueca socarrona mientras me saludaba, y yo lo ignoré olímpicamente. Mientras esperábamos el ascensor, Santiago me acariciaba la espalda con una mano, tanteando el vertiginoso escote que tenía mi modelito en la parte trasera y que, una vez dentro del cubículo elevador, le serviría a esa mano para llegar a mi coño pasando previa y rápidamente por la curva de mi trasero, como una autopista de carne terminando en un amable y líquido callejón sin salida.
Cinco pisos pasan muy deprisa, pero nuestra interacción se centraba en la intensidad y no en la impaciencia, así que cuando las puertas se abrieron su antebrazo seguía pegado a la parte de atrás de mi anatomía, sus dedos, desde ahí, a las puertas de mi vagina, su lengua enlazada a mi lengua, su pierna rozando mi muslo y sus caderas encajadas en las mías, presionando sin moverse, haciéndome sentir cada fibra de su ser como en un paso a dos a cámara lenta mientras yo acariciaba su cintura por debajo de la camisa haciendo desordenadas impresiones dactilares de camino hacia su cuello…
Totalmente perdida la noción del tiempo y el espacio, el ascensor comenzó a moverse de nuevo, accionado por algún vecino o visitante. Frenamos un segundo nuestro mutuo ataque cuerpo a cuerpo. Nos miramos a los ojos.

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– Quieres hacerlo aquí? – Le propuse.
– Aquí y en todos los rincones de este edificio hasta que lleguemos a tu casa.
Aterrizamos en la planta baja, donde apareció el vecino bombero que me había invitado a su cuartel a aquella fiesta que terminó en el camión con otro bombero compañero suyo sin que él supiera nada… O al menos eso creo yo.
– Lola! Cuánto tiempo!
– Es verdad, a ver si me invitas a otra fiesta y nos ponemos al día!
– Vale, te aviso para la próxima.
– Hasta luego!
Y, mientras el vecino “apaga-fuegos” me decía adiós con un gesto, yo cogí del brazo a mi chófer y salí del ascensor, fingiendo que nos íbamos. Pero lo que en realidad hice fue tirar de él hacia el pasillo para que el conserje no nos viera, y volví a pulsar el botón. Callados, del brazo, ingresamos por segunda vez al cubículo elevador, y marqué el último piso para que el viaje fuera más largo (con este chófer el viaje, por definición, siempre merecía durar más).

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Me acorraló contra el espejo y me subió la falda a la altura del ombligo mientras yo le desabrochaba el pantalón. Se arrodilló ante mí y, como haciendo una ofrenda sagrada ante mi figura, me bajó el tanga y empezó a darme uno de los mayores tratamientos de diosa que hasta entonces había experimentado. Tras el último gemido, lo busqué con la mirada.
– No te muevas de ahí.
Me arrodillé junto a él, y liberé su miembro de ropa en un fugaz movimiento. Me lo metí en la boca un par de veces, hasta la garganta, y acto seguido besé su punta para después darle un lametón.
– Por favor dime que tienes un condón. Quiero sentirte ahora mismo.
– Tus deseos son órdenes – respondió el latin driver.
Y fue así que me senté sobre él cual amazona versión siglo XXI, sin más silla de montar que aquella fina cobertura de látex, sin más pretensión que empezar a cabalgar juntos rumbo al amanecer, pero sabiendo que el tramo final hacia el alba lo recorreríamos fuera de aquel ascensor, en algún lugar de mi casa aún por definir, tras varios galopes locos, una para el otro, el otro contra una, él sobre mí, yo encima de él, y todo viceversa.
Aquella verga era una palanca de cambio de seis velocidades sumamente bien dirigida por el piloto al mando.

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He aquí un fiel retrato de la polla del latin driver

Por eso aquel rapto en plan “aquí te pillo, aquí te mato” era casi una falta de respeto, y yo, que valoro lo bueno cuando me lo encuentro, decidí que ya era hora de convertirme en una autovía hacia el cielo para este vehículo humano de lujo que había tenido la suerte de cruzarme en el camino. Así que, antes de acelerarme, bajé un poco las revoluciones y lo invité a marcar de nuevo mi piso y descender del cubículo elevador para hacer de mi apartamento una pista de carreras en la cual no hubiera prisa y sí mucho placer. O sea, en la cual corriéramos por el simple gusto de corrernos. Una y otra vez.

 

Un polvo en la entrada, de pie contra la mismísima puerta, aún medio vestidos; otro sobre mi cama perfectamente hecha, ya sin ropa, yo a cuatro patas con el culo en pompa, sujetándome de los cojines de lentejuelas para no derrapar; el siguiente en el baño, delante del espejo, primero con él a mis espaldas, después conmigo sentada en el lavabo; el cuarto entre las sábanas de mi lecho, teñidos por la luz roja de la lámpara de mi mesita de noche; el quinto en el sofá, después de un desayuno temprano con el que recuperamos fuerzas tras la maratón nocturna…

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Esto era como la segunda parte de la canción de Sabina: a ellos les dieron las diez y las once, las doce y la una, las dos y las tres y desnudos al anochecer los encontró la luna; a nosotros nos dieron las cuatro y las cinco, las seis y las siete, las ocho y las nueve y, después de que el amanecer nos encontrara, comimos algo y volvimos a la carga.

Bendita juventud. Al fin, después de tanta experiencia catastrófica, encontraba un macho con la energía adecuada para demostrarle al conejito del anuncio de baterías que él a nuestro lado no era nadie.

Me levanté del sofá, felizmente sudorosa y despeinada, al más puro estilo Eva en el Paraíso después de descubrir que lo que más le gusta de Adán es la serpiente.

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Igualita a mí después de cinco polvos (Cuadro “Lilith” de John Collier, S. XIX)

– Me acompañas a la ducha?
– Tú lo que quieres es exprimirme…
– Totalmente. Algún problema? – dije con toda la cara dura y una sonrisa.
– Al contrario.
Se puso en pie, y su palanca de cambios, que a esas alturas estaba en punto muerto por el esfuerzo prolongado, pareció ponerse en primera, así de la nada, en una demostración de eficiente arranque de motor.

El repiqueteo del agua haciendo música en nuestra carne, sus dientes grabándose en mis pechos, mi mano aferrada a su mango metiendo segunda, tercera, cuarta, quinta hasta incrustármelo de nuevo en el coño para un climax final con bombos, platillos y sinfonía de cláxones sincopados bajo la lluvia artificial que caía en mi bañera… Este sexto polvo, que aunque más breve fue igual de intenso que los cinco previos, era el cierre preciso para aquella madrugada en la que lo que importaba había sido correrse, no correr. Y vaya manera de correrse. Una y otra vez.

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Me sequé, le dejé a mano otra toalla mientras continuaba limpiándose los restos de semen bajo el líquido elemento, salí del baño y me dispuse a vestirme. En lo alto del mueble zapatero, el móvil de Santiago destellaba. Me fijé un momento en la pantalla de inicio. Tenía sin abrir un listado innumerable de mensajes de WhosApp con insultos varios de una tal “Amor”. Así, tal cual, con un corazón rojo después de la erre. “Sapo hijueputa”, “Mediocre de mierda”, “Culicagado”, “Pinche gonorriento”… Los textos más largos rezaban: “Dónde andas metiendo la verga? Sé que no estás trabajando, estás con alguien, maldito infiel, perdiendo el tiempo y el dinero”. “Responde al teléfono, pendejo, o te echo a la calle. Si no respondes te voy a ir a buscar igual, sé dónde estás, tengo localizado tu teléfono desde el tablet“.
Al parecer no sólo eran mensajes sino llamadas perdidas lo que acumulaba aquel móvil desde que, a las tres de la madrugada, Santiago decidió dar por finalizada su jornada para hacer horas extra (gratis) conmigo. Y asumí que todos los intentos de contacto provenían de la misma persona.
Aún no había salido del baño mi visitante cuando empecé a oír gritos afuera de mi ventana.
– HIJUEPUTA, SAL Y DA LA CARA, QUE SI NO ME LLEVO TU AUTO Y HASTA AHÍ LLEGASTE!!!
Me asomé tímidamente desde detrás de la cortina. Una chica morena, joven, guapa, con una minifalda, un trasero y unos melones que parecían salidos de un vídeo-clip de reguetón, miraba hacia arriba indignada, los brazos en jarras, la boca fruncida, humo de colores saliéndole de las orejas…

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Ira femenina nivel Colombia

Cuando el latin driver y su palanca de cambios de seis velocidades salieron de su larga ducha con más pachorra que Maluma cantando “Sin contrato“, empezó el verdadero espectáculo. La loca seguía gritando fuera de mi edificio, y había vecinos mandándola callar y amenazando con llamar a la policía.
– Parece que tu novia no tiene tan claro eso de que “estás soltero”.
Revisó su teléfono. Se le dio vuelta la cara, así como a la niña del exorcista, pero en versión macho.

 

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Santiago, a medio camino entre asombrado y poseído

– No, no es así, en realidad yo terminé con ella hace una semana, pero ella no lo quiere asumir…
– Santiago, en realidad no me interesa. El problema lo tienes tú. Vístete y hazte cargo. Y gracias por las horas extra. Te has ganado una excelente calificación por tu servicio – dije con un guiño.
– Pero Lola, no me puedes echar así…
Me reí sin ningún tipo de censura. Con la misma risa en la voz, le contesté.
– Sí puedo. Lo estoy haciendo. Es mi casa. Por favor, vete. No me gustan los dramas.

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Mira cuánta pena me das…

Miré de nuevo hacia afuera, donde la colombiana continuaba vociferando como en la escena de celos más crítica del culebrón más intenso de la historia de la televisión lacrimógena.
– Qué pena, con lo bien que follas, que esto no se va a volver a repetir…
El macho agraviado me miró con odio. Se enfundó en sus pantalones y su camisa entallada, cogió sus cosas y se dirigió a la puerta.
– Suerte. Sobrevivirás.
Le empezó a salir humo de colores de las orejas, lo mismo que a la gritona que lo esperaba en la calle. Dio un lánguido portazo, sin siquiera decir adiós.

Me instalé discretamente en mi palco de honor para presenciar el final de la historia. Era como ver Otelo en versión latina, pero con los géneros cambiados: la paranoica era esta Desdémona minifaldera y el supuesto infiel era el chófer sexy y jovencísimo.

Cuando llegó a su coche, la loca lo abofeteó sonoramente.

bofetada

Toma guantazo!!!

Tanto que desde mi quinto piso se oyó el eco de la mano contra la mejilla del culpable. Me dieron tentaciones de ir a buscar una bolsa de palomitas a la despensa para disfrutarlo como si fuera un estreno de cine, pero en realidad no quería perderme nada, así que permanecí atenta en mi atalaya, cual pirata en la torre vigía del navío.
Acto seguido del bofetón, vino un morreo digno de una película porno light. Ella agarrándole el trasero a él, él apretándole la cintura como quien quiere quebrar un mondadientes con los dedos… Se subieron al coche, ella en el asiento del conductor, él en el del copiloto. Y se esfumaron bajo el perezoso sol dominguero llevándose consigo todo el ruido, de un modo tan instantáneo y tan eficiente que simplemente pareció que alguien había apagado un televisor cuyo volumen estaba demasiado alto, y que justo emitía el programa más melodramático del momento.

 

(Ésta es una historia basada en hechos irreales de la vida. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Ningún chófer profesional venezolano, novia histérica colombiana, vehículo dedicado al transporte de pasajeros, palanca de cambios de seis velocidades, ascensor de edificio, espejo de baño, cama, sofá o ducha ha sufrido daños durante la redacción de este texto.
Mi conserje de madrugada sigue mirándome de modo socarrón cada vez que me ve llegar con algún individuo del género masculino, mis amigos continúan cantando el repertorio completo de Laura Pausini en su jardín y dándolo todo en las pistas de baile más fashion de Madrid y yo sólo le doy gracias al Universo por restituirme en polvos todos los malos ratos y frustraciones de los últimos tiempos, independientemente de la ópera trágica que haya detrás de dichos polvos… Total, qué más da. El drama es de quien se porta mal, no mío. Yo sólo miro y aplaudo. O me río. O decido cerrar las cortinas para no ver nada más).

© Lola Mento

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