LATIN DRIVER (o el arte de obtener el mejor servicio del chófer de turno)

Sirva como ejemplo metafórico del personaje de Santiago este individuo: Juan Alfonso Batista, alias El Gato, galán de telenovelas, de Venezuela. (Foto obtenida de Telemundo)

Aquella noche se suponía que debía haber estado follando como si no hubiera mañana, así como si supiera que al día siguiente una raza de alienígenas despiadados exterminaría la raza humana para después instalarse en nuestro planeta… Pero no. En lugar de aquella maratónica y apocalíptica proeza carnal construida sobre expectativas por otro que no era yo, me pasé la tarde tomando el sol sobre un retazo de césped de ciudad y gran parte de la madrugada haciendo inmersión de garganta y espíritu en litros de cava y recordando entre risas y berridos semi afinados los grandes éxitos de Laura Pausini en el jardín de las delicias de un amigo espectacularmente sexy a la par que rotundamente gay… Porque nadie es perfecto, como le decían a Jack Lemon en la frase final de “Con faldas y a lo loco”.

Y la vida, dentro de su planificada imprevisibilidad, tampoco lo es. Aunque a veces se redime a sí misma cuando se salta a la torera su propio esquema y decide improvisar sobre la marcha…

Hacía la friolera de tres años que, por avatares del destino y comentarios de Fakebook, había conocido al personaje que la madrugada anterior había cambiado los planes conversados durante dos semanas para, así sin más, posponer nuestro encuentro al día siguiente y dejarme plantada con excusas pobres a la una de la mañana. Cambio de planes al que, con un silencio más gélido que Siberia, por supuesto yo nunca respondí.

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Representación visual de mi reacción ante la pobre demostración de interés del Señor de los Salmones

No porque no entendiera que podía darse alguna circunstancia que cambiara lo acordado, sino porque la otra parte ni siquiera se molestó en pedir disculpas y recalcar su interés por verme, más bien actuó con indiferencia total ante el hecho de perder una valiosa noche de fornicio conmigo. Claro, pobrecito, él quizá no era consciente de lo valioso del asunto. Pero yo sí, cuánto lo siento… Hasta la vista, baby. Es lo que hay.
Este personaje, amigo y residente en Lugo (como decían en el “Un, dos, tres“) y Jefe de Ventas de un criadero de salmones gallego (suena casi tan poco sensual como decir “Auditor del Ministerio de Hacienda”, y de hecho bastante más irrisorio) se estaba tomando siete días de vacaciones para, supuestamente, venir a la capital a visitar a la familia y, ya de paso, darme mi merecido durante el fin de semana, que yo estaría en Madrid y con la agenda libre.

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(Imagen de Foto Search)

Al compás de los movimientos ascendentes de su miembro, que entiendo que tenía vida propia, el individuo había levantado de forma consistente un castillo de naipes sobre la promesa de llegar a mi casa el viernes por la noche y quedarse amarrado a la pata de mi cama hasta el lunes, día en el cual yo saldría de viaje por trabajo y él se iría a instalar con su hermano para pasar el resto de su tiempo de descanso. Debo aclarar que, aunque nos conocíamos hacía tres años, sólo nos habíamos visto en persona una vez y después todo nuestro contacto se había reducido al ámbito virtual… Y en aquel encuentro del mundo real la interacción había sido puramente amistosa. O sea, que aún no nos conocíamos, lo diré finamente, en el sentido bíblico. Pero, tras mucho tiempo sin saber de él más que por los comentarios en mis fotos, que siempre estaban cargados de vehementes piropos, de repente el ente virtual me empezó a bombardear con mensajes en WhosApp y a mandarme fotos desde el gimnasio, desde el trabajo, desde la cama… Cosa que obviamente no podía terminar en algo casto. Y una, también obviamente, no es de piedra. Así que, después de haber hecho un álbum perfectamente organizado con las fotos de sus bíceps, su cuello de toro, sus abdominales y su polla erecta dentro de mi mente (y de la memoria de mi teléfono), empecé a prestarle un poquito de atención. No porque fuera el más guapo de los candidatos a polvo de la temporada (de hecho, más allá de su cuerpo, debo admitir que era el más feo), sino porque de forma patente estaba mostrando mucha pasión por este cuerpo serrano y estas habilidades femeninas que Dios me dio. Y para toda mujer que se precie y sea consciente de su valor (así como yo, que lo mío me ha costado) es esencial sentirse realmente deseada. De no ser así, preferimos nuestro amigo a pilas (ahora comprenderéis por qué en mi casa NUNCA falta un paquete de alcalinas, verdad?). Lo siento, querido público masculino, pero es la cruda realidad. Ante la ineficiencia humana las máquinas cumplen perfectamente la función de satisfacernos, cuando lo queremos y al ritmo que lo queremos. Y, cuando se trata de un mero trámite, entre un paquete y otro no hay grandes diferencias. En serio.
Pero volvamos a la historia…

Eran las cuatro y cinco a.m. en el jardín de mi amigo supersexy a la par que declaradamente gay (y además un encanto de persona, que por algo es mi amigo), y antes de terminar en borrachera de llanto con las letras de la Pausini o de acabar proponiéndole un trío a él y al otro hombre presente (ambas cosas inapropiadas cuando menos, y por supuesto improcedentes), esta señorita que os habla decidió pedir un chófer desde una aplicación del móvil, y hacer así un elegante y oportuno mutis por el foro, con todo el glamour que me caracteriza, mientras aún mantuviera la dignidad necesaria a pesar de la cantidad de alcohol que fluía por mis venas cual río en temporada de crecida.

The Hamptons Lure Uber Top Drivers Amid NYC Slow Summer Weekends

Yo, solicitando conductor responsable a domicilio (Fotógrafo: Victor J. Blue/Bloomberg via Getty Images)

Y así fue que llegó mi conductor designado del momento y lo saludé automáticamente, sin apenas dirigirle la mirada, y me senté en el asiento del copiloto y, mientras me abrochaba responsablemente el cinturón de seguridad y (ahora sí) lo miraba a la cara, sentí que se me desabrochaba psicológicamente un inexistente e imaginario cinturón de castidad, que el bikini que llevaba debajo del vestido se mojaba entre mis piernas y que “las burbujas del champán” (que hubiera dicho Mecano), junto con mi corriente sanguínea, flotaban coño arriba, se deslizaban clítoris abajo y no se querían ir a ninguna otra parte… Eso sí, veríamos qué pasaba al día siguiente con la consabida resaca. Porque todo tiene un precio, y una lo sabe.

Se llamaba Santiago, tenía (así a ojo) poco más de veinte años y era venezolano y encantador. No es que estuviera bueno, no. Es que según me clavó las pestañas en las pupilas y me acarició los oídos con su sedoso acento pensé: “Gracias, Dios mío. Esto sí que es un regalo”.
Le seguí la corriente todo lo que mi sentido ético me permitía, hablando con él de la vida, interesándome sobre su experiencia como inmigrante, dándole ánimos ante la aleatoria intolerancia que pudiera encontrarse en el camino, preguntándole si tenía en quién apoyarse en este nuevo planeta llamado España… Y justo ahí, cuando me contó que tenía una novia colombiana con la que vivía, me dio cosa. Con lo bien que me cae a mí la gente de Colombia… Y él tan joven y tan aparentemente inocente… Pero igual mi diablilla interior me gritaba al oído: “A la yugular, Lola, a la yugular!”. Y Lolita Grilla, que inicialmente había hecho su aparición al notarme mojada y con el pulso acelerado, acto seguido había decidido tomarse la noche libre, solamente porque yo me merecía un descanso y, al parecer, ella también.

Entre el punto de origen y el de destino la distancia era más corta que un viaje en cohete a la nube más cercana, así que muy pronto le estaba indicando el lugar exacto de mi edificio para que se detuviera.
– Aquí? Ya? – Preguntó con gesto de sorpresa y las cejas arqueadas en posición triste.
– Sí, aquí. Mi amigo y yo somos súper vecinos.
– Pues qué pena que el viaje haya sido tan breve… – Ahí su cara era la misma que hubiera puesto el Gato con Botas para lograr que se cumplieran sus deseos en una situación desfavorable.

Y, aunque yo soy más perruna que felina, admito que causó su efecto en mí. Más que nada por lo tremendo que era físicamente el individuo.
– Una pena, es verdad – subrayé con una mueca traviesa, casi a punto de guiñarle un ojo.

En décimas de segundo, como en las películas cuando se detiene el tiempo en una escena y nos muestran la conciencia del protagonista, pasaron por mi mente mil secuencias distintas que contenían pensamientos indecorosos, impulsos arriesgados, sensaciones de calor y de humedad, escalofríos, condicionamientos morales, manifestaciones de sentido común, hasta números musicales alusivos a la situación, como en las películas de Gene Kelly pero en versión más moderna, más latina, más indecente y mucho menos elegante.

Mientras decidía la siguiente acción a tomar, así como escribiendo sobre la marcha en mi cabeza el guión de ese fin de fiesta que abría un inesperado abanico de posibilidades para mí, me vi de golpe y porrazo dando un salto mortal a esos labios exuberantemente carnosos y violando con mi lengua la garganta de mi guapísimo chófer, en un claro ejercicio de indiferencia ante su corta edad y su supuesta bonita y estable relación de pareja.
La respuesta humana del macho al volante fue inmediata, sus brazos alargándose hacia mis caderas, los dedos tanteando bajo mi vestido, su pecho inclinado hacia el mío, y la respuesta física la siguió en inmediatez, aumentando considerablemente el volumen bajo su pantalón en evidente homenaje a mis avances sensuales.
Ya estábamos detenidos, y aquello era una “subida de bandera” en toda regla.

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Vivan las “subidas de bandera”!!!

No sólo porque a pesar de su noviazgo estaba sacando para mí el cartel de “LIBRE” sino porque aquel mástil cada vez se ponía más erecto al toque de mi insistente mano… Desear esa polla y montarme en ella fue una secuencia de eventos de un solo paso. Si afuera en la oscuridad había alguien observándonos, ni lo sabía ni me importaba… Sólo importaba ese momento en que el Universo me estaba compensando generosamente por los tres días de sexo ininterrumpido que el otro macho sin palabra no había querido cumplir.
Al filo del desvanecimiento, sintiéndome como en una galaxia muy muy lejana, oía la voz melosa de Mr. Venezuela preguntando mientras me apretaba un hombro con las yemas: “Perdona, estás bien?”. “Mejor que nunca”, quise responderle. Pero justo ahí caí en la cuenta de que el polvo exprés que acabo de describiros había sido sólo uno de esos pensamientos indecorosos que mi cerebro albergaba junto a los temblores, los calores y las inundaciones internas y erótico-festivas de este cuerpo de semidiosa que El Creador me dio. Así que, recién asimilada mi estupidez calenturienta, no me quedó más alternativa que dármelas de señorita correcta y, con una sonrisa cómplice que seguramente sólo yo comprendí, me despedí formalmente de mi casi objeto de infanticidio, abrí la puerta del coche y levanté mi mojado culo del asiento delantero para perderme entre las sombras del portal y marcharme, cachonda como estaba, con la música y las humedades a otra parte donde no hubiera impúberes atractivos a los que pervertir.

Había pasado más de un mes desde el trayecto automovilístico más sexy y fallido de mi vida, y en todo ese mes y algo había tenido unas cuantas experiencias fallidas no automovilísticas que me tenían entre aburrida y asqueada con el género masculino, a ratos desesperanzada (que también tengo mi corazoncito), por lo que acción, lo que se dice acción, no había habido ninguna más allá de mis fieles vibradores, que nunca me traicionan y casi nunca me fallan (al menos no durante su vida útil, si yo los trato bien). De hecho, en aquella madrugada de verano, tras el encuentro no tan cercano con el Mr. Venezuela motorizado, destrocé un vibrador porque abusé de él. Como hubiera explicado vehementemente Rocío Jurado: “se me rompió el amor de tanto usarlo”.

Gracias al cielo, un accesorio mecánico es fácil de sustituir… Pero olvidémonos del aparato y retomemos la historia.

Por el catálogo de pollas fotográfico de mi móvil habían deambulado diversos ejemplares, algunos vecinos y residentes en Madrid, otros de paso en alguna otra ciudad que, por trabajo, me había tocado visitar fugazmente, pero ninguno de estos ejemplares había resultado concretarse en coito, ya fuera porque a última hora decidieran cancelar la cita (a ratos molestos de que yo tuviera una agenda laboral exigente, a ratos indignados por no ser el centro de mi universo), o porque se creyeran más divinos que yo y no les dieran ganas de atacar o, en su mayoría, porque la cita fuera tan desastrosa que yo eligiera concluirla mandándolos a tomar viento en vez de quitarnos el aliento mutuamente.

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Aquí la versión cutre de Superman en todo su esplendor

Desde el tipo que en sus fotos se parecía a la versión Christopher Reeve de Superman y cuando llegó, además de aburrido, no era ni la sombra de Clark Kent tras un atentado con “kryptonita” (y encima tuvo la desfachatez de decirme que yo no me parecía a mis imágenes de perfil, siendo que todas eran del último año y sin maquillaje), hasta el que me trató de loca y desesperada por usar aplicaciones para conocer hombres (claro, tan loca y desesperada como para poner “Me gusta” en tu foto, le increpé yo…. Y tú? Me puedes explicar dónde hubieras conseguido una cita conmigo si no es gracias a internet?!?),

 

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Representación satírica del “mata-dientes” bajito (ilustración de http://www.jessperna.com)

o el cirujano dentista de treinta y ocho años descendiente de italianos y con clínica propia que resultó ser la caricatura tamaño llavero de sí mismo (por qué será que atraigo a los de 1,60 midiendo yo 1,75?) y que, después de media hora de conversación, me confiesa que aún vive en la residencia familiar y que no se va a vivir solo porque él es el hombre de la casa, a lo cual yo respondo preguntando: “Y tu padre, falleció hace mucho?”. “No, no, mi padre está vivo. Sigue en casa. Pero yo cuido de mis hermanas”. O sea, que eres Peter Pan y no te has dado cuenta. Por favor, que pase el siguiente. O mejor no. Creo que no quiero ver más…

Vamos, que el Señor de los Salmones parecía hasta un príncipe en comparación con los fiascos posteriores. Quien no se consuela es porque no quiere, dicen por ahí. Alabado sea Dios. Y su corte de ángeles cantores mejor ni la menciono, que visto lo visto ya hasta me da miedo.

Aquel sábado iba yo saliendo de una juerga superguay (sí, todavía uso estos términos, es nostalgia de los ochenta, no lo puedo evitar) y, para variar, decidí abandonar la escena antes que mis amigos, que lo estaban dando todo en la pista de baile.

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Aquí de fiesta entre modeluquis y amiguis

Era la superexclusiva fiesta de cierre de la semana de la moda, por lo que ligar entre tanta modelo era casi misión imposible para una mujer del mundo real como soy yo, por muy estupenda que pueda parecerle a algunos. Bueno, si me gustaran las chicas me habría ido genial, porque los únicos enganches que hice en términos de atracción fueron con dos maniquíes extranjeras que me propusieron ser la invitada de honor en su cama de hotel esa misma noche… Y que incluso estaban dispuestas a “compartirme”. Como mi propio nombre reza, y parafraseando a Alejandro Sanz en su dúo con Shakira: LO-LA-MENTO-PERO-NO.

Así que dejé a mis acompañantes moviendo el esqueleto con la misma electricidad corpórea que Alaska y los Pegamoides narraban en su temazo del año ochenta y dos (“muevo la pierna, muevo el pie,/ muevo la tibia y el peroné,/ muevo la cabeza, muevo el esternón,/ muevo la cadera siempre que tengo ocasión”) y recurrí a mi habitual servicio cibernético para pedir un chófer que me llevara sana y salva a casa. A los pocos minutos sonó el aviso de que el conductor venía en camino, pero no le presté mucha atención porque un conocido del trabajo se detuvo a saludarme y a comentar las nuevas tendencias que se habían visto en la pasarela en esos días, así que cuando el coche apareció yo simplemente miré en mi teléfono el número de matrícula. Confirmado que el número coincidía, saludé con la mano y entré en el vehículo.
– Qué alegría volver a verla, señorita!
Era el mismísimo venezolano del mes pasado, con sus mismísimos ojazos color miel y su mismísima voz con acento sedoso y sus mismísimos labios carnosos que silenciosamente incitaban al mordisco y su mismísimo cuerpo latino insinuando músculos bajo la camisa entallada de manga corta y el pantalón pitillo negros en los que llegó enfundado, que sin pretenderlo parecía que venía saliendo del mismo evento fashion que yo…
– Qué casualidad! Pero háblame de tú. Como estás?
En esta ocasión no era un bikini sino un minúsculo tanga bajo mi vestido lo que sufría un instantáneo ataque de humedad al más puro estilo manguera de jardín, pero desde adentro.

Aunque la manguera que yo quería que me entrara desde afuera era otra, claramente.
– Bien, todo bien, qué bueno que nos hemos vuelto a encontrar… Hace días que me estaba acordando de ti.
Me dio un vuelco el corazón. No, mentira, fue el coño lo que me dio una vuelta de campana, mientras mis ojos trataban de no abrirse como platos para no delatar tan rápido mi excitación.
– De mí? Y eso por qué?
– Porque me encantó conocerte… Y ahora estoy soltero.
Desconozco qué cara puse ante semejante declaración, que había sido convenientemente acompañada por un revuelo de pestañas de su parte, más una larga penetración de pupila a pupila mientras sujetaba el freno con el pie durante el semáforo en rojo que nos estaba otorgando el tiempo extra necesario para ponernos al día. Acordándome de la otra vez, no sabía si aquello era real o me lo estaba imaginando, así que continué con la conversación para asegurarme.
– Soltero? Qué interesante…
– A tu entera disposición, Lola.
Me ruboricé como una quinceañera. Me dio un súbito golpe de calor. Se me aceleró el pulso como un coche de carreras, de cero a cien en dos segundos. Sentí un redoble de tambores al fondo de la vagina, como anuncio esperanzado de lo que podía venir.

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No fui capaz de decir nada. Lo dejé hablar, lo dejé comerme con la mirada en cada pausa del camino, lo dejé seducirme kilómetro a kilómetro desde Madrid Centro hasta La Moraleja. La moraleja de este cuento, al parecer, era que lo bueno se hace esperar. Y también que no hay edad para las pasiones.
El trayecto era de extensa duración, y yo me iba mojando progresivamente al ritmo de los insinuantes movimientos del latin driver. Me preguntó cómo era que una chica como yo no tuviera novio. “Es un misterio”, le respondí.
– Realmente no entiendo a los españoles -concluyó con una sonrisa-. Eres divina.
Me agarré a mi bolso para evitar echarle mano a su paquete. Lo veía cambiar de marcha y me imaginaba mis palmas envolviendo su miembro, frotándolo arriba y abajo, imprimiendo mis huellas en cada centímetro de piel que lo recubría… En un alarde de autocontrol, continué conversando con él como si nada, haciéndome la dura en aquella dura y larga travesía que fantaseaba con que se pareciera a la verga del piloto implicado, pero a cada palabra que él me dirigía me derretía por dentro, me hacía agua, me convertía en marejada de placer imaginaria, en fuego interno que me encendía la carne desde adentro, en descarga eléctrica, en rayo humano, en chispa, en femenina bomba de tiempo ante la situación, que se iba tornando más tensa a cada instante.

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Yo, a punto de explotar

– Y cómo es que te vas tan temprano a casa un sábado… Lola?
– No es tan temprano, ya son más de las tres…
– Bueno, no sé cómo será para ti pero para mí, un sábado a las tres, la noche aún es joven.
– A veces lo es… Todo depende de con quién esté. – Y pensé: más joven que con él, imposible. Qué miedo.
Se echó a reír efusivamente. Me lanzó una mirada que más bien parecía un anzuelo, y yo quería picar y ser devorada por el pescador al acecho. anzuelo.gifPiqué el anzuelo, pero no se lo demostré inmediatamente. Seguí haciéndome la sueca, como buena rubia teñida que soy. Y le di cuerda, o sea, solté el sedal un poco, a ver con qué me sorprendía.
– Y tú, qué sueles hacer un sábado después de las tres de la mañana?
– Todo depende de con quién esté… Igual que tú.
Quise averiguar qué haría en concreto en mi compañía, pero interrogarlo le quitaba toda la emoción al asunto. Me reí a carcajadas, más fuerte incluso que él en el minuto previo a mi pregunta.
No hablamos nada más hasta llegar al destino final. Cuando yo levantaba la mirada y la torcía hacia la izquierda, él se colgaba de mis ojos y no se desprendía de ellos, cual escalador en el borde de un abismo diseñado para hacerlo resbalar. Así como yo quería morder la carnada cruda de su seducción, él quería caer en el precipicio de mi fingida indiferencia, que era más bien una invitación a un sugerente infierno para dos.

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Santiago, listo para lanzarse a la aventura

– El siguiente edificio a la derecha es el mío.
– Vaya, no lo recordaba bien, tenía la esperanza de que fuera más lejos… – replicó juguetón.
– Calla, calla, que ya me va a salir bastante caro el viaje.
Se detuvo frente a mi portal. El motor ronroneaba de fondo, poniéndole voz a nuestros silencios.
– Para mí sigue siendo muy temprano, Lola.
– En serio? No me digas que vas a seguir trabajando hasta el amanecer…
Se le salió una carcajada.
– Bueno, yo no lo llamaría trabajar precisamente si es que sigo hasta el amanecer.
Me guiñó el ojo derecho, apartó un mechón de pelo de mi mejilla y permaneció inmóvil, contemplándome, en espera de que yo mordiera la carnada. Yo no quería seguir haciéndome la sueca, así que mordí. Y con toda la intención.
– Entonces finaliza el viaje, porque tu jornada acaba de terminar – concluí mientras sonreía de forma maliciosa.
Dio por concluido el servicio en la aplicación, apagó el motor, puso el freno de mano y se lanzó de cabeza a un beso mío como quien se zambulle en una piscina honda saltando desde un trampolín a diez metros de altura. Se me olvidó mi nombre, mi calle, mi teléfono, mi número de la seguridad social, si tenía hermanos y hermanas, quién era mi mejor amiga, a qué edad había dejado de ser virgen… french kissAbducida por su boca, que era un torbellino de agua cálida, floté durante un rato dando vueltas en la inconsciencia, pero era una inconsciencia despierta en cada uno de mis cinco sentidos, vívida y palpitante como el sonido de un timbal, jugosa como una fruta tropical bien madurada, brillante como el destello de complicidad de unos iris anhelantes, suave como una piel que al tacto es miel y al gusto seda…
– Es seguro que deje el coche aquí? – me preguntó entre beso y mordisco.
– Sí, no pasa nada. Esta calle es muy tranquila.
Y nos pusimos en marcha sin más dilación.

El conserje de madrugada hizo una mueca socarrona mientras me saludaba, y yo lo ignoré olímpicamente. Mientras esperábamos el ascensor, Santiago me acariciaba la espalda con una mano, tanteando el vertiginoso escote que tenía mi modelito en la parte trasera y que, una vez dentro del cubículo elevador, le serviría a esa mano para llegar a mi coño pasando previa y rápidamente por la curva de mi trasero, como una autopista de carne terminando en un amable y líquido callejón sin salida.
Cinco pisos pasan muy deprisa, pero nuestra interacción se centraba en la intensidad y no en la impaciencia, así que cuando las puertas se abrieron su antebrazo seguía pegado a la parte de atrás de mi anatomía, sus dedos, desde ahí, a las puertas de mi vagina, su lengua enlazada a mi lengua, su pierna rozando mi muslo y sus caderas encajadas en las mías, presionando sin moverse, haciéndome sentir cada fibra de su ser como en un paso a dos a cámara lenta mientras yo acariciaba su cintura por debajo de la camisa haciendo desordenadas impresiones dactilares de camino hacia su cuello…
Totalmente perdida la noción del tiempo y el espacio, el ascensor comenzó a moverse de nuevo, accionado por algún vecino o visitante. Frenamos un segundo nuestro mutuo ataque cuerpo a cuerpo. Nos miramos a los ojos.

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– Quieres hacerlo aquí? – Le propuse.
– Aquí y en todos los rincones de este edificio hasta que lleguemos a tu casa.
Aterrizamos en la planta baja, donde apareció el vecino bombero que me había invitado a su cuartel a aquella fiesta que terminó en el camión con otro bombero compañero suyo sin que él supiera nada… O al menos eso creo yo.
– Lola! Cuánto tiempo!
– Es verdad, a ver si me invitas a otra fiesta y nos ponemos al día!
– Vale, te aviso para la próxima.
– Hasta luego!
Y, mientras el vecino “apaga-fuegos” me decía adiós con un gesto, yo cogí del brazo a mi chófer y salí del ascensor, fingiendo que nos íbamos. Pero lo que en realidad hice fue tirar de él hacia el pasillo para que el conserje no nos viera, y volví a pulsar el botón. Callados, del brazo, ingresamos por segunda vez al cubículo elevador, y marqué el último piso para que el viaje fuera más largo (con este chófer el viaje, por definición, siempre merecía durar más).

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Me acorraló contra el espejo y me subió la falda a la altura del ombligo mientras yo le desabrochaba el pantalón. Se arrodilló ante mí y, como haciendo una ofrenda sagrada ante mi figura, me bajó el tanga y empezó a darme uno de los mayores tratamientos de diosa que hasta entonces había experimentado. Tras el último gemido, lo busqué con la mirada.
– No te muevas de ahí.
Me arrodillé junto a él, y liberé su miembro de ropa en un fugaz movimiento. Me lo metí en la boca un par de veces, hasta la garganta, y acto seguido besé su punta para después darle un lametón.
– Por favor dime que tienes un condón. Quiero sentirte ahora mismo.
– Tus deseos son órdenes – respondió el latin driver.
Y fue así que me senté sobre él cual amazona versión siglo XXI, sin más silla de montar que aquella fina cobertura de látex, sin más pretensión que empezar a cabalgar juntos rumbo al amanecer, pero sabiendo que el tramo final hacia el alba lo recorreríamos fuera de aquel ascensor, en algún lugar de mi casa aún por definir, tras varios galopes locos, una para el otro, el otro contra una, él sobre mí, yo encima de él, y todo viceversa.
Aquella verga era una palanca de cambio de seis velocidades sumamente bien dirigida por el piloto al mando.

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He aquí un fiel retrato de la polla del latin driver

Por eso aquel rapto en plan “aquí te pillo, aquí te mato” era casi una falta de respeto, y yo, que valoro lo bueno cuando me lo encuentro, decidí que ya era hora de convertirme en una autovía hacia el cielo para este vehículo humano de lujo que había tenido la suerte de cruzarme en el camino. Así que, antes de acelerarme, bajé un poco las revoluciones y lo invité a marcar de nuevo mi piso y descender del cubículo elevador para hacer de mi apartamento una pista de carreras en la cual no hubiera prisa y sí mucho placer. O sea, en la cual corriéramos por el simple gusto de corrernos. Una y otra vez.

 

Un polvo en la entrada, de pie contra la mismísima puerta, aún medio vestidos; otro sobre mi cama perfectamente hecha, ya sin ropa, yo a cuatro patas con el culo en pompa, sujetándome de los cojines de lentejuelas para no derrapar; el siguiente en el baño, delante del espejo, primero con él a mis espaldas, después conmigo sentada en el lavabo; el cuarto entre las sábanas de mi lecho, teñidos por la luz roja de la lámpara de mi mesita de noche; el quinto en el sofá, después de un desayuno temprano con el que recuperamos fuerzas tras la maratón nocturna…

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Esto era como la segunda parte de la canción de Sabina: a ellos les dieron las diez y las once, las doce y la una, las dos y las tres y desnudos al anochecer los encontró la luna; a nosotros nos dieron las cuatro y las cinco, las seis y las siete, las ocho y las nueve y, después de que el amanecer nos encontrara, comimos algo y volvimos a la carga.

Bendita juventud. Al fin, después de tanta experiencia catastrófica, encontraba un macho con la energía adecuada para demostrarle al conejito del anuncio de baterías que él a nuestro lado no era nadie.

Me levanté del sofá, felizmente sudorosa y despeinada, al más puro estilo Eva en el Paraíso después de descubrir que lo que más le gusta de Adán es la serpiente.

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Igualita a mí después de cinco polvos (Cuadro “Lilith” de John Collier, S. XIX)

– Me acompañas a la ducha?
– Tú lo que quieres es exprimirme…
– Totalmente. Algún problema? – dije con toda la cara dura y una sonrisa.
– Al contrario.
Se puso en pie, y su palanca de cambios, que a esas alturas estaba en punto muerto por el esfuerzo prolongado, pareció ponerse en primera, así de la nada, en una demostración de eficiente arranque de motor.

El repiqueteo del agua haciendo música en nuestra carne, sus dientes grabándose en mis pechos, mi mano aferrada a su mango metiendo segunda, tercera, cuarta, quinta hasta incrustármelo de nuevo en el coño para un climax final con bombos, platillos y sinfonía de cláxones sincopados bajo la lluvia artificial que caía en mi bañera… Este sexto polvo, que aunque más breve fue igual de intenso que los cinco previos, era el cierre preciso para aquella madrugada en la que lo que importaba había sido correrse, no correr. Y vaya manera de correrse. Una y otra vez.

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Me sequé, le dejé a mano otra toalla mientras continuaba limpiándose los restos de semen bajo el líquido elemento, salí del baño y me dispuse a vestirme. En lo alto del mueble zapatero, el móvil de Santiago destellaba. Me fijé un momento en la pantalla de inicio. Tenía sin abrir un listado innumerable de mensajes de WhosApp con insultos varios de una tal “Amor”. Así, tal cual, con un corazón rojo después de la erre. “Sapo hijueputa”, “Mediocre de mierda”, “Culicagado”, “Pinche gonorriento”… Los textos más largos rezaban: “Dónde andas metiendo la verga? Sé que no estás trabajando, estás con alguien, maldito infiel, perdiendo el tiempo y el dinero”. “Responde al teléfono, pendejo, o te echo a la calle. Si no respondes te voy a ir a buscar igual, sé dónde estás, tengo localizado tu teléfono desde el tablet“.
Al parecer no sólo eran mensajes sino llamadas perdidas lo que acumulaba aquel móvil desde que, a las tres de la madrugada, Santiago decidió dar por finalizada su jornada para hacer horas extra (gratis) conmigo. Y asumí que todos los intentos de contacto provenían de la misma persona.
Aún no había salido del baño mi visitante cuando empecé a oír gritos afuera de mi ventana.
– HIJUEPUTA, SAL Y DA LA CARA, QUE SI NO ME LLEVO TU AUTO Y HASTA AHÍ LLEGASTE!!!
Me asomé tímidamente desde detrás de la cortina. Una chica morena, joven, guapa, con una minifalda, un trasero y unos melones que parecían salidos de un vídeo-clip de reguetón, miraba hacia arriba indignada, los brazos en jarras, la boca fruncida, humo de colores saliéndole de las orejas…

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Ira femenina nivel Colombia

Cuando el latin driver y su palanca de cambios de seis velocidades salieron de su larga ducha con más pachorra que Maluma cantando “Sin contrato“, empezó el verdadero espectáculo. La loca seguía gritando fuera de mi edificio, y había vecinos mandándola callar y amenazando con llamar a la policía.
– Parece que tu novia no tiene tan claro eso de que “estás soltero”.
Revisó su teléfono. Se le dio vuelta la cara, así como a la niña del exorcista, pero en versión macho.

 

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Santiago, a medio camino entre asombrado y poseído

– No, no es así, en realidad yo terminé con ella hace una semana, pero ella no lo quiere asumir…
– Santiago, en realidad no me interesa. El problema lo tienes tú. Vístete y hazte cargo. Y gracias por las horas extra. Te has ganado una excelente calificación por tu servicio – dije con un guiño.
– Pero Lola, no me puedes echar así…
Me reí sin ningún tipo de censura. Con la misma risa en la voz, le contesté.
– Sí puedo. Lo estoy haciendo. Es mi casa. Por favor, vete. No me gustan los dramas.

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Mira cuánta pena me das…

Miré de nuevo hacia afuera, donde la colombiana continuaba vociferando como en la escena de celos más crítica del culebrón más intenso de la historia de la televisión lacrimógena.
– Qué pena, con lo bien que follas, que esto no se va a volver a repetir…
El macho agraviado me miró con odio. Se enfundó en sus pantalones y su camisa entallada, cogió sus cosas y se dirigió a la puerta.
– Suerte. Sobrevivirás.
Le empezó a salir humo de colores de las orejas, lo mismo que a la gritona que lo esperaba en la calle. Dio un lánguido portazo, sin siquiera decir adiós.

Me instalé discretamente en mi palco de honor para presenciar el final de la historia. Era como ver Otelo en versión latina, pero con los géneros cambiados: la paranoica era esta Desdémona minifaldera y el supuesto infiel era el chófer sexy y jovencísimo.

Cuando llegó a su coche, la loca lo abofeteó sonoramente.

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Toma guantazo!!!

Tanto que desde mi quinto piso se oyó el eco de la mano contra la mejilla del culpable. Me dieron tentaciones de ir a buscar una bolsa de palomitas a la despensa para disfrutarlo como si fuera un estreno de cine, pero en realidad no quería perderme nada, así que permanecí atenta en mi atalaya, cual pirata en la torre vigía del navío.
Acto seguido del bofetón, vino un morreo digno de una película porno light. Ella agarrándole el trasero a él, él apretándole la cintura como quien quiere quebrar un mondadientes con los dedos… Se subieron al coche, ella en el asiento del conductor, él en el del copiloto. Y se esfumaron bajo el perezoso sol dominguero llevándose consigo todo el ruido, de un modo tan instantáneo y tan eficiente que simplemente pareció que alguien había apagado un televisor cuyo volumen estaba demasiado alto, y que justo emitía el programa más melodramático del momento.

 

(Ésta es una historia basada en hechos irreales de la vida. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Ningún chófer profesional venezolano, novia histérica colombiana, vehículo dedicado al transporte de pasajeros, palanca de cambios de seis velocidades, ascensor de edificio, espejo de baño, cama, sofá o ducha ha sufrido daños durante la redacción de este texto.
Mi conserje de madrugada sigue mirándome de modo socarrón cada vez que me ve llegar con algún individuo del género masculino, mis amigos continúan cantando el repertorio completo de Laura Pausini en su jardín y dándolo todo en las pistas de baile más fashion de Madrid y yo sólo le doy gracias al Universo por restituirme en polvos todos los malos ratos y frustraciones de los últimos tiempos, independientemente de la ópera trágica que haya detrás de dichos polvos… Total, qué más da. El drama es de quien se porta mal, no mío. Yo sólo miro y aplaudo. O me río. O decido cerrar las cortinas para no ver nada más).

© Lola Mento

El MANGO DE MANGO’S. WELCOME TO MIAMI… BITCH (O Cómo terminar unas vacaciones por todo lo alto ✈️)

Le llamaban El Turco por sus rasgos duros y marcadamente mediterráneos y por su tez que, al mínimo roce del sol, tomaba un tono dorado oscuro, casi crujiente a la vista, como un pan recién horneado que irremediablemente dan ganas de morder, así caliente como está, incluso a riesgo de quemarse. Se apellidaba, además, Turconi, así que aquel apelativo no sólo respondía a su apariencia sino que era el diminutivo lógico con el que rebautizarlo coloquialmente.

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Aquí El Turco, casual en la playa, posando para la posteridad

 

A mis ojos, más que a un turco, se asemejaba a un sultán digno de tener un harén de top models y además ser capaz de satisfacerlas a todas… Pero eso, en principio, era sólo una suposición novelesca en mi imaginación de escritora.

Cuando me abordó aquella noche de sábado en el Mango’s de South Beach, sonaron campanas de victoria dentro de mi cabeza lo mismo que si hubiera sacado el premio gordo de una máquina tragaperras.

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Que qué hacía yo en Miami? Pues estar de vacaciones, que no sólo de trabajo y narrativa vivimos las Lolas del mundo (o al menos yo no, por si había alguna duda).

Con la mirada más honda que he visto en mi vida, como surgiendo de las mismísimas profundidades del infierno cual tentador demonio, se acercó a mí este morenazo al filo de la pista de baile en la que, en ese momento, yo me dedicaba a declinar invitaciones cual Reina de Corazones ordena cortar cabezas.

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Así figuraba yo, con toda la pose de cortar cabezas en plena pista (ilustración de Scott Campbell)

 

Antes de que llegara a mi lado, mientras yo hablaba con una de mis amigas sobre otra que se nos acababa de perder en medio de aquel divertidísimo antro, me había percatado de su presencia sin siquiera mirar alrededor, como atraída por una fuerza proveniente del centro de la tierra, algo así como una sensación de magnetismo intrínseco que ni necesitaba explicación ni la pedía. Como un faro haciéndome señales en el negro de la noche, su camiseta roja vibraba sobre el fondo oscuro y las siluetas danzantes que lo circundaban no hacían más que enmarcar su figura y mostrármela como lo único nítido en mitad de una nebulosa. Fue ahí donde mi amiga y yo, dispuestas a encontrar a la otra perdida, dimos un paso en dirección al extremo contrario del local, y entonces noté que alguien me tomaba firmemente la mano derecha mientras aproximaba su rostro al mío y me preguntaba con tono contundente: “Bailas?”. Juro por Dios y toda su corte de ángeles cantores que jamás hasta entonces había respondido de manera tan surrealista a una propuesta tan simple como aquella, pero lo que dije fue esto: “Sí, quiero bailar contigo, pero dame diez minutos porque se nos ha perdido una amiga y tenemos que encontrarla. Vuelvo en seguida, no te vayas a ninguna parte”. Y le guiñé un ojo mientras apretaba su mano con la mía en signo de veracidad. La mirada honda se convirtió en perpleja, seguramente pensando que mi perífrasis explicativa era una excusa y que lo que realmente le estaba contestando era un NO como una casa. Pero era un SÍ como un trasatlántico.

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El gogó de turno, dándolo todo

Y la amiga perdida apareció en la barra opuesta con un individuo X, barra sobre la cual un latino con sombrero y sin camisa con torso esculpido a mano meneaba el cuerpo como si no hubiera mañana, y yo, después de hablar con ella y pedirle que nos viniera a avisar si se marchaba, regresé a los aledaños de aquella pista de baile para reencontrarme con mi luz en la oscuridad y, ahora sí, bailar pegados si era necesario, como cantaba Sergio Dalma en los noventa.

– Me llamo Máximo, pero me dicen Maxi. Cómo te llamas?

– Lola.

– De dónde eres, Lola?

– De Madrid, y tú?

– De Buenos Aires. Pero vivo aquí.

– Yo estoy de vacaciones, mañana por la noche vuelvo a España. Es mi último día en Miami.

– Entonces habrá que disfrutar este último día.

Su gesto de “te quiero comer viva hasta derretirte para beberte entera después” causó efectos instantáneos de humedad en mis Países Bajos sin que mi conciencia tuviera tiempo de evitarlo. Y mi inconsciente, por supuesto, no quería evitar nada.

– Bailamos?

La frase hizo PLAY en mi mente y oí internamente a Enrique Iglesias añadiendo: “Let the rhythm take you over, bailamos…?” con voz sensual, así como un diablillo virtual y danzarín meneándose lascivamente sólo para mí.

Asentí con la cabeza, y sentí la temperatura de su cuerpo penetrando en el mío, incluso sin tocarnos todavía (o será que yo estaba cachonda, simplemente?). Más que bailar salsa, aquello era como encarnarse en un mejillón en salsa: caliente y en remojo. Así me tenía El Turco, a pesar de los inútiles esfuerzos de mi conciencia, Lolita Grilla, que insistía en hacerse la santurrona y repetirme hasta el cansancio: “Corre, Lola, corre, alguien con una mirada así no puede ser bueno”.

Era difícil concentrarse en dar un paso con toda esa electricidad fluyendo de uno a otro, pero me hice la inocente y lo intenté. Dos pisotones accidentales (uno suyo, el otro mío) y un calentón de órdago después (no soy de piedra, lo reconozco), Maxi me ofreció tomar algo, y nos instalamos en el lugar más recóndito de la barra.

Cerveza va, cerveza viene, que si soy chef en un restaurante de South Beach, que si trabajo en una conocida cadena de moda como compradora, que si tengo dos hijos que viven en Argentina y los extraño mucho, que si mi única descendencia es peluda, de cuatro patas y raza canina, que si mi sueño es tener mi propio local gourmet con muy pocas mesas, que si además de trabajar y disfrutar la vida lo mío es escribir, que si sufrí demasiado con mi última ruptura y últimamente he estado desconectado del mundo, que si yo me acabo de separar después de diez años con alguien que nunca me valoró, que si no puedo entender que una mujer como tú esté sin pareja, que si así de mal está el mercado, etcétera, etcétera, etcétera… Pero aún no me besaba. El juego de miradas me tenía entre alerta y embriagada, la cercanía de su piel sobreexcitada y el ambiente noctámbulo y canalla motivada a hacer locuras… Y fue entonces cuando llegó la hora del cierre y encendieron todas las luces para echarnos.

Resignados, salimos del local cogidos de la mano (digo “cogidos” y lo digo en español de España, porque en argentino hubiera sido una traducción literal del inglés fingerfucked, cosa que aún era pronto para hacer). Quizá El Turco era un crápula, pero tenía ademanes de perfecto caballero. Junto a su moto, que estaba aparcada justo en la entrada, rodeando mi cintura, me empezó a hablar. Sus palabras eran como un ronroneo erizando mis tímpanos.

– Qué quieres hacer ahora?

– Mis planes eran volver al hotel con mis amigas cuando cerraran aquí. Pero no contaba con esto… Qué opciones hay?

– Bueno… Si quieres marcharte con ellas está bien, ésa es una opción. La otra es ir a tomar una última copa juntos, aunque a esta hora no estoy seguro de que encontremos algo abierto… La otra opción es pasar por un liquor store, comprar una botella de vino y tomárnosla tranquilamente en mi casa. Yo después te llevo a tu hotel sana y salva, te lo prometo.

Cuando dijo “sana y salva” pensé en una de mis series favoritas: “Dexter“, que trata sobre un asesino en serie justiciero y cuya acción transcurre precisamente en Miami. Si Maxi era un psycho killer (que no lo parecía), yo igual confiaba en que a mí me trataría de otra manera. Al fin y al cabo éramos seres de la misma especie, al menos en parte. Y, teniendo un instrumento propio con el que penetrarme, para qué iba a querer usar cuchillos???

Lolita Grilla, sólo por llevarme la contraria, seguía susurrándome al oído: “Corre, Lola, corre”. Y yo, por supuesto, no le hice caso.

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Maxi, haciéndose el duro mientras esperaba mi respuesta a su proposición

Mientras decidía en silencio si responder afirmativamente a su última propuesta, una de mis amigas se acercó a preguntarme si me iba con ellas o me quedaba allí, tenían el taxi esperando en la esquina. “Should I stay or should I go?” (Tremenda canción)… El Turco me clavó las pupilas en las entrañas en el instante en que mis retinas se cruzaron con las suyas. Me dirigí a las chicas.

– Me quedo, iros tranquilas.

– Yo la llevo de vuelta al hotel, no se preocupen – dijo el argentino con voz seria.

Mis amigas se esfumaron entre vapores de humo de tabaco, sombras de palmeras y luces de neón.

Maxi me invito a montarme en su moto (ahora que lo pienso fríamente, esto suena muy porno). No tenía casco extra, así que recorrí aquella parte de Miami con la minifalda en vuelo y la melena al viento, lo cual enfatizó la sensación placentera porque me encanta despeinarme y también sentirme desnuda…

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Sustitúyanse estos dos pipiolos por el argentino ardiente y ésta que les escribe

Pasamos por una tienda abierta veinticuatro horas, y él compró dos botellas de Malbec. Al salir, mientras subíamos de nuevo a la moto, lo saludó un amigo.

 

– Turco, cómo has estado? Qué alegría verte tan bien acompañado!

Sonreí, sin saber bien qué significaba aquel comentario. El amigo explicó.

– Me encanta por fin verlo con una chica tan guapa, ha estado muy solitario últimamente, ni siquiera salía.

– Bueno, hoy salió, nos acabamos de conocer en Mango’s… – apostillé.

El amigo se echó a reír.

– Pasadlo bien, hay que disfrutar la vida!

…Así que el latin lover de la pista de baile tiene un corazoncito, pensé. Sobreviviré a esta noche, esto es buena señal.

Y, a lomos de su vehículo de dos ruedas, nos dirigimos a su humilde morada cerca de la playa.
Era un estudio muy bien decorado, los espacios justos y precisos, una cocina grande a pesar de ser de tipo americano y la cama convenientemente a dos metros de la entrada, frente al televisor. Imposible no caer en ella a no ser que una se sentara en el suelo. Casualidad??? No lo quise analizar.

Copa de vino en mano, nos acomodamos en el borde de la misma y me preguntó qué música me gustaba. Empezamos, sin orden ni concierto, a compartir vídeos en YouTool, desde Jamie Cullum a Andrea Bocelli, pasando por Cranberries y Duran Duran en directo con Pavarotti. Hasta que llegamos a una violinista japonesa que interpretaba música pop en estilo clásico, Lucia Micarelli.

Fue ahí cuando al Turco se le saltaron las lágrimas. Me dieron ganas de abrazarlo, pero tuve la sensación de que para él aquel instante era tan íntimo que sólo alcancé a frotarle la espalda y acariciarle el cuello con suma delicadeza.

Me pidió disculpas por su debilidad (ni que fuera real eso que cantaba Bosé de que “Los chicos no lloran“!). Le respondí que no había absolutamente nada por lo que pedir disculpas. Es más, me sentí aliviada de que fuera un sentimental y no un asesino en serie… Aunque, en estricto rigor con la verdad, aún no sabía bien quién era.

Escuchamos algo más, no recuerdo el qué, y el macho alfa que este personaje sensible tenía adentro surgió de entre sus cenizas y, tras decirme que le estaba volviendo loco, me besó. Todos los electrones y neutrones acumulados en lo que iba de noche se liberaron de golpe y porrazo, como una cálida bofetada en plenos morros. tumblr_mw0pg0e0ds1slbzrlo1_500Su lengua caliente no sólo me hizo querer más, sino que me acarició los labios suavemente, como haría un romántico del siglo XIX, demorándose en el placer del instante. Debo aclarar que su romanticismo era tan certero que en menos de cinco minutos estábamos los dos desnudos sobre la famosa cama que ocupaba casi la mitad del apartamento. Bueno, su romanticismo y su cuerpo serrano… Porque estaba bueno, muy bueno. No, sólo bueno no: lo siguiente.

Cuando lo tuve en pelotas frente a mí volvieron a sonar las campanas de la victoria, lo mismo que si acabara de ganar el premio gordo en una máquina tragaperras.

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En realidad me había ganado el MÁXIMO… Y viéndolo desnudo pude entender bien el significado de su nombre.

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Super Polla al rescate

Este hombre no tenía un simple aparato amatorio. Tenía un miembro que rozaba los límites de la irrealidad en cuanto a perfección. En grosor, en longitud, en belleza, en suavidad. Había que probar el funcionamiento para desmitificarlo. Venga, Lola, es todo tuyo. Ataca…

Pero ni falta que me hizo atacar, porque en tres, dos, uno lo tenía encima cual león clamando su dominancia sobre la hembra jefa de la manada, que por supuesto era yo. a5shishkebab

Qué delicia sentir contra mi muslo aquel cetro de poder enardecido, aquel shish kebab humeante preparándose para ensartarse en mis entrañas y darme un placer digno de las mil y una noches. Antes de eso, en todo caso, el apéndice caliente con el que escogió atravesarme fue su lengua, serpiente sin veneno que bailaba dentro y fuera de mi vagina, se paseaba por mis labios mayores y menores, me golpeaba el clítoris con la punta y me acariciaba la puerta trasera para dejarla entreabierta en espera de una entrada triunfal.favim-com-4260269 Antes de penetrarme, durante el intenso juego previo, me lanzó un par de chorros de saliva sobre el coño, su boca como fuente improvisada bañándome la vulva, el hilo de saliva refulgente recortándose sobre su rostro contraído de placer, los iris vidriosos, las pupilas fijas, las pestañas como balas enfocadas en mis tetas, en mi culo, en el centro mojado de mi ser… Si yo ya estaba empapada a estas alturas, con esto íbamos camino a las Cataratas del Niágara. Y no, no estoy exagerando.

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Ejemplo gráfico de mis niveles de humedad a aquellas alturas del partido

Me aproximé a su falo y le di un lametón, desde la punta hasta la base.

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Kendra Wilkinson, chica Playboy, una principiante a mi lado

Me metí sus pelotas en la boca, una tras otra. Este hombre no era un hombre. Era un toro… Un centauro… Una bestia amable. Tenía los cojones tan grandes como el caballo del Espartero. Y no, valor no le faltaba, estaba claro. Llegados a este punto, yo ya estaba al borde del climax cuando, con su verga en la boca, él me empezó a follar con los dedos. Cuatro delante, dos detrás, y la otra mano presionando el vientre hacia abajo para potenciar el contacto con el punto G. 4738-amazing-finger-fuckDemasiada información. Tuve que desprenderme de su verga para poder asimilar todo esto y dejarle hacer. Y qué bien lo hacía todo… Su apasionamiento se convertía en dedicación y su dedicación en pasión, y el resultado final de la suma de estas partes era un orgasmo apoteósico para mí. Sólo con la maestría de sus dedos me corrí dos veces. Y aún no me la metía…

– Te quiero adentro.

– Hasta el fondo?

– Hasta el infinito y más allá.

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El instrumento amatorio de Maxi, representado por el superhéroe interestelar de Pixar, Buzz Lightyear

El orgasmo fue largo e intenso, y mis manifestaciones sonoras estuvieron en consonancia. En cualquier minuto podía haber llegado la policía alertada por violencia de parte de algún vecino, o directamente el presidente de la comunidad para pedirnos bajar los decibelios. Pero no, no llegó nadie. Estaba sola ante el orgasmo. Sola ante el peligro. Sola ante El Turco ardiente que, a pesar de su drama interno, funcionaba eficientemente y sin reparos.

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Representación gráfica de cómo quedé al final de la noche

Tras varios ataques a mano armada, incluida una penetración trasera que por sus dimensiones de configuración de fabrica fue difícil llevar a cabo (difícil, pero no imposible), el mango de Mango’s se corrió entre mis pechos y, tras limpiarme cuidadosamente con unas toallitas húmedas, puso la alarma en el despertador, me invito a quedarme a dormir y me abrazó hasta despertar con la erección de la mañana. Bonita erección… Intensa de manejar después de la caña que le habíamos dado a mi coño toda la madrugada (caña al coño, que es de goma… Aunque no, no es de goma. Es más real que la vida misma).

 

Somnolienta y todo me empapé después del primer mordisco en el cuello. Se la chupé con ganas y acto seguido me la metí hasta el fondo. Y, cuando salió de la ducha y me encontró vestida en la cocina bebiéndome un vaso de agua, él, sin poder remediarse a sí mismo, me levantó el vestido y me bajó las bragas y me penetró otra vez hasta el infinito y más allá, así como estaba, apoyada en la encimera. Adiós vestido… Volvimos a la cama. Recuerdo su cara de concentración y turbación al mismo tiempo, su boca regando de nuevo mi sonrisa vertical con un hilo generoso de saliva, la punta de su lengua en la comisura de la boca, mientras repetía: “A ver esa lengüita… Muéstrame”. Y yo haciendo alarde de mis aptitudes bífidas ante sus ojos al tiempo que me estrujaba los pezones con ambas manos y le ponía mi vagina a tiro para atravesarla. Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete… Otra vez un charco sobre las sábanas.

“Date vuelta”. Y yo, como buena perra y feliz de serlo, obedeciendo y a cuatro patas. Un, dos, tres, cuatro, cinco… Aaaahhhhh!!! Charco sobre charco.amazing-sex-gif-couple-having-hot-make-up-sex-in-their-bedroom-this-blonde-is-superb-and-her-ass-is-chubby-and-round

Me acordé fugazmente y sin querer de una película japonesa del año 2001 titulada “Agua tibia bajo un puente rojo” en la cual la protagonista espantaba a los hombres porque cuando llegaba al climax inundaba la habitación y el líquido elemento se colaba por las rendijas de las tablas de madera del suelo y de ahí caía al río que pasaba por debajo de la casa aumentando considerablemente su caudal.

Esto era Miami, no Venecia. Se parecían, pero no tanto. Tampoco era el pueblo japonés atravesado por un río… Contrólate, Lola, contrólate. No tenemos chalecos salvavidas a mano.

Tras el último ataque de misil, Maxi me pidió disculpas: “Perdón, no lo pude evitar, quería follarte otra vez antes de que te marcharas”.

– Te perdono, pero sólo porque me ha gustado. Eso sí, no voy a poder caminar en todo el día.

Su sonrisa malévola eclipsó al radiante sol que quemaba más allá de las cortinas.

Nos volvimos a vestir, ahora de verdad.
Me acompañó de la mano hasta su moto, me pasó el casco de acompañante.

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Igualitos a Maxi y a mí, aquella mañana. Sustitúyase el atardecer por un sol recién amanecido.

Disfrazada de hormiga atómica, a las nueve y media de la mañana aproximadamente, con el vestido y los muslos al viento, los senos de punta y el pelo más revuelto que si acabara de salir de un proceso de centrifugado, llegué a mi hotel a lomos del potro de metal de mi conquista de la noche sintiéndome más rockstar que Mick Jagger cuando canta en vivo “Sympathy for the devil“.

 

Me besó intensamente en los labios y se despidió con un: “Mantengamos contacto. Y cuando vuelvas a Miami avísame para vernos”.

Con un guiño le dije adiós, y me alejé moviendo estentóreamente las caderas al avanzar, como recordatorio visual de lo que el afortunado había tenido entre sus manos un rato antes…

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Yo, despidiéndome del Turco con el máximo glamour

Subí a mi habitación, me di una ducha, me eché encima un vestido largo y vaporoso sin nada debajo y me dirigí a desayunar apenas quince minutos antes de la hora de cierre del comedor.

Al llegar al fondo del lobby y hacer mi entrada en la escena (yo juraba que no había espectadores), un par de ejemplares masculinos desparramados en un sofá comenzaron a silbar y aplaudir. No eran amigos míos, pero me sonaban sus caras. Les presté un segundo y medio de atención y recordé quiénes eran. La noche anterior estaban en la puerta del hotel cuando llegó nuestro taxi, y un rato después de llegar al Mango’s los vi en la pista de baile circundando nuestro grupo cual bandada de cuervos en posición de ataque.

Es más, el más alto y fornido de todos, calvo al más puro estilo Kojak, tatuado como el que más, en un momento en que El Turco se ausentó de la pista de baile para traerme otra copa, invadió mi espacio vital y me dijo al oído: “Estás perdiendo el tiempo con este fantoche”. Yo lo miré circunspecta, le tiré a la cara una carcajada y le contesté: “Fantoche o no, me lo voy a follar. Puedes aplaudir si quieres, aunque no vas a tener la suerte de verlo”. Me dio un lametón en la oreja, me guiñó un ojo mientras negaba con la cabeza y desapareció entre las sombras.

Y ahora estaba aquí, presenciando mi aparición triunfal al día siguiente, después de que el supuesto “fantoche” me follara como los dioses (varias veces) y me dejara en la puerta cual caballero andante en versión urbana (vale, no era una limusina, era sólo una moto, pero precisamente por eso se parecía más a un caballo que un vehículo de cuatro ruedas, fuera del tipo que fuese).

– Veo que la noche no os trató tan bien como a mí – dije desafiante en voz alta, dedicándole al doble de Kojak una mirada jocosa y un puchero de burla, y continué caminando cadenciosamente hacia el salón con olor a café recién hecho mientras esbozaba una sonrisa de malicia, orgullosa de la victoria de género que suponía aquella situación.

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Yo y mi sonrisa maliciosa

El imbécil babeaba, y el otro se reía de él en sus narices. Para que luego hablen de solidaridad entre hombres…
Me subí al avión de regreso maltrecha, muerta de sueño y con la sensación de llevar aún un potro salvaje entre las piernas, aunque mi radiante cara de felicidad, el brillo de mi melena, mis andares de amazona y mi destellante bronceado me hacían tener el aura de un ángel de Victoria’s Secret recién caído del cielo, y sin escalas.

 

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Bueno, vale, no estaré TAN buena, pero aquel día estaba que me salía

Mis amigas me vitoreaban entre carcajadas cuando, en la fila para ingresar a la aeronave, los machos viajeros del vuelo giraban la cabeza para lanzarme un saludo con elevamiento de ceja o echarle un descarado vistazo a mi trasero. Yo, dentro de la nebulosa de mi agotamiento físico y erótico-festivo, no entendía nada. Ni siquiera me había puesto rímel, y no llevaba ropa especialmente sexy ni ajustada. Serán las feromonas, pensé. Después de la nochecita toledana que había tenido era lógico pensar que exudaba sexo por todos los poros, aunque yo no tenía cerebro para pensar. Literalmente me habían follado hasta los sesos.

Guardamos nuestro equipaje de mano en los compartimentos superiores y nos sentamos en nuestra fila de cuatro junto a un señor de gafas muy serio que cuando llegamos tecleaba frenéticamente en su ordenador portátil y no nos dio ni las buenas tardes. Estábamos en la fila 10, que era la primera de la Clase Turista, así que contábamos con espacio extra para estirar nuestras lindas extremidades inferiores. Cuando pagué la tarifa adicional por ese asiento no imaginé que iba a ser tan necesario… Debió de ser mi conciencia, Lolita Grilla, que me conoce al derecho y al revés y, sin que yo siquiera imaginara lo que podía suceder en este viaje, previó perspicazmente un retorno “accidentado” por mi parte.

Estaba ya acurrucándome en el asiento con mi cuello-almohada de experta trotamundos cuando, de repente, me asalta una visión. Kojak en persona, no el verdadero, el terrenal, con traje oscuro y postura impecable pero sin “Chupa-chups” en la boca, surge de la nada y se acerca a saludarme.

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César Romano, Sobrecargo a su servicio

 

– Buenas tardes, Srta. Mento. Mi nombre es César Romano, y soy el Sobrecargo en este vuelo. Su cara me resulta conocida, estaba usted alojada en el Hotel Carillon por casualidad?

Era él, él engreído que me había tratado de boicotear el rollo con El Turco en plena pista de baile del Mango’s. Por el rabillo del ojo percibí cómo mis amigas, enmudecidas de forma instantánea, se pegaban codazos entre ellas.

– Sí, estaba en el Carillon. Y usted también, no?

Tras el encuentro del desayuno me lo había cruzado esa misma mañana en la piscina del hotel, con todos sus tatuajes, cuando yo iba saliendo a la playa.

Se echó a reír de forma indescriptiblemente seductora. Asintió. Continuó su discurso con tono ceremonioso y un ademán descaradamente socarrón.

– Me resultaba conocida su cara, pero no estaba seguro de si era sólo por ser pasajera frecuente o porque la había visto antes en alguna parte. Y resulta que son las dos cosas… En cualquier caso, como clienta habitual de esta aerolínea venía a darle la bienvenida a bordo, y dado que hay espacios disponibles en la Clase Ejecutiva, quisiera invitarla a cambiarse al asiento 8 L. Allí va a estar mucho más cómoda.

Esto sí que era una sorpresa agradable del destino. De repente el doble de Kojak me empezaba a caer bien (bueno, y a quién no, con semejante tratamiento de princesa).

Me dirigí a mi corte de enmudecidas y, levantando los hombros, les dije: “Lo siento, chicas, os voy a abandonar”.

– Tú relájate y disfruta – concluyó Carolina. Y Cris, haciendo aspavientos con la mano derecha, me animó a irme.

– Les apetece una copa de champán? – ofreció el hasta entonces insospechado Jefe de Cabina.

– Sí, por favor! – gritaron a coro, con gesto de perrito abandonado al que acaban de regalarle las sobras del almuerzo.

– Pues ahora mismo se la traen – contestó César. Y me miró añadiendo: “La acompaño a su asiento, Srta. Mento?”.

– Por favor, dime de tú… Y llámame Lola.

Me ayudó a bajar la maleta y me condujo a la otra cabina. Por trabajo ya había viajado alguna vez en esta clase, pero nunca en un avión tan grande. Esto era otro mundo. Iberia-Flight-Review-A330-300-Business-Class10.jpgEn este Airbus 330-300, mi asiento quedaba convenientemente apartado del resto, al final de Business, sin ruido de baños o áreas de tripulación y orientado hacia la ventana. Era un espacio maravillosamente privado dispuesto para mi descanso. Y por Dios que necesitaba descansar…

El Sr. Romano me entregó el neceser de viaje correspondiente y me trajo sin siquiera preguntarme una copa de champán llena hasta el borde.

 

– Cualquier cosa que necesites, me la pides. Estás en tu casa. – Ahora ya me tuteaba con la confianza de quien se ha tomado conmigo unas cañas en La Moraleja. Bien, César, bien, tú créetelo. Vamos a ver hasta dónde te llega la osadía.

Cada movimiento que este bruto sexy uniformado hacía en mi presencia era una insinuación, una provocación, una incitación a la travesura, una propuesta implícita a amordazar mi conciencia y soltar mi demonio interior…

“Lola, no seas viciosa, todavía estás lesionada después del argentino”. A Lolita Grilla es imposible callarla, en realidad. Pero sí puedo escoger no oírla cuando me interesa más la voz de mis impulsos. Es cosa de apretar el botón de “Silencio” mentalmente, y se queda hablando sola sin interrumpir mis intenciones.

Me sirvió la cena el otro individuo que había visto con él en la discoteca y en el hotel, que también era alto y fornido, pero impresionaba menos vestido de azafato. César, cada cierto rato, se acercaba a preguntar cómo estaba todo y me traía más champán sin que yo tuviera que pedirlo. Cinco copas de espumoso francés, un vino blanco y un vino tinto más tarde, así como a la altura de las Bermudas según indicaba el mapa de ruta en mi pantalla, me levanté para ir al baño.

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Aunque esta aeronave del dibujito tenía otro itinerario, buscad Miami y Bermudas y que sirva como referencia sobre el punto que me encontraba sobrevolando en aquel instante camino a la madre patria

No sabía dónde estaba en esta cabina y en este avión, así que me acerqué a la cocina a preguntar… Fue abrir la cortina y toparme abruptamente con las nutridas nalgas del Sr. Romano, que estaba justo ahí, de espaldas.

– Perdón! – Junté las palmas delante de la cara, en pose beata. El Kojak aeronáutico, ahí mismo, sin alejarse ni un milímetro, se dio la vuelta y, con expresión satisfecha y actitud desafiante, respiró profundamente, tanto que percibí cómo el aire tibio que salía por su nariz me acariciaba la frente de un soplido.

– Tropiézate conmigo todo lo que quieras, Lola. No hay problema.

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Tampoco voy a exagerar y decir que el calvo sexy se parecía a Channing Tatum, pero la mirada que me lanzó en ese momento fue tal cual la de la foto

Lo tenía, literalmente, a dos centímetros de distancia. Podía sentir su calor en mi cuerpo aunque no me estuviera tocando, lo mismo que con El Turco en el Mango’s cuando me invitó a bailar. Sobre todo a la altura de las ingles, donde, de algún extraño modo, aunque había un mínimo de distancia se podía advertir su bulto creciendo bajo el pantalón (por una fugaz décima de segundo me pregunté si serían ellos los que producían aquello o si sería que yo estaba cachonda, simplemente).

– Perdón por la intromisión, seguramente no debería estar aquí… Estaba buscando el baño. Dónde está?

– Te acompaño.

Y, tomándome de la cintura delicadamente y con movimientos pausados, me condujo a la puerta del mismo, que se encontraba un poquito más allá de mi asiento, al lado derecho del área de tripulantes.

Tuve que salpicarme la cara con agua fresca para volver en mí. Tenía las mejillas más sonrojadas que Caperucita en su encuentro con el lobo.

Quién teme al lobo feroz? Yo, desde luego, no…

Antes de salir, sin querer, y de alterada que estaba, rocé el botón de llamada a tripulación. Dieron un par de golpes suaves desde afuera. La voz de mi nuevo amigo César preguntó: “Estás bien?”. Cuando abrí la puerta me lo encontré de frente en la oscuridad, no había nadie más alrededor, y sin pronunciar una sola palabra pegó su cuerpo contra el mío, me agarró el trasero con una mano, me empujó hacia adentro y con la otra mano cerró la puerta en un certero y sigiloso movimiento.

Lo siguiente que recuerdo fue su lengua dentro de mi boca, un gemido mío y una pausa suya para pedirme silencio, así como los carteles de los hospitales antiguos, sólo que en versión sexy y masculina y con un uniforme diferente.

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Calladita estás más bonita!

A eso le llamo yo eficiencia, sí señor. Vamos a ver si la polla le hace honor a los tatuajes de tipo duro. No en color sino en dureza, que es lo que importa…

Mientras nos besábamos sin orden ni concierto, haciendo guerra casi con los labios, mordisqueándonos los morros, lamiéndonos mutuamente, penetrando sonrisas y gargantas, le solté el cinturón, le abrí el botón y la cremallera de los pantalones y metí una mano entera para comprobarlo. De nuevo en el mismo día volvía a oír campanas lo mismo que si hubiera sacado el premio gordo de una máquina tragaperras.

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Kojak estaba más empalmado que una película alternativa en la versión especial del director. Y yo me iba a comer su chupa-chups con premeditación y alevosía, con toda la intensidad de una aspirante a estrella del cine porno en el casting de su vida.

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Ven p’acá, que te voy a comer el chupa-chups

Si “El Turco” tenía un aparato amatorio cuasi perfecto, el del Sr. Romano era grande y caprichoso, curvo y atravesado por venas, como esculpido por algún artista del Renacimiento en busca de la expresividad de la carne dentro de la piedra. “Chupa, Lola, chupa. Y después métetelo hasta el fondo. Más le vale tener un condón a mano, porque no puedo estar más excitada…”. Lolita Grilla susurraba algo en el fondo de mi cabeza, pero yo ya había pulsado el botón de silencio en mi conciencia y eran sonidos ininteligibles.

 

Menos mal, tenía el condón. Humo blanco: habemus papam (que no se ofendan los religiosos, así de importante era la situación). En el bolsillo pequeño del chaleco llevaba el escudo protector. Se lo puso de motu proprio y diligentemente en lo que tardamos en darnos un beso más profundo. Se sentó en la tapa del inodoro, con los pantalones y los calzoncillos por las rodillas. Me ensartó en su miembro. Estaba tan mojada que entró de golpe, y cabalgué con él adentro durante un rato, sus dientes circundando mis areolas, sus dedos arañando mi cintura, mis piernas haciendo equilibrio para mantener la posición y no precipitarnos contra el suelo o las paredes de aquel minúsculo habitáculo provocando ningún ruido sospechoso…

 

Cuando me tenía a punto de caramelo, me alzó con ambas manos cogiéndome por las caderas y me enfrentó al espejo, mirándome a los ojos a través del mismo.

– Inclínate un poco. Quiero follarte de pie y ver tu cara reflejada mientras te corres.

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Visualicen un espejo frente a los dos tórtolos e imaginen cómo se ven a sí mismos

Imposible decir que no ante tal claridad de pensamiento. Sus deseos fueron órdenes. Al fin y al cabo, eran deseos míos en igual medida. Yo también quería ver su cara en el espejo mientras descargaba su arma letal dentro de mí.

Puse el culo en pompa como perra en celo, y sentí la dureza de su verga abriéndose paso cual ariete echando abajo la puerta de un castillo medieval. ARIETE.jpgEn aquella posición la curva imperfecta de su apéndice se acentuaba y favorecía la fricción con mi punto G. Tuve que morderme el labio inferior para no gritar, y extender bien los brazos a ambos lados contra los paneles que formaban aquella lata de sardinas vertical para no golpearme la cabeza involuntariamente ni provocar una salida indeseada del objeto follador identificado…

cohete-espacial-85172Esperó que llegara a mi climax para ponerle al cohete la potencia final y, así como él me observó fijamente mientras yo me perdía en mi silencioso orgasmo, yo lo contemplé fascinada cuando su rostro se frunció de placer al regalarme con su falo el salto cuántico final en nuestro despegue conjunto hacia la estratosfera.

Con un lametón en la oreja, como hizo en la pista de baile la noche anterior, el Sr. Romano, que había resultado ser una mezcla improvisada entre astronauta y gladiador sexual, le puso el sello personal a nuestro encuentro de altos vuelos y, limpiándose rápidamente, se volvió a uniformar y salió del baño como si nada hubiera sucedido, con la actitud de quien se acaba de lavar los dientes tras una cena copiosa.

Yo me adecenté lo más que pude y, dos minutos más tarde, con todo el glamour del que una es capaz dadas las circunstancias y toda la reafirmación que le puede proporcionar a un ser humano beneficiarse a dos personas distintas en menos de veinticuatro horas, me dirigí a mi asiento con pisadas de geisha y disimulo felino, intentando pasar lo más desapercibida posible ante los pocos ojos abiertos que había en aquella cabina de aquel avión, que para mi tranquilidad estaba negra como boca de lobo.

Me instalé de nuevo en mi asiento-cama, me tapé con el edredón, me puse mi antifaz y mis tapones en los oídos y me evaporé felizmente en la oscuridad envuelta por el calor de mi propio cuerpo y la sensación de hambre saciado en la piel, sabiendo que por más que soñara era imposible superar con la imaginación el último día vivido en carne propia.
Me despertó la voz del capitán anunciando el descenso a Madrid, me había saltado el desayuno sin pretenderlo, y me levanté al baño por última vez consciente de que el aterrizaje se acercaba. Por supuesto, me topé con César, que con ademán reverencioso me abrió la puerta del WC cual mayordomo del siglo XIX inclinándose ante la dama de la casa. No pude evitar soltar una breve carcajada, pero bajé la mirada y la oculté tras las pestañas para no delatarnos. Regresé a mi sitio, enderecé el respaldo y me abroché el cinturón de seguridad. La tripulación comenzó a revisar la cabina y a despedirse de los pasajeros, y por supuesto el Jefe no podía ser menos. Al llegar a mi fila, con la mayor demostración de pachorra que he visto en mi vida, hizo el numerito final de amable descaro.

– Srta. Mento, perdón, le voy a terminar de asegurar el asiento, le falta un poco. – Inclinó su pecho hacia mí mientras presionaba el botón indicado para dejarme en la posición correcta para aterrizar. Mientras se aproximaba alzó las pupilas hasta clavarlas en las mías. Su nariz estaba tan cerca de mi boca que me dieron ganas de morderla, aunque por supuesto no lo hice. Desde mi trono de pasajera vip podía sentir aún en él el olor a sexo.

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Yo, olisqueando al Sobrecargo sexy después del mutuo coito

– Espero que haya disfrutado del vuelo. Ha sido un verdadero placer atenderla, y esperamos verla pronto a bordo.

Me extendió su mano derecha, la estreché, y noté que en el apretón de manos me estaba pasando un papel de forma discreta. Lo guardé dentro del puño y le agradecí por mi parte.

– Nunca me habían tratado con tanta deferencia en esta compañía. Gracias por todas las atenciones.

– Aquí estaré siempre para servirla, Lola.

– Llámame de tú… – Y le hice un guiño.

– Vale, Lola. Ya sabes dónde estoy. Si me necesitas, silba.

Era posible que este macho de los cielos fuera un cinéfilo disfrazado de bruto? Esa era la frase famosa de Lauren Baccall en “Tener o no tener”, la película en la que Bogart se enamoró de ella y por la cual su regalo de boda fue un silbato de oro.

Como cantaba Rubén Blades, “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida“. Qué bonito cierre para una escena, justo antes de hacer el necesario mutis por el foro… Desdoblé el papel que tenía guardado en el puño. Como era de esperar, en él estaba escrito su número de teléfono. Me dieron tentaciones de romperlo, tirarlo a la basura, deshacerme de él. No se me ocurría un final más digno y cinematográfico que aquel en el que él me había dicho: “Ya sabes dónde estoy. Si me necesitas, silba”. Nada que pudiera ocurrir después mejoraría aquel momento.

Lola, no desinfles la fantasía con la banalidad. O, como un irlandés me diría después en otra historia: “No estropees el recuerdo con la realidad”. Tanto monta, monta tanto. El caso es quedarse siempre con lo bueno. Pero no, debo confesarlo: no tiré a la basura aquel número de teléfono. Y os voy a dejar con la intriga sobre si algún día lo utilicé.
(Ésta es una historia basada en hechos irreales de la vida. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Ningún chef argentino trágico, sobrecargo caradura de aerolínea ibérica, violinista japonesa, aeronave Airbus 330-300, polla perfecta, moto de ciudad, baño de avión, asiento de clase ejecutiva, calvo tatuado o semental de rasgos mediterráneos ha sufrido daños durante la redacción de este texto. El hotel Carillon continúa en pie en la parte norte de Miami Beach, El Turco sigue follándose indiscriminadamente a toda tía buena que le acepta un baile a pesar de sus penas de amor y el doble de Kojak aún utiliza en las discotecas del planeta la táctica del: “Estás perdiendo el tiempo con este fantoche” sin darse cuenta de que su verdadero talento está en el trabajo, enfundado en su uniforme. Yo, por mi lado, he empezado a incluir en mi kit básico de viaje una caja de condones. Porque nunca se sabe, y más vale estar preparada.)

© Lola Mento

CALIFORNIA DREAMING (O las aventuras de un autobús azul llamado Lola)

CALIFORNIA DREAMING

Cuando lo vi sentado plácidamente en su silla de camping sobre el techo del autobús azul, oteando el horizonte de forma impertérrita, con sus impertérritos abdominales recortándose bajo el sol, pensé: bueno, vale, de acuerdo, los dioses griegos existen.

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El Apolo de la Bahía

Desde su atalaya inverosímil, por supuesto, esta deidad sin mito clásico asociado, oculta tras sus Rayban tradicionales y su bañador a tono con el vehículo también inverosímil, no le devolvía la mirada ni a las gaviotas que planeaban a su altura. Es lo que tienen los dioses, me dije a mí misma, que no se relacionan con seres inferiores. Aunque yo, que soy mezcla de diosa y humana, soy capaz de codearme con todas las especies… y así me va, claro.
Ante semejante estampa de libro de texto de 6• de E.G.B., no me quedó más remedio que hacerle una foto y publicarla en InstaClan, a sabiendas de que por lo menos dieciséis o diecisiete de los comentarios iban a rezar: “buenorro”, “tío bueno”, “macizo”, “cañón”, “pedazo de hombre”, “quién es ese macho alfa?”, o ya directamente “si no te lo comes, por favor preséntamelo”… Etcétera, etcétera, etcétera. Así que saqué mi foto, la compartí con el mundo virtual y acto seguido me dispuse a hacer lo que realmente había venido a hacer: instalar mi toalla y rendirme en los brazos de Lorenzo. Y no, cuando hablo de Lorenzo no me refiero a ningún italiano estupendo con bíceps esculpidos por el mismísimo Miguel Ángel así como la tableta de chocolate del objeto de mis publicaciones. Me refiero, literalmente, al astro rey y a sus brazos, que en lugar de músculos y dedos, lo que tienen son rayos. Y calientan, sí, pero de otra manera.

Pues eso, que allí figuraba yo, con mi anatomía apenas cubierta por un bikini negro metalizado y elegantemente desparramada sobre una toalla de micro fibra color coral, mientras la rugiente marea del Océano Pacífico (el nombre es irónico, claramente) y la brisa intensa del azul circundante me poseían de la forma más absoluta, así como a Madonna la poseían los efluvios del romanticismo en el vídeo-clip en el que le cantaba al mundo que se sentía virgen surcando los canales de Venecia con su corpiño de novia (hombreras incluidas) y su falda de gasa llena de volantes, lo mismo que una ola, pero en versión pop.

Y entre ola y ola, grano y grano de arena, soplo y soplo de aire, yo me abandoné al relax que supone estar de vacaciones y me permití, por primera vez en mucho tiempo, fluir con el universo y con mis propias hormonas, pero en contra de toda madurez o principio intelectual que hubiera albergado anteriormente.

Aunque estaba retirada del mercado y sólo me interesaban cosas serias, no lo quise evitar: el dios griego del bañador azul me llamaba con cada poro de su piel. Y, además (Oh, fortuna!, como canta apoteósicamente el coro en “Carmina Burana“), después de un par de horas había descendido de su altar y estaba a pie de orilla, al nivel de los mortales, mojándose los perfectos pies de ser mitológico en las riberas de aquella agua brava (horror, me vino a la memoria el anuncio de perfume con la parejita ochentera y su pelo al viento en el velero)  y regalándome miraditas desde el otro lado de sus Rayban vintage img_3330mientras yo, desde mi campamento playero, con todo el descaro, le tomaba al interfecto fotos y más fotos con el móvil, riéndome de mí misma y de todas las antecesoras femeninas de mi familia, mientras fingía que fotografiaba a los surfistas y al paisaje en aquella tarde de luz y mar.

Y, entonces, sin que nadie excepto él lo oyera, desde las altas esferas del Olimpo el consejo celestial dio su aprobación y este Apolo de la bahía, tras dirigir la vista hacia mí y comentarle algo a su fornido amigo, viró su escultural figura a la derecha y comenzó a caminar en mi dirección con paso ágil pero a cámara lenta, article-0-0f5676a100000578-709_306x423así como David Hasselhoff en la cabecera de la serie televisiva más famosa de los noventa, hasta que se detuvo frente a mí y, con tono resuelto y un fascinante acento americano, me regaló un: “Hi! How you doin’?”, al más puro estilo Joey de “Friends.

Yo, haciéndome la impasible, con cara de “Everything’s cool, baby” (o sea: “Todo está tranquilo, corazón-no me inmuto por nada-estoy más calmada que un plato de sopa”) le devolví el saludo y lo dejé hablar. Si era un ente superior, tendría habilidades comunicativas, no? Pues nada, a currárselo, bonito, a ver cómo se hacen las cosas aquí en California.

Se llamaba Dick Pierce y tenía (nada más y nada menos, pero sobre todo nada MENOS) veinte nutridos años dentro de ese cuerpo del delito que daban ganas de asesinar a golpe de polvos…

Encima el nombre lo acompañaba. Tendría la polla perforada y decorada con algún accesorio de acero quirúrgico? No lo pude remediar y de forma instantánea visualicé en mi mente un pequeño aro en la punta de su miembro, lo cual me provocó una sonrisa maliciosa permanente y un indicio de erección psicológica durante toda nuestra charla casual.

Como quien no quiere la cosa, después de soltarme la bomba de su edad (doy gracias a Zeus que tenía al chico bien entrenado y no se le ocurrió preguntarme a mí la mía), cambió de tema y comenzó a hacer pesquisas sobre los motivos de mi viaje a Oceanside. Le conté que estaba visitando a una buena amiga que vivía allí, que estaba de vacaciones y que me marchaba cuatro días más tarde. Me contó que estaba allí sólo por el fin de semana, porque había un campeonato de surf femenino y al lado de la playa habría una feria con vendedores varios entre los cuales estaba él junto a sus dos socios, en el autobús azul.img_3317

Su empresa, que era un negocio ambulante enfocado en surfistas, producía camisetas con estampados varios, todas en algodón ecológico y con precios absurdos, aptos sólo para esnobs del océano. Se llamaban “Misu & Co.” y “Misu” significaba, en idioma nativo americano, “olas en el agua”. Su lema era “Never stress” (nunca te estreses). Muy conceptual, vamos

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Y ahora voy a traducir nuestro breve diálogo, para que no digáis que desde que viajo a USA escribo en lenguas foráneas.

– Te llamas Lola, verdad?

– Sí. Lola Mento.

– Como los caramelos de menta?

Me reí sonoramente, nunca se me había ocurrido.

– Sí, como los caramelos. Pero en singular. Soy refrescante por mí misma, no necesito ayuda.

El que soltó una carcajada entonces fue él.

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He aquí la prueba palpable de que aquel autobús y yo éramos tocayas

– Tiene gracia, nuestro autobús azul tiene tu mismo nombre de pila.

– En serio? Lo llamáis Lola?

– Oh, sí. Ese bus es una mujer.

Me agregó a Fakebook para estar en contacto, me mandó un saludo por mensaje interno y me comentó que al día siguiente habría una fiesta en un bar cercano, por si quería ir. Acto seguido me invitó a conocer el famoso autobús azul, in situ, en aquel momento. Y yo, dentro de mi cabeza, que debo de reconocer que estaba recalentada por el sol, me dije a mí misma: “What the hell?”. O sea, en cristiano: “Qué demonios?”. Y seguí sus glúteos playa arriba hasta el aparcamiento.

El bus tenía los escalones de acceso forrados en césped artificial, así como gritándole al mundo: “Sí, esto es un medio de transporte, pero hay gente que vive en él y a esa gente le gusta tener su metro cuadrado de jardín. Algún problema?”.

Al llegar nos encontramos con uno de sus socios, el “fornido amigo” de la orilla, un macho bastante más mayor que él, musculoso, ancho de espalda y tatuado hasta el infinito y más allá (o así me lo quise imaginar yo)704f1943d1c728143d50c3dfe17902d6 que, a pesar de su cara de mala leche, o quizá precisamente por ella, daban ganas de acorralar y estampar contra la mesa de aquel comedor itinerante para darle una lección de humildad, de semidiosa a humano. Pero no, no lo hice. Fue tan sumamente borde que cuando lo saludé, graciosamente descalza y enfundada en mi bikini, respondió con un gruñido propio de un Neanderthal y bajó la mirada, concentrándose en su merienda de cereales con yogur. Pues bueno, tú mismo. Y continué prestándole atención al impúber con madera de Apolo, que al menos aparentaba mirarme con interés y tener ganas de acción.

Había camisetas colgadas a lo largo del interior de la “nave”, y prendas almacenadas en cajas ordenadas detrás de una cortina. Los camarotes estaban al fondo, repartidos a ambos lados tras las ventanillas delanteras del vehículo.img_3309

El desorden era como de habitación de internado universitario, pero en versión vacacional. Había arena en cada rincón, lo cual convertía aquella vivienda y tienda móvil en una playa con ruedas. Las vistas al mar estaban aseguradas, ya fuera desde los asientos delanteros o desde el mismo techo en el cual yo había divisado originalmente al veinteañero. Sólo faltaba sentir la gran marejada, pronosticada por los meteorólogos para ese fin de semana en aquel rincón de costa en que nos encontrábamos.

Pero, en vista de la sensación de intromisión del momento (el fornido amigo continuaba masticando sus cereales con yogur mirando al plato y sin emitir más que bufidos), dejé mis ganas de experimentar la gran ola a un lado y elegantemente hice mutis por el foro y regresé a mi puesto original con mi toalla, a disfrutar de las últimas caricias de mi querido Lorenzo en aquel día (insisto, no me refiero a un italiano macizo, sólo a la estrella en torno a la cual gira la Tierra… Lamentablemente).

Esa noche, mientras me tomaba una copa de Pinot Grigio con mi amiga Lina en su jardín y le relataba el evento inter-generacional del momento, recibí un mensaje de Mr. Dick (entre Lina y yo decidimos que ése iba a ser su sobrenombre) en el cual me informaba de que él y sus colegas estaban recién duchados, tomándose unas cervezas y “con ganas de hacer algo”.

Yo aún ni me metía en la ducha, y estaba al borde del precipicio que me conduciría al intenso abrazo de Morfeo, y mi amiga, que es pintora y en aquella época se encontraba en plenas obras del local que hoy es su propia galería de arte, estaba rendida y con cero interés por recibir teenagers en su casa. Y eso que, más allá del fornido come-cereales (que por supuesto no entraba en la ecuación), la foto del otro socio de Mr. Dick prometía…

Mr. Eriksson era un vikingo de tomo y lomo, rubio como la cerveza, mezcla de sueco y floridano, con una sonrisa que le hubiera permitido saquear cualquier territorio a lo pirata y un cuerpo que le hacía a una desear probar el cuerno en carne propia, sin casco y a lo loco.

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Aquí el socio vikingo

Pero no. No era la noche. Los niños de mi amiga dormían en el piso de arriba y el dúo dinámico sacado de un catálogo de Abercrombie & Fitch no había hecho ningún esfuerzo por convencernos de lo imprescindible de su presencia. Por más que sus anatomías incitaran al pecado original, y que sus nombres sugirieran buenos presagios (si el nombre del Apolo de la bahía sonaba a verga enjoyada, el vikingo tenía una antena de telefonía móvil bien plantada en el apellido y su nombre de pila, Jan, significaba estaca), el hecho de que se sintieran con derecho a no adorarnos a nosotras (que somos las verdaderas diosas) nos tenía, sinceramente, más que frías.

Porque, a ver (y que me perdonen -o no- los machistas que me puedan estar leyendo en este instante), en aquella situación, si alguien tenía asegurada la fiesta eran ellos dos. Por más que los tiempos hayan avanzado una barbaridad, estos chicos eran dos meros Dustin Hoffmann en “El graduado”   (en versión Mr. América, eso sí) y nosotras dos experimentadas Mrs. Robinson físicamente tan divinas como ellos y además con MUCHO más que enseñarles carne adentro y piel con piel.

Sin mencionar la capacidad de demorar el placer, cosa tan necesaria ante el ímpetu juvenil y la urgencia fisiológica de correrse a las primeras de cambio… Ay! (Es que lo pienso y sufro).

Contesté al mensaje diciéndole al señorito Pierce que mi amiga no quería recibir visitas, y quedé en vernos al día siguiente en la playa.

Mi polvo de esa madrugada fue conmigo misma, y con mi amigo a pilas. No el de tamaño natural con dos cabezas, cuerpo de oruga y antenas, sino el de viaje, chiquitito pero juguetón. Y al menos, después del inesperado calentón mental transgeneracional, logré dormirme relajada. Y mi clítoris también.

A la mañana siguiente desperté con mucha fe en el Universo… Hasta que, mientras me tomaba un café con leche endulzado con panela y me comía unas tortitas caseras hechas por mi amiga con todo el amor del que una colombiana residente en EEUU es capaz, revisé mi e-mail y me encontré con un correo de mi jefe que me decía que necesitaba que adelantara mi regreso al día siguiente porque había una marca importante que quería incluir en la tienda, con la que había conseguido por fin una reunión, y ese cliente exigía tratar conmigo, y solamente conmigo, por encima de todas las cosas.

Mi gozo en un pozo. No podía decirle que no, porque si esta jugada me salía bien podía suponerme un ascenso, así que llamé a la aerolínea ibérica y adelanté mi viaje de regreso.
Mi amiga se entregó a sus quehaceres del día y yo me fui a la playa, con mi bikini azul, para hacer juego con el autobús famoso. Si era mi última jornada en Oceanside, la iba a aprovechar. Agárrate, Lorenzo, que allá voy. Y lo que van a ver tus ojos puede ser interesante (no te pongas celoso, tú sólo me tocas desde lejos, y este cuerpo necesita contactos en la cuarta fase).

Llegué llena de mí, con el amor propio a la altura de las nubes que bordeaban al sol (Lorenzo querido, estoy tan alta como tú, no te hagas el divino) y pasé, como quien no quiere la cosa, por el aparcamiento donde mi alter ego estaba estacionada. Sí, me refiero al vehículo inverosímil, al cual sus dueños habían bautizado con mi nombre.

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Yo, haciéndome la californiana

Con todo el encanto que el ser rubia teñida me da, me acerqué a saludar a Mr. Dick. Había gente alrededor paseando por los distintos puestos (de toallas redondas, pulseras hippies, accesorios surferos, etc.) y gente entrando a ver la ropa, visitando a Lola. Yo me limité a saludar al interfecto de los abdominales cincelados por Michelangelo y mirada oculta tras las Rayban vintage y le informé de que por un imprevisto laboral tendría que viajar de vuelta a España al día siguiente, así que aquel era mi último día.

– Habrá que aprovecharlo al máximo! – le dije.

Asintió sin prestarme mucha atención.

– Hablemos más tarde, estaré en esta zona, cerca de la orilla – especifiqué.

– Ok, hablemos más tarde! – respondió.

Y, con mi cuerpo de semidiosa y mi look californiano improvisado, me alejé cadenciosamente hacia el mar, como una modelo en algún anuncio de agencia de viajes promocionando algún destino paradisíaco diseñado para gente rica.
La tarde estaba espectacular, y yo llevaba conmigo un termo lleno de sangría casera con mucho hielo, así que no sólo disfruté de las caricias doradas del astro rey y el abrazo intenso de las olas sino que pude relajarme también por dentro. Todo el entorno era un sueño, y yo me abandoné a él.

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Un día cualquiera en Oceanside

A última hora, justo antes de que el sol empezara a caer, apareció el señorito Pierce. Se sentó a mi lado en la toalla y me espetó:

– Así que te vas mañana?

Me encogí de hombros, contestándole “sí” con la cabeza.

– Y qué te parece si nos despedimos tomando algo en el autobús azul?

Al oír eso se me pusieron los pelos de punta, pero en el mejor sentido imaginable.

– Me parece una excelente idea.

Diez minutos más tarde el Apolo de la Bahía se encontraba con esta Lola, dentro de la otra Lola, pasando el rato, hablando de cualquier cosa con una cerveza en la mano. Si algo tenía mi alter ego era un refrigerador que se enfriaba más que un pingüino en tierra de glaciares, así que esa cerveza era un elixir, qué digo un elixir, un refrescante oasis en medio del desierto.

– Le haría el amor a esta cerveza… – se me ocurrió comentar.

– Tus deseos son ordenes para mí – dijo él impúber hijo de Zeus.

Y, ni corto ni perezoso, se bebió de un trago lo que quedaba de líquido elemento, cogió el botellín aún helado, movió hacia un lado la parte de abajo de mi bikini y empezó a tantear mi vulva con la punta del cristal.

Sonreí maliciosamente, mordiéndome el labio inferior de la boca. Mis otros labios también sonreían, y se agrandaban de excitación al sentir el cuello de la botella dando golpes a su entrada como quien llama a una puerta con implacable urgencia. Aún era demasiado pronto para correrme, así que simplemente corrí hacia los lados los triángulos de la parte superior de mi bikini, como quien corre la cortina de un teatro para que empiece al fin la función. Y, entonces, sin que ningún director de escena me avisara, entró a las tablas otro personaje. Era Mr. Eriksson que, ligeramente sonrojado, pidió disculpas por la intromisión.

– Si no te molesta que él esté aquí, a mí tampoco – expresó el Apolo de la Bahía.

Moví la cabeza horizontalmente mientras me pinzaba a mí misma ambos pezones con los dedos.

– Bienvenido a bordo, Jan – dije mirando al vikingo a los ojos mientras internamente me preguntaba si tendría “la antena móvil” bien instalada.

No hace falta que imagines, Lola, lo puedes comprobar tú misma, pensé. Y, al tiempo que el Sr. Pierce abría otra cerveza regándome con ella y se bebía mis pechos mojados, le bajé el bañador al Sr. Ericsson con un movimiento de mano seguro a la par que pausado, para poder disfrutar fotograma a fotograma del placer de aquel paisaje humano mientras me dejaba querer y lengüetear por los morritos sexy del impúber.

Eso era una antena bien plantada, sí señor!

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Antena de Ericsson en la ciudad de Kista (Suecia)

Me dieron unas ganas irrefrenables de montarla, de lamerla, de tocarla hasta sacarle brillo, como mágica lámpara de Aladino, para que me concediera los tres deseos pertinentes del momento. Pero mi conciencia – esa morena que llevo adentro y a la que llamo “Lolita Grilla” – me gritó en silencio: “Espera!”. Y yo, para variar, le hice caso, por si una vez más tenía razón y yo, con la emoción, no me estaba dando cuenta.

El Sr. del cuerno maravilloso, ante la presencia admirada del público presente – o sea, yo – y ante su compañero de reparto, que continuaba mordisqueando mis areolas como si le fuera la vida en ello, empezó entonces por hacer un alarde de equipamiento y, cual si tuviera por miembro un arma de guerra medieval, empezó a mover las caderas para impulsar su polla en círculos, lo mismo que un soldado con su mangual, pero en versión porno.

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Por un segundo dudé si llevarme a la boca aquella maza de cadena de carne y hueso y atravesarme el coño con la lanza de Apolo, o viceversa.

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Thor, hijo de Odín

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Apolo y su lanza, o cetro, o mango (llámalo X)

Lo cierto es que el nivel de deseo no me permitía tomar decisiones, sólo fluir, así que me dejé llevar alegremente por los actores de la situación y terminé por comerle el divino falo (que finalmente no tenía piercing alguno) al hijo de Zeus y ser simultánea y felizmente atravesada por la estaca del hijo de Odín, que embestía como un toro con su aguerrido cuerno y empujaba rítmicamente con sus gloriosas nalgas.

Tuvimos después un momento de pausa – porque hasta los dioses necesitan recuperar el aliento – en el que, entre jadeos ahogados y suspiros desvaneciéndose, descubrí algo inquietante. No sabía desde qué instante exactamente, pero había un observador en esta película de tres. Resulta que no éramos tres, sino cuatro. El “fornido amigo” de la orilla estaba sentado en el suelo en un rincón, contemplándonos. Tenía la mano derecha dentro del short, los ojos vidriosos y los labios entreabiertos en actitud de turbación. Al encontrarse nuestras miradas mientras Dick y Jan yacían semi inconscientes al filo del ronquido, se incorporó y, caminando hacia nosotros con un notorio bulto bajo el pantalón, me soltó: “Ahora que has jugado un rato con los niños, estás lista para un hombre de verdad?”.

De entrada no pude evitar carcajearme, pero acto seguido le contesté. Su pregunta era en serio, y mi respuesta también.

– Para un hombre de verdad estoy siempre lista.

Me tomó de la mano, me ayudó a levantarme y me condujo a la zona de literas, dejando atrás a sus colegas dormidos y cerrando después la puerta de madera tras de sí. El Neanderthal prefería la privacidad y tenía maneras delicadas, curiosamente. Me pregunté, dentro de mi mente, si toda la mala leche que había mostrado el primer día estaría acumulada donde debía…

Me besó con tal intensidad que olvidé quién era, dónde estaba, en qué trabajaba, cuál era mi estado civil, de qué color era mi cabello originalmente y hasta qué edad tenía. Aquello no era un simple morreo, era un agujero negro y caliente en el cual perderse a propósito, en el cual encontrarse frente a frente con tus mejores demonios, en el cual quedarse a vivir con la esperanza de no alejarse ni un centímetro de aquella fluctuante excitación que se movía en círculos, como un bucle infinito de placer.3fd Sin preguntarme siquiera mi nombre ni dirigirme una palabra, me despojó por completo del bikini que, ya desplazado de su posición original, no estaba cubriendo ninguna de las partes que debía y bruscamente me giró, entrelazando sus palmas con las mías y extendiendo los brazos de ambos sobre una de las literas superiores, a la vez que frotaba fuertemente su bulto contra mi culo desnudo. Mi vagina chorreaba ansiosa, y mi pelvis se agitaba como un látigo de espaldas a la suya. Y entonces, tras enfundar su espada en la debida protección, me penetró lenta y profundamente, así, de pie, sin vernos las caras, mientras como un león me mordía el cuello y yo maullaba estentóreamente cual gata en celo. Aún no comprendo cómo los otros dos no se despertaron en mitad de tal escándalo, pero agradecí haber terminado cayendo en manos del HOMBRE de aquel grupo, y, de semidiosa a Neanderthal, en primer lugar por lo bueno que estaba y en segundo por lo borde que había sido la tarde pasada, me ensañé amorosamente en darle su merecido sin ningún tipo de reparo o de clemencia.

Después del primer orgasmo me di la vuelta, me acerqué a su cara, le mordí el labio inferior y acto seguido deslicé mi lengua desde su mentón hasta su ombligo, sin pausa alguna. Justo al llegar a su pubis me encontré con un tatuaje. Era una cabeza de hado o demonio, con los pelos de punta, que se entroncaba con su rabo formando la figura completa. Mi imaginación, en este caso, estaba en lo cierto: el fornido amigo estaba tatuado hasta el infinito y más allá.
Arrodillada ante el genio de la lámpara de Aladino

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Frota, que sale el genio!

(al parecer él poseía la auténtica, y no el hijo de Odín), mientras le sujetaba los redondos y generosos cojones con una mano, miré hacia arriba buscando sus pupilas. Me perforó de vuelta con ellas y me mostró la punta de su lengua al filo de la boca, mientras emitía un breve gemido. Con la pierna derecha empezó a amasar mi seno izquierdo, que se erizó de inmediato, y yo me dispuse a devolverle aquel beso perfecto, con toda suavidad y dedicación, pero en sus partes nobles. Primero abracé su glande con mis labios empapándolo de calor, después comencé a recorrer el tronco de su verga a lametones, y un rato más tarde la verga entera surcaba el interior de mis fauces cual navío navegando en un excepcional crucero, en espera de la tormenta perfecta. Pero no, todavía no.

Antes de la gran marejada yo necesitaba montar a aquella bestia. Así que, con gesto picarón, agachada como estaba, di un par de palmadas sobre el colchón de la litera de abajo que quedaba frente a él y le ordené: “Túmbate”. Como un sumiso corderito me obedeció sin rechistar y se recostó boca arriba, su falo más erecto que la Torre de Hércules, como queriendo alcanzar el cielo con la punta y declararse al mismo tiempo monumento histórico patrimonio de la humanidad. “Tranquilo, que vas a tocar el cielo con la punta”, recalcó en silencio la voz en mi cabeza, como si él pudiera oírla. Y me encaramé a aquel faro humano sin más preámbulos, a ver si, además de mostrarle a él el paraíso, me iluminaba y lograba avistar yo el fin del mundo, o veía la luz al otro lado del túnel del clímax como quien va al más allá y tiene la fortuna de volver para contarlo.

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Los camarotes del bus azul y su luz violácea

Sentada sobre aquel potro sin silla alguna, cabalgando a ritmo creciente y disfrutando de cada golpe y cada salto, circundada por los neones violáceos de aquel dormitorio rodante con vocación de discoteca, la piel bañada por su blanquecino azul como dentro del tubo de una ola, me sentía como una sensual brocheta en proceso de armado, cada parte de mí ensartándose una detrás de otra en la vara de hierro de su miembro, lista para echar a la parrilla y cocinar al fuego para ser devorada después hasta no dejar ni una fibra sin saborear…

Tras otro orgasmo por mi parte, con el que estoy convencida de que desperté no sólo a sus colegas sino a todos los muertos vivientes que pudieran estar pasando cerca del estacionamiento, el macho alfa puso en acción sus dotes de mando y me indicó que cerrara los ojos, sin hacer trampas. “Te voy a mostrar quién es el jefe aquí”, añadió.

Acaté sus órdenes, entre sobreexcitada y sin resuello, y entonces sentí su respiración sobre mi vientre como un soplo proveniente del mismísimo infierno. Abandonada a la caricia de su boca, que enardecía mi clítoris para después aliviarlo con un chorro de saliva, para después succionar sutilmente mis labios mayores y lamer los menores, para después hacer inmersión en mi vagina con su lengua entera, para después, con el extremo de la lengua, martillear a golpecitos de nuevo mi clítoris, para después chupar mi vulva completa con una amplia apertura de mandíbula, para después regar mi pelvis de pequeños besos, como una lluvia de estrellas a la puerta del coño, me di cuenta de que me había salido de mí misma y estaba flotando en un limbo sin tiempo ni espacio asociado, en el que su humanidad y la mía eran meras excusas para sabernos parte de algo mucho más grande y entender que el goce verdadero nos conecta con nosotros mismos, con la esencia de los otros, con la energía interminable del universo…

No sé si aquello fue, como cantaba Enrique Iglesias, una “experiencia religiosa“,  si me había metido en una especie de purgatorio carnal en el que estaba pagando alegremente todos mis pecados o si, definitivamente y sin pretenderlo, había asistido a la primera sesión de sexo tántrico de mi vida. Pero, fuera lo que fuera, GRACIAS, DIOS MÍO, GRACIAS. Si me prometes que portándome bien voy a ser premiada con una sensación así por lo menos una vez al mes, me hago un exorcismo ahora mismo. Y si es Satanás con quien tengo que tratar, que me traiga el contrato y una pluma y le vendo mi alma sin más dilación. Que ya a estas alturas me lo quiero pasar bien lo más que pueda!!

“Déjate de tratos con el demonio e inscríbete en un seminario de neotantra”, apuntaba en mi cabeza Pepita Grilla. “Y, cuando no haya machos al alcance, sigue practicando el taoísmo”. Pues bueno, habrá que aplicarse. Y, de momento, la tarea era rematar aquella sesión mística y erótica con el fornido amigo que ni siquiera sabía cómo se llamaba ni a qué nacionalidad debía su gallardía… y ni falta que hacía, en realidad.

Afortunadamente para mí, el Neanderthal come-cereales era, más allá de lo aparentemente parco, realmente generoso y eficaz. Y, además, era consciente en extremo de los estados en los que él mismo me inducía, y de los cuales sabía sacarme (de golpe y porrazo si era preciso) para continuar enardeciendo los ánimos y la escena convirtiéndolos en un placentero círculo sin fin… O con fin, vale. Pero qué fin!

Después de aquel masaje lingual y sin par de mis países bajos, el Señor de los Colmillos me dio un mordisquito en el ombligo y, dedicándome una mirada matadora, me preguntó: “Are you ready for the big wave?” Perdón, en cristiano: “Estás preparada para la gran ola?”. A lo que yo respondí en tono irónico: “Qué gran ola?”.

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Sirva de ejemplo gráfico “La gran ola de Kanagawa”, de Katsushika Hokusai

No dio tiempo ni a que transcurriera una décima de segundo y el Señor de los Colmillos, cual vampiro súper veloz, estaba sobre mí, alrededor de mí, dentro de mí, metiéndome su estaca en las entrañas y mordiéndome el corazón a bocados mientras penetraba mi cerebro con todo su ser. Por primera vez entendí el concepto americano: “Fuck your brains out“. Literalmente, este hombre me estaba follando hasta los sesos, y yo no dejaba de querer más. A esas alturas estaba ya tan sumamente caliente y agradablemente desquiciada que hasta la postura del misionero en la que decidió finiquitar sus pasiones conmigo me resultó extremadamente porno.

Nunca hasta entonces había observado y disfrutado hasta ese punto la cualidad de primitivo en un partenaire sexual, es más, la gran mayoría me había parecido aburrida por comportarse así… Con él, sin embargo, la cópula tradicional era una fiesta. Si me empalaba a cuatro patas, la diana de sus movimientos perrunos era mi punto G, pero si me atravesaba frente a frente, con sus pupilas inmersas en las mías mientras me embestía, el blanco era mi hiperactiva mente, que se ensanchaba y crecía al ritmo de su herculiana y luminosa polla, faro absoluto de mi coño-navío en busca de tierra.

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La Torre de Hércules, gemela arquitectónica del miembro del fornido amigo

La gran ola llegó y arrasó conmigo entera, y yo quedé pululando a la deriva en su marejada lo mismo que un surfista derrotado por la inmensidad. Pero algo de consciencia me restaba y, agarrándome a su miembro como si fuera una tabla de salvación, busqué sus ojos y le dije: “Quiero ver cómo te corres”.

Se le escapó una sonrisa por la comisura izquierda de la boca, y se irguió levemente para levantar sus caderas a la altura de mi cintura. Yo me tocaba los pechos y el clítoris con una mano, indistinta y desordenadamente, y con la otra bien firme abrazaba aquel cetro de poder, arriba y abajo, mientras su dueño gemía y se tornaba cada vez más gigante ante mi vista. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… Hasta catorce. Y la espuma rizada de la gran ola bañó mi vientre, mi cuello, mi cintura, mis pechos, mis mejillas como un chorro de perlas fragmentado cuya última gota cayó sobre mis labios en gesto, casi, de homenaje. Lo besé entonces en los morros, devolviéndole de nuevo el ósculo original que me había llevado hasta allí… Estaba encantada de haber comprobado que su inicial mala leche efectivamente se encontraba acumulada donde debía.

Ninguno de los dos dijo una sola palabra más. Me limpié el semen con una toalla mientras él me comía con los ojos. Me puse el bikini, se puso el bañador, nos levantamos y salimos del autobús. Los otros dos colegas ya no estaban allí. Bajé por la escalera detrás de él, él extendió su mano derecha para ayudarme.

– Gracias. – Mi cara de felicidad batía cualquier récord Guinness imaginable.

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Entre cachonda y complacida, verdaderamente HAPPY

– Gracias a ti.

– Por cierto, cómo te llamas? – Se rió a carcajadas.

– Importa? – Me preguntó.

– A mí sí. Quiero poder escribirte una nota pública de agradecimiento. Y además tengo curiosidad.

– Llámame como tú quieras. No estropees el recuerdo con la realidad.

El tipo era intrigante, pero tenía su punto de razón.

– Dime al menos de dónde eres. Porque ese acento sexy no es americano.

– Irlandés. Y tú?

– Española.

– Un gusto conocerte, española ardiente.

– El gusto es mío, irlandés sexy.d6e8698e7d2650637c28b68eccc5eb75

Y, al compás del guiño de sus pestañas, di media vuelta y regresé a la playa, a despedirme de Lorenzo y de aquel paisaje maravilloso antes de que nos invadiera el inevitable atardecer y, como Cenicienta de la arena, yo me convirtiera irremediablemente en calabaza.

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Mi cuerpo serrano sufriendo los estragos del sol californiano

No sé cuánto tiempo pasó desde que me di el último baño y me tumbé en la toalla hasta el momento en que el grito de una gaviota me despertó; el grado de relajación en mi cuerpo era tal que supongo que simplemente me había desmayado de pura somnolencia y extenuación post coito.

Desorientada, abrí los ojos y miré alrededor. Apenas quedaba gente, y la luz comenzaba a fundirse entre el naranja y el púrpura en un concierto visual de poesía en sol menor.

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El paraíso, apagando las luces

Sentí que me ardía la piel, y me espanté al comprobar que yo entera estaba más roja que una ración de carabineros a la plancha… Del dolor de cabeza, mejor ni hablar. El cráneo parecía que me iba a estallar en cualquier momento. Tenía los labios tirantes de resecos (me refiero a los de la boca) y mis otros labios se encontraban extrañamente tranquilos y sin sensación de inflamación alguna. Qué raro… O será que… No, no podía creerlo. No era el grito de la gaviota lo que me había despertado, no… Era la realidad. La puta realidad!!!

Era posible que todo lo que recordaba se tratara de un mero sueño??? Invadida por el más absoluto desconcierto, aún me resistía a la decepción de aquella idea.

Me vestí con cuidado, dolorida por los estragos del astro rey, y me acerqué al puesto de socorristas más cercano.

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El socorrista de turno

Un chico jovencito con cara de bueno me preguntó si estaba bien.

– Al parecer me he quedado dormida al sol. Tienes algo para el dolor de cabeza? – Asintió, con un gesto entre la lástima y la risa, y me dio una pastilla y un vaso de papel con agua fresca, que sacó de su nevera portátil.

– Gracias. Tú llevas aquí todo el día, verdad?

– Sí.

– Me viste llegar y después marcharme? Recuerdas por casualidad a qué hora volví?

– Señorita, no sé qué hora sería, pero usted no se ha movido de ahí en toda la tarde. Me fijé cuando llegó por su camiseta con la bandera americana. Después de un rato se fue a bañar, estuve atento de que no entrara al mar por la zona con peligro de corriente, porque ya he tenido que ayudar a salir a un par de personas desde que hay marejada.

– Entonces han sido varias horas… – Me quería morir allí mismo, bombardeada por la comprobación verbal de los hechos. Señalé mis rojeces con ambas manos, riéndome de mi propio desastre.
– Algún consejo?

– Hidratación, señorita. Alejarse de la playa durante unos días… Y mucho aloe vera. Es sólo una leve insolación, se le pasará.

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Soy sólo yo, o estos frascos son sugerentes??

Recogí mi dignidad del suelo y me fui, silenciosamente, con la música a otra parte, haciendo un esfuerzo máximo por ser invisible, cosa que era una utopía porque parecía un semáforo en rojo con patas… y pelo rubio.

Cuando iba de camino a casa de mi amiga, el señorito Pierce se dignó dar señales de vida con un mensaje en el que me decía que iba con sus socios a la famosa fiesta para, acto seguido, compartir la ubicación. Me pidió que le mandara una foto de Lina para enseñársela a Jan, el vikingo. Él compartió conmigo el perfil del otro.

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Mr. Eriksson

Le contesté que no alcanzábamos a ir a la fiesta, y que si querían vernos iban a tener que presentarse a domicilio con un buen vino bajo el brazo.

Al arribar en el oasis de la casa de mi amiga (me pareció un oasis después de haberme chamuscado yo sola en el infierno) le pedí prestado el aloe vera y me encerré en la ducha a limpiar mi libidinosa cabeza, sacarme de encima los restos de arena y reparar mi epidermis con el bálsamo milagroso. Una vez refrescada y con la mente aplacada, me senté con ella en el jardín a compartir una botella de Sauvignon Blanc del Valle de Napa y le relaté con pelos y señales la historia completa de la jornada.

Más allá de los efectos del exceso de radiación y de los efectos del alcohol, los efectos de mi propia calentura psicológica nos estaban produciendo un ataque de risa prolongado que igualaba en intensidad al mejor de los orgasmos descritos por mí misma en el autobús azul… Y entonces Mr. Dick, haciendo un alarde de aparente ingenuidad y preocupación por “conocerme más”, me escribió de nuevo preguntando si aún seguía ahí.

El personaje no había tenido la decencia ni de venir a verme a la toalla durante cinco minutos en todo el día, encima de que yo lo primero que había hecho había sido pasar a saludarlo y de que él tenía dos socios eficientes que podían perfectamente cubrir su presencia en la tienda rodante durante un breve lapso de tiempo. Cero demostración de interés, vamos.

Por muy Apolo de la Bahía que fuera, hasta los dioses ponen de su parte para conquistar mujeres, ya sean éstas diosas como ellos, semi diosas del mundo real o vulgares humanas del submundo. Y, si no, que se lo digan a su padre Zeus, que se había follado el Olimpo entero, un selecto grupo de la humanidad y parte del extranjero interestelar.

Además, para qué nos vamos a engañar, ninguna realidad en la que aquel impúber engreído formara parte de la ecuación superaría jamás el universo paralelo que yo conocí en mis sueños. Como me había dicho el irlandés sexy sin nombre dentro de mi propia fantasía, me repetí a mí misma lentamente: “No estropees el recuerdo con la realidad”. Y le di calabazas al príncipe del autobús azul, respondiendo a su mensaje dos horas más tarde para decirle, al más puro estilo Alejandro Sanz pero en otras palabras: “Te lo agradezco, pero NO“.
A la mañana siguiente, en el tren rumbo a Union Station, ingresé en Fakebook para curiosear y descubrí que el señorito Pierce me había bloqueado.

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Mr. Dick, posando con su cuernuda novia

Se me escapó una carcajada, y llamé a Lina para contarle la anécdota. Lina entró en la red inmediatamente a buscar al individuo y descubrió que en su foto de perfil salía abrazado a la típica rubia californiana con cuerpo de gimnasio, que el título rezaba: “Tengo la novia más espectacular del mundo” y que la foto acababa de publicarla ese mismo día.

– Ves? Por algo pasan las cosas. – Concluí.

– O más bien, por algo NO pasan. – Añadió mi amiga en tono jocoso.

– Tienes razón. Aunque la parte del amigo fornido me hubiera gustado vivirla, qué quieres que te diga!

 

(Ésta es una historia basada en hechos irreales de la vida. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Ningún impúber egocéntrico, Apolo de la Bahía, vikingo con el cuerno bien puesto, irlandés sexy sin nombre, socorrista californiano, botella de vino del Valle de Napa, playa paradisíaca o gaviota con complejo de despertador ha sufrido daños durante la redacción de este texto. El autobús azul, que sigue llamándose como yo, continúa recorriendo las playas del planeta – al menos en Estados Unidos – vendiendo camisetas de diseño surfista y precio absurdo a todo esnob del océano que se precie, Zeus está considerando seriamente bajar de nuevo a la tierra a poner orden y esta Lola que os habla ya no sale de vacaciones a la playa sin un detector de mentirosos y su cargamento de aloe vera… Por si acaso.)
© Lola Mento 💃🏼

DICKENS RECARGADO (O cómo convertir el clásico “Cuento de Navidad” en una pesadilla contemporánea)

DICKENS RECARGADO

PREFACIO

Mi ex marido, dentro de mi corazón, estaba muerto. Hacía ya un buen tiempo que así era y ni mis latidos ni mi mente ni mi alma, ni siquiera mi memoria ni mis seres queridos más cercanos tenían ninguna duda al respecto.

Mi amor propio había firmado el acta de defunción, y ni el mismísimo Diablo se hubiera atrevido a manipular dicho documento para hacerlo inválido. Era definitivo. Desde el día que decidí: “Se acabó” no existía la posibilidad de una resurrección de ningún tipo. Estaba fuera de mi sistema. Completamente. Más muerto que el clavo de una puerta, diría Dickens. Más extinguido que el fuego que nunca fue real, diría yo.

Y, si no hubiera sido por los extraños eventos de aquella brevísima temporada, ni siquiera hubiera tenido motivos para acordarme de su previa existencia. Hasta los recuerdos se habían desvanecido cual sombras en un agujero negro. Quedaba sólo la experiencia, fortaleciendo mi persona más allá de todo, ajena al arrepentimiento o al resquicio de la posibilidad; lejos, muy lejos del pasado que sólo importaba en términos de recorrido y que, asimilado, me había llevado a ser la Lola que era en ese instante, y el origen de la Lola que soy hoy.

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El fantasma de mi ex marido, vagando por el Limbo

Como comentaba: estaba muerto, descabezado, matado y rematado, aniquilado, descuartizado, desintegrado, hecho cenizas y volcado a lo hondo del mar, cadáver asesinado y desechado por sí mismo y condenado a vagar en la inmensidad del olvido por los siglos de los siglos, amén. Yo misma le había dado la extrema unción cuando llegó el momento, así que su inexistencia era un hecho constatado. Y la ausencia de recuerdos asociados a él, una verdad aplastante. He ahí lo extraordinario del suceso que aconteció después.

 

I – EL FANTASMA DEL FUTURO

Era invierno en Nueva York, y yo estaba de paso por trabajo, a horas de distancia de mi vuelo de regreso a Madrid, cuando me llegó el aviso de un match en Ok Stupid, y casi inmediatamente un mensaje del mismo individuo a la bandeja de entrada. Italiano, coctelero profesional/actor ocasional, de atractivo semi arrogante, elegante, carismático, con rasgos de macho sofisticado y el gesto determinado de quien cree que el mundo es suyo, simplemente por ser quien es. Y escribía en un español bastante correcto, lo cual era un plus.
Era jueves, y me ofrecía tomar algo o cenar el domingo. Maldición: yo me embarcaba al día siguiente por la noche de vuelta a los Madriles.
Trabajaba en el bar de uno de los restaurantes de más renombre de la Gran Manzana, así que por supuesto su único día libre era el que me proponía para nuestra primera cita, por lo cual las posibilidades de conocernos se redujeron inmediatamente a casi cero. La única opción era tomarnos un café esa tarde antes de que entrara a trabajar, así que, ni corto ni perezoso, quedó conmigo en encontrarnos en el “Espresso Bar” de Madison con la 66.
Yo llegué puntual, me senté en una mesa mirando de frente a la puerta, pedí un capuccino y me conecté al wifi del local. Sonó Whosapp: “Discúlpame, voy a llegar un poco tarde, 10 minutos más o menos, estoy detenido en el metro, no me mates!”.
– Jamás te hubiera matado por 10 minutos jajaja… Soy española, no alemana!

Efectivamente, diez minutos más tarde de la hora acordada hizo su aparición el italiano neoyorquino hispano-parlante. El tipo era puntual incluso para ser impuntual.

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Por favor, deténganme

Estilosamente abrigado, vestido de negro de pies a cabeza excepto por el toque bicolor de su bufanda, que le agregaba una pizca de luz al conjunto a través del gris, con unos zapatos estilizadísimos que parecían valer más de lo necesario, unos pantalones pitillo impecablemente desarrugados y un chaquetón entallado a la perfección, como hecho a medida por algún sastre de manos hábiles. Y caminando más erguido y con paso más firme que un carabinieri milanés.
Era bajito, eso sí. Al menos, desde el punto de vista de mi metro setenta y cinco de súper hembra ibérica… Pero su presencia se imponía desde la intensidad de una mirada que, al hablarte, no pestañeaba. Una mirada que de fija resultaba casi opaca, que se te metía adentro sin pedir permiso y al tiempo ocultaba en su inalterable oscuridad cualquier información sobre su dueño.

 

Me levanté para recibirlo y me saludó con dos rotundos besos en las mejillas, al modo mediterráneo. Mientras traían su espresso me empezó a contar que le encantaba todo lo español y que había vivido en Barcelona entre el 2007 y el 2009, trabajando como creador oficial de la carta de cócteles del restaurante baluarte en cocina experimental de la capital catalana.

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El italiano, controlando la situación en el curro

El hombre era un peso pesado en lo suyo, estaba claro. Y, más allá del perfeccionismo matemático del arte de mezclar licores, había una gran cuota de creatividad en lo que hacía. Empezamos a hablar de la madre patria, y de productos made in Spain, y me dijo que la invención favorita de su vida había sido un cóctel hecho a base de orujo de miel de los Picos de Europa, cava catalán, ginger ale, jengibre y romero, y que había bautizado, como el pasodoble, “Suspiros de España”. Le conté que mi familia materna provenía justo de esa zona, y que yo siempre tenía en mi congelador una botella… “Qué suerte! Aquí es imposible conseguirlo”, declaró con cara de pena. “Yo te puedo traer uno la próxima vez que venga”, le dije con una sonrisa cómplice. “Por favor!”, respondió. E inmediatamente, casi atropellándose a sí mismo, preguntó: “Y cuando sería eso?”.
Continuamos conversando de forma intensa y desordenada: que si soy el prototipo de mujer que le gusta, que si más allá de la moda (que es a lo que me dedico) lo que yo más amo es escribir, que si su pasión es la fotografía en blanco y negro, que si yo no puedo concebir el mundo sin belleza, que si él echa de menos la espontaneidad hispana, que si mi mejor amiga vive en Queens, que si él lo que quiere es una relación estable y alguien con quien disfrutar la vida y por sus horarios imposibles le es dificilísimo conseguirlo, que si yo me separé hace dos años y medio y estoy aburrida de historias efímeras y personajes que sólo buscan sexo, que si además de su trabajo como cocktail boy había empezado a hacer un pequeño papel en una nueva serie de televisión que se rodaba en la Gran Manzana, que si yo tenía un “oscuro” pasado como modelo, que si él después de un año solo tras su última ruptura se había dado cuenta de lo importante que era que existiera alguien especial esperándote cada noche al llegar del trabajo…

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Con respecto a lo laboral se le veía comprometido, orgulloso, metódico y al mismo tiempo un poco ahogado por la responsabilidad. Con respecto a lo personal, su enfoque suponía refrescante en contraste con la horda de “Peter Panes” y “Niños Perdidos” a la caza y captura de la lucha de espadas del momento, el abordaje fugaz en territorio femenino o las ansias por ser consentidos cual bebés en el seno de una figura materna temporal.

Nos despedimos con el pacto de mantener contacto y volver a vernos en mi siguiente visita al reino de Miss Liberty, y esa botella de orujo de miel quedó marcada como baluarte palpable de mi regreso, y de un segundo y prometedor encuentro.

Me marché de “la ciudad que nunca duerme” con una inyección de esperanza en el género masculino, casi tentada de pensar locuras como lograr un traslado laboral a Nueva York y sobre todo con muchas ganas de hacerle los honores a un comentario que Mario dejó flotando en el aire con un suspiro mientras rodaba los ojos hacia arriba para acto seguido clavarme las pupilas en el fondo del cerebro : “Realmente me encantas… Por qué no vives aquí?!?”.
Nos mandamos varios mensajes por Whosapp esa misma tarde y durante los siguientes días, muy concisos pero certeros; en el primero yo le decía: “Ahora que te he conocido no me quiero ir”. “Pues no te vayas, joder!”, fue su respuesta. “Pero tengo que trabajar!”, añadía yo. “Entonces vuelve pronto”, replicaba él.
Recién llegada a Madrid yo ya estaba maquinando pretextos para viajar de vuelta a Manhattan, y mi mejor amiga, Yolanda, la que vive en Queens, ante mi ataque repentino de romanticismo transoceánico estaba a medio camino entre espantada y fascinada, pensando que me había trastornado pero a la vez soñando con tenerme cerca, residiendo en la misma ciudad, después de tantos años de forzosa distancia y eternas conversaciones telefónicas, cibernéticas y a ratos casi telepáticas.

Con Mario el contacto era disperso en el tiempo pero concreto en términos de lenguaje, su modo de comunicarse era más bien monosilábico pero muy rotundo en cuanto a declaración de intenciones. Cuando después de marcarme el malabarismo del momento con mi jefe y encontrar el modo de regresar a Nueva York con coartadas profesionales le pregunté al italiano qué le parecería verme en dos semanas más, su contestación fue un “SIIIII!!!” mayúsculo y exclamativo que me hizo sonreír desde lo más hondo de las entrañas…
Así que me lié la manta a la cabeza y, con la venia de la empresa, me hice con un billete de avión y metí una botella del mejor orujo de miel en la maleta.orujo-con-miel-picos-de-cabariezo-070cl

II – EL FANTASMA DEL PRESENTE

Aterricé en el aeropuerto de JFK con pronóstico de tormenta, niebla moderada y seis pulgadas de nieve acumuladas, no sólo en la ciudad, sino alrededor de la mismísima pista en la que mi avión posó sus ruedas y replegó sus alas.

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JFK Airport, aquel día

Mi amiga Yola, la noche anterior, estuvo a punto de poner un altar con velitas y rezarle a todos los santos para que yo lograra arribar sana y salva, porque el parte meteorológico de aquella semana era el menos alentador de los últimos cinco inviernos, y un invierno en la Gran Manzana es algo verdaderamente crudo, además de poco apetecible para cualquier ser humano sin complejo de esquimal o monje tibetano. Ni que decir tiene que la selección de modelitos para aquel viaje exprés fue una odisea estilística, algo así como “Cómo ser fashion, verte sexy y no morir en el intento a -10 grados centígrados de temperatura con hielo, ventisca y lluvia de copos blancos”. Es más, después de aquello creo que debería considerar la posibilidad de publicar un manual al respecto, a lo Carrie Bradshaw, y estoy convencida de que se vendería como rosquillas…
En fin, volviendo a lo que estábamos, el clima no podía ser más inclemente, pero mis ánimos no podían ser más indiferentes a tal detalle a pesar de que en las últimas noventa y seis horas no había sabido nada del cocktail boy y que, de hecho, no había recibido ni un triste “Ok” como respuesta al mensaje en el que le avisaba del día y hora de mi llegada. Pero es que él era un chico extremadamente ocupado, que trabajaba seis días a la semana e incluso terminaba dedicándole algún domingo a cursos de especialización o reuniones con el dueño del local de postín al que vivía consagrado… O al menos eso decía de sí mismo.

 

Una vez ingresé en mi hotel, descansé un par de horas, me aclimaté dentro de lo posible y me puse manos a la obra con las actividades laborales que había utilizado como excusa para desplazarme hasta allí. Fui a una feria de diseño alternativo, hice revisión de tendencias en los escaparates principales, me reuní con un creador novel en cuya ropa había mostrado interés el gran jefe… Por las noches me juntaba con mi amiga, la de Queens, y mientras cenábamos jugábamos a arreglar el mundo entre vino y carcajadas y a discernir el porqué del silencio actual de Mario, que había pasado de las firmes ganas de volver a verme a la desaparición más “Houdiniana” de la última era.

Tres días más tarde, y en vista de que “Houdini” insistía en no manifestarse, puse en marcha el Plan B. Si la montaña no venía a Mahoma, Mahoma iría a la montaña. Dentro de un escenario realista, las posibilidades de que la montaña se alegrara de ver a Mahoma eran casi nulas, pero ya que estaba en Nueva York, y kamikaze como soy, elegí no volverme a España con la duda. Y, además, yo soy una mujer de palabra, y al coctelero profesional le había jurado que la próxima vez que pasara por allá le llevaría el dichoso orujo de miel, y por mis santos ovarios (que los tengo cuadrados) se lo iba a llevar aunque fuera lo último que hiciera en relación con su persona.


Así que aquel sábado, tras terminar con mis deberes y redactar el e-mail correspondiente con mi informe, me abrigué como para subir al Himalaya pero sin perder el atractivo (porque incluso aunque me quisieran ignorar yo iba a ser la hembra más bella de aquella gélida ciudad y parte del Universo), y vestida con el mejor look agarré el licor envuelto en papel de regalo y me fui a buscar a Yolanda, a la que había convencido a pesar de su reticencia para que me acompañara en la heroica tarea de entregarle el regalo al señorito, con una sonrisa y un par de cojones, en el bar del restaurante en el que hacía sus pócimas para el público.

 

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Yola y yo, antes muertas que sencillas en plena nevada

 

De subway en subway y tiro porque me toca, recorrimos Manhattan desgastando los tacones sobre la nieve y el asfalto helado, no sin algún que otro atisbo de resbalón con improperios rabiosos de Yola y ataques de risa míos incluidos en el trayecto, hasta que alcanzamos el destino final y, tomando aliento para armarme de valor, miré a mi fiel amiga y le dije: “Vamos”.

 

En aquella situación propia de heroína de un film de Almodóvar cabían dos posibilidades oficialmente contrapuestas. Una: que el individuo se alegrara notoriamente de mi aparición sorpresa. Dos: que mi espontaneidad lo horrorizase y saliera corriendo. Pero, como ya he comentado al relatar otras aventuras, no es mi estilo perder el tiempo ni me van las medias tintas, así que con aquella maniobra radical al menos lograría la verdad y, por extensión, la certeza suficiente para decidir pasar la página o añadir otro párrafo más o menos largo a esta historia a medio camino entre “Mujeres al borde de un ataque de nervios” y algún capítulo tragicómico de “Sex & The City“.

Wonder-Woman-Xena-Warrior-Outfit-Movie.pngCon los abrigos en el brazo chispeados de microscópicos y albos copos, los gorros colgando de los dedos, los cuerpos en proceso instantáneo de descongelación y una expresión facial de implacable determinación (al menos por mi parte) nos plantamos ante la barra del exclusivo establecimiento cual dúo de Mujeres Maravilla – Princesas Guerreras y, en cuestión de segundos, con perfecto timing, como por arte de magia, compareció el incauto contendiente en el campo de batalla, al otro lado de la línea de fuego, desprevenido como estaba ante aquel avance de tropas femeninas venidas repentinamente desde el otro lado del charco.

Su rostro fue un poema. Uno realmente contundente. Con cierto tono de pasmo, debo especificar.

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Mario, al vernos llegar

Le dije “hola” de lejos con la mano mientras pronunciaba su nombre en voz alta. Se acercó, saludó, le presenté a Yolanda. Le extendí el paquete con el orujo de miel: “Lo prometido es deuda”. Se le abrieron los ojos redondos como platos: “En serio??”. Se le veía palpablemente agobiado en aquel contexto, y encima de eso bastante descolocado con la visita, aunque no sé por qué tanta extrañeza, si yo le había escrito avisándole de mi viaje con fechas específicas… A ese último Whosapp, claro, no había contestado, pero leerlo lo había leído, evidentemente.
Me preguntó qué iba a hacer después, y me anunció que saldría a la una de la mañana del trabajo. “Estaremos de copas”, respondí. “Hablemos más tarde, te parece?”, concluyó.
– Vale.

Un par de besos en las mejillas, y salimos de allí echando humo cual hermosos ángeles del infierno, nuestros tacones en contraste con el frío mudo del pavimento, dejando huellas incandescentes y sonoras a pesar de que por dentro nos sentíamos un poco como adolescentes locas perpetrando maldades y haciendo tonterías más propias de dos niñas que de dos rebeldes con causa.

 

A las dos de la mañana sonó por fin la campana de Whosapp en mi móvil. A esas alturas, y después de varias cervezas y mucha conversación inteligente entre amigas, cualquier atisbo de percepción romántica se había desvanecido para no recomponerse jamás. Pero de alguna manera mi curiosidad necesitaba ser satisfecha, quería comprender lo incomprensible, entender el cambio de actitud, ver de qué estaba hecho aquel fantasma…
– Gracias por el orujo! Qué haces??

Le envié una foto que nos había sacado el camarero un rato antes.
– Tomando algo en Astoria. En Dominie’s.

– Yo estoy cerrando el restaurante, estoy muerto, y mañana me tengo que levantar a las 9:30. Joder.

Al día siguiente era domingo, pero él tenía que acompañar a su jefe a un seminario sobre quesos americanos. (Sí, como suena. Lo que no inventen los hijos de Miss Liberty… Cuándo será que descansan??).
Le expliqué que al día siguiente a última hora de la tarde yo tenía mi vuelo de vuelta a Madrid, y que a mí me gustaría pasar esa última noche con él. Si él realmente quería verme era ahora o nunca. Era decisión suya.

 

III – EL FANTASMA DEL PASADO

Me envió su dirección y me citó allí en media hora, advirtiéndome que por la mañana se tendría que marchar temprano, y que ahora estaba un poco dormido y lo tendría que “despertar”.
Le pedí el número de apartamento, para saber a qué timbre llamar cuando llegara. Me dijo que allí nos veríamos, que estaba subiéndose a un taxi y llegaba en cinco minutos. Yo salí en otro taxi rumbo a su casa, y a partir de ahí dejé de tener conexión wifi, así que quedé condenada a comunicarme con él por mensaje de texto, porque mi empresa en aquel viaje no tenía ninguna urgencia en términos de contacto y por tanto no me había contratado la itinerancia de datos.
Una vez ante su portal, le envié un SMS: “Ya estoy aquí, cuál es tu número de apartamento? Me estoy congelando afuera”. La sensación térmica a las casi tres de la mañana era de unos quince grados bajo cero, y yo me petrificaba por instantes mientras esperaba respuesta al maldito mensaje. Y la respuesta no llegaba.
Miré al edificio, sólo había una luz encendida. Tratando de ser certera cual flecha de Guillermo Tell, calculé el piso y toqué el timbre que parecía ser el suyo… ERROR.

Suspicious Woman Opening Front Door

Suspicious Woman Opening Front Door — Image by © Don Mason/Corbis

Me respondió una señora que resultó ser su casera, y que me abrió la puerta, lógicamente, con cara de muy pocos amigos. Me disculpé con ella varias veces en el inglés más polite que encontré dentro de mis archivos idiomáticos, y farfullando un “It’s ok, it’s ok“, señaló hacia arriba y se esfumó en la penumbra.

Mario apareció en las escaleras silencioso pero corporalmente hecho una exhalación, con gesto de indignación, hablando en susurros como ente demoníaco de ultratumba mientras las pupilas le destellaban en la oscuridad lo mismo que carbones encendidos.

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Mario, poseído

Durante una décima de segundo me dio miedo, pero hice el ejercicio de mirarlo con incredulidad y tomármelo a risa. Pero no, no era broma. Estaba enfadado, nivel Dios. O nivel Satán, para ser más apegados a la verdad y no insultar a las energías superiores. Me costó dos minutos reorientar mis sentidos y darme cuenta de ello, pero estuve segura de su enojo cuando en la boca del estómago me golpeó una sensación conocida que hacía mucho tiempo no tenía, y que básicamente se trataba de un nudo de rabia por estar siendo tratada injustamente.
Internamente desconcertada pero consciente de las molestias causadas, le pedí perdón por la metedura de pata, explicándole que, después de haberle preguntado un par de veces cuál era el número de apartamento y no haber obtenido contestación alguna, y encontrándome al filo de la hipotermia, no me había quedado otro remedio que adivinar su puerta y aventurarme a tocar el timbre que parecía corresponderle. Qué culpa tenía yo de que él no me hubiera proporcionado la dirección completa?!?
Su reacción, cómo no, eludía toda responsabilidad y cargaba el peso del “delito” sobre mis hombros. Porque él, por supuesto, según se presumía de su irritación impregnada en severidad, era un sujeto divino que todo lo hacía bien. Y el cosmos, también por supuesto, giraba en torno a su maravilloso centro y cada estrella, grano de arena, gota de agua, chispa de fuego o soplo de aire debía rendirle pleitesía como el ser sublime que era. Vamos, que el gilipollas se creía La Isla de Pascua.

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Mario creyéndose el Ombligo del Mundo, y yo poniéndome en huelga como Moai

Te pito o te henua. El Ombligo del Mundo. Mala suerte para él, porque yo nunca he tenido complejo de moai. Ni soy de piedra ni me voy a quedar quieta en mitad del océano cuidando nada ni nadie eternamente… Ya cumplí el rol de satélite una vez, cuando estuve casada. Y nunca más. Jamás de los jamases. Como me llamo Lola. Ni aunque vuelva a pasar por el juzgado, me arrastren al altar o bendigan mi amor en una ceremonia balinesa.

Positiva como soy, y sobre todo práctica, y al mismo tiempo algo ingenua también (debo admitirlo), cuando vi que su enfurruñamiento insistía en seguir dando vueltas y más vueltas en torno a ese ombligo divino que yo no reconocía como tal, le tiré el primer cañonazo de realidad a la cabeza, con la esperanza de conseguir un efecto favorable en su actitud.

– Te puedo hacer una pregunta? Tú realmente tenías ganas de volver a verme?? Porque si no me voy ahora mismo, y problema solucionado.

Por un ínfimo instante lo saqué de su condenado ombligo e incluso un poco de sus casillas.
– Por qué preguntas eso?

– Bueno, es que tu forma de comportarte no me está haciendo sentirme precisamente bienvenida.

De nuevo su rostro era un poema. Pero uno digno no de Shelley, sino de su esposa Mary, la autora de “Frankenstein”, si es que ella en lugar de escribir una novela hubiera plasmado su obra más famosa en poesía.

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– Quieres que me quede, o que me marche? – insistí.

– Voy a darme una ducha, y no pienso vestirme cuando salga. Ponte cómoda mientras tanto.

Si no llega a ser por su mal humor inicial, su determinación hubiera sonado absolutamente sexy. Y yo, que ya me había tomado la molestia de presentarme allí a las tres de la madrugada y que en veinticuatro horas me encontraría en un avión rumbo a la otra punta del planeta, a pesar de que percibía en el centro de mis entrañas una patente incomodidad con respecto a lo ocurrido, opté por concederle la oportunidad de reivindicarse. Mi espíritu pacifista solicitó amnistía, a pesar del martillo de mi experiencia, que renegaba de prórrogas o indultos golpeándome la conciencia cual lágrima insistente de grifo a medio a medio cerrar. No me gusta el conflicto: lo mío es hacer el amor, no la guerra. Y un buen polvo vale por sí solo. Si es que es bueno de verdad, cosa que nunca se sabe del todo hasta después…

Mientras en mi interior se libraba esta inútil e instintiva contienda, cuyo resultado estaba ya definido por más que mi angelito quisiera dominar la escena, me entretuve observando la decoración de su salón, que no podía ser más glacial, minimalista, impoluta y carente de emoción… “Igual que él?”, cuestionaba mi demonio.
Era un espacio perfectamente acorde con la personalidad de un psicópata.

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Un lugar sin energía, sin alma, como si nadie residiera en él. Podía haber sido un local comercial, una sala de espera de un dentista, una oficina moderna o una pequeña galería de arte, y esto último sólo porque en una de las paredes se alineaban milimétricamente varias instantáneas de moda en blanco y negro, reproducciones de imágenes de Richard Avedon que sólo un fashionista o amante de la fotografía hubiera sido capaz de identificar. Esa pared con las fotos y un par de libros (de Peter Lindbergh y Steven Meisel respectivamente) lo salvaban de encajar en el perfil de asesino en serie, pero igualmente el ambiente estaba cargado de una sensación de vacío digna de mencionar.
Hojeé los libros citados mientras, de fondo, escuchaba correr el agua de la ducha como sorda banda sonora de aquel momento con aroma a inerte y gusto a nada, y me descalcé para poder sentarme tranquilamente con los pies sobre aquel sofá gris que se sentía como recién salido de un muestrario de muebles, recién desempaquetado, sin una sola pelusa ni una sola mota de polvo ni un solo hilo fuera de sus costuras, sin perfume en sus fibras, sin memoria de vida, sin desgaste, sin historia.

Al cabo de unos minutos, Mario salió del baño pulcramente envuelto en una toalla blanca, con el torso desnudo y el pelo mojado, y observándome inquisitoriamente, con semblante muy serio, me espetó: “Todavía estás vestida”.
Reitero: obviando la mala leche con que me había recibido, y obviando lo déspota de su entonación general, su determinación hubiera sonado absolutamente sexy. Pero ya era imposible pasar por alto tanta cosa. Si esta misma situación me hubiera sucedido ahora, me habría calzado de inmediato los botines dorados, me habría cubierto con el chaquetón y el gorro beige de “auténtica piel de Muppet” y habría hecho un teatral mutis por el foro pegando un proverbial portazo del que aún se estarían recuperando sus irritables y mediocres tímpanos (y los de su casera, ya de paso). Pero, como señalé en el prefacio de esta narración, en aquella época yo era sólo la semilla de la Lola que soy hoy. Y esta anécdota sería una de las muchas que cimentarían ladrillo a ladrillo ese proceso, necesario a pesar de doloroso.

Se sentó a mi lado y, supongo que para intercambiar un par de palabras antes de ponerse a intercambiar fluidos, me preguntó si había tenido alguna cita más a través de Ok Stupid, a lo que respondí que no, sinceramente, teniendo que tragarme después que él me contara, así como si me fuera a interesar, que en la última semana había quedado con dos chicas distintas, y que con la primera había sido un desastre, pero con la segunda le había ido muy bien… A ver, tío, que después de lo visto hoy no iría contigo ni a la esquina, pero tampoco se trata de que me ningunees hablándome de tus conquistas mientras la que está en tu sofá y se ha ganado a pulso el polvo del sábado sabadete soy yo!!!
Una de dos: o este imbécil era un maleducado integral o es que en Nueva York no se estilan las normas mínimas de cortesía cuando se trata de llevarse a alguien a la cama… No, no hay ninguna duda: la alternativa correcta es la primera. Pero era tan inconcebible para mí que me quedé en blanco y no fui capaz de mandarlo al carajo en aquel preciso instante.

Acto seguido de la estimulante charla y sin más preámbulo (para qué más, con aquello ya era suficiente), el caballero andante del año empezó a besarme… Alabado sea Dios y bendita en el cielo su corte de ángeles cantores. Al fin ocurría algo lógico, ateniéndonos a la idea de que esto era una segunda cita, de que eran las tantas de la mañana y de que el italiano neoyorquino hispano-parlante me había convocado a esas horas directamente en su domicilio. No sé si por todo lo anterior, o simplemente porque definitivamente no era caliente, besarlo fue como besar a un lagarto en estado de letargo. Efectivamente el tipo estaba dormido y requería ser resucitado. O sea, que además de venir a verlo desde el otro lado del Atlántico, aterrizar en su puerta a solicitud cual delivery twenty four/seven, seguir sonriendo más allá de sus malas pulgas y esperarlo desnuda en el sofá cuando saliera de la ducha, había que utilizar todos los recursos existentes para revivirlos a él y a su polla y encima considerarse honrada por tener la ocasión. En dos palabras (como apostillaría el torero): IM-PRESIONANTE.

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Decir que era el colmo me parece un eufemismo, así que no emitiré más juicios de valor.

Mientras me besaba con toda la sangre fría que un ser humano puede demostrar, me cogió una mano y se la puso sobre el paquete, que, como ya estaréis imaginando a estas alturas, estaba, como su dueño, más muerto que vivo (y que no era nada extraordinario, debo aclarar). Tras varios frotamientos no parecía salirle mucho brillo a la lámpara de Aladino, ni mucho menos un genio dispuesto a concederme tres deseos… Fue entonces cuando él, quizá como una maniobra de distracción, me quitó los vaqueros y decidió acariciarme el clítoris y los pezones, por debajo de la lencería y alternadamente, aunque sin excesivo entusiasmo. Yo aún proseguía inocentemente manipulando sus partes, sin apenas cambios en la turgencia de las mismas, y definitivamente después de un rato nada había mejorado en el área crítica, por más empeño que pudiera ponerle como perfeccionista que soy para todo lo que hago.
Afortunadamente, por más paciencia que yo pueda tener (que en aquella época todavía era demasiada) el Universo determinó que ya el tono de castaño oscuro alcanzado en aquella coyuntura era más oscuro que un sudafricano perdido en las tinieblas en una noche sin luna y sin estrellas, y decidió darme un respiro.
Por inspiración divina, o por secreto decreto del mismísimo destino (quién sabe), el coctelero profesional/actor ocasional de ademán arrogante, bajito, dominante, desagradable, malhumorado, con ínfulas de macho de gran ciudad y el gesto engreído de quien cree que está por encima del resto simplemente por ser tan antipático como le alcanza con su miserable naturaleza, se aburrió de invocar a su líbido insurrecta y, rindiéndose ante la impotencia que mi presencia de real hembra le provocaba, desistió de continuar con la sesión de labores amatorias, liberándome de un plumazo, como quien suelta a un reo justo antes de ser ejecutada su pena de muerte, de la tediosa tarea de follármelo. Simplemente se levantó, se puso un pantalón corto y, dirigiéndose a mí con la dureza que su verga no había sabido desarrollar y un careto digno del personaje de Mr. Scrooge, dijo:cara-del-senor-scrooge
– Es tardísimo, y tengo que madrugar. Joder, no voy a descansar ni cinco horas. Me voy a acostar. Si quieres quedarte, quédate, pero sólo será para dormir.

Ahí fue cuando sucedió lo impensable… La aparición de la sombra, la manifestación de la energía extinguida, la resurrección del difunto, el regreso del espíritu desde el mundo de las memorias borradas. El fantasma del pasado reencarnado en el del presente: el rostro de mi ex marido proyectado con pasmosa claridad sobre el rostro del rezongón italo-americano.

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El fantasma de mi ex poseyendo el cuerpo del italiano

Me quedé helada por dentro, tan helada que la rabia o el desconcierto lógicos que hubiera podido sentir se congelaron también al ritmo del impacto. Lo vi, juro que lo vi. No estaba borracha ni me había vuelto demente. Era mi ex, hablándome desde este ente demoníaco de ultratumba que inicialmente había aparentado estar vivo, igual que aparentó él cuando lo conocí. Era mi ex, mirándome por encima del hombro de otro hombre, dirigiéndose a mí con una superioridad auto asumida, menospreciándome entera y verdadera, desperdiciando mi cuerpo serrano y mi entusiasmo innato con su falta de deseo, tratándome como si fuera tonta, imponiendo sobre mi ser su persona y su criterio y juzgándome con crueldad cual verdugo elegido por sí mismo al margen de toda ley. Pero yo sabía que en realidad estaba muerto… Descabezado, matado y rematado, aniquilado, descuartizado, desintegrado, hecho cenizas y volcado a lo hondo del mar, cadáver asesinado y desechado por sí mismo y condenado a vagar en la inmensidad del olvido por los siglos de los siglos, amén. Yo misma le había dado la extrema unción, maldita sea. Este truco psicológico de manipulación no le iba a resultar. Ni a él ni a nadie. Hacía ya dos años y medio que había dicho: “Se acabó”. Y ese “se acabó” estaba escrito en piedra, con un enorme punto final.

Miré el reloj, eran las cuatro y media de la mañana. Ante el despampanante despliegue de hospitalidad, quería salir de allí corriendo, pero necesitaba asegurarme de que tendría cómo llegar a mi hotel, o en su defecto a casa de mi amiga, que vivía más cerca de este indeseable.
– Consígueme un taxi y me voy ahora mismo.

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Sustitúyase la tapicería felina de la imagen por una tela gris para imaginarme en el sofá de Mario

Si mi difunto padre levantara
la cabeza y contemplara esta sucesión de escenas no lo creería: un hombre soltero y heterosexual con un pedazo de mujer dispuesta a tener sexo, a tiro en su sofá cual diana bien centrada, ataviada sólo con un sujetador y un tanga de leopardo y con energía suficiente para destrozar un colchón cabalgando alegremente sobre su afortunado falo, y el muy mariquita es tan gruñón que en vez de enfocarse en lanzarse a su yugular, hacer el salto del tigre y echarle un polvo como corresponde prefiere amargarse la existencia, retirarse a dormitar refunfuñando y echarla de su apartamento con cajas destempladas… Acabáramos.
“Este mundo está loco”, pensaría mi progenitor. “Menos mal que el idiota se va a ir al infierno de cabeza, porque si me lo topara de frente le partiría la cara de un guantazo. Sin contemplaciones”. (Gracias, papá, por defenderme. Aunque sea desde el más allá, de verdad: el apoyo me reconforta).

Ninguna de las aplicaciones choferísticas de su tablet encontraba vehículos disponibles en la zona… Los dos teléfonos de radio-taxi a los que llamó no contestaban… Yo ya me había vestido por completo y estaba preparada para poner pies en polvorosa y dejar de soportar su inhóspita compañía, pero a esa hora de la madrugada, en una zona de Nueva York que no era céntrica y en la que, por su cualidad residencial, no transitaba ni un alma por la calle, no me iba a lanzar a la vida con -12 grados de temperatura a deambular cual homeless en busca de un transporte, porque lo que cogería, más bien, sería una ineludible pulmonía… No era mi deseo quedarme, y así se lo expresé, pero ya que había tenido la mala idea de invitarme se iba a tener que aguantar y, al menos, prestarme su sofá hasta el amanecer.
– Bueno, yo me voy a dormir, si quieres puedes quedarte en el lado izquierdo de la cama y mañana temprano te acompaño a buscar un taxi.

– Ok, gracias.

Y me quedé a dormir sobre el yermo lecho lo más alejada posible de su humanidad, dándole la espalda y casi rezando para que el tiempo pasara rápido, muy rápido, y los taxistas de Astoria comenzaran su jornada y me rescataran de aquella pesadilla en la que ni yo sabía cómo había caído, víctima de mi esperanzada ingenuidad y mis ansias de ser sorprendida favorablemente por el sino. Como si los milagros existieran más allá de los que uno hace internamente… (Perdón si ofendo a los a devotos, pero yo creo más en el poder de la energía humana que en las cosas místicas y las doctrinas impartidas en colegios religiosos).

Salió el sol e iluminó la nieve. El reloj en la mesita de noche de Mr. Scrooge sonó estentóreamente, cual alarma de central nuclear en plena fuga radiactiva. Le di gracias al cielo, a Alá, a Buda, a Ra, a Yahvé, a Tao, a Jehová, a Vishnu, a Zeus, a Dios y a toda su corte de ángeles cantores con todo mi corazón, toda mi mente y todos los poros de mi piel (sí, ya sé que un párrafo antes declaré que creo más en la energía humana que en la divina, pero lo cortés no quita lo valiente y yo me tomo la licencia poética de usar todos estos nombres en vano si así llega más claro mi mensaje).
Como iba contando: se despertó hasta el gato de la casera con el ruido del despertador, y yo, que debí de haberme quedado dormida (dificultad derivada del trauma) unos diez minutos antes, me desperecé con desgana y cierto grado de desorientación. Entre nebulosas, mis pupilas vieron al “ente” ponerse en pie y mirarme de forma inquisitoria.

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El italiano, mirándome a lo Mr. Scrooge

– Vamos?

– No te vas a duchar antes de salir?

– No, te acompaño a buscar el taxi y vuelvo a arreglarme.

– Bueno. Voy.

Y me abrigué en un suspiro, de los botines al gorro, hasta llegar a la calle custodiada por el príncipe azul del momento, ya convertido en sapo desde hacía rato, y visiblemente lleno de verrugas tras mostrar su verdadero yo.

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Mario, odiando el invierno neoyorquino

– Esto es lo que odio de esta ciudad, no hay quien salga así, es horrible!!!

Mientras gruñía le daba patadas al hielo derretido sobre el asfalto.

La nieve había remitido en las últimas horas, y de las seis pulgadas acumuladas la noche anterior debían de quedar como mucho tres. Pero el rezongón italo-americano se quejaba y se quejaba y se quejaba, irritado con la circunstancia y con el clima imperante.

Le devolví la mirada inquisitoria de un rato antes y respondí, casi entre dientes, como hablando para el cuello de mi chaquetón: “Es invierno. Es Nueva York. En invierno en Nueva York nieva. Es lo que hay”. Y, tras encogerme de hombros, me subí al taxi que, un segundo antes, Mario había parado con un airado gesto de mano.
– Que tengas un buen día.

Aleteé los dedos ante su cara de culo, sonriendo irónicamente tras dedicarle mis buenos deseos.
Seventy fourth and thirty fifth avenue, please.

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Bendito taxi que estás en Astoria  (Foto de http://www.nellsdish.com)

El vehículo se puso en marcha, y en seguida llegué a casa de Yola. Mientras me disponía a poner el teléfono en silencio, al acostarme, entró un mensaje de texto: “Mi apartamento es el 2B”… A buenas horas, mangas verdes!!! Quise enfadarme con las redes telefónicas, pero definitivamente me dio risa.

La pesadilla había terminado. Fundido en negro. FIN.

Y pensé, para mis adentros: “Nueva York, te amo. Fantasma del Pasado, te acabas de ir al otro mundo de un puntapié. Y créeme si afirmo que no vas a encontrar nadie más en quien reencarnarte… Es la segunda vez que te mato. Y ahora sí que estás muerto matao’!”.

 

EPÍLOGO

(Ésta es una historia basada en hechos irreales de la vida. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Ningún italiano neoyorquino hispano-parlante, restaurante de postín de Manhattan, botella de orujo de miel ni taxista madrugador ha sufrido daños durante la redacción de este texto. La casera del edificio de Mario continuó durmiendo plácidamente aquella noche y lo único que falleció, además del fantasma de mi ex marido, fueron las botas que mi amiga Yola llevaba el día que recorrimos Nueva York sobre la nieve. Para que no quede duda, I still love New York. A pesar de los monstruos que una pueda encontrarse en la Gran Manzana… Como escritora que soy, me sirven de personajes, mejor aún cuanto más horribles. Y el escenario no puede ser más cinematográfico. De nuevo fundido en negro, FIN. Habrá aplausos esta vez? Eso… se lo dejo a mis lectores).

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© Lola Mento💃

EL CANTANTE DE JAZZ

EL CANTANTE DE JAZZ

Bajito pero grande en pretensiones, flaco pero con barriga, calvo pero de pelo largo, ojijunto, casi bizco (seria bizco también de las pelotas???).

Se le veía súper integrado en el ambiente, pero era de estos tipos desagradables que, a pesar de darle todas las señales indicadoras para que se aleje, sigue respirándote en la nuca con la expectativa de que cambiarás de parecer, manteniendo la voluntad de mosca cojonera más allá de los límites de la comprensión humana… 

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(verrugas.wordpress.com)

 Así como cuando esperé en la fila del baño y se me arrimó con mirada vidriosa diciendo: “Hi, how are you?”. “Fine, thanks“, y acto seguido clavé las pestañas en el suelo haciéndome la antisocial como la perra mentirosa que nunca hasta entonces había sido. Por supuesto, al salir del restroom, me topé de narices con su rostro de psicópata en miniatura, y con un simple “sorry” y un movimiento de cuerpo serpenteante esquivé su ridícula humanidad y regresé a la barra. 

Tardó cinco minutos en instalarse a mis espaldas, en las cuales podía sentir su aliento tibio… Estaba que me hacía lesbiana y le daba un beso con lengua a mi amiga sólo por que me dejara en paz.

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Yo, besando a mi amiga en mi imaginación (www.giphy.gif)

“Yo creo que éste mientras folla pone cara de asesino en serie”, pensé… Y, al tiempo que discernía todo esto y se lo expresaba a la potencial receptora del ósculo lésbico, mi otra amiga debatía sobre economía mundial con otro individuo casi tan desagradable como él.

Aquel restaurante italiano del Soho de Nueva York no merecía semejante clientela masculina… Aunque curiosamente el esperpento aquí descrito era uno de los asiduos, no sólo al bar sino también al pequeño escenario en el que el trío instrumental amenizaba las cenas, las copas y las tertulias en torno a éstas.

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Jazz Trio, Arturo’s, NYC

Mi séquito femenino, cuya mitad ya se había deshecho elegantemente del otro moscón experto en bolsa y crisis bancarias, se encontraba a medio camino entre el ataque de risa y el impulso de estrangularlo, y yo, a puro golpe de melena, me hacía la sueca con todo el poderío que da ser rubia teñida y tener un cerebro evolucionado oculto bajo dicha cabellera. 

El ataque de risa de mis consortes ganó rápidamente al impulso de estrangulamiento cuando (alabado sea Dios!) el ente que me había acechado desde que llegué al local se alejó al fin de mí… Pero, oh, sorpresa! Si lo hizo fue única y exclusivamente para realizar una maniobra de seducción nunca imaginada.

En pleno brindis de exaltación de la amistad, Malena y Yolanda (porteña y madrileña, respectivamente), con gesto ojiplático y la boca abierta, apuntaron discretamente hacia el fondo del local, donde alguien se había hecho dueño de un micrófono y estaba comenzado a cantar “You do something to me“… 

Era mi acosador, concentrado en mostrar su mejor voz (porque mejor cara no tenía), y dedicándome con amplios movimientos de brazo y parpadeos certeros cada frase de aquella maravillosa letra del clásico americano. “Si Cole Porter levantara la cabeza”, me repetía a mí misma internamente… “Yo creo que éste mientras folla, además de poner cara de asesino en serie, canta”, concluí perfilando un poco más mi pensamiento inicial jocosamente, no sin cierto grado de repulsión ante la idea.

Mientras el interfecto se encontraba en plena gloria y apogeo entre los músicos, y sabiendo que no iba a interrumpir su actuación para hostigarme, mis queridas amigas me dejaron durante un momento para ir al tocador, y ahí quedé yo sola en el bar, con el encargado muerto de risa al otro lado de la barra observando la escena y mi melodioso a la par que feo admirador declarándome su amor fugaz a través del repertorio improvisado para aquella velada. 

Al menos el indeseable que había estado metiéndole conversación a Yola no tuvo ni oportunidad de acercarse a mí para comentarme los movimientos bursátiles del año, porque se veía sumamente ocupado discutiendo quién sabe de qué estupidez con otro macho más grande y más borracho que él al que, de hecho, tuvieron que echar al poco rato por atentar contra el orden y la tranquilidad del restaurante… Así que en aquel intervalo de desprotección no sufrí de ningún acoso nuevo ni reiterativo por parte de nadie, y sobreviví dignamente hasta el regreso de mis cómplices en la noche neoyorkina, que llegaron, si cabe, con más ataque de risa del que tenían cuando se levantaron de los taburetes contiguos para ir a “empolvarse la nariz”, como se decía en las películas antiguas.

– No te lo vas a creer… Es muy fuerte.

Malena sonreía maliciosamente mientras Yolanda me extendía con la mano una postal roja.image

Era un díptico con pétalos de rosa impresos en la parte exterior y un texto que lanzaba al aire en inglés una pregunta: “Eres tú la mujer de mis sueños?”. Como subtítulo, una aclaración: “Una invitación a descubrir al hombre más dulce de Nueva York”. 

Le di la vuelta. En el reverso, dos cuartetos firmados por Shelley, el mítico poeta romántico inglés cuya esposa, también escritora, creó el mito de Frankenstein. Y una foto del soltero de oro en cuestión, con su mejor cara, que no la tenía… image

Porque el personaje era el mismo que, de tener, tenía sólo voz y que, cual mosca cojonera cantarina, había estado respirando en mi nuca las últimas dos horas.

Sí, era él. El cantante de jazz. Ni más ni menos. Y en la parte interior del dichoso díptico se describía a sí mismo como un hombre ideal: inteligente, ingenioso, económicamente estable, sensible, respetuoso con el género femenino, con sentido del humor, 53 años, 1 m 74 cm de estatura y los ojos azules. Y a cambio pedía una mujer entre los 30 y los 40, esbelta y suficientemente linda para besarla, que buscara un hombre de amor, no de armas, y que estuviera dispuesta a ser colocada en un pedestal y admirada como algo precioso… 

Acabáramos: él lo que quería era una mujer florero, pero sin cumplir desde su lado con más requisitos físicos que los muy básicos. Porque de la baja estatura y la incipiente barriga y la calva con melena y el estrabismo latente y la mala costumbre de acechar desconocidas en bares de la Gran Manzana aquella descripción no decía nada… Y creedme si os aseguro que todo esto, en persona, era escandalosamente evidente más allá de las frases mercadotécnicas de la tarjetita de marras, llena de poesía prestada y flores desgranadas por un día en pos de la imagen prefabricada de este tipo que, por más que pudiera cantar como los ángeles, seguía siendo una especie de Gollum en versión noctámbula manhattaniana…

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Igualito al cantante de jazz…

Sentí que me crecían pies, y hasta alas, para salir corriendo de aquel antro que, a pesar de todo, era divertidísimo porque tenía el encanto de lo auténtico, y finalmente mi séquito femenino se encargó de que no entrara en pánico y pidió una última ronda en honor al surrealismo circundante. Para rematar la escena, la mosca cojonera, alias Gollum, se quedó al fondo de la barra y ensartó las pupilas en el aire en dirección a nosotras, como tratando de pescar con un hilo invisible algún aleteo distraído de nuestra atención, obviamente sin resultado exitoso.

El que sí terminó brindando con las tres fue el baterista del grupo, que era un señor encantador que perfectamente podía ser nuestro padre y que tuvo la inteligencia suficiente de conversar por conversar, sin ninguna intención subterránea adicional. 

Gritando a coro junto a éste el tema “Under my skin” del ya mencionado Cole Porter clausuramos la madrugada sin dípteros revoloteando alrededor, risueñas, desafinadas y definitivamente tranquilas sabiendo que, en caso de necesidad máxima, siempre habría un macho más desesperado que cualquiera de nosotras dispuesto a encargar en una imprenta 100, 200 o quién sabe cuántas postales promocionales para encontrar pareja en este mundo cruel donde el viejo sistema de conocer gente en un bar ya no funciona y donde, definitivamente, cantar jazz no es suficiente si te encuentras con Lola y sus amigas.

(Ésta es una historia basada en hechos irreales de la vida. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Ningún cantante de jazz, bar del Soho, macho experto en economía mundial ni baterista entradito en años ha sufrido daños durante la redacción de este texto. El restaurante Arturo’s continúa abierto, y mis amigas y yo recomendamos su pizza fervientemente, a pesar de las moscas cojoneras y las postales extrañas que uno pueda encontrar ante la puerta del baño. Pidan cerveza italiana y no miren directamente a los ojos a ningún individuo que se parezca a Gollum. No digan después que no les advirtieron. Y, en cualquier caso, para que no quede duda, I love New York. A pesar de todas las rarezas que uno pueda encontrarse en una sola noche en la Gran Manzana… O quizá por ellas, precisamente.)

© Lola Mento

EL SR. INCREÍBLE (Tan increíble… que aún no me lo creo)

Mr. Incredible (cortesía de Pixar, Walt Disney)

Era una proyección viviente del personaje en la película de dibujos animados: alto, la espalda ancha, los brazos de orangután (largos y robustos, casi oscilantes cuando caminaba), el pelo rubio, liso y cortado al estilo clásico (como marinerito en día de fiesta), los ojos de un celeste intenso (que ni Zoolander con su “azul acero”), la nariz corta y recta (cual ejemplar perfecto de la raza aria), kirk_douglas-yooula sonrisa digna de un anuncio de dentífrico (con cierto tinte de mueca y ese destello refulgente en pleno canino), la mandíbula cuadrada y alargada, con una barbilla prominente partida en dos por un hoyuelo (Kirk Douglas que casi estás en los cielos, por favor no te enfades por acordarme de ti en la flor de tu vida)…

Le faltaba el traje de “súper”, pero su cara era una fotocopia de la del Sr. Increíble, y su aparente actitud avalentonada la propia de un héroe en busca de aventuras, o incluso de problemas.

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Los señores de Pixar lo tenían todo calculado cuando crearon este personaje…

Y digo yo: qué mujer intrépida y/o con sueños de princesa no hubiera querido conocer un hombre así???

El detalle, me temo, es que no me lo creo ni yo cuando digo estas cosas, porque, al igual que otras rebeldes, suelo salirme de la norma del común de las mortales, y además me enorgullezco. Un detalle. Pequeño detalle. Pequeño gran detalle.
Pero bueno, ante el escepticismo bien viene un baño de sorpresa que la aterrice a una en la humildad… Sería esta la ocasión? Moría de ganas por comprobarlo.

Se había acercado a mí de forma inesperada, casi arrogante, haciendo gala de una natural desfachatez a medio camino entre la ingenuidad y la inconsciencia, como quien intenta lo que sea porque sencillamente no tiene nada que perder.
Sin compartir ni un solo amigo en nuestro listado de Fakebook, me había mandado un mensaje interno en el cual me preguntaba: “Qué estarás haciendo tú en este momento, Lola?”. “Lo-la-Mento pero NO es asunto tuyo”, me dieron ganas de responderle… Pero, antes de contraatacar con un exabrupto a su inicial curiosidad (cuasi impertinencia), y pensando positivamente que los milagros quizá sí existen (aunque por fuera me vean entre diva y “dominatrix” también tengo mi corazoncito, lo juro), le eché un rápido vistazo a su perfil.
Tenía mi edad y, a diferencia de muchos, se mantenía digno físicamente: un punto a su favor. Era español, pero con nombre extranjero, y había vivido en cuatro países distintos, lo cual me hacía deducir que su educación y su experiencia biográfica a saltos por el mapa le habían podido proporcionar cierto grado de cultura y de apertura mental: otro punto. No se veían niños en sus fotos, ni había comentarios de mujeres en su muro, ni aparecía emparejado en su estatus sentimental: tercera anotación para su marcador. Sabía que a pesar de todo esto igual podía ser un psicópata, pero de entrada ya tenía un currículum con el que calificaba para, al menos, indagar. Soñar no cuesta nada… Y, además, es refrescante.

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Mi bronceado y yo

 

Yo me encontraba en mis últimos días de vacaciones, concentrada en mí misma y en mi fascinante bronceado, cuando me llegó aquel mensaje pseudo insolente y, teniendo en cuenta el desastre vivido en Italia (que relataré como corresponde) y el fiasco de mis últimos intentos de cita por medio de Kinder (de los que mejor no hablar) decidí responderle algo al individuo, asumiendo que ya peor de lo que me había ido no me podía ir.
– Quién pregunta? Y cómo encontraste mi perfil?
– Me llamo Hahn. Me salió sugerido.
– Qué raro, si no tenemos ningún amigo en común… Será que alguno de tus contactos sigue mi blog?
– Qué blog? No. Ha sido casualidad. Estaba buscando otra persona y apareciste tú.
– Eso sí que es fortuito.

Ahí se inició un diálogo en el cual El Increíble Hahn, hermoso y rubio como la cerveza (que diría cantando Conchita Piquer), separado sin hijos (especie en vías de extinción), nacido en Brasil, de padres y abuelos alemanes (sería descendiente de nazis que huyeron a Sudamérica?), educado en su adolescencia en un colegio en Bahamas y en su juventud en una universidad en Estados Unidos (en cuál de estos dos puntos geográficos lo habrían desvirgado?) y retornado después a España (olé!), donde previamente había residido entre los 4 y los 14 años (que vivan la samba, las salchichas grandes, los cocos y su leche, la libertad y la igualdad, la sangría y el rabo de toro!) se vendía como un hombre “de relaciones largas”, “de gestos, no de palabras” y que había tenido “malas experiencias” en el amor.
“Así como yo??”, pensaba instintivamente… “Tal y como está el patio, todo es posible: de locas también está el mundo lleno”, me respondía la lógica. “De acuerdo, vamos a conocerlo. En una de esas me encuentro con una excepción. Y, si no, lo convierto en personaje. Sin contemplaciones. Como me llamo Lola”.
Y, eficiente como soy, quedé con él para cenar el mismo día que aterricé de regreso en Madrid (perder el tiempo no es mi estilo, a quién quiero engañar…).

Debo reconocer que me dio cierta pereza su tono de indecisión, insistiendo en preguntar qué tipo de gastronomía me gustaba. Soy ecléctica, gourmet y aventurera, a mí que me lleven donde quieran, mientras sea bueno… Muy bueno. Y, si me descubren algo nuevo, mejor aún. Pero aunque mi alma “lolística” jamás lo reconocería públicamente, lo esencial en mi caso, siempre, es la compañía. Y, para qué ocultarlo, una conversación inteligente tira más que dos carretas… O que dos pelotas. Así de claro. Punto. Así que, esperanzada por su “currículum”, le perdoné la indecisión.

Quizá simplemente me estaba mostrando interés, y por eso se tomaba tantas molestias: investigar la hora de arribo de mi vuelo, escribirme inmediatamente en cuanto salí del avión y me vio en línea, averiguar mi comida favorita, impacientarse ante nuestra cita como un quinceañero en pleno desbordamiento hormonal: “A qué hora puedo invadir tu casa?”.
– Jajajaaa… Cómo que invadir?
– Llegar a buscarte. Es que estoy aburrido…
– 21:00 hrs?
– Vale… Me vas a hacer esperar hora y media…

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Mi conciencia según Disney

“Hora y media y lo que haga falta, bonito”, gritó Pepito Grillo en mi cabeza. Y suerte para Hahn que fue él, porque si llega a ser Lolita Grilla la cita ni siquiera hubiera tenido lugar. “Lola, cálmate. Puede que sean sólo nervios, el chico está deseando desvirtualizarte!”, rezaba la vocecita de mi ángel interior, que sí estaba en servicio aquella noche aunque yo no lo supiera.

Con puntualidad germánica tronó mi timbre. Pero 10 minutos antes me llamó para decirme que teníamos reservada mesa a las 22:30, para que nos diera tiempo a tomar algo y conocernos en persona previamente… En mi casa, claro.
El muy… perdón: el Sr. Increíble se había auto invitado por arte de birlibirloque. Y ahí estaba yo, abriéndole la puerta con una sonrisa y ofreciéndole como buena anfitriona que soy algo de beber.

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Yo, siendo encantadora con mi “invitado” (www.giphy.com)

Porque auto invitarse se auto invitó, pero no se le pasó por la imaginación traerse unas cervezas… (“Respira, Lola. Tranquila. Está ansioso porque le gustas”).
A los cinco minutos, y recostado extrañamente entre el respaldo y el brazo de un sofá (se creería “El Majo” de Goya?), empinaba el codo y la botella mientras con mirada perdida escaneaba mi salón y comentaba: “Muy bonita la decoración”.

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Por favor sustitúyase a esta señorita por un fornido y rubio caballero (“La Maja Vestida”, Goya)

“Este tío es raro”, me hubiera advertido Lolita Grilla. Pero al parecer la muy zángana estaba aún de vacaciones, bronceándose en algún universo paralelo, porque dentro de mi mente dicha señorita no emitió sonido ni juicio alguno. Y Pepito Grillo, al parecer, se había dormido, o estaría viendo algún partido de fútbol entre insectos, porque para él en aquel momento no hubo nada que opinar sobre el muy… digamos… alemán (solidaridad masculina, quizás? Entre bichos se entienden??).
En fin, que estaba sola ante el peligro y mi conciencia indefensa (y con mi “angelito” en horas de trabajo, sin darme yo ni cuenta), y tal cual me fui al restaurante francés, con el orangután del brazo y la mosca detrás de la oreja pero sin poder procesar aún por qué todo esto estaba sucediendo, y de forma simultánea.

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Yo, siendo inocente (www.es.forwallpaper.com)

Se le notaba la influencia extranjera en eso de pedirse su plato en vez de hacer un picoteo-degustación… A mí, que me gusta la variedad, me llama poco la atención el sistema tradicional, la verdad. Lo que sí me llamó la atención es que ni siquiera revisara la carta del bistró para ver si había algo nuevo; desde que se sentó sabía exactamente lo que iba a pedir. O sea, que lo de aventurero le llegaba solamente hasta eso de escribir por Fakebook a mujeres desconocidas?? Pero para lo demás, aparentemente, Hahn era un hombre de costumbres. Mal augurio??? “No prejuzgues, Lola. Déjate sorprender”: hablaba mi angelito (y el demonio, o Lolita Grilla, en su defecto, dónde estaban?!?). Me sentía indefensa, pero al mismo tiempo deseaba que, por una vez, para variar, me rompieran los esquemas.
– Un Magret de Pato para mí, por favor.
– Yo quiero el “Coq au vin”. Y como siempre, para acompañarlo, un Clos Fourtet St. Emilion del 2012.
Se dirigió a mí y me consultó: “Te parece bien el vino?”.
– Sí, me parece perfecto, pero mientras llega la comida me gustaría empezar con un cóctel de champán.
Reconozco que esto sólo lo hice para fastidiarle, porque me di cuenta de que, “COMO SIEMPRE”, estaba ordenando la misma botella de todas sus visitas a este templo de la gastronomía extra hogareña. Él asintió, guiñándome un ojo.
– Otro para mí, por favor.
Su acento francés dejaba mucho que desear, pero era más que perdonable porque hablaba correctamente 4 idiomas: español, alemán, portugués e inglés.
– Qué significa tu nombre en alemán, Hahn?
– Gallo.
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“Me está vacilando”, pensé. Y su plato favorito es el pollo al vino… De lo que se come se cría? Me va a enseñar los espolones?? Se le agrandarán después de la cena??? …Esto se pone interesante.
– Me esperaba algo así como “Guerrero” o “Valiente”.
– Bueno, eso lo soy, no hace falta alardear de ello en el nombre.
– Jajajajajaaaaaa.
Y así siguió la cena, con malos chistes y risas complacientes, y algún que otro relato sobre la historia personal de cada uno, cosa inevitable en toda primera cita que se precie.

Yo le hice un resumen acelerado sobre mi ex matrimonio y mi tiempo posterior de soltera, él me relató anécdotas en las que las mujeres de su pasado le ponían los cuernos y le recriminaban su “inocencia” mientras él, en la escena, aparecía como algo a medio camino entre personaje romántico (ramo de rosas en mano, listo para la declaración de amor y el beso de película) y tonto irredento (yendo a buscar a la chica al aeropuerto y encontrándose con que ella llegaba acompañada… por otro).
Me quedó resonando en la cabeza, especialmente, el recuerdo que guardaba de una ex novia brasileña que tuvo a los veintipocos, a la que definía como una fémina “con mucha experiencia en lo sexual” en contraste con el joven Hahn, tierno y en proceso de aprendizaje…

En mi cerebro se estaba formando una imagen de él que tenía el espíritu del chico de aquel antiguo anuncio de perfume: “Cuando un desconocido te regala flores… eso es IMPULSO!”, sumado a la apariencia de algún joven y cantarín Von Trapp con las hormonas revolucionadas de amor y armado hasta los dientes ante la posibilidad de la conquista.

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A la izquierda, el joven Von Trapp gritando a coro con su familia (“The sound of music”, Century Fox)

Extraño, pero con potencial. Lindaba esa frontera invisible entre la ingenuidad y la estupidez, pero todo estaba tan teñido de novelesco lirismo que sonaba, incluso, inspirador.

Cuando terminó la cena, y con la confianza de quien ya se había sentado anteriormente en mi sofá (para “Majo” de Goya, él), propuso tomar la última copa en mi casa y ver una película (total, ya se había auto invitado desde el principio… Qué daño podía hacer por insistir??). Yo, después de mi viaje, realmente necesitaba dormir, pero quería saber en qué derivaba la velada, así que accedí a su idea, convencida de que a los diez minutos de filme ya estaría abalanzándose sobre mí y se me pasaría el sopor en décimas de segundo con una trama mucho más interesante que la de la ficción.
Tuve la incauta idea de mostrarle el repertorio cinematográfico de mi disco duro y dejarle elegir, así que cuando finalmente le dio play al control remoto lo que mi pantalla comenzó a emitir fue: “El Padrino, Parte 1”.

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(Paramount Pictures)

Nada en contra, es una joya del cine, pero ahora, hablando en serio: a qué persona en su sano juicio se le puede pasar por la imaginación que una película en la cual matan gente a sangre fría y aparece la cabeza del caballo favorito del protagonista empapando de sangre su propia cama puede ser la antesala de una situación erótica???

A no ser que la chica en cuestión pertenezca a la mafia o sea asesina en serie, creedme, hombres del mundo: “El Padrino” (cualquiera de las Partes) es lo último que deberíais elegir si queréis ponernos cachondas. No digáis que no os lo advertí.
Además, que Marlon Brando dentro de su personaje tiene un tono de voz extremadamente grave y monótono no apto para cansancios post viaje como el que yo sufría en aquel momento (estas cosas me pasan por portarme mal, debería haber quedado con él al día siguiente tras haberme repuesto como debía ser de la última juerga vacacional). En fin… que en un punto a mí me empezó a dar un sopor que ni a la Bella Durmiente (soy humana, siento decepcionaros) y él, en aquel desvanecimiento “Morféico” mío, vio su oportunidad para rescatar a la damisela en apuros con un beso.

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Hahn, dándoselas de Príncipe Encantador mientras yo me dormía a su lado en el sofá

Bueno, en estricto rigor creo recordar que lo primero que me sacó de la antesala al sueño fue la presión de sus enormes dedos en mi teta derecha, y a partir de ahí El Increíble Hahn, con su inmensa corporalidad, se desplomó sobre mí sin previo aviso cual carro de combate lanzándose a la guerra y me metió la lengua hasta las amígdalas como quien milagrosamente logra poner una pica en Flandes, pero sólo porque el enemigo está distraído.
No besaba mal, pero tampoco especialmente bien… “Estará nervioso”: lo justifiqué. Tenía esa torpeza de las personas grandes, ese no sé qué bruto y desgarbado de quien nunca se terminó de acostumbrar a su propio cuerpo por más que hubiera cumplido ya la cuarentena. Con movimientos ansiosos me levantó del sofá y me condujo a mi dormitorio haciéndome durante el trayecto por el pasillo un boca a boca ininterrumpido e indiscriminado, y al traspasar el umbral me tiró sobre el colchón mientras comenzaba a desvestirme con aliento entrecortado y manos de mantequilla. Mientras le abría la camisa y los pantalones, le eché mano a su paquete, que asumí que a esas alturas estaría a punto de caramelo…

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Tanteando “el producto”

Error.

A pesar del intenso magreo aún la tenía fofa. Desconcertada con este descubrimiento, empecé a aplicar masaje enérgico en la zona con ambas manos mientras continuaba mordisqueándole los labios y acariciándole su lengua con la punta de la mía. Se le estaba poniendo morcillona, pero aquello era aún un pedazo de carne sin atisbo de hueso…

De pronto oí un “clic” de fondo, y al abrir los ojos me di cuenta de que el Gigante Rubio acababa de apagar la luz roja de mi mesita de noche… Con lo sexy y favorecedor que es su efecto sobre las pieles desnudas… Que dan ganas de ponerse a cantar: “ROOOXANNE!!!”. “Por qué apagas la luz?!?”, exclamé. No obtuve respuesta.
Un segundo y medio más tarde Hahn tenía la cara hundida en mi coño, y estaba enfrascado en la loable misión de satisfacerme oralmente. No le iba a reclamar por eso, por supuesto. Además, que así se podía concentrar en algo concreto y se le pasarían los nervios de una vez por todas, me dije a mí misma dentro de mi mente. No desató fuegos artificiales ni me hizo olvidarme de mi nombre, pero sí distrajo durante un rato mi atención del asunto que me inquietaba.
Mojada y caliente como estaba quería una polla dentro, y rápido. Volví a palparlo a la altura de los barrios bajos: “No puede ser… Esto está peor que hace 10 minutos”.

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Ilustración: Lucy Gutiérrez

Pero no hay miembro que se resista a una mamada de Lola. Así que me puse a la tarea, segura de mi eficiencia y confiando en que, con la estimulación adecuada, el arma secreta del Sr. Increíble se desplegaría ante mí cual imparable cañón teledirigido por el deseo.

Tras aproximadamente un cuarto de hora succionándolo y lamiéndolo cual gata en celo versión aspiradora (cuarto de hora que se me hizo eterno por la pobre respuesta de la salchicha rebelde), Hahn me pidió que me pusiera encima. “Pero si no está dura todavía!”, gritó en mi interior Lolita Grilla. “A buenas horas me vienes a asesorar, perra desgraciada”… Si no llega a ser parte de mi conciencia, la hubiera estrangulado en ese instante. Hahn osó insistir en que lo montara. Me incorporé, colocando mi vagina sobre su globo desinflado, sabiendo que mecánicamente era imposible que aquel chorizo sin alma me penetrara. “Para esta posición le falta. Así no va a entrar”, le dije, a ver si se enteraba de una vez por todas de lo que estaba aconteciendo. Por inverosímil que resulte, su disfunción eréctil, para él, parecía no existir.

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Era como un elefante en la habitación, pero él no lo veía… Y yo, entre atónita y descolocada, e interiormente aproximándome al borde de la indignación, no quería creer aún que fuese real. Le di unas cuantas chupadas más al instrumento defectuoso, sin lograr grandes resultados. Proseguí tocándolo un rato, como quien toca una trompeta sin sacarle ni una sola nota musical. Nada. Nada de nada. Sin venir a cuento, entonces, el inútil Von Trapp se levanta de la cama diciéndome: “Espérame un momento”. Y desaparece, rumbo a mi salón. “Habrá ido a buscar un condón”, pienso. Pero pasan más de dos minutos y no regresa, y mi casa no es tan grande… “Se estará tomando un Viagra??? …Pero cómo ahora, si se supone que el efecto tarda lo suyo?!?”.

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Justo en el momento en el que empiezo a pelearme con mi lógica, Hahn vuelve a la carga. Me honra con su presencia y, tras enfundarse dificultosamente un preservativo, intenta la posición del misionero. Le pone empeño, pero le falla la potencia. Gatillazo. Y yo que durante la cena me estaba imaginando sus espolones hinchados… A este tío no le da para gallo de corral, con suerte es un pobre Gallo Claudio. Pero es su pene, no él, el tonto inseguro con voz de pito…

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Hahn según Looney Toons

De nuevo sin venir a cuento y sin ninguna explicación, se vuelve a levantar y hace un temporal mutis por el foro. No me da la moral ni para seguirlo y ver qué diantres es lo que está haciendo, ni a dónde ha ido exactamente. “Otro Viagra?!?”, me espeta Lolita Grilla. “Si es así, sólo pido que no le dé un infarto mientras folla conmigo. Eso si lo consigue…”.
Ni siquiera le cuestiono su extraño comportamiento. Quiero terminar con esto lo más dignamente posible, que se marche por donde llegó y dormir tranquila (que ya va siendo hora) sin más compañía que la mía propia y la de mi perra Pochola, que ni siquiera se dignó mirarlo cuando entró en mi casa, con su elefante escacharrado, para dejar todas las figuritas en pie menos la suya.
Tomo aire por la nariz, como quien se oxigena antes de una meditación. “…Ohm, Lola, ohm…”. El Increíble Hahn retorna al colchón, y con mucho esfuerzo y la invaluable ayuda de mi pelvis elevada logra, al fin, metérmela. No me manosea, no estimula ninguna de mis zonas erógenas, no me estruja las nalgas, no me muerde el cuello ni me come los pezones, sólo empuja su pelvis contra la mía en un intento -no sé- de reivindicar su hombría??? Y, mientras lo hace, me pregunta reiteradamente si me gusta lo que me está haciendo, si lo estoy pasando bien, si me excita esa postura…
Ni que decir tiene que el tiempo que pasa bombeándome es uno de los eventos menos memorables de mi vida sexual, por no decir que habría que clasificarlo dentro del ranking de las tres peores catástrofes que he tenido la desgracia de sufrir entre las sábanas. Eso sí, ya que estaba en ello, me preocupé de mí y, mientras él ejecutaba sus penosas embestidas, me masturbé a mí misma como si no hubiera mañana, de modo que pudiera clausurar aquella tragedia con, al menos, un esbozo de relax y un clítoris desestresado y sin rencores… No fue simple, debo confesar. El hecho de que su apéndice fuera cualquier cosa menos turgente y de que él, con sus más de cien kilos de superhéroe en plena crisis de los cuarenta, respirase como Darth Vader al límite del ataque de asma, no ayudó en absoluto. Porque Hahn, una vez en el cuadrilátero sexual, no tenía un ritmo respiratorio normal. Su manera de procesar el oxígeno era algo así como un jadeo intermitente a velocidad de fiesta electrónica extrema. Sería que lo que había estado haciendo en mi salón era ingerir alguna droga a escondidas? Cocaína, tal vez? Éxtasis?? Alguna sustancia sintética??? Imposible saberlo… Menos aún si tenemos en cuenta que su triste verga más parecía estar bajo los efectos del valium que del Viagra, y que por lo desastroso de su actuar el individuo probablemente era un depresivo con tratamiento en curso tratando de ocultar su “gran secreto” ante sus potenciales conquistas… Como si fuera tan fácil seguir viéndose normal después de la nochecita toledana que me estaba dando…
Gracias a Dios no hay mal que cien años dure (ni cuerpo que lo resista), y tan pronto eyaculó me quité su peso semi muerto de encima y salí corriendo al baño. La mala noticia es que al volver a mi dormitorio el peso semi muerto continuaba allí, en estado semi ausente, semi desparramado y aún totalmente desnudo. Y, para colmo, en mi lado de la cama. Me tumbé en el poco espacio libre que me había dejado, y delicadamente le empecé a dar golpecitos en el brazo.

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Lo mismito que os estoy contando, pero justo al revés (www.headoverfeels.com)

– Hahn… Despierta… Quiero dormir sola.
Ni que le hubieran pegado con un garrote en mitad del cráneo y después puesto a criogenizar… Silencio. Ronquido. Más silencio. Persistí, con tono cantarín.
– Buenos díasss…
Resoplido. Silbido. Rotación del cuerpo del delito. Silencio.
Lo quería matar, pero soy consciente de mi fuerza y no hubiera sido capaz de arrastrar esa tonelada de humanidad hasta el ducto de la basura. Así que le agregué intensidad a mi voz y reiteré mi merecida petición de soledad.
– Hahn… De verdad, estoy súper cansada y quiero mi cama para mí. Por favor, necesito que te vayas.
Se incorporó con desgana y un evidente ademán de molestia.
– Ya me marcho… Te había oído antes, no hace falta que lo repitas más.
– Bueno, es que es la tercera vez que te lo digo y no te habías inmutado…
Callado como una tumba y con cara de gallo desplumado, se vistió y lo acompañé a la puerta.
– Lo has pasado bien?
Mi único deseo era sacarlo de mi apartamento, y cuanto antes.
– Si, lo he pasado bien.

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Yo, disimulando

– Sé que tú no te andas con rodeos, Lola, contéstame de verdad: cómo lo has pasado?
Me miró a los ojos muy fijamente.
– Bien, Hahn, bien. Pero te puedo hacer una pregunta?
Asintió.
– …Estás tomando algún tipo de medicación??
Su rostro se desconfiguró ligeramente. Le estaba dando la oportunidad de aclarar su trágico desempeño, si es que había aclaración posible para tal despropósito.
– Por qué preguntas eso?
(Te parece poco motivo que ante semejante hembra no se te haya levantado instantáneamente el monolito, que hayas desaparecido dos veces del dormitorio durante el acto sin especificar dónde ibas ni por qué y que suenes como el señor padre de Luke Sky Walker cada vez que haces un mínimo esfuerzo físico???).
– Es que tu respiración ha estado todo el tiempo demasiado acelerada, de hecho a ratos me tenía preocupada el ruido…
Rodó los ojos hacia arriba y movió los hombros nerviosamente.
– No, lo que pasa es que tengo adenoides de toda la vida, por eso respiro así.
– Ok…
Me dio un insulso beso en los labios, y se despidió.
– Que descanses.
– Igualmente. Buenas noches.
249Y puse todos los cerrojos, cadenas y seguros a aquella bendita puerta (no fuera a querer atravesarla el espíritu del difunto pene), carcajeándome por dentro con las patrañas que acababa de escuchar en boca del Increíble Hahn, que había resultado ser increíble por razones totalmente opuestas a las imaginadas por mi mente calenturienta al inicio de aquella fatídica noche de final de verano.

Un par de días después me saludó por Whosapp. Le contesté tras varias horas y con monosílabos, por culpa de esta insana curiosidad que Dios me dio… Habría decidido confesarme que había usado Viagra la otra noche pero que le hizo cortocircuito con sus antidepresivos?? Pues no. Me habló del tiempo. Literalmente. Eso fue todo.

Exactamente una semana más tarde recibo otro mensaje suyo, preguntando cómo estoy y en qué ando. Este individuo se aburre mucho… Le hago saber que estoy ocupada, y cuando me pide que le avise cuando deje de estarlo concluyo que voy a llegar MUY tarde a mi casa, sin darle opción a más. Al día siguiente me manda un vídeo con un chiste horroroso de cariz sexual. Me está tomando el pelo… Con qué cara, si ni siquiera le funciona “el aparato”?!?

Pasan cuatro días. Me saluda de nuevo.
– Buenos días.
Eran las nueve y veinte de la mañana. No le respondo. Diez menos cuarto de la noche, vuelve a la carga.
– Qué linda foto.
Acababa de cambiar mi imagen de perfil en ese momento… Según parecía, el Gallo Claudio vivía pendiente de mis movimientos en Whosapp.
– Jajajajajaaaaa… Gracias.
Ahí me empieza a meter conversación, tratando de averiguar cuándo voy a estar disponible. Con varias frases imprecisas le doy calabazas cual anti hada madrina de Cenicienta.
– Mi agenda es un ente con vida propia. Nunca sé por dónde me va a salir…
Wow.
Tras una hora, y viendo que yo no le había escrito nada más, me manda un “Buenas noches” y un emoticón angelical.

Pasa otra semana. Estoy abriendo los ojos en Milán, donde me encuentro por trabajo, con toda la locura de la Semana de la Moda. Veo en la pantalla de inicio un Whosapp de Hahn.
– Milán?
Lo ignoro, pero me queda resonando en el fondo del cerebelo la molestia de sentirme vigilada. Salgo a trabajar. A última hora, antes de irme a dormir, y aún con la molestia consciente, le envío un mensaje.
– Cómo sabes? Igual me llama la atención que me sigas escribiendo. Si está clarísimo que no hubo química entre los dos… Te juro que no lo entiendo. Y honestamente encuentro que es una pérdida de tiempo.
Se toma veinte minutos, posiblemente porque además de problemas de erección el personaje tiene problemas de comprensión escrita, y entonces hace su impactante réplica.
– Tú me dijiste… Estás tan equivocada que no lo sabes, pero en fin. Bye.

Hahn Schweitzer: contacto bloqueado. Si soy yo la “equivocada”, que baje Dios y lo vea. Qué liberación saber que en mi teléfono no pueden entrar más saludos, chistes malos ni intentos de conversación de semejante espécimen. Suelto una sonora carcajada mientras apago la luz en la habitación de mi hotel de cinco estrellas con vistas a la madrugada italiana y me voy a dormir, sabiendo que los cuentos de hadas y los superhéroes no existen, y que el príncipe azul, además, si se te acerca, destiñe indefectiblemente.

Adiós, Sr. Increíble. Lo único que tenías de increíble era la cara dura de seguir hablándome después del gatillazo más apoteósico de la era contemporánea. Ahora, LO-LA-MENTO, pero vas a tener que explicarle a otra lo de tus “adenoides”… Y, de paso, comprarte en internet una nueva espada láser, porque la tuya no mata a nadie. Yo, como hacemos las mujeres de verdad, me voy a buscar un Han Solo (sin hache intercalada) con una polla de carne y hueso que me deje bien claro el poder de “la fuerza”. Porque yo lo valgo, y mi coño tiene todavía galaxias nuevas por descubrir.img-meme_badass_han_solo

(Ésta es una historia basada en hechos irreales de la vida. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Ningún superhéroe de capa caída, macho principesco, pollo al vino, polla defectuosa, gallo con voz de pito o copia de “El Padrino” han sufrido daños durante la redacción de este texto. Los Laboratorios Pfizer continúan fabricando y vendiendo Viagra en todo el mundo, y el Sr. Increíble aún no comprende por qué fue bloqueado en mi teléfono después de tan romántica velada. Si alguien de los que me lee conoce algún desastre así, que por favor le regale el libro “Cómo hacer bien el amor a una mujer“…  Al menos así evitaremos que otra pobre fémina tenga la peor cita de su vida).

© Lola Mento

EL AMANTE CALISTÉNICO * – Parte 1 (Polvo somos y en nada nos convertiremos… Pero mientras tanto, Señor, qué polvo!)

EL AMANTE CALISTÉNICO

El skyline de Pudong titilaba al compás de mis gemidos, con la Oriental Pearl Tower presidiendo la escena desde el otro lado del amplio ventanal como imponente alegoría de cada orgasmo. El escenario era tan irreal que en él todo era posible. No había más testigos que los rascacielos de Shanghái, más sensación que el momento presente ni más culpa que la de un niño inocente jugando a descubrir un mundo que no sabe aún que le han prohibido… O que no quiere saber.

Shanghai la nuit

Shanghai la nuit

La velada había empezado con la excusa del insomnio provocado por jet lag. Estaba en China por trabajo, en el viaje habitual de temporada, con la tarea de escoger y encargar ropa para el siguiente invierno, y había un par de compañeros de la empresa que no conocía de antes y que venían simultáneamente a ver fábricas nuevas para nuestra producción. Tenía una colega compradora que era bastante aburrida, así que, en pleno desvelo, decidí reunirme en el Piano Bar del piso 53 con los dos chicos “desconocidos” para tomarnos unas copas y relajarnos un rato. Uno de ellos, Leonardo, padre de una hija de 5, conviviente de la madre de la misma, tenía esa cualidad de macho que al mismo tiempo te hace detestarlo y desearlo con todas tus fuerzas… No era guapo, es más, casi podría decir que era feo, pero ostentaba esos rasgos duros y esa mirada de fuego que te derriten las neuronas y te inundan el coño con un solo pestañeo. Su cuerpo, aparte, era para pecar y pecar e irse al infierno orgullosa de haberlo tocado y con una sonrisa imborrable rubricando la mueca final ante Satán.

Aunque no tenía especial interés por la lucha, lo había visto mostrarse implacable con su punching ball en el gimnasio y, lo que era más extraño, tenía afición por la literatura igual que yo, y escribía sonetos en rima consonante con la misma facilidad con que uno hace la lista de la compra cuando tiene hambre. Ahí, realmente, residía para mí el peligro de aquel hombre a medio camino entre un Hemingway romántico y un vil infiel…

El escritor

El escritor

El boxeador

El boxeador

Porque básicamente era eso, y no lo escondía. Y esa honestidad brutal lo hacía irresistible. Pero, al contrario que Ernest, no era un borracho. De hecho, la apuesta de esa madrugada se basó en su dificultad para soportar el licor. Vamos, que yo, que era la señorita de la escena, me aproveché de él sin remordimiento alguno y con la perversa esperanza de que le dieran ganas de pegarle fuerte a otra cosa que no fuera su querido punching ball de calentamiento deportivo.

Eran las 2 de la mañana, y el camarero, con sus pupilas asomándose desde los párpados rasgados, acababa de desafiarnos a probar el aguardiente local de 50* de alcohol hecho a base de arroz.

El barman tentador haciendo malabares con la botella de Baijou

El barman tentador haciendo malabares con la botella de Baijou

El gesto de terror de Leonardo no hizo más que provocarme, así que, ante nuestro testigo accidental de la empresa, le tiré a la cara el guante del desafío y le dije lo siguiente: “Si te tomas un chupito de esto conmigo, te doy un beso”. El testigo accidental, dirigiéndonos una expresión de admiración, aplaudió con entusiasmo: “No puedes decir que no, Leo. Ese beso va por la humanidad!!!”.

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Alcé mi vaso clavándole la mirada en sus ojos turbados: “Salud!”, a lo que él respondió con idéntico ademán. Yo me tomé el brebaje de un solo trago, él sólo alcanzó a beberse la mitad. Pero un trato es un trato… Así que, sin dudarlo ni un segundo, me levanté de mi banqueta, me acerqué a él y, sujetándole el rostro con las manos, le pregunté: “Estás listo?”.
Desde el otro lado de la mesa, nuestro espectador VIP, en primera fila ante el improvisado show, hacía las veces de paparazzi y fotografiaba y filmaba el evento con su teléfono móvil mientras la gente alrededor nos jaleaba como si estuviera presenciando el final apoteósico de un film romántico. No tenían ni idea de lo que iba a ser la verdadera apoteosis de aquella noche… Nosotros, en aquel momento, en realidad tampoco.

El beso fue largo. Muy largo. A mí, dentro de mi cabeza, mientras lo vivía me pareció que se detenía el tiempo, igual que en las películas cuando los protagonistas reparan uno en otro como almas en sintonía rítmica en mitad de una multitud gris y desacompasada. Aquel instante puesto en pausa, sin embargo, tal y como yo lo recuerdo, pasó volando a toda velocidad, y se llevó por delante mi conciencia como quien levanta una pluma con un vendaval y la hace posarse a miles de kilómetros de distancia. Pasó volando, o quiero pensar que así fue, porque me hubiera podido quedar a vivir en aquella burbuja candente durante días, arrebatada por la sensación de nuestras lenguas hablando la una con la otra sin intercambiar palabras… Y eso que a ambos nunca nos faltó la capacidad verbal, al contrario, tenemos verdadera habilidad para jugar con un texto o una simple frase, más allá de de jugar con el músculo que las emite. Pero ese primer beso, definitivamente, dijo mucho más.

La española🇪🇸 Cuando besa...

La española🇪🇸 Cuando besa…

No tardamos en dar por finalizada la reunión casual de compañeros, bueno, la verdad es que fue nuestro testigo accidental quien se ausentó primero alegando que tenía sueño, y Leonardo y yo, unos minutos más tarde, camino al ascensor, nos detuvimos en el piano vacío después de que declarase casi accidentalmente que sabía tocar… según él, un poquito. Nos sentamos codo a codo en la banqueta frente al teclado y, colocando mis dedos sobre el mismo, me indicó las dos teclas que tenía que pulsar de forma repetitiva para acompañarlo. El tema que eligió fue “Fever“, un clásico del jazz americano, cuya letra trata, precisamente, sobre los ardores provocados por la atracción física… Sin comentarios.
Al dejar caer la ultima nota, giró su cabeza hacia mí y me pintó el acorde final sobre los labios. Me ardían las entrañas por debajo de la ropa, pero no quería montar un numerito chino, literalmente. Por más que estuviéramos en Shanghái, había gente del trabajo alojándose en ese mismo hotel, así que le propuse marcharnos. En el ascensor, rumbo al piso 82, que era donde estaba mi habitación, nos devoramos con la boca y con las manos cual seres famélicos de sexo…

Subiendo subiendo...

Subiendo subiendo…

Pero no se quiso bajar conmigo en mi planta al abrirse la puerta.

“Vamos a hacer una cosa”, me dijo. “Te voy a mandar un poema mío por e-mail, y cuando lo leas me respondes y me dices qué te ha parecido. Y después vengo a verte”.
“Y por qué no te quedas ahora?”, le espeté con una carcajada escupida por mi semblante de total desconcierto.
– Hazme caso: lee ese poema y después me llamas. Estoy en la habitación 6901.
– Piso 69???
“Exactamente”. Y levantó una ceja de forma pícara mientras a mí se me levantaban las pasiones un par de metros más, si cabe.
“Ya, vete. Y hablamos dentro de un rato”, me propuso. Y me empujó hacia el pasillo mientras las puertas automáticas comenzaban a cerrarse.
Al llegar a mi habitación y verme en el espejo, me sonrojé mentalmente de ver cómo tenía las mejillas de excitadas. Me tumbé en la cama y me conecté a internet desde el móvil. Al cabo de 3 minutos, recibí un correo electrónico de Leo. El asunto rezaba: “Para Lola”.

“No es un soneto, es libre, pero siento que de alguna manera te define:

MUJER LEOPARDO
La flor desplegada en la isla misteriosa,
Erótica en su orilla de pétalos abiertos,
Osada en su espumante caminar de sirena,
Peligrosa en lo suave, con plumas en los dedos,
Aletea rebelde ya sea en agua o aire,
Rampante cual leona de blasón de alta estirpe,
Deseando alcanzar la estrella de su suerte,
Amapola dorada del desierto florido.

Leonardo Grande”.

Mi retrato según Leonardo

Mi retrato según Leonardo

A la altura del “rampante” casi había tenido una erección, y eso que soy hembra. Le respondí de inmediato, llamándolo a la 6901.
– Acabo de leer tu poema. Me siento desnuda, y la culpa es tuya. Estoy en la 8214.
– Voy.

357 segundos después, sonaban cuatro contundentes golpes al otro lado del umbral. Abrir esa puerta fue como abrirle las puertas del paraíso a Lucifer en persona. O quizá las puertas del averno a un ángel que está a punto de caer… Aunque no: no era un ángel. Y si lo había sido alguna vez, estaba, más que caído, orgullosamente estrellado. E, incluso, alardeaba de ello.

Si el ósculo “paparazzeado” fruto del licor autóctono había sido digno del desenlace de un cuento de Grimm reversionado por Disney para adultos, el beso que me plantó Leonardo al irrumpir en mi habitación fue como el humeante avance de una película porno.

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Podría rematar la narración como una señorita, jurando que a partir de ahí quedé en blanco, se me nubló la mente y no recuerdo nada de lo ocurrido… Pero cinco horas follando como dioses no se le olvidan a nadie. Y menos a mí.

A pesar de las ansias, la ropa nos duró un rato. Eso sí, esa misma ropa nos servía para meternos mano el uno al otro de la forma más violenta imaginable. Tardé un par de mordiscos y tres magreos en darme cuenta, pero Leo, a su manera, me estaba torturando. Basándose en su experiencia, estaba convencido de que cuanto más se hiciera el difícil más se derretiría su contraparte y más rendimiento le daría en el lecho esa contraparte, en consecuencia.
Desde que palpé su polla por debajo de los pantalones (Señor, qué polla!) quería desnudarme para él. Me contuve tanto como fui capaz, también considerando la posibilidad de que, cuanto más durasen los aperitivos, más sabroso sería el plato principal… Sé que si no me arrancó el vestido y tiró mis botas por los aires en dos segundos, fue precisamente porque le había gustado de verdad, y quería que aquello se prolongase lo máximo posible. Cuando me liberé de la prenda principal en un movimiento fugaz, Leonardo paró de tocarme y me miró como quien mira a la mismísima Venus naciendo de las aguas, desintegrando así cualquier despojo de vergüenza que pudiera existir aferrado a mi ADN de señorita educada en colegio de monjas (sí, fui a las Esclavas del Sagrado Corazón… Por favor, que nadie se sorprenda). Después de mirarme como a un ser mitológico, me quitó el tanga con los dientes, clavándome al paso los caninos en el hueso izquierdo de la cadera, e inmediatamente se dispuso a besar con fruición mis labios inferiores, que no pudieron más que sonreír escandalosamente en su vertical y desvergonzado guiño al universo.

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Aquella comida de coño estaba siendo la más memorable de mi historia. Su lengua se extendía de arriba abajo por el centro de mi vulva de forma lenta y azarosa pero definitivamente certera, después de saborearme me penetraba como un sedoso y húmedo latigazo, lo mismo que una lanza hecha caricia, de cuando en cuando la punta se concentraba y se quedaba golpeando, como un aleteo persistente, el clítoris enardecido, que se sentía crecer en su placer hasta convertirse en un gigante en el umbral de mi consciencia…

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Porque estaba consciente, sí, pero la sensación de ensueño era tal que la nitidez física que percibían mis sentidos estaba envuelta en una nebulosa y mi cuerpo entero se recalentaba al contacto con el suyo lo mismo que si fuéramos adolescentes encerrados a propósito en un coche aparcado de vidrios empañados…
– Te quiero dentro de mí. Ahora.
Se levantó para buscar un condón y, cuando volvió a la cama con él entre los dedos, lo detuve un instante.
– Espera… aún no.
Lo quería dentro de mí, sí. Casi desesperadamente. Pero antes de eso necesitaba comérmelo crudo, lamerle la verga desde el glande a los testículos, chuparlo y degustarlo como si fuera el último helado disponible en una calurosa tarde de verano.

Anda, ven, que te va a gustar...

Anda, ven, que te va a gustar…

Dejé a un lado el envase metalizado y me incliné ante su miembro como quien se arrodilla a adorar a una brillante efigie recién ascendida a los altares. No importaba que fuera Dios de un día, igualmente merecía pleitesía, y yo quería rendírsela. Mientras sujetaba y apretaba arriba y abajo la base del tronco de aquel tótem con la mano derecha y acariciaba sus testículos con la izquierda mojada en saliva, mi boca entera se llenaba de él respirando al ritmo de su embestida, suspirando al compás de mi succión, alabando casi, con murmullos y caricias al filo de la garganta, la gloria de aquel obelisco erigido para mí en honor al sexo.

Glorius fellatio… Aleluya!

Oírlo jadear con profundidad era parte del afrodisíaco de la situación, si es que era posible potenciar en algo más la química brutal y la física avanzada de la conjunción de nuestras pieles, que se fundían mientras danzaban como astronautas flotando en aire caliente y adoptaban posturas imposibles dignas de una coreografía del mismísimo Cirque Du Soleil…

Ya quisieran los del Cirque Du Soleil...

Ya quisieran los del Cirque Du Soleil…

Mis piernas dobladas junto con mis brazos en actitud de perra feliz, juntas y apretadas en línea con mis nalgas, abiertas de par en par como vibrantes aspas de molino, separadas y estiradas de puntillas mientras mi culo en pompa le mostraba las mieles de mis entrañas al falo conquistador que lo invadiría… Mis piernas flanqueando cual guardianes su cuello de toro, abrazadas a su trasero cual arañas en celo, amarradas por su firme mano ambas sobre su hombro de hombre para recibir en su seno, a punta de taladrazos, el polvo mágico y cósmico de mi vida… Porque hay posiciones y posiciones, y con él aquella última era tan infalible que tras tres empujones mis genitales estallaban en manifestaciones acuáticas, mi carne se erizaba por completo, mi clítoris se fruncía de placer y mi vagina escuchaba ecos de orgasmos anteriores, incluso de otros mundos.

Aquella madrugada de apuestas, sorpresas, sudores seguidos de desvanecimientos y desmayos seguidos de milagrosas resucitaciones, Leonardo y yo inventamos galaxias propias, redefinimos el concepto del tacto, encontramos excusas para follar por el gusto de follar, viajamos a planetas donde habita el deseo, nos masturbamos mutua y apasionadamente, aprendimos a caminar de manera horizontal, hicimos sonrojarse al espejo del baño con un espectáculo de coito perpendicular con auto voyeurismo y creamos sonetos sin palabras, como poetas accidentales de un erótico paraíso surgido en el infierno y forjado en el purgatorio. Nunca se me ha dado bien llevar contabilidad de nada, menos aún de mis orgasmos, pero si afirmo que en aquellas casi cinco horas llegué al éxtasis por lo menos siete veces, no me he vuelto loca ni estoy exagerando.

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Más allá de las capacidades físicas y las aptitudes técnicas de este Ernest Hemingway moderno, había una conjunción de esencias extraordinaria cuando su cuerpo y el mío se encontraban; existía, además, un entendimiento maldadoso, una complicidad implícita, un deseo cruzado de trascender a través del contacto, del intercambio de huellas, del placer… Independientemente de juicios morales o culpas asumidas, éramos, entre las sábanas, seres de la misma especie, y como tal nos leíamos el uno al otro tan solo con palparnos.

2a266018001e39cf535e9d66Hasta la postura del misionero era un espectáculo de pelvis hambrientas chocándose al unísono y, de hecho, si soy sincera, cuando el compañero de cama es un digno adversario, a mí me gusta finalizar la sesión con él encima, envueltos en sudor, abrazados y cercanos, a la distancia de un beso, un suspiro u otra embestida ocasional que derivará, seguro, en gozadora risa y feliz escalofrío.

A la mañana siguiente, durante el desayuno con los compañeros de trabajo, Leonardo y yo, ojerosos y radiantes a partes iguales, devorábamos cada alimento con pausado deleite mientras compartíamos conversaciones triviales y comentarios sobre la agenda del día, que no se iniciaría hasta la hora del almuerzo. Yo había amanecido con una tos persistente, así que, en ese rato libre, aparte de recuperarme del jet lag (y de la maratón lujuriosa) necesitaba ir a una farmacia y buscar remedio urgente. Tras despedirme en la mesa, pasé por mi habitación un segundo para coger mi bolso y una chaqueta, y entonces sonó el teléfono. Era Leo.
– Quieres que te acompañe a la farmacia? Yo sé un poco de chino, te puedo ayudar.
Me reí al escuchar su ofrecimiento y, aunque me sonó a excusa, igualmente me pareció tierno que quisiera cuidar de mí.
– Bueno, acompáñame, te lo agradezco. Pero te advierto que sólo será eso, porque después de lo de anoche estoy bastante lesionada.
– Ufff… Yo igual. Y eso que es sólo acordarme y se me levanta… Pero tengo la polla dolorida. No podría… Aunque me muera de ganas.
– Jajajaaa… Entendido. Nos vemos abajo en 5 min?
– Perfecto. Hasta ahora.

Caminando por el distrito financiero de aquella orbe asiática junto al partenaire improvisado,  las puntas de sus dedos rozándose contra las mías entre paso y paso, los letreros de grafía indescifrable rodeándonos, las facciones ajenas de los viandantes cuestionándonos con la mirada, las voces de ignota resonancia resbalando en mis oídos no entrenados en el idioma, me sentía, como en la película de Sophia Coppola, perdida en la traducción a pesar de que la situación, para nosotros dos, estaba más que clara.

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Lost in Translation – Sophia Coppola

“Quiero que sepas que, independientemente de todo, aunque yo tenga mi vida y tú la tuya, esta noche me has hecho feliz. Y hacía mucho tiempo que no me pasaba eso… Así que gracias”, me soltó mientras el farmacéutico me entregaba las pastillas para la tos junto con lo que parecía un gruñido y en realidad era la cuenta verbalizada.

El farmacéutico gritón recomendándome su remedio infalible para la tos.

El farmacéutico gritón recomendándome su remedio infalible para la tos.

– Gracias a ti por decírmelo. Para mí esta noche fue un regalo… Aunque no volvamos a vernos nunca.
No me dejó pagar, le extendió la cantidad exacta de yuanes al individuo gritón y, volviéndose hacia mí, me clavó las pupilas más allá de los ojos y concluyó con una mueca entre guiño y sonrisa: “Ya encontraremos la manera”.

Al llegar de vuelta al hotel, nos despedimos en el ascensor, entre huéspedes orientales y caucásicos, con un toque en los labios y medio abrazo.

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El fuego se nos salía por los poros y el deseo nos desbordaba la mirada, pero aquel adiós fue contenido, casi respetuoso, como no queriendo tocar del todo la realidad por miedo a que ambos nos hiciéramos pedazos o el recuerdo se esfumara cual humo de cigarro entre la niebla…

Se bajó en silencio en su planta y, mientras las puertas automáticas comenzaron a cerrarse simétricamente, giró la cabeza y me sonrió de forma agridulce. Yo no supe esbozar sonrisa alguna, permanecí inmóvil observándolo y, al bajar la vista, me encontré de frente con el botón del número 69 que, junto con un sonido de campana, apagaba su luz para dar paso al 70, al 71…

Sustitúyase a Bill Murray por mi graciosa y sensual persona, eso sí, con la misma cara de alelada.

Sustitúyase a Bill Murray por mi graciosa y sensual persona, eso sí, con la misma cara de alelada.

Así hasta detenerse finalmente, tras diversas paradas previas y con prosaica parsimonia, en el paraíso perdido del 82. Aquel paraíso donde habíamos sido ángeles recién caídos del infierno y donde, irónicamente, habíamos sabido ganarnos el cielo juntos a través de un purgatorio carnal e inolvidable más parecido al Jardín de las Delicias de El Bosco que a un espacio de purificación para las almas…

Retrato de una orgía entre dos.

Retrato de una orgía entre dos.

Porque sí, además de piel e inclinación a la intensidad, tanto Leo como yo hemos tenido siempre alma. Pero si hubiéramos sabido de antemano cómo iba a ser aquel encuentro, me atrevo a asegurar que se la hubiéramos vendido con gusto al mismísimo demonio. Y sin enmiendas ni trampas contractuales ni cobardes arrepentimientos ni tontos reproches posteriores. Entera y verdadera… Sólo por aquella noche.

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(Ésta es una historia basada en hechos irreales de la vida. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Ningún punching ball, camarero desafiante, testigo accidental, piano de bar, espejo de baño, cama de hotel ni farmacéutico asiático gritón ha sufrido daños durante la redacción de este texto -bueno, el colchón aún tiene sueños húmedos, pero eso es comprensible-. La Jin Mao Tower continúa en pie, con su Grand Hyatt adentro, y la habitación 8214 guarda el secreto del polvo más apoteósico de la historia del hotel, y de la mía. Aunque para mis lectores, como podéis comprobar, apenas hay secretos… Y, si los hay, lo lamento pero no: no os lo pienso confesar).

© Lola Mento