EL AMANTE CALISTÉNICO (Polvo somos y en nada nos convertiremos… Pero mientras tanto, Señor, qué polvo!)

EL AMANTE CALISTÉNICO

El skyline de Pudong titilaba al compás de mis gemidos, con la Oriental Pearl Tower presidiendo la escena desde el otro lado del amplio ventanal como imponente alegoría de cada orgasmo. El escenario era tan irreal que en él todo era posible. No había más testigos que los rascacielos de Shanghái, más sensación que el momento presente ni más culpa que la de un niño inocente jugando a descubrir un mundo que no sabe aún que le han prohibido… O que no quiere saber.

Shanghai la nuit

Shanghái “la nuit”

La velada había empezado con la excusa del insomnio provocado por jet lag. Estaba en China por trabajo, en el viaje habitual de temporada, con la tarea de escoger y encargar ropa para el siguiente invierno, y había un par de compañeros de la empresa que no conocía de antes y que venían simultáneamente a ver fábricas nuevas para nuestra producción. Tenía una colega compradora que era bastante aburrida, así que, en pleno desvelo, decidí reunirme en el Piano Bar del piso 53 con los dos chicos “desconocidos” para tomarnos unas copas y relajarnos un rato. Uno de ellos, Leonardo, padre de una hija de cinco, conviviente de la madre de la misma, tenía esa cualidad de macho que al mismo tiempo te hace detestarlo y desearlo con todas tus fuerzas… No era guapo, es más, casi podría decir que era feo, pero ostentaba esos rasgos duros y esa mirada de fuego que te derriten las neuronas y te inundan el coño con un solo pestañeo. Su cuerpo, aparte, era para pecar y pecar e irse al infierno orgullosa de haberlo tocado y con una sonrisa imborrable rubricando la mueca final ante Satán.

Aunque no tenía especial interés por la lucha, lo había visto mostrarse implacable con su punching ball en el gimnasio y, lo que era más extraño, tenía afición por la literatura igual que yo, y escribía sonetos en rima consonante con la misma facilidad con que uno hace la lista de la compra cuando tiene hambre. Ahí, realmente, residía para mí el peligro de aquel hombre a medio camino entre un Hemingway romántico y un vil infiel…

El escritor

El escritor

El boxeador

El boxeador

Porque básicamente era eso, y no lo escondía. Y esa honestidad brutal lo hacía irresistible. Pero, al contrario que Ernest, no era un borracho. De hecho, la apuesta de esa madrugada se basó en su dificultad para soportar el licor. Vamos, que yo, que era la señorita de la escena, me aproveché de él sin remordimiento alguno y con la perversa esperanza de que le dieran ganas de pegarle fuerte a otra cosa que no fuera su querido punching ball de calentamiento deportivo.

Eran las dos de la mañana, y el camarero, con sus pupilas asomándose desde los párpados rasgados, acababa de desafiarnos a probar el aguardiente local de 50 grados de alcohol hecho a base de arroz.

El barman tentador haciendo malabares con la botella de Baijou

El barman tentador haciendo malabares con la botella de Baijou

El gesto de terror de Leonardo no hizo más que provocarme, así que, ante nuestro testigo accidental de la empresa, le tiré a la cara el guante del desafío y le dije lo siguiente: “Si te tomas un chupito de esto conmigo, te doy un beso”. El testigo accidental, dirigiéndonos una expresión de admiración, aplaudió con entusiasmo: “No puedes decir que no, Leo. Ese beso va por la humanidad!!!”.

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Alcé mi vaso clavándole la mirada en sus ojos turbados: “Salud!”, a lo que él respondió con idéntico ademán. Yo me tomé el brebaje de un solo trago, él sólo alcanzó a beberse la mitad. Pero un trato es un trato… Así que, sin dudarlo ni un segundo, me levanté de mi banqueta, me acerqué a él y, sujetándole el rostro con las manos, le pregunté: “Estás listo?”.
Desde el otro lado de la mesa, nuestro espectador VIP, en primera fila ante el improvisado show, hacía las veces de paparazzi y fotografiaba y filmaba el evento con su teléfono móvil mientras la gente alrededor nos jaleaba como si estuviera presenciando el final apoteósico de un film romántico. No tenían ni idea de lo que iba a ser la verdadera apoteosis de aquella noche… Nosotros, en aquel momento, en realidad tampoco.

El beso fue largo. Muy largo. A mí, dentro de mi cabeza, mientras lo vivía me pareció que se detenía el tiempo, igual que en las películas cuando los protagonistas reparan uno en otro como almas en sintonía rítmica en mitad de una multitud gris y desacompasada. Aquel instante puesto en pausa, sin embargo, tal y como yo lo recuerdo, pasó volando a toda velocidad, y se llevó por delante mi conciencia como quien levanta una pluma con un vendaval y la hace posarse a miles de kilómetros de distancia. Pasó volando, o quiero pensar que así fue, porque me hubiera podido quedar a vivir en aquella burbuja candente durante días, arrebatada por la sensación de nuestras lenguas hablando la una con la otra sin intercambiar palabras… Y eso que a ambos nunca nos faltó la capacidad verbal, al contrario, tenemos verdadera habilidad para jugar con un texto o una simple frase, más allá de de jugar con el músculo que las emite. Pero ese primer beso, definitivamente, dijo mucho más.

La española🇪🇸 Cuando besa...

La española🇪🇸 Cuando besa…

No tardamos en dar por finalizada la reunión casual de compañeros, bueno, la verdad es que fue nuestro testigo accidental quien se ausentó primero alegando que tenía sueño, y Leonardo y yo, unos minutos más tarde, camino al ascensor, nos detuvimos en el piano vacío después de que declarase casi accidentalmente que sabía tocar… según él, un poquito. Nos sentamos codo a codo en la banqueta frente al teclado y, colocando mis dedos sobre el mismo, me indicó las dos teclas que tenía que pulsar de forma repetitiva para acompañarlo. El tema que eligió fue “Fever“, un clásico del jazz americano, cuya letra trata, precisamente, sobre los ardores provocados por la atracción física… Sin comentarios.
Al dejar caer la ultima nota, giró su cabeza hacia mí y me pintó el acorde final sobre los labios. Me ardían las entrañas por debajo de la ropa, pero no quería montar un numerito chino, literalmente. Por más que estuviéramos en Shanghái, había gente del trabajo alojándose en ese mismo hotel, así que le propuse marcharnos. En el ascensor, rumbo al piso 82, que era donde estaba mi habitación, nos devoramos con la boca y con las manos cual seres famélicos de sexo…

Subiendo subiendo...

Subiendo subiendo…

Pero no se quiso bajar conmigo en mi planta al abrirse la puerta.

“Vamos a hacer una cosa”, me dijo. “Te voy a mandar un poema mío por e-mail, y cuando lo leas me respondes y me dices qué te ha parecido. Y después vengo a verte”.
“Y por qué no te quedas ahora?”, le espeté con una carcajada escupida por mi semblante de total desconcierto.
– Hazme caso: lee ese poema y después me llamas. Estoy en la habitación 6901.
– Piso 69???
“Exactamente”. Y levantó una ceja de forma pícara mientras a mí se me levantaban las pasiones un par de metros más, si cabe.
“Ya, vete. Y hablamos dentro de un rato”, me propuso. Y me empujó hacia el pasillo mientras las puertas automáticas comenzaban a cerrarse.
Al llegar a mi habitación y verme en el espejo, me sonrojé mentalmente de ver cómo tenía las mejillas de excitadas. Me tumbé en la cama y me conecté a internet desde el móvil. Al cabo de tres minutos, recibí un correo electrónico de Leo. El asunto rezaba: “Para Lola”.

“No es un soneto, es libre, pero siento que de alguna manera te define:

MUJER LEOPARDO
La flor desplegada en la isla misteriosa,
Erótica en su orilla de pétalos abiertos,
Osada en su espumante caminar de sirena,
Peligrosa en lo suave, con plumas en los dedos,
Aletea rebelde ya sea en agua o aire,
Rampante cual leona de blasón de alta estirpe,
Deseando alcanzar la estrella de su suerte,
Amapola dorada del desierto florido.

Leonardo Grande”.

Mi retrato según Leonardo

Mi retrato según Leonardo

A la altura del “rampante” casi había tenido una erección, y eso que soy hembra. Le respondí de inmediato, llamándolo a la 6901.
– Acabo de leer tu poema. Me siento desnuda, y la culpa es tuya. Estoy en la 8214.
– Voy.

Trescientos cincuenta y siete segundos después, sonaban cuatro contundentes golpes al otro lado del umbral. Abrir esa puerta fue como abrirle las puertas del paraíso a Lucifer en persona. O quizá las puertas del averno a un ángel que está a punto de caer… Aunque no: no era un ángel. Y si lo había sido alguna vez, estaba, más que caído, orgullosamente estrellado. E, incluso, alardeaba de ello.

Si el ósculo “paparazzeado” fruto del licor autóctono había sido digno del desenlace de un cuento de Grimm reversionado por Disney para adultos, el beso que me plantó Leonardo al irrumpir en mi habitación fue como el humeante avance de una película porno.

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Podría rematar la narración como una señorita, jurando que a partir de ahí quedé en blanco, se me nubló la mente y no recuerdo nada de lo ocurrido… Pero cinco horas follando como dioses no se le olvidan a nadie. Y menos a mí.

A pesar de las ansias, la ropa nos duró un rato. Eso sí, esa misma ropa nos servía para meternos mano el uno al otro de la forma más violenta imaginable. Tardé un par de mordiscos y tres magreos en darme cuenta, pero Leo, a su manera, me estaba torturando. Basándose en su experiencia, estaba convencido de que cuanto más se hiciera el difícil más se derretiría su contraparte y más rendimiento le daría en el lecho esa contraparte, en consecuencia.
Desde que palpé su polla por debajo de los pantalones (Señor, qué polla!) quería desnudarme para él. Me contuve tanto como fui capaz, también considerando la posibilidad de que, cuanto más durasen los aperitivos, más sabroso sería el plato principal… Sé que si no me arrancó el vestido y tiró mis botas por los aires en dos segundos, fue precisamente porque le había gustado de verdad, y quería que aquello se prolongase lo máximo posible. Cuando me liberé de la prenda principal en un movimiento fugaz, Leonardo paró de tocarme y me miró como quien mira a la mismísima Venus naciendo de las aguas, desintegrando así cualquier despojo de vergüenza que pudiera existir aferrado a mi ADN de señorita educada en colegio de monjas (sí, fui a las Esclavas del Sagrado Corazón… Por favor, que nadie se sorprenda). Después de mirarme como a un ser mitológico, me quitó el tanga con los dientes, clavándome al paso los caninos en el hueso izquierdo de la cadera, e inmediatamente se dispuso a besar con fruición mis labios inferiores, que no pudieron más que sonreír escandalosamente en su vertical y desvergonzado guiño al universo.

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Aquella comida de coño estaba siendo la más memorable de mi historia. Su lengua se extendía de arriba abajo por el centro de mi vulva de forma lenta y azarosa pero definitivamente certera, después de saborearme me penetraba como un sedoso y húmedo latigazo, lo mismo que una lanza hecha caricia, de cuando en cuando la punta se concentraba y se quedaba golpeando, como un aleteo persistente, el clítoris enardecido, que se sentía crecer en su placer hasta convertirse en un gigante en el umbral de mi consciencia…

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Porque estaba consciente, sí, pero la sensación de ensueño era tal que la nitidez física que percibían mis sentidos estaba envuelta en una nebulosa y mi cuerpo entero se recalentaba al contacto con el suyo lo mismo que si fuéramos adolescentes encerrados a propósito en un coche aparcado de vidrios empañados…
– Te quiero dentro de mí. Ahora.
Se levantó para buscar un condón y, cuando volvió a la cama con él entre los dedos, lo detuve un instante.
– Espera… aún no.
Lo quería dentro de mí, sí. Casi desesperadamente. Pero antes de eso necesitaba comérmelo crudo, lamerle la verga desde el glande a los testículos, chuparlo y degustarlo como si fuera el último helado disponible en una calurosa tarde de verano.

Anda, ven, que te va a gustar...

Anda, ven, que te va a gustar…

Dejé a un lado el envase metalizado y me incliné ante su miembro como quien se arrodilla a adorar a una brillante efigie recién ascendida a los altares. No importaba que fuera Dios de un día, igualmente merecía pleitesía, y yo quería rendírsela. Mientras sujetaba y apretaba arriba y abajo la base del tronco de aquel tótem con la mano derecha y acariciaba sus testículos con la izquierda mojada en saliva, mi boca entera se llenaba de él respirando al ritmo de su embestida, suspirando al compás de mi succión, alabando casi, con murmullos y caricias al filo de la garganta, la gloria de aquel obelisco erigido para mí en honor al sexo.

Glorius fellatio… Aleluya!

Oírlo jadear con profundidad era parte del afrodisíaco de la situación, si es que era posible potenciar en algo más la química brutal y la física avanzada de la conjunción de nuestras pieles, que se fundían mientras danzaban como astronautas flotando en aire caliente y adoptaban posturas imposibles dignas de una coreografía del mismísimo Cirque Du Soleil

Ya quisieran los del Cirque Du Soleil...

Ya quisieran los del Cirque Du Soleil

Mis piernas dobladas junto con mis brazos en actitud de perra feliz, juntas y apretadas en línea con mis nalgas, abiertas de par en par como vibrantes aspas de molino, separadas y estiradas de puntillas mientras mi culo en pompa le mostraba las mieles de mis entrañas al falo conquistador que lo invadiría… Mis piernas flanqueando cual guardianes su cuello de toro, abrazadas a su trasero cual arañas en celo, amarradas por su firme mano ambas sobre su hombro de hombre para recibir en su seno, a punta de taladrazos, el polvo mágico y cósmico de mi vida… Porque hay posiciones y posiciones, y con él aquella última era tan infalible que tras tres empujones mis genitales estallaban en manifestaciones acuáticas, mi carne se erizaba por completo, mi clítoris se fruncía de placer y mi vagina escuchaba ecos de orgasmos anteriores, incluso de otros mundos.

Aquella madrugada de apuestas, sorpresas, sudores seguidos de desvanecimientos y desmayos seguidos de milagrosas resucitaciones, Leonardo y yo inventamos galaxias propias, redefinimos el concepto del tacto, encontramos excusas para follar por el gusto de follar, viajamos a planetas donde habita el deseo, nos masturbamos mutua y apasionadamente, aprendimos a caminar de manera horizontal, hicimos sonrojarse al espejo del baño con un espectáculo de coito perpendicular con auto voyeurismo y creamos sonetos sin palabras, como poetas accidentales de un erótico paraíso surgido en el infierno y forjado en el purgatorio. Nunca se me ha dado bien llevar contabilidad de nada, menos aún de mis orgasmos, pero si afirmo que en aquellas casi cinco horas llegué al éxtasis por lo menos siete veces, no me he vuelto loca ni estoy exagerando.

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Más allá de las capacidades físicas y las aptitudes técnicas de este Ernest Hemingway moderno, había una conjunción de esencias extraordinaria cuando su cuerpo y el mío se encontraban; existía, además, un entendimiento maldadoso, una complicidad implícita, un deseo cruzado de trascender a través del contacto, del intercambio de huellas, del placer… Independientemente de juicios morales o culpas asumidas, éramos, entre las sábanas, seres de la misma especie, y como tal nos leíamos el uno al otro tan solo con palparnos.

2a266018001e39cf535e9d66Hasta la postura del misionero era un espectáculo de pelvis hambrientas chocándose al unísono y, de hecho, si soy sincera, cuando el compañero de cama es un digno adversario, a mí me gusta finalizar la sesión con él encima, envueltos en sudor, abrazados y cercanos, a la distancia de un beso, un suspiro u otra embestida ocasional que derivará, seguro, en gozadora risa y feliz escalofrío.

A la mañana siguiente, durante el desayuno con los compañeros de trabajo, Leonardo y yo, ojerosos y radiantes a partes iguales, devorábamos cada alimento con pausado deleite mientras compartíamos conversaciones triviales y comentarios sobre la agenda del día, que no se iniciaría hasta la hora del almuerzo. Yo había amanecido con una tos persistente (eso me pasa por “dormir” con el culo al aire), así que, en ese rato libre, aparte de recuperarme del jet lag (y de la maratón lujuriosa) necesitaba ir a una farmacia y buscar remedio urgente. Tras despedirme en la mesa, pasé por mi habitación un segundo para coger mi bolso y una chaqueta, y entonces sonó el teléfono. Era Leo.
– Quieres que te acompañe a la farmacia? Yo sé un poco de chino, te puedo ayudar.
Me reí al escuchar su ofrecimiento y, aunque me sonó a excusa, igualmente me pareció tierno que quisiera cuidar de mí.
– Bueno, acompáñame, te lo agradezco. Pero te advierto que sólo será eso, porque después de lo de anoche estoy bastante lesionada.
– Ufff… Yo igual. Y eso que es sólo acordarme y se me levanta… Pero tengo la polla dolorida. No podría… Aunque me muera de ganas.
– Jajajaaa… Entendido. Nos vemos abajo en 5 min?
– Perfecto. Hasta ahora.

Caminando por el distrito financiero de aquella orbe asiática junto al partenaire improvisado,  las puntas de sus dedos rozándose contra las mías entre paso y paso, los letreros de grafía indescifrable rodeándonos, las facciones ajenas de los viandantes cuestionándonos con la mirada, las voces de ignota resonancia resbalando en mis oídos no entrenados en el idioma, me sentía, como en la película de Sophia Coppola, perdida en la traducción a pesar de que la situación, para nosotros dos, estaba más que clara.

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Lost in Translation – Sophia Coppola

“Quiero que sepas que, independientemente de todo, aunque yo tenga mi vida y tú la tuya, esta noche me has hecho feliz. Y hacía mucho tiempo que no me pasaba eso… Así que gracias”, me soltó mientras el farmacéutico me entregaba las pastillas para la tos junto con lo que parecía un gruñido y en realidad era la cuenta verbalizada.

El farmacéutico gritón recomendándome su remedio infalible para la tos.

El farmacéutico gritón recomendándome su remedio infalible para la tos.

– Gracias a ti por decírmelo. Para mí esta noche fue un regalo… Aunque no volvamos a vernos nunca.
No me dejó pagar, le extendió la cantidad exacta de yuanes al individuo gritón y, volviéndose hacia mí, me clavó las pupilas más allá de los ojos y concluyó con una mueca entre guiño y sonrisa: “Ya encontraremos la manera”.

Al llegar de vuelta al hotel, nos despedimos en el ascensor, entre huéspedes orientales y caucásicos, con un toque en los labios y medio abrazo.

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El fuego se nos salía por los poros y el deseo nos desbordaba la mirada, pero aquel adiós fue contenido, casi respetuoso, como no queriendo tocar del todo la realidad por miedo a que ambos nos hiciéramos pedazos o el recuerdo se esfumara cual humo de cigarro entre la niebla…

Se bajó en silencio en su planta y, mientras las puertas automáticas comenzaron a cerrarse simétricamente, giró la cabeza y me sonrió de forma agridulce. Yo no supe esbozar sonrisa alguna, permanecí inmóvil observándolo y, al bajar la vista, me encontré de frente con el botón del número 69 que, junto con un sonido de campana, apagaba su luz para dar paso al 70, al 71…

Sustitúyase a Bill Murray por mi graciosa y sensual persona, eso sí, con la misma cara de alelada.

Sustitúyase a Bill Murray por mi graciosa y sensual persona, eso sí, con la misma cara de alelada.

Así hasta detenerse finalmente, tras diversas paradas previas y con prosaica parsimonia, en el paraíso perdido del 82. Aquel paraíso donde habíamos sido ángeles recién caídos del infierno y donde, irónicamente, habíamos sabido ganarnos el cielo juntos a través de un purgatorio carnal e inolvidable más parecido al “Jardín de las Delicias” de El Bosco que a un espacio de purificación para las almas…

Retrato de una orgía entre dos.

Retrato de una orgía entre dos.

Porque sí, además de piel e inclinación a la intensidad, tanto Leo como yo hemos tenido siempre alma. Pero si hubiéramos sabido de antemano cómo iba a ser aquel encuentro, me atrevo a asegurar que se la hubiéramos vendido con gusto al mismísimo demonio. Y sin enmiendas ni trampas contractuales ni cobardes arrepentimientos ni tontos reproches posteriores. Entera y verdadera… Sólo por aquella noche.

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(Ésta es una historia basada en hechos irreales de la vida. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Ningún punching ball, camarero desafiante, testigo accidental, piano de bar, espejo de baño, cama de hotel ni farmacéutico asiático gritón ha sufrido daños durante la redacción de este texto -bueno, el colchón aún tiene sueños húmedos, pero eso es comprensible-. La Jin Mao Tower continúa en pie, con su Grand Hyatt adentro, y la habitación 8214 guarda el secreto del polvo más apoteósico de la historia del hotel, y de la mía. Aunque para mis lectores, como podéis comprobar, apenas hay secretos… Y, si los hay, lo lamento pero no: no os lo pienso confesar).

© Lola Mento

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APÁGAME 🚒💦 EL FUEGO 🔥

(EL BOMBERO CALENTÓN)

Frotándome enérgicamente las manos para entibiarlas después del chorro de agua fría con jabón, salí del baño con decisión lista para besar apasionadamente la siguiente jarra de cerveza, que sabía me estaba esperando escaleras abajo lo mismo que un oasis espera en la imaginación de quien vive en el desierto.

Lo que no sabía que me esperaba justo al otro lado de la puerta, a pesar de todas las señales previas derivadas del feroz coqueteo – tan crudamente feroz como un cortejo sexual en un documental de Animal Planet – eran las carnosas fauces de Andrés, que sin piedad alguna me taladraba pestaña por pestaña mientras con un certero paso se abalanzaba sobre mí para meterme un morreo de campeonato tras acorralarme contra la pared cual león rampante saliéndose de su escudo de armas imperiosamente atraído por la hembra en celo dominante del territorio.

Fueron décimas de segundo, y tenía entre los labios su lengua como brasa, avivando la mía a latigazos, y su garganta en llamas cual dragón en actitud de ataque delante de su inocente y entregada presa. No había nadie alrededor, excepto dos cuadros con las imágenes de San Juan de Dios y San Florián, patronos de los Bomberos – el primero, también de los Enfermeros, los Borrachos y los Vendedores de Libros, cosa que para una chica de letras y aficionada al buen vino como yo no deja de tener su guasa -.

En un alarde consciente de personal herejía, yo alimentaba mi deseo de fémina rebelde con la fantasía de que aquellos santos, desde las pinturas, podían vernos realmente… Me divertía la idea de escandalizar a los espíritus protectores de aquel lugar llevando a temperatura de ignición a uno de los portadores de manguera, y a mí misma también, que – lo admito – soy altamente inflamable en la compañía adecuada.

San Juan de Dios (Murillo) y San Florián.

San Juan de Dios (Murillo) y San Florián.

Eran las dos de la madrugada de un viernes de invierno, y estábamos en la Compañía de “extinguidores humanos” a la que pertenecía Andrés y en la que yo, accidental ángel de género femenino, había caído por obra del azar, invitada en el último momento a tomar unas copas por un vecino mío “del cuerpo” que, aunque parecía bueno, era más bien un simpático secretario de Satanás invitándome a dar un paseo por la antesala del infierno.

Había compañeros de turno durmiendo en los pisos superiores, y otros, como ellos, relajándose entre amigos y recibiendo visitas ociosas como servidora, que nunca antes había pisado una estación de “apaga-fuegos” y que, en cuanto fui convocada por este amable ministro encubierto del averno, tuve claro que no me lo podía perder.

El tal Andrés, Adonis entre los adonis, tras una hora de conversación y química aplastante, y antes de estamparme cual pegatina en tamaño natural contra el muro exterior del WC dejándome más plana que la silueta de un dibujo animado y más caliente que el pico de una plancha, me había confesado que tenía novia, ante lo que yo suspiré con cierto gesto de resignación y una carcajada, acostumbrada a la repetitiva experiencia de cruzarme en el camino del día y de la noche con machos no disponibles para mí – algunos incluso no disponibles ni para sí mismos, lo que es un tipo de tortura relacional más retorcida todavía -.

Poco después de dichas declaraciones, él se había levantado de la mesa para ir al servicio, y un par de minutos más tarde yo había hecho lo mismo – aclaro y juro por todos los santos, incluidos San Florián y San Juan de Dios, que esta decisión sólo nació derivada de la necesidad fisiológica que la cerveza me había producido, y que no existía ninguna malévola intención oculta por mi parte -, y fue al disponerme a regresar cuando me vi repentina e irremediablemente abducida por primera vez por este volcán masculino que no sólo tenía licencia para apagar fuegos sino que despedía humo por los poros y se mostraba abiertamente anhelante de erupcionar… dentro de mí.

“El cuerpo” de bomberos

Mientras él me quemaba los pechos con la palma de las manos por debajo de la camiseta que a su vez estaba debajo del jersey, yo caía en cuenta de la ironía y me reía sola. En mitad de aquel gélido pasillo, me sentía como turista improvisada sudando hasta el bikini en una tarde de verano en pleno Caribe. Y lo único en lo que quería pensar era en perder ese bikini y ser bañada generosamente por la manguera más cercana.

Para poder levantar esa manguera, pero sin levantar sospechas después de aquel avance cinematográfico del “aquí te pillo, aquí te mato” que íbamos a protagonizar próximamente en nuestras pantallas, acordamos volver al bar por separado y continuar charlando con el resto del grupo con cara de “aquí-no-está-pasando-nada-no-me-acabo-de-morrear-con-nadie-y-mucho-menos-magrearme-con-el-primer-ser-vivo-que-me-he-cruzado-en-el-pasillo-y-sí-quiero-otra-cerveza-por-favor-que-aunque-es-noviembre-aquí-está-haciendo-calor-no-sé-por-qué-y-yo-tengo-mucha-sed-y-muy-poca-vergüenza-también-probablemente”…

Me aventuro a suponer que nunca conseguimos pasar desapercibidos, porque las feromonas en nuestro interior habían empezado a multiplicarse como gremlins con cada gota de líquido elemento y nos hacían titilar igual que un ejército de luciérnagas en la oscuridad, pero en nuestro estado de ardiente ingenuidad y alcohólica osadía osamos intentarlo, por si colaba.

Manguera profesional

Manguera profesional “apagafuegos”

Al poco rato, mi vecino – el afable asistente de Lucifer – propuso un tour por el recinto, así que empezamos a recorrer salas de reuniones, cocina, comedor, hasta llegar al hangar donde descansaban las máquinas junto a las barras de metal por las que en caso necesario se deslizarían los que estaban de guardia para salvar del fuego a quien correspondiera. Andrés, cual serpiente enroscándose a la tentación en frente de Eva, me rozó un brazo y me susurró al oído: “Espera, yo te sigo haciendo de guía”.

No, no tengáis la desfachatez de llamarme débil. Me estaban ofreciendo el árbol de la ciencia, y el fruto prohibido estaba a punto de caer, maduro, entre mis manos. Así que, mientras el resto del grupo avanzaba hacia otras dependencias, nosotros nos quedamos atrás con la excusa de tomarme unas fotos en los postes de emergencia, al más puro estilo bailarina exótica pero en versión vestida – que una es atrevida, pero tampoco se regala simplemente porque sí -.

Yo, posando al estilo bomberil. Esto del “pole-dance” parece que no es lo mío.

Yo, posando al estilo bomberil. Esto del “pole-dance” parece que no es lo mío.

Rápidamente, los asistentes comenzaron a hacer mutis por el foro hasta que la escena se convirtió en un paso a dos, y sin escapatoria. “Quieres ver alguno de los coches por dentro?”, preguntó el bombero. “Me encantaría”, contestó el ángel caído que revoloteaba en mi interior. Porque sí, yo había llegado a aquella estación de “apaga-fuegos” personificando la inocencia, pero a esas alturas de la velada me estaban saliendo plumas rojas y me encontraba a punto de pasar irremediablemente al otro bando, para deleite del Sr. Demonio y su corte de diablillos revoltosos.

Viendo estos brontosaurios de metal llamados camiones, cualquiera juraría que según su tamaño exterior el espacio interior debería ser más o menos razonable… Pues no. Este detalle, en vez de parecerme un inconveniente, tornaba la situación aún más excitante – qué le voy a hacer, un buen desafío hace que la creatividad se me despierte, así soy yo -.

Yo para ser feliz quiero un camión🚒

Yo para ser feliz quiero un camión🚒

Después de aquel episodio, aunque suene pretencioso, no exagero al afirmar que quedé suficientemente documentada para escribir lo último en guías logístico-eróticas en pocos metros cuadrados: “Kamasutra práctico para latas de sardinas, armarios escoberos, medias bañeras, hoteles japoneses, automóviles de dos plazas y otros espacios reducidos”. Si veis este larguísimo y explícito título algún día futuro en una librería, ya sabéis quién es la autora.

El asiento en el cual ejercitamos desde la postura del misionero hasta la del sesenta y nueve, tenía a su espalda los cascos anti flama, los buzos de bombero y las botas aislantes, preparados para vestirse inmediatamente en la misión ante la llamada de alarma. Nosotros, sin embargo, aplicamos malabarismos indescriptibles para desnudarnos, a retazos, el uno al otro, como si no hubiera un mañana. La urgencia de follarnos era tal que recuerdo estar montándome en su tremenda polla asomándose cual carnal faro entre los dientes de la cremallera, con el pantalón aún puesto, mientras él me mordía ambos pezones simultáneamente, envolviéndome la cabeza con el top como venda improvisada y embistiendo mi coño a compás con mis caderas, que bailaban frenéticas sin necesidad de músicas celestiales y con toda la malicia que me inspiraba el contrario.

Posteriormente me sentaría de espadas a él, posando mi culo suavemente sobre la punta de su miembro, como quien deja caer una pluma sobre un arma de acero, y bailaría con el peligro hasta que el peligro mismo hecho espada candente sumergiera su filo en mí hasta el fondo.

Tumbada sobre el estrecho banco, viendo las ventanillas empañarse tras mis párpados entrecerrados, creo que desaparecí un instante cuando su boca se perdió entre mis labios inferiores y me penetró con un beso desde el clítoris hasta donde alcanzó el lametón en mi vagina. Llegados a ese punto – es decir, llegados al punto G -, mi “problema” era algo a medio camino entre inundación e incendio… Suerte que el “apaga-fuegos” no sólo tenía una manguera poderosa sino que también sabía nadar con los dedos y la lengua como un profesional de los deportes acuáticos sexuales, categoría dúo, nivel Olimpiadas, medalla de oro indiscutible.

El censo resultante, una vez pasado el fragor de la batalla, fue positivo para ambos contendientes a pesar de las lesiones: tres fuertes polvos con los consiguientes cadáveres de látex que tuvimos que recolectar para no dejar evidencias, incontables hematomas en las piernas, una leve huella de colmillo aquí y allá, las sonrisas – horizontal y vertical – alegremente inflamadas, las cabelleras enmarañadas como si hubieran pasado por un violento proceso de centrifugado, las mejillas enrojecidas de no tener vergüenza y, por mi parte específicamente, algún desvanecimiento extra más allá de los orgasmos del “enemigo” – no lo puedo evitar, soy multiorgásmica por naturaleza y con un buen amante puedo ser “millón-orgásmica”, si me esmero -.

El bombero y la leona

El bombero y la leona

Cuando el león y la hembra en celo abandonamos el terreno arrasado, a lo personajes de alguna película futurista resucitando el día después del fin del mundo, eran casi las cinco de la mañana. Dejamos atrás un intenso olor a sexo, no a azufre, aunque al salir de allí bien parecíamos estar saliendo del infierno cual supervivientes orgullosos tras su secreta hazaña.

Me llevé, como trofeo de guerra, un baño de ADN masculino en las botas de ante que calzaba esa noche – esa parte no la había narrado, dejadme guardar el recuerdo de la apoteosis final con lluvia blanca sólo para mí – , y también la certeza de que el “extinguidor humano” reaparecería para apagarme el fuego alguna vez más, en el mundo exterior, más temprano que tarde. Ya fuera en otro infierno, en el limbo de los vivos o en algún purgatorio improvisado para llegar al cielo de los que ardemos por dentro, como él y como yo. Y como los que al terminar de leer este relato van a necesitar llamar de urgencia a los bomberos, mientras nadie los ve, por si algún adonis de turno les enchufa la manguera.

(Ésta es una historia basada en hechos irreales de la vida. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Ningún “apaga-fuegos”, vecino simpático, jarra de cerveza o ángel caído ha sufrido daños durante la redacción de este texto. Los Santos Patronos de los bomberos continúan brindándole su protección al gremio, y los hombres “del cuerpo” siguen honrando esta definición con su anatomía, aunque al bajar por el poste lo hagan sin música y con ropa. Yo, por mi parte, maldigo a las novias de todos los machos con mangueras de excepción, porque estos seres deberían ser patrimonio de la humanidad y no estar restringidos a una sola llama para el resto de sus días. He dicho. Y ahora, perdón, pero debo marcharme. Está saliendo humo de mi cocina y creo que voy a necesitar ayuda profesional para resolverlo…).

 

© Lola Mento

Aquí con mi amigo Andrés

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